
Mitos de Cthulhu
Daniel Upton creyó al principio que su amigo Edward Derby se había venido abajo por culpa de un matrimonio desdichado y de una extraña enfermedad. Solo más tarde comprendió que lo que se acercaba al umbral no era un muerto, sino una brujería capaz de arrebatar cuerpo e identidad. Al final, disparó contra el cuerpo de su amigo, porque dentro de él ya no estaba su amigo.
Daniel Upton y Edward Derby se conocían desde niños. Derby era inteligente, sensible, dotado para la poesía y los libros, pero también temeroso, retraído y dependiente; incluso de adulto parecía necesitar que otros lo cuidaran como a un niño. Más tarde conoció a Asenath Waite, una mujer procedente de Innsmouth, y quedó pronto fascinado por su saber, su carácter dominante y su aura de misterio. El padre de Asenath, Ephraim Waite, había sido famoso en vida por la brujería y los libros prohibidos. Se decía que conocía el modo de enviar la conciencia a cuerpos ajenos. Tras la boda, Derby empezó a sufrir accesos de terror y pérdida de control. Afirmaba que Asenath podía expulsarlo de su propio cuerpo, y que ella misma no era en verdad Asenath, sino Ephraim, que prolongaba su vida usando el cuerpo de su hija. Durante un tiempo, Derby dijo que Asenath se había marchado. Pero su mente no tardó en quebrarse de nuevo, y acabó internado en un sanatorio. Cuando Upton fue a verlo, descubrió que aquel cuerpo a veces parecía el de Derby y a veces dejaba asomar una expresión fría, experta y por completo ajena. El verdadero Derby, al parecer, estaba siendo expulsado de sí mismo. Una noche, una cosa tan corrompida que apenas conservaba forma humana llegó arrastrándose hasta el umbral de Upton y le entregó la última carta de Derby. En ella se revelaba que la conciencia de Derby había quedado atrapada en el cuerpo decadente de Asenath, mientras Ephraim ocupaba el cuerpo de Derby. Después de leer la verdad, Upton fue al sanatorio y disparó contra el cuerpo de su amigo, porque sabía que dentro ya no estaba su amigo.
Daniel Upton tendría que explicar siempre, desde entonces, una cosa antes que ninguna otra: el hombre al que mató de un disparo tenía, en efecto, el aspecto de su amigo Edward Derby. Pero en aquel instante, dentro de ese cuerpo ya no estaba Derby.
Upton y Derby habían crecido juntos. La familia de Derby vivía con holgura, y sus padres lo rodeaban de cuidados excesivos: no querían que pasara frío, ni que se asustara, ni que se alejara solo. Mientras otros niños caían en el barro o corrían junto al río, Derby solía quedarse en casa leyendo. Era débil de cuerpo y apocado de ánimo, pero su mente era extraordinariamente viva. Desde muy joven escribía poemas extraños y sentía predilección por las leyendas antiguas, los relatos sombríos y aquellos libros que hacían fruncir el ceño a los adultos.
Upton era más sereno que él, y muchas veces lo cuidaba como un hermano mayor. Si Derby temía caminar de noche, Upton lo acompañaba; si sus propias fantasías lo dejaban sin dormir, Upton se sentaba a escucharlo hasta el final. Pasaron los años, ambos se hicieron adultos, y Upton tuvo su oficio y su familia. Derby, en cambio, parecía no haber salido del todo de la infancia. Sabía mucho de lo que decían los libros, pero se movía con torpeza entre las personas reales.
Derby ingresó en la Universidad Miskatonic, donde leyó, escribió e investigó asuntos de ocultismo. Su fama empezó a circular en pequeños círculos: unos elogiaban sus poemas; otros decían que se hundía demasiado en conocimientos oscuros. Upton no dio gran importancia a esos rumores. Sabía que Derby había sido siempre así: inclinado a encerrarse en su estudio, a hablar de sueños raros y de palabras inquietantes. Mientras su amigo siguiera vivo y a salvo, no veía motivo para alarmarse.
Pero entonces Derby conoció a Asenath Waite.
Asenath venía de Innsmouth. Aquel lugar de la costa no gozaba de buena fama, y la gente solía bajar la voz al nombrarlo, como si sus viejas casas, sus nieblas marinas y la mirada de sus habitantes guardaran un secreto impuro.
Su padre se llamaba Ephraim Waite: un anciano que había vivido muchos años apartado y que arrastraba una reputación singular. Algunos decían que sabía de brujería; otros, que había estudiado libros que nadie debía estudiar; y no faltaban quienes aseguraban que era capaz de enviar su conciencia al cuerpo de otra persona. Aquello sonaba a chisme absurdo, y Upton no quería creerlo. Sin embargo, la primera vez que vio a Asenath comprendió por qué Derby había quedado preso de ella.
Asenath poseía una inteligencia dura. Hablaba poco, pero parecía estar siempre juzgando a los demás. Cuando miraba a Derby, su mirada no era la de una joven enamorada, sino la de alguien experto que examina un objeto útil. Derby, en cambio, cayó por completo bajo su influjo. Creía que ella lo entendía, que podía conversar con él sobre doctrinas secretas, ritos antiguos y libros prohibidos. Al poco tiempo se casó con ella.
Después de la boda, Derby entró en la vida que Asenath dispuso para él. Al principio aún escribía a Upton y le decía que por fin había encontrado un alma gemela. Pero poco a poco las cartas se hicieron más escasas y su tono cambió. A veces se mostraba súbitamente exaltado y decía que Asenath sabía cosas que la gente común ni siquiera imaginaba; otras veces parecía un niño aterrorizado y dejaba caer frases confusas, diciendo que no siempre podía permanecer dentro de su propio cuerpo.
Al leer esas palabras, Upton sintió un frío en el pecho. Fue a ver a Derby y lo encontró pálido, con la mirada esquiva. Asenath estaba sentada cerca de ellos y escuchaba con calma. De vez en cuando añadía una frase, con voz llana; entonces Derby callaba de inmediato, como si una mano invisible le apretara la garganta.
Con el paso de los años, Derby fue pareciéndose cada vez menos a sí mismo.
A veces desaparecía de pronto de los alrededores de Arkham y no lo encontraban hasta varios días después, desaliñado y aturdido, como si acabara de despertar de una pesadilla. En una ocasión acudió a Upton con prisa, el rostro ceniciento y los dedos temblando sin cesar. Le dijo que Asenath podía expulsarlo de su cuerpo y encerrarlo en el de ella, mientras ella salía a ocuparse de sus asuntos usando el cuerpo de él.
Upton lo escuchó horrorizado, aunque todavía intentaba explicarlo como una enfermedad. Derby había sido siempre nervioso, y además se había entregado a aquellos libros; quizá su esposa y sus fantasías lo habían vencido. Pero Derby hablaba con demasiados detalles. Decía que, al despertar, descubría que sus manos eran más finas y que una falda le rozaba el cuerpo; oía su propia voz frente a él, y en esa voz sonaba la risa fría de Asenath. También decía que Asenath no era Asenath.
Quien se escondía realmente en aquel cuerpo era su padre, Ephraim.
La idea era tan terrible que Upton no pudo aceptarla de inmediato. Ephraim llevaba tiempo muerto, y su cadáver había sido enterrado. Pero Derby aseguraba que, antes de morir, el viejo había llevado a cabo el más espantoso de los cambios. Había abandonado su cuerpo envejecido y se había trasladado al de su hija. En cuanto a la verdadera Asenath, habría sido aplastada, expulsada o muerta en una oscuridad que nadie conocía.
Si aquello era cierto, Derby no se había casado con una joven, sino con un viejo hechicero vestido con la apariencia de su hija. Y ahora Ephraim había puesto los ojos en el cuerpo de Derby. Derby era joven, algo más sano, y podía moverse con mayor facilidad entre los círculos académicos de Arkham. Si el último intercambio se completaba, Derby quedaría atrapado para siempre en un cuerpo que no era suyo y que ya se estaba pudriendo.
Upton no se atrevía a creerlo, pero tampoco podía seguir tranquilizándose con explicaciones sencillas.
Luego, de pronto, las cosas cambiaron.
Derby dijo a Upton que por fin se había librado de Asenath. Lo contó de manera vaga: solo dijo que ella se había ido y que no volvería jamás. Upton vio en su rostro un alivio enfermizo, como el de un hombre que acaba de salir de un pozo profundo y aún no se atreve a mirar hacia el fondo.
Asenath, en efecto, había desaparecido. Nadie sabía adónde había ido. Derby regresó a su propia casa, ordenó de nuevo el estudio, quemó algunos papeles y escondió ciertas cartas viejas. Intentó recuperar su antigua vida, pero aquel alivio no duró mucho.
Pronto volvió el terror. Temía los pasos al otro lado de la puerta, las llamadas nocturnas, ciertas caligrafías conocidas. Dijo a Upton que el enemigo no había muerto de verdad. Un cuerpo podía ser dañado, incluso sepultado en la tierra; pero quien conocía aquel arte, en el último instante, buscaba otra vía.
Upton pensó que Derby estaba perdiendo la razón. Los médicos pensaron lo mismo. A veces Derby estaba lúcido y otras deliraba; a veces parecía él mismo, y otras su voz se volvía dura y extraña, como si en su interior se hubiera sentado una persona mucho más vieja.
Al fin lo llevaron a un sanatorio. Cuando Upton fue a verlo, su amigo lo miró desde la luz pálida de la habitación con el rostro sacudido por gestos contradictorios. Durante un momento era el propio Derby, suplicándole que lo salvara; al siguiente se volvía sombrío y arrogante, y en sus ojos aparecía una expresión que no pertenecía en absoluto a Derby.
Upton salió de allí con el corazón pesado como una piedra.
Aquella noche, Upton oyó un ruido fuera de casa.
Era un sonido leve, pero arrastrado, como si algo subiera los peldaños con enorme esfuerzo. Abrió la puerta y una ráfaga fría entró con él. En el umbral yacía una figura casi imposible de reconocer. La cosa llevaba ropas gastadas, olía a tierra de tumba y a corrupción, y su carne estaba tan deshecha que apenas conservaba forma humana. Upton estuvo a punto de retroceder aterrado, pero aquella cosa aún no había muerto del todo.
Con las últimas fuerzas le tendió una carta, o más bien la empujó hasta ponerla ante él.
Upton reconoció ciertos rasgos. La silueta destrozada de aquel cuerpo pertenecía a Asenath Waite, desaparecida hacía tiempo. Pero la manera de escribir, el trato y la urgencia de la carta pertenecían a Edward Derby.
La carta lo aclaraba todo. Derby no se había librado realmente del enemigo. Ephraim, usando el cuerpo de Asenath, había invadido el suyo una y otra vez, y al final encontró el modo de consumar el intercambio. La conciencia de Derby había sido encerrada en aquel cuerpo ya dañado y oculto, mientras Ephraim ocupaba el cuerpo de Derby y aguardaba su oportunidad en el sanatorio. La envoltura que se deshacía en el umbral contenía la última petición de auxilio de Derby.
Al llegar a ese punto, Upton sintió que los dedos se le helaban. Comprendió por fin que el hombre del sanatorio, el que tenía el rostro de Derby, no era su amigo. Era algo que había salido de las viejas casas de Innsmouth, de los libros prohibidos y de la brujería; era la nueva cubierta tomada en préstamo por Ephraim Waite.
La cosa del umbral no resistió mucho más. Había puesto la verdad en manos de Upton, como quien cumple la última tarea que aún le quedaba por hacer.
Upton no vaciló más.
Tomó su pistola y fue al sanatorio. En la habitación, el cuerpo de Derby seguía allí. Aquel rostro había compartido su infancia, había hablado de poesía bajo la lámpara, había acudido a él temblando para pedir ayuda. Pero cuando aquel hombre levantó los ojos, Upton no vio la debilidad ni el miedo de su amigo, sino una malicia antigua y helada.
Tal vez la cosa quiso hablar. Tal vez intentó engañarlo usando la voz de Derby. Upton no le dio ocasión.
Disparó una vez, y otra, y otra, hasta que aquel rostro prestado dejó de moverse. Después, la gente solo supo que Daniel Upton había matado a su amigo Edward Derby. La ley podía interrogarlo, los médicos podían juzgarlo, los demás podían llamarlo loco. Pero Upton sabía que no había matado a Derby.
El verdadero Derby había llegado arrastrándose hasta su puerta dentro de un cuerpo corrompido, y le había entregado la última verdad.
Desde entonces, aquella noche en el umbral quedó clavada en la memoria de Upton. Demostraba que ciertas brujerías no eran simples rumores, y que detrás de algunos linajes y antiguos nombres se escondían cosas más difíciles de abandonar que la muerte. Un cuerpo podía ser robado, una voz podía ser usada por otro, incluso un rostro familiar podía mentir. Solo aquella carta llegada desde la oscuridad conservó para Edward Derby su último nombre.