
Mitos de Cthulhu
Charles Dexter Ward se obsesiona con los viejos papeles de su antepasado Joseph Curwen y, siguiendo las huellas de la sangre y la brujería, trae de vuelta al mundo a un hombre que debió haber desaparecido para siempre. Cuando su médico y su familia descubren la verdad, la identidad del joven ya ha sido usurpada, y solo queda poner fin, bajo tierra, a un horror que nunca debió despertar.
Charles Dexter Ward nace en una respetable familia de Providence y desde niño se siente atraído por los libros viejos, las cartas antiguas y los archivos familiares. En un retrato y en una serie de documentos olvidados descubre que se parece de manera inquietante a Joseph Curwen, un antepasado del siglo XVIII de reputación siniestra, a quien sus vecinos temían por sus experimentos secretos, sus visitantes nocturnos y los rumores que lo vinculaban con los cementerios. Ward se hunde cada vez más en la pesquisa. Encuentra cartas, fórmulas y pistas de la antigua casa de Curwen. Empieza a reconstruir las investigaciones de su antepasado, se instala en lugares apartados y, durante la noche, mantiene correspondencia y conversaciones con personas de identidad dudosa. Su familia cree al principio que se trata de una afición enfermiza por las antigüedades, pero poco a poco advierte que su voz, su carácter y aun su mirada están cambiando. El doctor Willett interviene en la investigación y descubre que Ward no estudia una simple genealogía, sino un método terrible para hacer volver a los muertos de alguna manera. Curwen parece haber regresado al mundo gracias al cuerpo, la sangre y los experimentos de su descendiente; bajo la vieja casa se ocultan frascos, inscripciones, restos humanos y muchas presencias que jamás debieron ser llamadas. Al final, Willett desciende a las cámaras subterráneas y recompone la verdad sobre la desaparición de Ward y el retorno de Curwen. Comprende que el hombre con rostro de Ward encerrado en la habitación del sanatorio no es el joven verdadero, sino su antepasado vuelto a la vida. Para impedir que Curwen siga usando aquel cuerpo y aquellas artes prohibidas, Willett recurre a las antiguas palabras y pone fin a un regreso que había atravesado dos siglos.
Charles Dexter Ward nació en una vieja familia de Providence. En su casa no faltaban los medios: había escaleras silenciosas, cortinas pesadas, muebles heredados y montones de documentos que ya casi nadie se molestaba en revisar. Mientras otros niños corrían por la calle, él prefería quedarse dentro, desplegando una tras otra cartas amarillentas, genealogías y crónicas olvidadas de la ciudad.
Sentía por el pasado una curiosidad tenaz, casi obstinada. Quería saber cómo se había llamado antes cada calle, qué familia se había mudado en tal año, por qué las ventanas de cierta mansión vieja habían sido tapiadas. Al principio, los adultos pensaron que el muchacho era raro, pero no peligroso. Un joven aficionado a la lectura y a la investigación parecía, al fin y al cabo, mejor que uno inclinado a buscar problemas.
Sin embargo, Charles dejó de conformarse con simples anécdotas antiguas. Empezó a seguir los nombres de su propia familia que aparecían apenas insinuados, como si los descendientes hubieran preferido no hablar demasiado de ellos. Uno de esos nombres acabó por atraparlo.
Se llamaba Joseph Curwen.
Curwen había llegado a Providence mucho tiempo atrás, procedente de la región de Salem. Era comerciante, tenía dinero, vivía con cierto refinamiento, compraba tierras, levantaba casas y hacía negocios; visto desde fuera, no parecía muy distinto de otros hombres acomodados. Pero las historias que habían dejado los viejos de la ciudad decían otra cosa: Curwen jamás hablaba con claridad de su origen, carruajes extraños llegaban a su casa a altas horas de la noche, del sótano salían olores raros y, en cementerios lejanos, aparecían huellas cuando nadie debía andar por allí.
Charles siguió investigando. Un día encontró un retrato antiguo. El hombre pintado vestía ropas de otra época; tenía el rostro pálido y una mirada fría, afilada. Charles se quedó inmóvil ante el cuadro, como si algo lo hubiese clavado al suelo.
El rostro de aquel hombre era casi su propio rostro.
Cuando Charles contó el hallazgo a sus padres, hablaba con visible excitación. Ellos también se sorprendieron, aunque prefirieron ver en aquel parecido una casual repetición familiar. Que dos parientes separados por varias generaciones se asemejaran no era, en sí mismo, imposible.
Pero Charles no se detuvo. Empezó a buscar por todas partes cartas, libros de cuentas, registros judiciales y notas privadas relacionadas con Curwen. Encontró indicios sobre la casa donde había vivido y también muchas cosas que ningún comerciante corriente habría tenido motivo para conservar.
Curwen había mantenido correspondencia con hombres de lugares remotos. En aquellas cartas había claves, latín, hebreo y nombres deliberadamente ambiguos. No parecían cartas de negocios, sino el intercambio prudente de secretos peligrosos. Hablaban de cosas subterráneas, de tumbas, de sales y cenizas con las que preservar ciertos “materiales necesarios”.
Charles leía fascinado. Ya no quería limitarse a saber qué había hecho su antepasado; quería descubrir cómo había logrado hacerlo. Se encerraba durante horas en su cuarto, con la mesa cubierta de diccionarios, copias y papeles viejos. Después de medianoche, la luz seguía encendida. Quienes pasaban ante su puerta lo oían murmurar sílabas desconocidas.
Su padre empezó a inquietarse. Su madre, incluso antes, notó que el hijo estaba cambiando. Charles había sido siempre amable y cortés; reservado, sí, pero no sombrío. Ahora hablaba cada vez menos y miraba a los demás como a través de una niebla. A veces se quedaba de pronto inmóvil, como si escuchara una voz lejana que nadie más podía oír.
La familia llamó al doctor Marinus Bicknell Willett. Willett conocía a Charles desde niño y sabía que el joven no había nacido perturbado. No sacó conclusiones apresuradas: habló con él pacientemente, le preguntó qué había leído últimamente, a quién había visto y por qué se encontraba tan agotado.
Charles, en apariencia, seguía sereno. Decía que solo estudiaba la historia de su familia. Admitía también que Joseph Curwen era una figura interesante; pero en cuanto el médico mencionaba las cartas, las fórmulas o los experimentos nocturnos, callaba.
Cuando el doctor Willett salió de la casa de los Ward, se marchó con el ánimo intranquilo. Aquello no era una simple obsesión por el pasado. Charles parecía atado a un hilo que salía de debajo de la tierra; avanzaba cada vez más hondo y, aun así, seguía creyendo que solo buscaba los secretos de un antepasado.
Más tarde, Charles consiguió documentos todavía más reservados. Esos papeles lo convencieron de que Joseph Curwen no había muerto del todo como mueren los hombres comunes. Curwen y sus asociados habían estudiado una práctica terrible: convocar, a partir de huesos, restos y cenizas, la sombra de los muertos para obligarlos a responder preguntas y revelar secretos sepultados por el tiempo.
Quizá al principio Charles se estremeció; quizá sintió miedo. Pero pronto quedó cautivado por aquella clase de conocimiento. Para alguien que dedicaba la vida a perseguir el pasado, nada podía ser más tentador que hacer que el pasado hablara por sí mismo. Los archivos se incompletan, las lápidas se desgastan, la memoria de los descendientes se confunde; pero si los muertos podían ser llamados, los antiguos secretos ya no tendrían que adivinarse.
Así empezó a preparar sus experimentos.
Su familia descubrió que salía con frecuencia y volvía con la ropa manchada de barro. A veces traía pequeñas cajas cuidadosamente envueltas; otras compraba sustancias extrañas en farmacias y comercios de productos químicos. Decía que eran materiales de estudio, pero cada vez estaba más exhausto, y de su habitación salían olores acres.
Después, Charles empezó a pasar más tiempo lejos de casa, en un sitio apartado. Allí había construcciones viejas y cámaras subterráneas. De día, no parecía más que una propiedad algo ruinosa; de noche, la luz se filtraba por las rendijas como ojos enterrados en la tierra.
Algunos vecinos oyeron en ocasiones sonidos graves en el interior. A veces parecían disputas; otras, recitaciones; otras, los golpes de algo atrapado en la distancia. Charles dejó de volver a casa con regularidad, y cuando lo hacía parecía otro. Llevaba los dedos manchados de polvos químicos, las mangas impregnadas de un olor húmedo a tierra, y en su habla se le escapaban palabras antiguas y extrañas.
Lo que más inquietaba al doctor Willett era el rostro de Charles.
El joven ya se parecía al retrato de Joseph Curwen, pero a partir de cierto momento esa semejanza dejó de parecer casual. La expresión de Charles se hizo más grave; sus gestos, más cautos y expertos; en sus ojos apareció una frialdad que no pertenecía a un muchacho de poco más de veinte años. Parecía estar imitando a un muerto de otro siglo, o quizá era aquel muerto quien despertaba lentamente sobre su cara.
Charles acabó logrando lo que jamás debió intentar.
Siguiendo las instrucciones de los viejos documentos, con restos obtenidos de tumbas, reactivos químicos y fórmulas extrañas, llamó de vuelta a Joseph Curwen. Pero lo que regresó no fue una sombra dócil ni un espíritu dispuesto a contestar las preguntas de su descendiente. Curwen volvió con su memoria, su ambición y su helada paciencia; desde la muerte tendió de nuevo la mano hacia el mundo.
Charles creyó que podría controlar a su antepasado. Pero él era solo un joven seducido por el conocimiento, mientras Curwen había dominado aquellas artes un siglo atrás. Uno era impaciente; el otro, astuto y envejecido en secretos. Uno creía estudiar la historia; el otro llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad para volver mediante la sangre y el parecido.
Curwen necesitaba a Charles. Aquel descendiente tenía su mismo rostro, además de una identidad legal, una familia y un lugar ya preparado en la sociedad. Si Charles desaparecía con suficiente discreción, Curwen podría ponerse su nombre y continuar en el nuevo siglo los experimentos de antaño.
Desde entonces, el “Charles” que veía la familia Ward se volvió cada vez más extraño.
Ya no se interesaba por las viejas historias urbanas que antes lo apasionaban; en cambio, preguntaba sin cesar por lugares apartados y tumbas antiguas. En sus palabras surgían a veces costumbres fuera de época, como si la vida moderna le resultara poco familiar. En ocasiones llamaba a personas y calles por nombres usados cien años antes, y se corregía de prisa cuando alguien lo miraba con desconcierto.
Sus padres estaban aterrados, pero no sabían explicar qué le ocurría a su hijo. El doctor Willett lo observó con cuidado, y sus sospechas se volvieron más graves. El hombre que tenía delante llevaba el rostro de Charles, pero carecía de su ternura y de sus recuerdos. Lo peor era que parecía estar aprendiendo a representar el papel de Charles.
La situación pronto se hizo imposible de ocultar. Aquel “Charles” fue enviado a un sanatorio. Para los extraños, estaba enfermo de la mente; la familia, ante el mundo, no podía decir otra cosa. Pero el doctor Willett se negó a reducirlo todo a la locura. Sabía que el verdadero Charles quizá había dejado alguna pista en alguna parte, y que el hombre encerrado en aquella habitación tal vez no era él en absoluto.
El doctor Willett empezó a investigar por su cuenta. Revisó los papeles que Charles había dejado, buscó cartas ocultas y símbolos disimulados. Visitó la vieja propiedad, examinó entradas cubiertas con barro reciente y observó marcas en las paredes que no deberían estar allí. Cada indicio lo llevaba más abajo.
Por fin encontró la entrada a las cámaras subterráneas.
Allí abajo reinaban el frío y la humedad, y el aire mezclaba olores de productos químicos, tierra removida y corrupción. El médico avanzó con una lámpara en la mano; el suelo era irregular, y en los muros se veían ladrillos antiguos junto a reparaciones recientes. Cuanto más descendía, más parecía que la tierra espesa se tragaba todo sonido humano, hasta hacerle extraña su propia respiración.
En el subsuelo había frascos, libros, hornillos y muchos instrumentos cuyo uso era difícil de imaginar. También había cosas selladas con cuidado, como si fueran material de laboratorio y, al mismo tiempo, fragmentos arrancados a las tumbas. Al contemplar aquel equipo, el doctor Willett comprendió que las investigaciones de Curwen nunca habían quedado realmente clausuradas. Charles solo había vuelto a abrir la puerta; detrás de ella esperaban muertos que llevaban mucho tiempo deseando regresar.
Más adentro encontró señales todavía peores. Allí se habían hecho invocaciones, y había indicios de que lo llamado había sido obligado a responder. Algunas huellas sugerían que no siempre se trataba de simples difuntos humanos: ciertas presencias parecían proceder de edades y orígenes muy por encima de lo que la imaginación humana puede soportar. El médico no tenía tiempo para meditarlo. Sabía que, si permanecía demasiado allí, quizá nunca volvería a salir.
En un lugar oculto halló la prueba que había dejado el verdadero Charles. No era un cuerpo entero ni alguien a quien se pudiera rescatar, sino una evidencia cruel y suficiente: el joven Charles había sido asesinado por su propio antepasado. Curwen no lo había poseído; lo había sustituido, aprovechándose de su rostro y de su identidad.
El doctor Willett salió del subsuelo lleno de horror. No podía contar a todos la verdad completa, porque solo conseguiría que lo tomaran también por loco. Pero ya sabía que el “Charles” del sanatorio debía ser detenido.
Cuando el doctor Willett volvió al sanatorio, se encontró frente a un viejo malhechor envuelto en la apariencia de un joven.
Aquel hombre estaba sentado en su cuarto, delgado y sereno; pero su mirada parecía medir un obstáculo que podía usarse o eliminarse. Aún intentaba sostener la identidad de Charles, aunque el médico ya no se dejaba engañar por la superficie. Mientras hablaban, el aire de la habitación se tensó poco a poco.
El doctor Willett había reunido el conocimiento encontrado bajo tierra. No era brujo ni deseaba dominar aquellas artes. Pero para poner fin al horror se vio obligado a usar el método de defensa que había reconstruido a partir de los documentos.
Curwen comprendió al fin que aquel médico sabía demasiado. Su disfraz empezó a quebrarse, y de su boca salió el tono de otra época. Ya no parecía un paciente confundido, sino el mismo hombre que, en la antigua Providence, había realizado experimentos en secreto y había sembrado el miedo entre sus vecinos.
En la habitación no hubo espadas ni truenos. La verdadera lucha se libró entre palabras pronunciadas en voz baja. Willett recitó, siguiendo las instrucciones halladas, las frases capaces de devolver al polvo a quien había regresado. El rostro de Curwen cambió. Trató de resistirse, intentó imponerse con los antiguos recursos que conocía tan bien; pero esta vez no era su adversario quien estaba desprevenido.
La identidad robada empezó a desmoronarse.
Cuando todo terminó, en la habitación ya no quedaba Joseph Curwen, pero tampoco Charles Dexter Ward. El joven había muerto hacía tiempo en el secreto que él mismo abrió, y el antepasado venido de la tumba fue obligado a regresar a la oscuridad de la que había escapado.
Los demás solo supieron que la extraña enfermedad de Charles Dexter Ward había concluido de una forma inexplicable. Su familia no recibió de vuelta al hijo perdido, sino un silencio más hondo después de la verdad. El doctor Willett conservó pruebas suficientes y enterró muchas otras cosas que no podían decirse sin peligro.
Las viejas calles de Providence siguieron en pie, y las ventanas de las casas antiguas continuaron oscureciéndose al caer la noche. Pero los documentos abiertos, las tumbas perturbadas y las huellas del subsuelo recordaron a los pocos que conocían la verdad que hay antepasados a los que no conviene buscar, y nombres de muertos que es mejor dejar para siempre bajo el polvo.