
Mitos de Cthulhu
El escritor Robert Blake vive en Providence y suele contemplar, sobre una colina lejana, una vieja iglesia que todos evitan. Al entrar en ella descubre restos polvorientos de un culto secreto y despierta a una presencia que solo puede moverse en la oscuridad. Al final, durante una noche de tormenta y apagón general, aquello encuentra el camino hasta su puerta.
El joven escritor Robert Blake vive en Providence y, desde su ventana, observa a menudo una iglesia negra y abandonada en lo alto de una colina lejana. Los habitantes del lugar rehúyen hablar de ella, y precisamente ese silencio aviva su curiosidad, hasta que una tarde gris decide entrar en el edificio desierto. En la torre de la iglesia encuentra registros olvidados de un culto, instrumentos extraños, huesos secos y una piedra negra que parece atraer la mirada. Los documentos cuentan que allí hubo una congregación que usaba aquella piedra para mirar lugares remotos y para invocar a una entidad que solo podía actuar en la oscuridad. Tras la visita de Blake, los vecinos de la vieja iglesia empiezan a vivir con miedo, como si algo encerrado en la torre hubiera despertado. De vuelta en su habitación, Blake vigila sin descanso el campanario y ordena los papeles que se llevó consigo. Poco a poco llega a creer que aquella presencia teme la luz intensa, pero puede acercarse bajo las nubes, al anochecer o durante la noche cerrada. En los barrios cercanos la gente mantiene lámparas encendidas hasta el amanecer; los rumores se propagan, y Blake comprende que todo comenzó cuando él entró en la torre. Una noche de tormenta, Providence queda sumida en un gran apagón, y lo que aguardaba en la torre sale por fin de las tinieblas. Blake escribe en su cuarto unas notas entrecortadas mientras espera que se acerque. Cuando lo encuentran, ya está muerto; solo las hojas sobre la mesa parecen probar que, durante aquel apagón, algo nacido de la oscuridad vino a buscarlo.
Robert Blake era un escritor joven, aficionado a componer relatos extraños y sombríos. Cuando llegó a Providence, se instaló en una habitación desde la que podía ver la parte occidental de la ciudad. De día se sentaba junto a la ventana para escribir; cuando el cansancio lo vencía, levantaba la vista hacia los tejados, las chimeneas y las torres de las iglesias que ondulaban a lo lejos.
Más allá de muchos tejados había un barrio que parecía más viejo que el resto de la ciudad. Sus casas se apretaban en la ladera; los muros de ladrillo estaban oscurecidos, las ventanas eran estrechas, y todo daba la impresión de llevar años sin recibir cuidado alguno. En lo más alto se alzaba una iglesia abandonada, con una aguja negra y delgada, semejante a un clavo de hierro clavado en el cielo gris.
Al principio, Blake pensó que aquel lugar serviría bien para alguno de sus cuentos. Pero cuanto más lo miraba, más notaba alrededor de la iglesia una soledad difícil de explicar. En otras calles siempre había carruajes, peatones, niños y ruido de comercios; aquel barrio, en cambio, parecía esquivado por la propia ciudad. Al caer el sol, las ventanas cercanas encendían sus luces muy temprano; y en los días nublados, apenas se veía a nadie caminar por sus calles.
Preguntó a algunos vecinos cómo se llamaba aquella iglesia y por qué nadie iba allí. Uno frunció el ceño y dijo que llevaba mucho tiempo abandonada; otro se limitó a aconsejarle que no hiciera preguntas. Cuanto más lo eludían, más deseaba Blake averiguar la verdad.
Una tarde de cielo incierto, Blake salió con su bastón y su cuaderno y caminó hacia la colina.
A cada paso, las calles se volvían más antiguas. Las losas estaban desniveladas, crecía hierba junto a los muros, y la pintura de los pórticos se levantaba en capas quebradizas. De vez en cuando alguien lo veía desde una rendija y lo miraba con recelo antes de cerrar la puerta. Un anciano sentado en unos escalones, al verlo dirigirse hacia la iglesia, le aconsejó en voz baja que regresara. Blake tomó aquello por superstición local, asintió con cortesía y siguió subiendo.
La puerta de la iglesia estaba cerrada. Era gruesa, con herrajes ennegrecidos por el óxido; delante no había huellas, solo hojas secas que el viento había amontonado sobre los escalones de piedra. Blake rodeó el edificio y encontró una ventana rota en un costado. Le costó trepar por ella; un fragmento de vidrio le rasgó la manga, y al caer dentro levantó una nube de polvo.
El interior era más oscuro que el exterior. Los bancos, podridos, se inclinaban en filas torcidas; por el suelo había maderas rotas, plumas de pájaros y yeso desprendido. Las vidrieras estaban quebradas desde hacía mucho, y los restos de sus dibujos, cubiertos de polvo, apenas dejaban pasar unas manchas apagadas de luz.
Blake avanzó despacio por la nave con una linterna en la mano. Vio señales raspadas en los muros, manchas extrañas ante el altar, indicios de reuniones secretas celebradas allí muchos años atrás. Aquello no parecía una simple capilla abandonada, sino un lugar sellado a toda prisa y luego borrado deliberadamente de la memoria de todos.
Detrás del altar, Blake encontró una escalera estrecha que subía a la torre. Los peldaños de madera eran empinados y frágiles, y crujían de forma alarmante bajo sus pies. Debería haberse marchado, pero la curiosidad lo empujaba hacia arriba como una mano invisible.
En la torre había aún más objetos amontonados. Algunas cajas se habían deshecho y dejaban ver papeles enmohecidos, viejas túnicas e instrumentos de formas extrañas. Blake hojeó los documentos y comprendió poco a poco que aquella iglesia había sido ocupada por un culto secreto. Sus miembros se reunían de noche, registraban nombres y ceremonias que no debían circular, y hablaban también de desapariciones, muertes y rumores capaces de helar la sangre.
Lo que más inquietó a Blake fue un esqueleto reseco. Yacía en un rincón, con la ropa convertida en jirones, en una postura que parecía la de alguien que había intentado huir desesperadamente antes de morir. Cerca de él había unas líneas garabateadas que hablaban de una cosa oscura adorada por el culto, de la luz, y de la necesidad de impedir que algo saliera de la torre.
Entonces vio la piedra.
Estaba colocada en un soporte semejante a una caja. Su superficie no brillaba como una gema común; era tan profunda que parecía absorber toda claridad. Blake dirigió hacia ella la linterna, pero la luz cayó sobre la piedra como si se hundiera en un pozo sin fondo. Se acercó para mirar mejor y tuvo de pronto la impresión de que algo se movía dentro, como si no contemplara una piedra, sino un pedazo de noche remota.
En ese instante, algo pareció despertar en la torre.
Blake retrocedió de golpe y volcó una caja a sus espaldas. Se levantó polvo, y desde abajo llegó el eco de las tablas estremeciéndose. Ya no se atrevió a quedarse. Tomó algunos registros, se los metió en el bolsillo, bajó la escalera dando traspiés, salió por la ventana y casi huyó corriendo de aquel barrio.
Al regresar a su habitación, Blake intentó calmarse. Extendió sobre la mesa los papeles que había traído y comenzó a descifrar, una por una, aquellas letras desvaídas. Cuanto más leía, más frío sentía.
Los registros decían que el culto de la vieja iglesia había usado la piedra negra para contemplar lugares remotos y desconocidos, y también para llamar a una presencia propia de la oscuridad. Aquello no podía actuar bajo una luz intensa, pero sí acercarse durante la noche, entre sombras, allí donde no hubiera lámparas encendidas. Muchos años antes, los vecinos, incapaces de soportarlo por más tiempo, habían irrumpido en la iglesia y expulsado al culto; desde entonces cerraron el edificio, y nadie quiso volver a entrar.
Blake quiso pensar que todo aquello eran delirios de gente enloquecida. Pero desde aquel día sintió que la aguja lejana lo observaba.
Empezó a vigilar la iglesia con unos prismáticos. En los días despejados todo permanecía tranquilo. La torre se alzaba allí, como un trozo de madera quemada. Pero en los días cubiertos, y sobre todo en ese momento incierto en que el crepúsculo empieza a volverse noche, le parecía ver algo pasar tras las ventanas de la torre. No era un pájaro ni se parecía a una figura humana. Era demasiado rápido, demasiado denso, como una masa viva de oscuridad que girara dentro.
Los habitantes del barrio también se inquietaron. Blake oyó rumores: la gente de la ladera no se atrevía a apagar las luces por la noche; si fallaba una bombilla, encendían de inmediato una vela, y si no bastaban las velas, recurrían a lámparas de aceite. Algunos decían haber oído aleteos procedentes de la iglesia; otros juraban haber visto en la torre un resplandor que no pertenecía a este mundo. La policía pasó por la zona, pero no encontró nada y lo atribuyó todo al pánico de un barrio pobre.
Blake, en cambio, sabía que aquello había comenzado después de su entrada en la iglesia.
Una noche de verano, la tormenta se abatió sobre Providence.
Al atardecer, el cielo tomó primero un tono amarillento; luego las nubes se amontonaron en capas, como una pesada tapa cerrándose sobre la ciudad. El viento sacudía las ramas, y a lo lejos sonó el primer trueno. Blake permanecía ante la ventana, cada vez más angustiado. Miró hacia la vieja iglesia y vio la torre negra recortada ante la cortina de lluvia, más nítida que de costumbre.
Encendió todas las luces de la habitación y también varias velas. Sobre la mesa estaban desplegadas sus notas, con los bordes de las hojas temblando al paso del aire. Se repetía que, mientras hubiera luz, aquello no podría llegar hasta él.
Pero los truenos se acercaban. Las farolas de la calle parpadearon varias veces, ahora encendidas, ahora a oscuras. A lo lejos alguien gritó, como si avisara a sus vecinos. Blake corrió a la ventana y vio que, en el barrio de la colina, una luz tras otra se encendía y oscilaba bajo la lluvia y el viento.
De pronto cayó un rayo, y la ciudad entera pareció estremecerse de un golpe.
Las luces se apagaron.
La habitación quedó sumida en la oscuridad, salvo por los relámpagos que de vez en cuando iluminaban las paredes. Algunas de las velas de Blake se habían apagado con la ráfaga que entraba por la ventana. Tanteó en busca de cerillas, pero los dedos le temblaban demasiado. Cuando el siguiente relámpago rasgó el cielo, vio en la ventana negra de la torre lejana algo que parecía abrirse.
No era una sombra común. Las sombras no abandonan las paredes ni atraviesan la noche lluviosa en dirección a un hombre. Pero Blake vio una masa de oscuridad desprenderse de la torre y moverse entre el viento y la lluvia. Se acercaba al compás de cada trueno y desaparecía bajo cada relámpago, como si la luz pudiera obligarla a retroceder por un instante, pero no destruirla de verdad.
Blake retrocedió hasta la mesa y tomó la pluma. No sabía por qué seguía escribiendo; tal vez porque, salvo dejar constancia de lo que veía, ya no le quedaba otro modo de probar nada.
Anotó el apagón, la torre, la cosa que había salido de la iglesia. Escribía a saltos, con una letra cada vez más desordenada. Afuera también se oían gritos; toda la calle parecía haber despertado dentro de una misma pesadilla. Algunos abrían las ventanas y llamaban a voces, otros corrían, otros intentaban encender de nuevo alguna lámpara. Pero la tormenta seguía rodando sobre sus cabezas, y grandes zonas de la ciudad se hundían en la oscuridad.
Blake sintió que aquello se acercaba más y más.
No se atrevía a mirar por la ventana, y aun así no pudo evitar levantar la cabeza. La lluvia golpeaba el cristal, y el marco vibraba bajo el viento. En un instante, un relámpago volvió la habitación de un blanco lívido, y Blake creyó ver una sombra enorme pegada a la ventana. Al momento siguiente la luz se extinguió, y en el cuarto solo quedó el sonido de su propia respiración.
Cuando más tarde llegaron a la habitación de Blake, la tormenta ya había pasado. Las luces habían vuelto, y la ciudad parecía despertar de un sueño largo. La ventana estaba abierta, los papeles se hallaban esparcidos sobre la mesa y la pluma había caído al suelo. Robert Blake yacía muerto junto a la silla, con una expresión de terror extremo aún fija en el rostro.
Los médicos no supieron explicar la causa de la muerte. La policía tampoco encontró rastro de intruso alguno. Solo aquellas pocas páginas quedaron sobre la mesa, hablando de oscuridad, de la torre, de truenos y de algo que se acercaba cada vez más.
La vieja iglesia siguió en pie sobre la colina lejana. De día no era más que un edificio abandonado en la ciudad. Pero desde entonces muchos habitantes de Providence temieron aún más las noches de apagón. Cuando las nubes bajaban y empezaban los truenos, alguien recordaba al joven escritor, la aguja negra que había contemplado desde su ventana y al cazador que salió de las tinieblas para buscarlo.