
Mitos de Cthulhu
Un joven que viaja por Nueva Inglaterra se desvía hacia el decadente puerto de Innsmouth. Allí oye antiguas historias sobre una alianza entre sus habitantes y una raza venida del mar; después, entre una huida nocturna y secretos familiares, descubre que aquella sombra también alcanza a su propia sangre.
El joven viajero era, al principio, solo alguien que viajaba con poco dinero. Mientras preguntaba por rutas en una localidad cercana, oyó hablar de un autobús barato que pasaba por Innsmouth, pero también vio el asco y el miedo que provocaba el nombre de aquel puerto. Decían que la ciudad había sido próspera en otro tiempo, que luego se había hundido de pronto en la ruina, que sus vecinos tenían rostros extraños y que casi ningún forastero aceptaba pasar allí la noche. Aun así, el joven fue. Encontró tejados vencidos, calles vacías, un viento marino cargado de podredumbre y muchos ojos ocultos tras las ventanas. Un dependiente llegado de fuera le habló de la “Orden Esotérica de Dagón”. Más tarde, el viejo borracho Zadok le contó que el capitán Obed Marsh había traído de los mares del Sur un trato espantoso: los habitantes ofrecían sacrificios a una raza submarina a cambio de oro y abundancia; con el tiempo, algunas familias del pueblo empezaron incluso a mezclarse con aquellos seres del mar. Por la noche, una avería del autobús obligó al joven a alojarse en la posada del pueblo, pero descubrió que alguien se reunía sigilosamente ante su puerta. Escapó por la ventana y se escondió entre callejones oscuros y casas abandonadas, mientras oía a sus perseguidores arrastrar los pies y emitir sonidos que no parecían humanos. Antes del amanecer huyó de Innsmouth por una vía férrea abandonada y contó lo sucedido a las autoridades. Después, el gobierno asaltó el puerto; muchos vecinos fueron detenidos, y junto al mar y los arrecifes se llevaron a cabo operaciones secretas. Pero el horror no terminó con su huida. Más adelante, el joven investigó su linaje materno y descubrió que su abuela procedía de Innsmouth. También empezó a sospechar que la supuesta locura de ciertos parientes quizá no fuera una enfermedad, sino la señal de una transformación heredada. En el espejo vio cómo su propio rostro cambiaba, y en sueños contempló palacios bajo el mar y parientes que lo aguardaban. Poco a poco el miedo se convirtió en llamada, y al final comprendió que la sombra de Innsmouth no solo había caído sobre una ciudad: también vivía en su sangre.
Aquel verano, un joven viajaba solo por Nueva Inglaterra. Tenía poco dinero, pero le gustaba visitar ciudades antiguas, puertos y museos; por eso calculaba cada trayecto con cuidado, siempre atento a ahorrar unas monedas.
Su intención era ir de Newburyport a Arkham. Mientras preguntaba por el camino, alguien le dijo que existía una línea de autobús que pasaba por una pequeña ciudad costera y que costaba bastante menos que el tren. La ciudad se llamaba Innsmouth.
En cuanto se pronunció aquel nombre, los rostros de la estación cambiaron. Unos dijeron que era un lugar desolado; otros, que sus habitantes no querían trato con forasteros. Hubo quien bajó la voz para añadir que la gente de Innsmouth tenía un aspecto raro: ojos saltones, cuello arrugado, una manera torcida de andar. Cuanto más preguntaba el joven, más confusas se volvían las respuestas. Todos parecían saber algo, pero nadie quería decirlo claramente.
También fue a tiendas y bibliotecas en busca de información. Le contaron que Innsmouth no siempre había sido así. En otro tiempo había sido un puerto animado, con astilleros, molinos y mercancías llegadas de mares lejanos. Después, la ciudad se arruinó de pronto. El ferrocarril dejó de pasar por allí, los forasteros ya no acudieron, muchas casas quedaron vacías, y aun así sus habitantes siguieron aferrados al lugar, como si prefirieran pudrirse entre la niebla salina antes que marcharse.
Cuanto más escuchaba, más crecía su curiosidad. Podía haber tomado una ruta más segura, pero pensó en aquel billete barato y en el viejo puerto que en el mapa se pegaba a la costa. Decidió ir a verlo. Si llegaba de día y se marchaba al atardecer, nada tendría por qué ocurrir.
A la mañana siguiente, un autobús destartalado lo llevó por la carretera que descendía hacia el mar. Al otro lado de la ventanilla, los campos se iban volviendo cada vez más yermos; los muros de piedra se desplomaban y la maleza crecía sin freno. Cuanto más se acercaban a la costa, más intensa era la humedad, mezclada con un olor salobre y rancio. El conductor sujetaba el volante en silencio. No había ningún otro pasajero. Cuando el autobús bajó la pendiente final, el joven vio por fin Innsmouth.
No era una ciudad en ruinas como cualquier otra.
En la bahía quedaban unas pocas embarcaciones viejas, y los pilotes negros se inclinaban dentro del agua. Muchos tejados se habían hundido por un lado; las ventanas estaban clavadas con tablas; casi no había carruajes ni peatones en las calles. A lo lejos, sobre el mar, asomaba una línea oscura de arrecifes, contra la que rompían las olas una y otra vez, como si algo estuviera allí tendido y respirara. Cuando el joven bajó del autobús, varios rostros aparecieron tras los cristales y desaparecieron enseguida.
Primero se dirigió al centro. La plaza estaba extrañamente desierta. Sobre la puerta de la tienda de comestibles colgaba un letrero viejo; las paredes de la posada estaban ennegrecidas; la iglesia de piedra parecía haber cambiado de dueños hacía mucho tiempo. De vez en cuando pasaba algún vecino, y su aspecto obligaba al joven a mirarlo dos veces.
Tenían la piel grisácea, parpadeaban muy poco, los ojos les sobresalían, los labios eran gruesos y flojos, y junto a las orejas y el cuello mostraban pliegues extraños. Algunos de los mayores caminaban arrastrando los pies, con los hombros vencidos hacia delante, como si no estuvieran acostumbrados a permanecer erguidos demasiado tiempo. Al ver al joven, no se mostraban amables, pero tampoco huían; se limitaban a observarlo con una mirada húmeda, lenta y hostil.
El joven se dijo que quizá todo aquello fuera resultado del aislamiento, la enfermedad y la pobreza. Aun así, no pudo librarse de una profunda incomodidad.
En la tienda encontró a un dependiente joven, también venido de fuera. Al ver que el visitante estaba dispuesto a hablar, el empleado descargó en él sus temores. Le dijo que la gente de Innsmouth no seguía las iglesias comunes, sino que muchos de sus hombres importantes pertenecían a una sociedad llamada la Orden Esotérica de Dagón. Poca gente entraba desde el exterior, y quien entraba hacía bien en no preguntar demasiado. Si de verdad quería oír historias antiguas, podía buscar a un viejo borracho llamado Zadok. Era muy anciano y solía vagar por las afueras; si le daban alcohol, tal vez contara algo.
El joven siguió las indicaciones que el dependiente le dibujó, compró una botella y fue en busca del viejo.
Encontró al viejo Zadok en un camino roto cerca del mar. Estaba flaco como una rama seca, con la barba enmarañada y una mirada que pasaba de la turbiedad al espanto. Al principio no quiso hablar; solo clavó los ojos en la botella. El joven se la ofreció. Tras unos tragos, el rostro del anciano recobró algo de color, aunque también pareció quedar más preso de algún sueño antiguo.
El viento soplaba desde los muelles abandonados, y las tablas crujían. El viejo miró hacia los arrecifes lejanos y dijo en voz baja que la desgracia de Innsmouth no había empezado el día anterior.
Zadok contó que, mucho tiempo atrás, había vivido en el pueblo un capitán llamado Obed Marsh. Navegaba con frecuencia hacia los mares del Sur y traía especias, adornos de oro y mercancías extrañas. En aquel entonces Innsmouth aún era pobre; la pesca no daba bastante y el puerto no había alcanzado la prosperidad que conocería después.
En unas islas remotas, Marsh había presenciado un rito. Los isleños entregaban ofrendas a seres que venían de las profundidades del mar y, a cambio, recibían redes llenas de peces y raras joyas de oro. Aquella raza submarina no era humana, pero tampoco se parecía a los peces de las leyendas. Vivía bajo las aguas profundas, podía hablar con los hombres, sellar pactos y exigir un precio.
Al oír aquello, el joven pensó que el viejo estaba demasiado borracho. Pero la voz de Zadok se hacía cada vez más baja, como si temiera que el viento marino llevara sus palabras a oídos indebidos.
Dijo que Marsh llevó aquel trato a Innsmouth. Al principio, los habitantes solo vieron los beneficios: los bancos de peces regresaron, las bodegas se llenaron y el oro entró en los cofres de unas cuantas familias. Pero toda ofrenda debía pagarse, y ningún juramento podía romperse. Más tarde, Marsh y sus compañeros fundaron la Orden Esotérica de Dagón y obligaron a muchos otros a unirse. Quienes se opusieron desaparecieron; las antiguas iglesias fueron ocupadas; por las noches se oían tambores y pasos en el pueblo.
Lo más terrible eran los matrimonios.
Aquellos seres del mar prometían riqueza a Innsmouth, pero exigían unirse a la gente de la costa. Los hijos mestizos parecían normales cuando eran pequeños; al crecer, su rostro iba cambiando: los ojos se hinchaban, la piel se volvía gris, el cuello se abría en pliegues y grietas. Llegado cierto día, abandonaban la tierra y caminaban hacia el mar, más allá de los arrecifes. El viejo dijo que eso no era morir. Aquellas criaturas vivían muchísimo tiempo, quizá sin envejecer como los hombres.
Zadok se alteró cada vez más. Aferró la manga del joven, señaló la línea oscura de arrecifes y dijo que no eran rocas ordinarias: cuando bajaba la marea, podían verse figuras reunidas allí. Muchos en el pueblo lo sabían, pero nadie se atrevía a hablar. Los que aún no habían cambiado del todo seguían viviendo en las casas ruinosas, a la espera de su momento; los que ya habían cambiado se habían marchado a las ciudades bajo el mar.
Un frío recorrió la espalda del joven. Quiso seguir preguntando, pero el anciano se calló de golpe y empezó a temblar. En la esquina de la calle aparecieron varios vecinos de Innsmouth que avanzaban lentamente. Zadok pareció recobrar de pronto la sobriedad, apartó al joven de un empujón y huyó dando tumbos por un callejón. No volvió a dejarse ver.
Al caer la tarde, el joven llegó a la parada, pero le dijeron que el autobús de salida se había averiado. El conductor y la gente de la posada repitieron que tendría que esperar hasta el día siguiente. Se sentía inquieto, pero no tenía otra opción; aceptó pasar la noche en el viejo hotel del pueblo.
Los pasillos eran estrechos y oscuros, el papel de las paredes estaba cubierto de moho, y en la habitación flotaba un olor mezclado de agua de mar, polvo y madera podrida. El dueño le entregó la llave con una actitud extraña. Sus ojos volvían una y otra vez al rostro del huésped, como si intentara comprobar algo.
El joven no se acostó enseguida. Atrancó la puerta con una silla y revisó la ventana. A altas horas de la noche, toda la posada parecía hundida bajo el agua. A lo lejos ladró un perro, pero el sonido se cortó de pronto.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando oyó algo al otro lado de la puerta.
Primero crujió suavemente la madera. Luego alguien se detuvo en el pasillo. El picaporte giró despacio, sin llegar a abrir. Quien estuviera fuera guardaba un silencio impropio de un ladrón común. Después sonaron ruidos en la habitación contigua, como si alguien tratara de acercarse a su ventana desde el otro lado.
El joven se heló, pero no gritó. Sabía que, en aquella ciudad, quizá los gritos no atrajeran ayuda. Apartó la silla con cuidado, tomó cuanto podía servirle de su equipaje, abrió la ventana y salió al alero. La niebla nocturna pesaba sobre la calle, y abajo todo era oscuridad. Avanzó por el borde hasta una habitación vacía, entró en ella y bajó por otra escalera hacia la puerta trasera.
A sus espaldas sonó de pronto un golpe contra la puerta. Habían descubierto su fuga.
Corrió hacia un callejón y oyó gritos roncos dentro de la posada. En las esquinas, los patios y las puertas de las casas abandonadas empezaron a moverse sombras. Innsmouth despertaba como una bestia dormida, y muchas ventanas que antes estaban negras se encendieron una tras otra.
El joven no se atrevió a tomar las avenidas principales. Se internó en los barrios abandonados, saltó muros derruidos, cruzó patios invadidos por la hierba y se ocultó en una casa vieja sin tejado. Los perseguidores pasaron por la calle. Sus pasos se arrastraban y golpeaban; algunos sonaban como suelas sobre piedra, otros como algo húmedo que caía contra el suelo.
Contuvo la respiración y vio varias siluetas avanzar entre la niebla. Sus cabezas y hombros se balanceaban de un modo extraño, y de sus gargantas salían sonidos confusos. El joven no se atrevió a mirarlas con atención; solo comprendió que aquellas sombras eran todavía menos humanas que los vecinos vistos de día.
Esperó a que los pasos se alejaran y siguió huyendo. Recordaba que en el mapa aparecía una vía férrea abandonada que salía del pueblo. Si lograba encontrar los raíles, podría escapar. Pero Innsmouth, de noche, parecía repetirse en todas partes: casas torcidas, escalones rotos, ventanas como agujeros negros. El oleaje sonaba sin descanso a lo lejos, como si no lo persiguieran los habitantes del pueblo, sino el mar entero.
En una ocasión estuvo a punto de chocar de frente con una comitiva que venía del puerto. Eran muchos, se movían por el centro de la calle y traían consigo un intenso olor a sal y pescado. El joven se arrojó entre la maleza, con el rostro pegado al barro frío, hasta que los pasos y los gruñidos apagados se perdieron en la distancia.
En aquel instante comprendió que Zadok no estaba del todo loco. Lo que Innsmouth ocultaba no era un crimen ordinario ni la rareza de unos vecinos aislados. Algo antiguo, una raza de las profundidades, había arrastrado de verdad a aquella ciudad dentro de su sombra.
Poco antes del amanecer encontró la vía. Los raíles estaban oxidados y las traviesas cubiertas de hierba. Caminó por ellos con desesperación hasta que los tejados y la niebla marina quedaron atrás. Cuando salió el sol, estaba agotado, pero vivo.
Cuando llegó a un lugar seguro, el joven contó a las autoridades cuanto sabía. Al principio, no todos le creyeron. Pero las pistas que llevaba eran demasiadas, y los registros del pasado de Innsmouth resultaban demasiado sospechosos. Con el tiempo, el gobierno decidió actuar.
No mucho después, un asalto secreto cayó sobre Innsmouth. Muchos vecinos fueron arrestados, las calles quedaron cerradas y el puerto fue registrado. Afuera solo se habló de contrabando, de una secta y de una grave organización criminal; los periódicos escribieron con vaguedad. Pero el joven sabía que la verdad completa no aparecería nunca en la prensa.
También hubo operaciones cerca de los arrecifes. Algunos dijeron que buques de guerra dispararon durante la noche; otros, que desde las profundidades llegó un estruendo sordo. Desde entonces, Innsmouth quedó aún más desolada, como un trozo de carne podrida abierto al fin bajo la luz.
El joven creyó haber escapado de aquella sombra. Se marchó de la región e intentó recuperar una vida tranquila. Pero hay cosas que, una vez conocidas, no se van del todo.
Empezó a investigar su propia familia. Al principio lo hizo solo por inquietud; después, cada hallazgo lo arrastró más lejos. Descubrió registros imprecisos en la rama materna, parientes de los que nadie quería hablar y una abuela procedente de Innsmouth. De aquella mujer se sabía poco: había sido hermosa de joven, más tarde evitó la compañía de los demás, y al final desapareció de la memoria familiar.
Las pistas se cerraron en torno a su cuello como una cuerda fría y mojada.
Al principio, el joven se negó a creerlo. Se decía que muchas familias tienen secretos y que quizá Innsmouth hubiera aparecido por casualidad en su genealogía. Pero pasaban los días, y el rostro que veía en el espejo empezó a darle miedo.
Sus ojos parecían más salientes que antes; la piel tenía una aspereza extraña. En sueños oía a menudo el movimiento del agua y veía enormes escalinatas de piedra hundidas en un mar verde, palacios donde se respiraba sin aire. Aquellos sueños no siempre eran terribles. A veces, las voces que surgían de ellos eran casi suaves, como parientes lejanos que lo llamaran desde la oscuridad del fondo.
También recordó a otro miembro de la familia, alguien que había sido encerrado por razones nunca claras; solo se decía que había perdido la razón. El joven empezó a sospechar que quizá no se tratara de una locura común, sino del despertar de la misma sangre.
El miedo fue cambiando de sabor. Al principio temía convertirse en uno de aquellos seres que había visto por las calles de Innsmouth. Más tarde, en sueños, contempló lugares más profundos: una ciudad submarina, espléndida y antigua, y muchos ojos que lo miraban a través del agua sin parecer enemigos. Aquellas presencias parecían haber sabido desde siempre quién era él, y también que algún día llegaría a comprenderlo.
Al final, dejó de pensar solo en huir.
Planeó liberar al pariente encerrado y marcharse con él de la tierra firme. No para morir, sino para descender bajo el mar, hacia la ciudad profunda que los aguardaba. Las habitaciones humanas, las calles, los nombres y los temores fueron quedando atrás, cada vez más livianos. Innsmouth no le había dado solo persecución y pesadillas; también le había entregado una respuesta terrible: él nunca había sido únicamente una criatura de la orilla.
Así, la sombra de Innsmouth no se disipó con el asalto. Cruzó la niebla marina, las casas en ruinas y los arrecifes, y cayó dentro de la sangre de un hombre. Cuando él miraba el espejo, aquel puerto deshecho ya no era una simple parada en el mapa, sino la puerta por la que algún día habría de regresar.