
Mitos de Cthulhu
La expedición antártica de la Universidad Miskatonic descubre, en lo más hondo del hielo, una cordillera tan alta que parece ajena a la tierra de los hombres, y detrás de ella una ciudad antiquísima. Los exploradores contemplan las ruinas dejadas por los Antiguos, y también el desastre sellado en regiones aún más profundas. Al final solo pueden huir de regreso al mundo humano, cargados de terror, para advertir a quienes vengan después que jamás vuelvan a aquel lugar.
La expedición antártica de la Universidad Miskatonic había partido como una empresa científica. El profesor Dyer dirigía los trabajos de perforación y muestreo sobre el hielo, hasta que el grupo de Lake, más alejado, descubrió una cordillera negra de altura inconcebible y extrajo de los estratos unos cuerpos extraños, prodigiosamente conservados. Aquellos ejemplares no parecían fósiles ordinarios, y los perros de trineo reaccionaban ante ellos con un miedo violento. Tras una tormenta, el grupo de Lake dejó de responder. Cuando Dyer llegó al campamento, encontró tiendas destrozadas, compañeros muertos y los ejemplares desaparecidos. Muchas huellas no parecían obra del viento ni de bestias salvajes; más bien sugerían que aquellas presencias desenterradas habían despertado y habían tratado a los seres humanos como muestras desconocidas. Dyer y Danforth cruzaron la cordillera en avión y hallaron, más allá de las montañas, una ciudad de piedra sepultada por la nieve. Sus relieves narraban la historia de los Antiguos: cómo llegaron desde las estrellas, cómo levantaron ciudades, cómo crearon seres serviles y cómo terminaron sufriendo la rebelión de aquello que habían hecho. Cuanto más leían las paredes, más comprendían que la civilización humana era apenas una aparición tardía y fugaz frente a aquel continente. En las profundidades de la ciudad encontraron rastros de la muerte de sus compañeros, y vieron también que los propios Antiguos habían sido despedazados por algo todavía más temible. Aquella criatura subterránea seguía moviéndose; su voz avanzaba desde los corredores oscuros. Los dos huyeron hasta el avión. Danforth, ya en el aire, miró hacia atrás una sola vez y desde entonces quedó casi destruido. Dyer escribió su testimonio únicamente para impedir que una nueva expedición volviera a internarse en aquellas montañas.
Cuando la expedición antártica de la Universidad Miskatonic emprendió el viaje, nadie imaginaba que aquella empresa acabaría convertida en una pesadilla.
Eran profesores, estudiantes de posgrado, pilotos y técnicos. Llevaban equipos de perforación, tiendas, radios, cámaras, aviones y cajas enteras de instrumentos. Dejaron atrás las ciudades familiares y llegaron al continente blanco del sur, un lugar sin árboles ni canto de aves, donde solo el viento raspaba el hielo como si el lomo de un cuchillo pasara junto al oído. El sol giraba bajo en el cielo, la noche tenía una rareza inquietante, y el frío no se acercaba poco a poco como en los inviernos del norte: entraba a la vez por las suelas, por las costuras de los guantes y por el aliento.
El jefe de la expedición, el profesor Dyer, era ante todo geólogo. Le interesaban los estratos, los fósiles y las huellas de la juventud de la Tierra. El grupo levantó un campamento sobre la llanura helada, usó los aviones para transportar hombres y provisiones, instaló las perforadoras y comenzó a extraer muestras de las profundidades. Durante muchos días, los hallazgos fueron normales: rocas antiquísimas, señales de carbón, impresiones de criaturas extinguidas desde hacía edades. Todo podía entrar en un informe; cada número podía ocupar su lugar en una tabla.
Pero cuando el profesor Lake condujo un destacamento hacia el noroeste, las cosas empezaron a cambiar.
Por la radio llegó la voz excitada de Lake. Decía que habían encontrado una cordillera asombrosa, mucho más alta que las cumbres polares conocidas. Sus paredes se alzaban detrás del hielo como hojas negras, y las cimas aparecían y desaparecían entre nubes y ráfagas. Añadió que, cerca de allí, habían excavado en la roca unos fósiles extrañísimos: no parecían plantas corrientes ni animales conocidos, y su forma era tan compleja que producía desasosiego.
En el campamento principal, todos se apiñaron alrededor de la radio. Al principio estaban contentos; creyeron que aquel hallazgo sacudiría al mundo académico. Pero la voz de Lake, interrumpida por chasquidos, se volvió cada vez más urgente. Las cosas que habían extraído tenían cuerpos en forma de barril, estructuras estrelladas en la parte superior y en la inferior, pliegues, alas membranosas, órganos tubulares y muchas partes cuyo uso era imposible de adivinar. Estaban demasiado bien conservadas para ser simples impresiones en la piedra; parecían cadáveres congelados desde una época remota.
Lake dijo que habían llevado varios ejemplares a una tienda para diseccionarlos y fotografiarlos. También contó que algunos perros de trineo, al olerlos, habían enloquecido: tiraban de las correas, aullaban y se negaban a acercarse.
Para entonces, Dyer ya sentía que algo no iba bien. Pero aún no podía imaginar que al día siguiente no lo esperaban nuevos informes, sino un silencio absoluto.
Después de la tormenta, el campamento principal no volvió a comunicarse con el grupo de Lake.
En la radio solo quedaba estática. Dyer llamó una y otra vez, preguntó si necesitaban ayuda, si los aviones podían despegar, cuál era el estado de los heridos. No obtuvo respuesta. Al final, todos comprendieron que debían ir en persona.
Mientras el avión avanzaba sobre el hielo, Dyer vio por la ventanilla aquella cordillera lejana. No eran montañas ordinarias. Pico tras pico, las cumbres negras se alineaban como si quisieran sostener el cielo, y sus riscos abruptos mostraban aristas extrañas bajo la claridad de la nieve. Cuanto más se acercaban, más parecía que no se trataba de elevaciones naturales, sino de una barrera desgarrada por una fuerza gigantesca, levantada para separar el mundo conocido de los hombres de algo situado más allá.
Aterrizaron cerca del campamento de Lake.
Todo estaba en desorden. Las tiendas habían sido arrancadas, los instrumentos volcados, las cajas esparcidas por la nieve. Muchos perros de trineo yacían muertos, amontonados de una manera extraña. También habían muerto varios miembros de la expedición: algunos parecían haber sido abiertos con brutalidad; otros estaban enterrados en montículos de nieve, dejando ver apenas una manga rígida o el borde de una prenda. Lo más helador era que los extraños ejemplares desenterrados habían desaparecido, y con ellos los cuerpos de varios hombres.
Dyer y sus compañeros inspeccionaron el lugar. Querían hallar una explicación: ¿había sido la tormenta?, ¿había enloquecido alguien?, ¿se habían soltado los perros y habían atacado a los hombres? Pero muchas señales no encajaban. Las tiendas no parecían abatidas por el viento, ni los cadáveres desgarrados por animales. Alguien había estado escribiendo antes de morir, pero las notas se interrumpían de golpe, como si quien sostenía el lápiz hubiera oído algo, hubiese levantado la cabeza y jamás hubiera podido volver a bajarla.
En un rincón del campamento encontraron indicios de que quizá alguien seguía con vida: Gedney había desaparecido, y otro miembro del grupo con él. Aquello solo aumentó la confusión de los supervivientes. Nadie quería pronunciar en voz alta la posibilidad más espantosa: tal vez aquellas cosas tomadas por fósiles no fueran solo fósiles.
Dyer reunió los documentos que debían llevarse y procuró dar sepultura a quienes pudo. Pero una pregunta no dejaba de oprimirlo. ¿Qué había detrás de aquella cordillera? Lake, en sus últimas transmisiones, había mencionado unas formas rocosas extrañas, semejantes a sombras de construcciones artificiales. Dyer sabía que, si no las veía con sus propios ojos, jamás entendería lo ocurrido allí.
Así que él y el joven Danforth tomaron un avión y volaron hacia el interior de las montañas.
Mientras cruzaban aquella cadena de cumbres, los dos apenas hablaron.
El avión temblaba en el aire frío y enrarecido, y el rugido de la hélice era desgarrado por el viento de altura, ora cercano, ora distante. Los picos se alzaban a ambos lados, con largas bandas de hielo colgando de las paredes negras. Dyer observó el altímetro y comprendió que aquellas montañas eran aún más terribles de lo que habían imaginado. Parecían un muro: no solo cerraban el paso a los secretos más hondos de la Antártida, sino también a una frontera que la humanidad nunca debió cruzar.
Cuando pasaron sobre la cresta más alta, Danforth soltó de pronto una exclamación ahogada.
Al otro lado no había una llanura vacía de hielo.
Había una ciudad.
La mayor parte estaba enterrada bajo nieve y hielo, pero todavía podía distinguirse su vasta silueta. Torres enormes se alzaban inclinadas, muros unidos a otros muros, arcos, plataformas, rampas y edificios cuadrados asomaban con bordes gris oscuro entre la blancura. Muchas construcciones no seguían las líneas rectas y proporciones de una ciudad humana; sus ángulos y medidas resultaban incómodos, como si los constructores hubieran tenido cuerpos, orientación y modos de vida por completo distintos de los nuestros.
Dyer y Danforth encontraron un sitio relativamente llano y aterrizaron. Tomaron linternas, cuerdas, cámaras y cuadernos, y entraron en aquella ciudad silenciosa de piedra.
No había pasos, ni humo, ni señales de seres vivos. El viento penetraba por ventanas vacías y salía por el extremo opuesto de los corredores con un sonido parecido a un murmullo lejano. Cruzaron pasajes anchos y vieron que las paredes estaban cubiertas de relieves. Habían atravesado edades inconcebibles, pero el frío seco había conservado muchos detalles.
Al principio, Dyer los tomó por adornos. Pero cuanto más avanzaban, más claro le parecía que aquellos relieves formaban una historia.
En las imágenes aparecía una especie de criaturas con cabezas de cinco puntas y cuerpos en forma de barril. Venían de las estrellas a una Tierra joven y levantaban ciudades en el mar y en la tierra firme. Podían volar y moverse bajo el agua; construían grandes casas de piedra, abrían caminos, administraban territorios y estudiaban la vida. Poco a poco, Dyer comprendió que aquellos eran los mismos seres que Lake había extraído bajo el hielo: los Antiguos.
Ese nombre se convirtió más tarde en la designación más prudente en sus notas. No eran antepasados de la humanidad ni dioses de las leyendas humanas. Eran habitantes de la Tierra mucho más antiguos que nosotros, llegados desde profundidades remotas del espacio, dueños de ciudades, artes y guerras antes de que el ser humano existiera.
Danforth sostenía la linterna, y el círculo de luz temblaba sobre los relieves. Vieron a los Antiguos combatiendo contra otras fuerzas venidas de fuera, y también sus ciudades extendiéndose del mar hacia la tierra. Más adentro, las imágenes mostraban que habían creado unos seres serviles, capaces de cambiar de forma y sin esqueleto fijo, para que cargaran, excavaran, construyeran y realizaran las tareas más pesadas de la ciudad.
Al principio, aquellas criaturas fueron solo herramientas. Pero más tarde los relieves se volvían confusos: crecían, se rebelaban, devoraban, incluso aprendían a imitar. Los Antiguos las habían sometido y empujado de vuelta a las profundidades oscuras, pero la calamidad no había desaparecido de verdad.
Dyer, de pie ante la piedra helada, recordó de pronto algunas frases oscuras y terribles del Necronomicón. Aquellos rumores de libros antiguos, que antes parecían delirios de dementes, cobraban ahora una sombra real en aquella ciudad.
Dyer y Danforth siguieron internándose en la ciudad.
Avanzaron por corredores hasta una zona mejor conservada. Allí había salas semejantes a laboratorios, mesas rotas y huecos que parecían destinados a guardar instrumentos o muestras. La nieve cubría el suelo, pero en algunos rincones se advertían señales de movimiento. Dyer se agachó a examinarlas y encontró marcas húmedas y surcos de arrastre que no podían proceder de hacía millones de años.
A cada paso hablaban menos.
Si los ejemplares del campamento de Lake habían despertado de verdad, ¿adónde habrían ido? Si los Antiguos, después de una congelación interminable, habían vuelto a moverse, ¿no habrían regresado por instinto a su propia ciudad? Dyer no se atrevía a decirlo en voz alta, pero el rostro de Danforth mostraba que él pensaba lo mismo.
Poco después encontraron varios cadáveres en un pasadizo.
No eran cuerpos de Antiguos, sino los restos de los miembros desaparecidos del grupo de Lake. La ropa y el equipo permitían reconocerlos. Dyer, dominando el miedo, los examinó y vio que aquellos hombres habían sido inspeccionados, abiertos y tratados con una especie de método casi científico. En ese instante lo invadió un horror más complejo: aquello que los había matado no era una bestia. Observaba, analizaba, consideraba a los seres humanos como muestras extrañas.
Más adelante encontraron también cadáveres de Antiguos.
Estos ya no estaban intactos. Algunos habían sido despedazados; otros aparecían cubiertos de rastros viscosos. Un hedor insoportable llenaba el corredor, y las paredes y el suelo estaban manchados por largas señales de arrastre. Dyer y Danforth comprendieron de inmediato que en la ciudad había otra cosa. No eran los Antiguos que habían salido del campamento de Lake, sino la calamidad que los propios Antiguos habían temido, reprimido y sepultado.
Entonces llegó un sonido desde lejos.
No era un grito humano ni el rugido de una fiera. Parecía brotar de una caverna muy profunda, con una resonancia húmeda, pesada, sin forma de garganta. Danforth quedó rígido, y la luz de su linterna tembló violentamente. Dyer lo sujetó del brazo y dijo en voz baja:
—Vámonos.
Dieron media vuelta y corrieron por donde habían venido.
Los pasillos de la ciudad se volvieron de pronto un laberinto. Los cruces que antes recordaban ahora parecían todos iguales; los relieves de las paredes pasaban fugazmente bajo la luz de las linternas, como innumerables ojos antiguos observando su huida. El hielo resbalaba bajo sus botas, las mochilas golpeaban sus hombros, la respiración les retumbaba dentro de las máscaras. El sonido a sus espaldas se acercaba y se alejaba: unas veces como materia viscosa deslizándose por el suelo, otras como un cuerpo enorme forzando su paso por puertas estrechas de piedra.
Por fin salieron del edificio y chocaron con el resplandor cegador de la nieve. El avión estaba a cierta distancia, cubierto por una capa fina de hielo. Dyer casi empujó a Danforth hasta el asiento y trepó luego a la cabina. El motor giró con una lentitud desesperante; cuando la hélice por fin levantó una nube de nieve, el aparato se separó del suelo.
El avión pasó sobre las murallas de la ciudad. Dyer no se atrevió a mirar atrás: mantuvo los ojos fijos en la cresta y en los instrumentos. Pero Danforth sí miró.
Lo que vio nunca pudo explicarlo con claridad.
Solo lanzó un grito descontrolado, como el de un hombre que de pronto ha visto la verdadera forma detrás del mundo. El avión se sacudió violentamente en el aire; Dyer sostuvo la palanca mientras gritaba su nombre. Danforth estaba lívido, con los labios temblorosos, y murmuraba palabras entrecortadas, como si describiera algo aún más profundo más allá de las montañas lejanas, o como si repitiera un sonido que ningún ser humano debía comprender.
Cruzaron las cumbres negras y escaparon de vuelta al campamento de los hombres.
Al regresar al campamento, Dyer no contó de inmediato toda la verdad.
Sabía que, si solo hablaba de una ciudad antigua, muchos querrían ir. Si decía que allí había formas de vida y peligros imposibles de explicar, otros lo tomarían como un desafío. La ciencia, la fama, la curiosidad y la rivalidad entre naciones empujarían nuevas expediciones hacia aquella llanura helada. La humanidad siempre desea acercarse a lo desconocido; cuando oye una prohibición, siente aún más deseo de cruzarla.
Pero Dyer había visto la ciudad al otro lado de las montañas. Había contemplado la historia dejada por los Antiguos y también el fin que les aguardó tras su decadencia. Fueron poderosos; levantaron en la Tierra una civilización que los hombres apenas podrían imaginar. Y aun así, ni ellos lograron dominar para siempre la oscuridad que habían creado, ni pudieron mantener encerrado el horror de las profundidades.
El grupo de Lake había muerto. También habían muerto los Antiguos que despertaron. La nieve volvió a cubrir el campamento, y el viento borró las huellas humanas como si todo hubiera sido un simple accidente en el desierto antártico.
Pero Dyer sabía que no lo era.
Escribió su relato no para jactarse de un descubrimiento ni para que otros siguieran su ruta aérea. Lo escribió porque ya llegaban noticias de nuevos planes antárticos: aviones, perforadoras y jóvenes exploradores se preparaban otra vez para partir hacia aquel continente. Solo podía contar con la mayor claridad posible lo que había visto: las montañas negras, la ciudad bajo el hielo, la historia antigua grabada en los muros y el rostro de Danforth al derrumbarse después de mirar atrás.
Quería que quienes leyeran comprendieran esto: hay lugares que no son espacios en blanco esperando la conquista humana. Son sombras de terror de eras remotas, silenciosas durante tanto tiempo que los hombres llegan a creer que allí no hay nada.
En lo profundo de la Antártida, aquella cordillera sigue en pie. El viento pasa por sus crestas, la nieve cae sobre la ciudad de piedra donde nadie camina. Las paredes de los Antiguos aún guardan el pasado en la oscuridad, y quizá en cuevas más hondas todavía haya una voz que resuena despacio bajo el hielo.