
Mitos de Cthulhu
Un hombre criado desde la infancia en un castillo oscuro trepa por fin por una torre en ruinas hasta el mundo exterior, pero en una reunión resplandeciente descubre su verdadero aspecto. Cuando comprende la verdad, la luz y la gente ya lo han dejado fuera, y no le queda más que volver a internarse en la oscuridad.
No recuerda cómo llegó a aquel castillo; solo sabe que allí no existía un día verdadero, sino muros de piedra húmeda, corredores interminables, telarañas y sombras que nunca se disipaban. De niño pasaba las horas con velas y libros viejos, y a veces creía oír risas lejanas, aunque jamás se atrevía a abandonar la fortaleza. Cuanto más aislado quedaba del mundo, más deseaba saber qué había al otro lado de aquellos muros negros. Con el tiempo encontró una estrecha escalera casi cegada por el polvo y empezó a subir por ella hacia lo alto de una torre. Al otro lado de la puerta lo esperaban el viento frío de la noche, las siluetas de los árboles bajo la luna y un cielo abierto: era la primera vez que veía de verdad el mundo. A lo lejos, una mansión iluminada dejaba escapar música y voces, y él caminó hacia ella como quien persigue un hogar largamente prometido, hasta asomarse por la ventana al salón donde se celebraba una fiesta. Pero en cuanto apareció, los presentes gritaron y huyeron en desbandada. Las sillas cayeron, las copas se hicieron añicos y las llamas de las velas temblaron con el tumulto. Él no entendía por qué lo temían de aquella manera, hasta que vio el espejo de la pared y contempló por primera vez aquel rostro: pálido, rígido, ajeno, semejante a algo que hubiera salido de una tumba. Entonces supo que el lugar que había buscado durante tanto tiempo no pertenecía a los vivos. Las luces no ardían para él, ni las canciones habían sido entonadas para recibirlo. Solo podía retroceder hacia la noche, volver al viejo castillo que siempre lo había albergado y quedarse solo en el viento con la verdad que el espejo le había revelado.
No sé dónde nací, ni quién me dejó en aquel castillo. Solo recuerdo que era un lugar antiquísimo y sombrío, con muros de piedra siempre húmedos, pasillos largos y oscuros, y bóvedas tan altas que parecían tragarse la mirada. En los rincones y en las vigas colgaban telarañas, y el aire conservaba un olor a moho como el que debe de reinar en lo más hondo de una tumba.
Allí casi no había día. Incluso cuando llegaba la luz, parecía aplastada por la piedra, reducida a un resplandor gris que se filtraba por ventanas estrechas. Yo solía encender una vela y mirar cómo la llama temblaba en la oscuridad, como si fuera la única criatura viva dispuesta a acompañarme. A mi alrededor se apilaban muchos libros viejos; sus cubiertas estaban quebradizas, sus páginas amarillentas, sus letras borrosas, pero yo los hojeaba una y otra vez, como si leyendo lo suficiente pudiera descubrir quién era.
En aquel castillo estuve siempre solo. No tuve compañeros, ni voz de madre, ni nadie que pronunciara mi nombre. A veces oía el viento de fuera, o algún rumor venido de los bosques lejanos, y entonces me detenía y pegaba el oído a la pared. Los demás parecían vivir en alguna parte vidas activas y luminosas, mientras yo permanecía abandonado en aquella humedad negra, como un objeto viejo que todos hubieran olvidado.
Cuanto más crecía, menos soportaba aquella oscuridad sin término. Así que un día empecé a tantear por el castillo en busca de un camino que no hubiera recorrido nunca. Al fin, en un rincón casi obstruido por el polvo, descubrí una estrecha escalera de piedra. Era fría y resbaladiza, y subía en espiral como si condujera a una torre que el mundo hubiese olvidado.
Tomé una vela y ascendí peldaño tras peldaño. Mis pasos resonaban en el hueco de la escalera, y el eco parecía el andar de alguien que me seguía desde más abajo. Cuanto más subía, más frío se volvía el aire y menos polvo encontraba, hasta que al final, al empujar una puerta ya carcomida, una ráfaga de viento verdadero me golpeó desde fuera.
En aquel viento no había olor a piedra ni a moho, sino la frescura de la noche. Me quedé en la torre y vi por primera vez la luna, vi por primera vez las copas de los árboles moverse con el aire, vi por primera vez los prados lejanos y los muros bañados por una claridad de plata. De pronto el mundo se volvió inmenso. También llegó hasta mí el sonido de unas campanas; seguí el rumor con la mirada y descubrí, no muy lejos, una mansión iluminada, con ventanas que derramaban una luz cálida y de las que venían, apenas veladas, voces y música.
Permanecí largo rato mirando desde la torre, invadido por una dicha que no sabía nombrar. Siempre había creído que el exterior sería peligroso, indiferente, incapaz de recibirme; pero en aquel instante sentí que por fin regresaba a un mundo que acaso me pertenecía de verdad. Bajé entonces por el camino de piedra, atravesé el jardín y rodeé la mansión hasta llegar bajo sus ventanas.
La ventana estaba abierta y dentro se celebraba una reunión. Sobre la mesa ardían candelabros; la plata y las copas brillaban a la luz del fuego; junto a las paredes pendían pesados cortinajes, y varias personas, sentadas en torno al salón, conversaban. Allí había calor, música y risas: todo lo contrario del castillo al que yo estaba acostumbrado.
Pero en el instante mismo en que aparecí junto a la ventana, todos callaron.
Primero se quedaron mirándome, con los rostros como helados por una escarcha repentina. Luego las sillas volcaron de golpe, los platos y las copas chocaron contra el suelo y se rompieron en pedazos. Una mujer empezó a gritar; los hombres retrocedieron a trompicones, y algunos ni siquiera buscaron la puerta, sino que huyeron directamente hacia el otro extremo de la estancia. El salón antes alegre se convirtió en un nido de pánico, mientras yo permanecía inmóvil, incapaz de entender por qué se apartaban de mí.
Solo quería acercarme un poco, pedirles que no temieran, decirles que no venía con mala intención. Pero por cada paso que daba, ellos retrocedían otro, como si lo que hubiera traído conmigo no fuera la sombra de un hombre, sino una calamidad. En ese momento empecé a sentir que algo estaba terriblemente mal.
Los seguí hacia el interior, pisando sillas caídas y flores esparcidas. Los invitados se habían replegado hacia la puerta; las velas, golpeadas en el desorden, se inclinaban de un lado a otro, y la luz se agitaba por las paredes. Yo estaba en medio de aquel salón devastado, rodeado de estragos, mientras solo el latido de mi corazón zumbaba en mis oídos.
Entonces vi el espejo de la pared.
En él estaba de pie alguien a quien yo nunca había conocido de verdad. Aquel rostro era pálido como un cadáver enterrado desde hacía mucho tiempo; los ojos se hundían en sus cuencas, las ropas estaban negras y ajadas, y los miembros tenían una rigidez que no parecía humana. No era el ser que yo había creído ser, sino una figura terrible surgida de las profundidades de la oscuridad, tan extraña que hasta yo mismo retrocedí ante ella.
Comprendí de pronto por qué habían gritado, por qué huían de mí como de una peste. Yo no había entrado en su mundo: era alguien que debía permanecer para siempre entre tumbas y ruinas, y que por error había irrumpido en medio de la luz. En aquel instante toda mi alegría se quebró, y solo quedó en mí un frío que calaba hasta los huesos.
Retrocedí despacio, atravesé el salón desordenado y salí otra vez a la noche. El viento seguía siendo igual de frío, la luna seguía brillando con la misma fuerza, pero ya no pude creer que aquella luz fuese bondadosa. Supe que no había nacido para esas lámparas ni para las risas de los vivos. Pertenecía al castillo silencioso, húmedo y sin alba; pertenecía a la oscuridad, al silencio, a todos los lugares que hacen estremecer a quienes aún viven.
Así que me volví y caminé de nuevo hacia la noche, llevando conmigo la respuesta que me había dado el rostro del espejo, solo, de regreso a la oscuridad que siempre había sido mía.