
Mitos de Cthulhu
Un pintor explica a un amigo por qué se apartó de repente del mundo artístico: una vez siguió a Richard Upton Pickman hasta una casa abandonada del North End de Boston, donde contempló escenas terroríficas que ningún modelo corriente habría podido proporcionar. Después de la desaparición de Pickman, una fotografía que el pintor se llevó consigo demostró que aquellos monstruos no eran fruto de la imaginación del artista.
Al salir de la casa, Pickman le entregó al narrador una fotografía, asegurándole que solo era material de referencia para el estudio. Ya en casa, el narrador descubrió que el monstruo de la imagen no era una pintura, sino una criatura real: su postura, sus ojos y los pliegues de su cuerpo coincidían exactamente con la figura representada en los lienzos de Pickman. Poco después, Pickman desapareció, y el narrador nunca volvió a buscar aquella casa, porque sabía que en el sótano no había un modelo, sino algo verdaderamente vivo.
—No creas que estoy loco, Elliot.
Eso le dije a mi amigo mientras permanecía de pie en la puerta de mi estudio, con una carta sin enviar todavía en la mano. Últimamente había dejado de usar el metro y tampoco quería adentrarme solo en la parte antigua de la ciudad. Cada vez que las puertas del vagón se cerraban en un túnel subterráneo, recordaba aquella casa, el roce que llegaba desde detrás de las paredes y un par de ojos que me observaban desde la oscuridad.
Mi amigo pensaba que solo sufría de nervios. No sabía que había abandonado el club de arte y roto de pronto con Pickman por algo mucho más grave que una simple discusión.
Pickman era el pintor más talentoso que había conocido, y también el más inquietante. Algunos decían que sus obras eran vulgares y repulsivas, e incluso que no merecía exponer en una galería respetable. Pero yo sabía que, en el fondo, tenían miedo. Los monstruos de Pickman parecían demasiado reales: los pliegues de la piel, la curvatura de las articulaciones y las marcas que dejaban los dientes al hundirse en la carne no podían haber surgido de la nada.
Había pintado numerosas catacumbas. En unas, criaturas encorvadas devoraban cadáveres sobre sarcófagos; en otras, salían reptando de estrechas galerías para arrastrar a los vivos hacia las tinieblas. Sus cuadros resultaban desagradables, pero era imposible apartar la mirada. Pickman solía decir, con una sonrisa, que un verdadero pintor no podía limitarse a dibujar rostros hermosos. Tenía que saber cómo se deformaba un rostro bajo el terror y en qué se convertía un cadáver después de yacer demasiado tiempo en el suelo.
Por entonces creí que solo eran provocaciones destinadas a escandalizar al público.
Pickman había alquilado una casa en el antiguo North End. Usaba un nombre falso, y ni el casero ni los vecinos sabían qué hacía allí. La vivienda se ocultaba al final de un callejón por el que casi nadie pasaba. Las paredes estaban muy juntas y las ventanas eran pequeñas y mugrientas. Incluso de día, el lugar parecía sumido en el crepúsculo; por la noche, ni siquiera la luz de la luna lograba penetrar.
Una tarde, Pickman vino a buscarme. Me dijo que acababa de terminar varios cuadros nuevos y quería enseñármelos antes que a nadie. No llamó a un coche: me condujo por una sucesión de calles tortuosas. Pasamos ante comercios cerrados, solares cubiertos de escoria y muros de ladrillo salpicados de manchas negras de moho. Cuando llegamos a la casa, ya había anochecido por completo.
Abrió la puerta con una llave. Las bisagras emitieron un largo gemido, y del interior brotó un olor húmedo, mezcla de agua estancada, polvo y ataúdes que llevaban demasiado tiempo cerrados.
—Aquí reina la tranquilidad —dijo Pickman.
No respondí. La casa estaba vacía y una gruesa capa de polvo cubría las escaleras. El papel de las paredes se había despegado, dejando al descubierto la madera ennegrecida. Pickman, sin embargo, avanzaba con la familiaridad de quien hubiera vivido allí durante años. Me llevó por el recibidor y abrió una puerta que conducía al sótano.
En el sótano ardían varias lámparas de queroseno. La humedad devoraba la mitad de su resplandor en cuanto este tocaba las paredes. Los cuadros de Pickman colgaban unos junto a otros, y las figuras parecían moverse lentamente entre las sombras.
En el primero, un grupo de criaturas alargadas rodeaba un pozo de piedra. Sus cráneos parecían reblandecidos por el agua; tenían la boca abierta en una hendidura desmesurada, aunque sus extremidades se movían con una agilidad casi humana. En otro, una mujer era arrastrada por un cementerio mientras unas garras removían la tierra a su espalda y varias manos grisáceas emergían del suelo. No había colores rojos exagerados ni adornos concebidos para provocar un sobresalto, pero la forma de aquellos dedos era de una precisión insoportable.
Le pregunté a Pickman quién posaba para él.
Me miró y una leve sonrisa le curvó los labios.
—¿De verdad quieres saberlo?
Pensé que hablaría de libros de anatomía o de visitas a los cementerios. No lo hizo. Se limitó a apartar un cuadro grande apoyado contra la pared, dejando al descubierto otra obra, todavía mayor.
En ella aparecía una cámara de piedra baja. Junto al muro se agazapaba un monstruo de piel pálida y boca desmesuradamente ancha. Sus brazos eran mucho más largos que los de un hombre, y los dedos, semejantes a raíces húmedas, colgaban hasta el suelo. A su lado había un niño, con el rostro deformado por el miedo y las manos apretadas contra la boca, como si un solo sonido bastara para que la criatura lo arrastrara hacia su regazo.
Lo más espantoso era la pared situada detrás del monstruo. Pickman había reproducido con exactitud las juntas de los ladrillos, las manchas de moho y el yeso desprendido. Incluso podía distinguirse una pequeña huella negra en una esquina, como si algo hubiera dejado allí la marca de una garra.
—Estos detalles no se inventan —dijo Pickman—. La imaginación comete errores. Los ojos, en cambio, no.
Le pregunté si había visto personalmente a una criatura semejante. No respondió de manera directa. Solo me condujo hasta el fondo del sótano, donde una pared estaba tapiada con tablones. Entre ellos quedaba una rendija estrecha.
—Mira por aquí —dijo.
Me agaché y acerqué el ojo a la rendija.
Al principio solo vi oscuridad. Era más profunda que la de un sótano corriente, como si detrás de los tablones no hubiera una habitación, sino una caverna que se hundiera en las entrañas de la tierra. Al cabo de un momento oí algo.
Primero fue un roce muy leve, parecido al de una uña arañando la piedra. Después, un temblor sordo recorrió el suelo. El polvo cayó del techo y se depositó en mi cabello y mis hombros.
Pickman permaneció a mi lado sin detenerme.
Volví a pegar el ojo a la rendija. Algo se movió en la oscuridad. No era una rata ni un gato. Al desplazarse, su cuerpo rozó el muro de piedra con un sonido húmedo y resbaladizo. Un ojo se acercó lentamente a la abertura. Casi no tenía esclerótica, y la pupila parecía una piedra negra empapada de aceite.
Retrocedí de un salto y derribé una lámpara. La llama rodó por el suelo e iluminó durante un instante la parte inferior de los tablones. En ese instante vi varios dedos curvados retirarse de la rendija.
—Lo has visto —dijo Pickman en voz baja.
Le pregunté qué era aquello. Él se agachó para recoger la lámpara y volvió a cubrir la llama, como si nada hubiera ocurrido.
—Mi modelo.
Aquellas palabras casi me hicieron perder el equilibrio. Corrí hacia las escaleras, pero Pickman me llamó desde atrás. No intentó perseguirme; solo deslizó una pequeña fotografía en mi mano.
—Mírala en casa —dijo—. Ahora todavía no lo entenderías.
No me volví. Al salir de la casa, oí un golpe tremendo procedente del sótano, y todas las puertas y ventanas del edificio vibraron a la vez. No había nadie en la calle. Corrí hasta alcanzar una zona bien iluminada y solo entonces me atreví a detenerme para recuperar el aliento.
Al llegar a casa, arrojé la fotografía sobre la mesa y no me atreví a tocarla durante horas. Hasta la mañana siguiente no encendí la lámpara del escritorio y la recogí.
La imagen mostraba una pared del estudio de Pickman. Varios cuadros colgaban al fondo, pero en primer plano se alzaba una figura pequeña. No adoptaba ninguna de las posturas habituales de un modelo ni llevaba ropa. Su cuerpo era tan delgado que parecía haber permanecido enterrado durante años, mientras que la cabeza era anormalmente ancha. Casi no tenía nariz; la boca se abría hasta las orejas y mostraba ante la cámara una hilera de dientes finos y puntiagudos.
Lo reconocí.
La criatura de la fotografía era exactamente el monstruo agazapado junto al niño en aquel cuadro. El pintor no lo había dibujado a partir de su imaginación. La criatura había estado realmente en el estudio de Pickman, había mirado a la cámara y quizá también al propio Pickman.
Más aterrador aún: en la esquina inferior derecha de la fotografía asomaba un fragmento de tablón. Tenía tres arañazos profundos, idénticos a los de los tablones que sellaban la pared del sótano.
Desde aquel día no volví al club de arte ni me encontré de nuevo con Pickman. Supe que había desaparecido. Algunos decían que se había marchado de la ciudad; otros, que simplemente había cambiado de lugar para seguir pintando. La policía registró su vivienda, pero no encontró nada de utilidad. Más tarde sellaron también aquella casa, aunque no creo que una puerta semejante pueda contener de verdad lo que hay al otro lado.
Mi amigo me preguntó por qué no entregaba a la policía la dirección de la casa.
No podía explicarle que no había olvidado el camino: me negaba a recorrerlo una segunda vez. Porque sabía que la oscuridad bajo aquella casa no había desaparecido con Pickman.
Pickman solo había encontrado un estudio mejor y modelos más auténticos.
La fotografía sigue en el cajón de mi escritorio. Cada vez que, durante la noche, oigo un roce débil detrás de la pared, recuerdo aquella boca abierta de la imagen y las palabras que Pickman pronunció una vez: lo verdaderamente espantoso no es que un pintor sea capaz de representar un monstruo, sino que, después de haberlo visto, todavía quiera pintarlo.