
Mitos de Cthulhu
Un viajero que recorre las viejas tierras de Nueva Inglaterra para rastrear historias antiguas se refugia, bajo una tormenta, en una casa apartada, donde encuentra a un anciano de aspecto decrépito, pero obsesionado con las crueldades ilustradas en un libro remoto. La conversación va revelando una verdad cada vez más siniestra, hasta que unas gotas de sangre caen del techo y el rayo termina por destruir la casa.
Un viajero cruza en bicicleta los caminos aislados de Nueva Inglaterra en busca de viejas mansiones, familias olvidadas y rumores de antaño. La lluvia irrumpe de pronto, y no le queda más remedio que abandonar la senda embarrada y buscar refugio en una granja ruinosa escondida entre los árboles. La casa parece deshabitada desde hace mucho, aunque en su interior hay muebles antiguos y un libro pesado y extraño. Pronto aparece el dueño de la casa: un anciano escuálido, de voz áspera y modales extrañamente vehementes. Habla con un acento rural muy marcado, pero entiende el latín con más soltura de la que cabría esperar. Con una insistencia inquietante, retiene al viajero en la habitación y le muestra una ilustración especialmente brutal del libro, una escena de matanza y despiece que lo fascina de manera enfermiza. El anciano explica que, cuando era joven, vio aquella imagen por primera vez y desde entonces no ha dejado de pensar en ella. Habla de la carne, de los cuerpos, de la manera de cortar y preparar aquello que muestra el dibujo, no con horror, sino con una especie de nostalgia retorcida. El viajero escucha cada vez más incómodo, mientras la tormenta se endurece sobre el tejado y el aire de la casa se vuelve opresivo. Cuando el viejo está a punto de decir algo todavía peor, una pequeña gota roja cae del techo sobre la página abierta. El viajero alza la vista y ve más sangre filtrándose por las tablas. Entonces un rayo golpea la casa, y la oscuridad, el fuego y el estruendo engullen el lugar entero. Al final solo queda el recuerdo de aquella casa del bosque y el espanto de comprender que el horror más profundo no siempre yace en ruinas lejanas, sino a veces en una casa callada durante años.
Aquel día, el viajero avanzaba solo en bicicleta por los senderos rurales de Nueva Inglaterra. La región quedaba lejos de los caminos principales; las laderas estaban cubiertas de bosques empapados, los muros de piedra se derrumbaban entre la hierba y, de vez en cuando, se alzaba alguna granja vieja y torcida junto a un terreno abandonado, como si el tiempo la hubiera dejado atrás.
No estaba allí por prisa ni por negocios. Precisamente buscaba esas casas antiguas, esas familias gastadas y esos restos de aldeas olvidadas. Creía que las cosas más temibles no siempre se encontraban en ruinas remotas, tumbas o islas desiertas; en aquellas casas silenciosas de Nueva Inglaterra, el aislamiento, la pobreza, la ignorancia y los largos años también podían destilar una sombra que nadie sabía nombrar.
A media tarde, el cielo se oscureció de repente. Las nubes avanzaron desde detrás del bosque, el viento agitó primero las hojas y luego la lluvia empezó a golpear el camino con fuerza. El barro salpicó las ruedas y cada avance se volvió más difícil. El viajero miró a su alrededor en busca de algún refugio, y al fin, tras una arboleda, vio una casa baja y antigua.
No estaba revocada; la madera se había ennegrecido y las ventanas eran pequeñas, sombrías. El tejado parecía vencido por el peso del agua. La maleza crecía alta ante la puerta, los escalones de piedra estaban agrietados y alrededor no se veía ni ganado, ni cercas recién reparadas, ni señales de vida humana. Parecía abandonada desde hacía muchos años.
El viajero apoyó la bicicleta junto a la entrada y llamó. Nadie respondió. La lluvia arreció aún más, así que empujó la puerta con cautela; para su sorpresa, cedió lentamente.
Dentro olía a madera húmeda y a polvo antiguo. El viajero se quedó un momento en el umbral, escuchando. No había ruido alguno. Arrastró la bicicleta hasta el porche y entró en el vestíbulo oscuro.
Todo en la casa tenía una vejez extraña. Había sillas pesadas pegadas a la pared, la chimenea estaba fría y negra, y sobre la mesa descansaba una capa de polvo. Colgaban de las paredes herramientas y objetos ya herrumbrosos. No parecía una ruina cualquiera, porque muchas cosas seguían colocadas con cierto orden; pero tampoco era una vivienda normal, pues no olía a comida, no se oían pasos, y solo la lluvia golpeaba el techo.
Se acercó a una mesa y vio encima un libro enorme y antiguo. Era tan grueso como un ladrillo, con la cubierta gastada y las páginas amarillentas; al abrirlo, exhaló un olor a moho. En su interior había numerosas ilustraciones: barcos, bosques, vestimentas extrañas y algunas escenas difíciles de mirar con calma.
El viajero comprendió que no era el tipo de volumen que un granjero leería por afición. Parecía un relato de exploraciones lejanas de otro tiempo, impreso además con texto en latín. Estaba inclinado sobre una de las imágenes cuando oyó un leve movimiento en el piso superior.
Se irguió al instante. El suelo crujió, y después un anciano apareció despacio desde la parte trasera de la casa.
Era terrible lo escuálido que estaba: la piel del rostro, arrugada y amarillenta; la barba, rala; la ropa, tan gastada que ya no se distinguía su color original. Sin embargo, sus ojos seguían vivos, y de una manera inquietante. Al ver al desconocido en su casa no se enfadó; al contrario, lo saludó con una voz áspera y sorprendentemente cordial.
El viajero se apresuró a explicar que solo había entrado para resguardarse de la lluvia y que, si molestaba, se marcharía enseguida. El anciano agitó una mano, como si no hubiera recibido visita alguna en mucho tiempo, y lo instó a sentarse mientras le preguntaba de dónde venía y adónde iba.
Hablaba con un acento rural muy marcado, y a veces empleaba palabras que parecían arrastradas desde otra época. El viajero pensó primero que solo era un viejo granjero aislado en el bosque, pero enseguida comprendió que había algo más. El anciano vio el libro sobre la mesa, sonrió de forma extraña y apoyó su mano huesuda sobre las páginas, diciendo que cuando era joven ya le gustaba leerlo.
El viajero, sorprendido, preguntó con cautela si entendía la lengua del libro. El anciano contestó que no mucho, y luego señaló unas líneas en latín, balbuceando su sentido general. No era la lectura de un estudioso, pero tampoco la ignorancia de quien habla por hablar.
Aquello empezó a incomodar al viajero. Un anciano que vivía en una casa perdida entre los árboles, sin libros nuevos, sin luz, sin vecinos, guardaba desde hacía quién sabe cuánto tiempo aquel volumen extraño.
Fuera rodó el trueno y la lluvia resbaló por los marcos de las ventanas. El anciano arrastró una silla hacia la mesa y quiso mostrarle al huésped una ilustración concreta del libro.
Cuando pasó a cierta página, se detuvo. Clavó el dedo sobre un grabado, con unas uñas amarillentas y afiladas. El viajero bajó la vista y vio una escena de matanza, como la de un matadero. Varios hombres vestidos de forma extraña rodeaban un cuerpo abierto en canal, y el dibujante había fijado cada gesto con una precisión helada, como si describiera el despiece de una res o de un cerdo.
El viajero frunció el ceño y quiso apartar la mirada. Pero el anciano seguía contemplando la imagen con una expresión cada vez más rara. Dijo que la había visto por primera vez cuando era joven y que desde entonces no podía dejar de pensar en ella. Era una ilustración que no se olvidaba como las demás.
Explicó que el libro hablaba de ciertas costumbres de tierras lejanas, lugares donde la gente comía carne humana. Lo decía sin bajar la voz y sin la repugnancia habitual de quien menciona un horror. Parecía hablar de algo que lo había intrigado durante años, y cuanto más se extendía, más se inclinaba sobre la mesa, casi pegado al grabado.
El viajero contestaba con cortesía forzada, aunque por dentro se tensaba cada vez más. Oyó al viejo hablar del sabor de la carne, de cómo cortar y cómo cocer, de modo que aquello que mostraba la imagen dejó de parecerle una simple ilustración para convertirse en algo casi presente, material, al alcance de la mano. El anciano seguía hablando, contrayendo la boca y soltando una risa confusa en la garganta.
La casa parecía más baja y más oscura a cada instante. La chimenea seguía apagada, pero afuera ya era de noche. La lluvia golpeaba la madera y el trueno se acercaba sin tregua. El viajero quiso levantarse para despedirse, pero el anciano seguía con una mano sobre el libro y la otra en el borde de la mesa, como si todavía no hubiera dicho lo más importante.
Entonces empezó a contar cómo, en aquel tiempo, había pensado en lo que sería probar aquello.
El viajero sintió un escalofrío en la espalda. No quería escuchar más, pero tampoco se atrevía a interrumpirlo de golpe. La cordialidad del anciano se volvía cada vez más monstruosa, como si todos los años de silencio de aquella casa estuvieran desbordándose por fin a través de su voz.
Fue entonces cuando sonó un leve golpe sobre la mesa.
Al principio, el viajero creyó que se trataba de una filtración de lluvia. Pero la gota que cayó sobre la página no era transparente, sino de un rojo oscuro. Se extendió lentamente, empapando el papel junto a la imagen terrible.
El anciano también la vio. Los dos alzaron la vista al mismo tiempo.
Entre las grietas del techo empezaron a asomar una segunda y una tercera gota rojiza. Se formaban como pequeñas perlas sobre la madera gris y luego caían con un sonido seco. No era agua de lluvia. Era sangre.
El viajero comprendió de pronto que había algo arriba, o que alguna vez había habido alguien allí. La expresión del anciano era imposible de describir: parecía descubierto en su secreto y, al mismo tiempo, de algún modo, como si un deseo antiguo hubiera vuelto a despertar en él. Afuera estalló otro trueno y un relámpago blanco atravesó la ventana, iluminando al anciano, al libro y aquella sangre con una claridad terrible.
Un instante después, el rayo verdadero cayó sobre la casa.
El estruendo lo borró todo. La madera crujió, el fuego y el humo se alzaron de golpe. El viajero sintió una blancura absoluta ante los ojos y oyó un alud de vigas partiéndose mientras la casa gemía bajo la tormenta.
Cuando el viento y la lluvia volvieron a cubrir el ruido, el libro, el anciano y el secreto del techo habían desaparecido en el fuego del rayo. La vieja casa del bosque dejó de ser solo una ruina; se convirtió en un rumor espantoso, encerrado para siempre en la lluvia. Y más tarde, cuando alguien volviera a mencionarla, solo quedaría decir que, en aquellas casas apartadas, lo más terrible no era siempre un espectro ajeno, sino el deseo guardado durante años por un hombre y la huella que acabó filtrándose desde arriba.