
Mitos de Cthulhu
Un extraño meteorito cae en una granja al oeste de Arkham y trae consigo un color que ningún ojo humano sabe clasificar. Primero vuelve la tierra fértil de un modo antinatural; luego va destruyendo el pozo, las cosechas, el ganado y a la familia Gardner, hasta dejar tras de sí una zona estéril que todos evitan.
Al oeste de Arkham hay una franja de tierra baldía que los vecinos llaman el erial gris. Los árboles crecen blanquecinos, el agua del pozo no puede beberse, y ni los animales ni las personas quieren acercarse. Un topógrafo oye el viejo relato de labios del viejo Ammi, un campesino de la zona, y descubre que aquel lugar perteneció en otro tiempo a la familia Gardner, cuya desgracia comenzó con un meteorito caído en sus campos. Unos profesores de la Universidad Miskatonic acudieron a examinar la piedra. Descubrieron que contenía un color jamás visto por los seres humanos, que desprendía calor, se encogía poco a poco y guardaba en su interior unos cuerpos esféricos inquietantes. Al romper uno de ellos, aquello desapareció sin ruido, como si no perteneciera a ninguna materia conocida en la Tierra; más tarde, lo que quedaba del meteorito se fue filtrando en el suelo con la lluvia. Al año siguiente, la granja produjo frutos enormes y plantas de un brillo desmesurado, pero todo sabía mal y resultaba imposible de comer. Después el ganado empezó a deformarse y a debilitarse, y los miembros de la familia Gardner fueron cayendo uno tras otro en la confusión, la enfermedad y el agotamiento. El pozo y la tierra parecían consumidos por un color invisible, mientras la vida alrededor de la casa se marchitaba lentamente. Al final, Ammi y los investigadores vieron surgir del pozo aquella tonalidad inhumana, que arrastraba hacia el cielo los restos de vida de los Gardner y la fuerza de la tierra. Pero una parte pareció quedarse en el fondo. Desde entonces la granja se convirtió en una extensión gris y muerta; y cuando el proyecto del embalse de Arkham amenazó con cubrir la zona, el topógrafo temió que aquel color pudiera viajar mucho más lejos llevado por el agua.
Al oeste de Arkham, entre colinas y hondonadas, había un lugar que nadie miraba dos veces si podía evitarlo. Allí no crecía hierba sana. Los troncos se torcían, las hojas salían pobres y ralas, y la tierra no era negra ni amarilla como en los campos comunes, sino de un gris apagado, casi cadavérico. Los caminantes preferían dar un rodeo antes que cruzar aquella franja. Pocas aves se posaban en sus ramas, y hasta los conejos evitaban internarse en sus matorrales.
Con el tiempo, la ciudad decidió construir un embalse en aquella región. Un agrimensor llegó a las colinas con planos e instrumentos para marcar valles, arroyos y viejos caminos. Le dijeron que, cuando el embalse estuviera terminado, aquel sitio extraño quedaría bajo el agua: el pozo, la casa abandonada y la tierra cenicienta desaparecerían bajo la superficie. Precisamente por eso quiso saber por qué los vecinos bajaban la voz cada vez que hablaban de aquel paraje.
Preguntó a muchos, pero todos respondían con evasivas. Unos decían que el sitio no era limpio; otros recordaban que los mayores prohibían a los niños acercarse; algunos se limitaban a hacer un gesto con la mano y le aconsejaban no remover el asunto. Al fin dio con un anciano llamado Ammi Pierce. Vivía no lejos del erial, tenía la cara surcada de arrugas profundas, pero los ojos todavía claros. Al principio no quiso contar nada; después, al comprender que el agrimensor tendría que trabajar en aquella zona, empezó a hablar despacio de lo ocurrido muchos años atrás.
“Entonces”, dijo Ammi, “eso no era un erial. Era la granja de Nahum Gardner”.
Los Gardner vivían al pie de la ladera. Delante de la casa había un pozo; junto al pozo, el patio; más allá, árboles frutales, huertos, prados y surcos de cultivo. Nahum era un hombre trabajador, y su esposa y sus tres hijos solían ayudar en las faenas. Aquel año, a finales de la primavera, el aire estaba pesado y caliente, y por la noche las nubes colgaban bajas sobre las colinas.
Una noche, el cielo se iluminó de pronto. No fue un relámpago que rasgara la oscuridad y desapareciera, sino una masa de fuego que descendió desde lo alto dejando una estela luminosa. Luego se oyó en la ladera un golpe sordo y tremendo, tan fuerte que hizo temblar los platos dentro de la casa. Los Gardner salieron corriendo y vieron humo en el campo. La tierra se había abierto en un cráter, y en el fondo reposaba una piedra negra y brillante. Estaba mucho más caliente que cualquier roca común, y las hierbas de alrededor se habían chamuscado y retorcido.
La noticia llegó pronto a Arkham. Al día siguiente, varios profesores de la Universidad Miskatonic fueron a examinar el meteorito. Llevaban martillos, pinzas, frascos y otros útiles, y lograron arrancar un pequeño fragmento. Aquella materia era desconcertante: parecía piedra, pero era demasiado blanda; dentro del frasco daba la impresión de seguir encogiéndose; no acababa de enfriarse, y su peso parecía desafiar toda medida segura. Los profesores la sometieron a diversas pruebas, y cuanto más probaban, menos entendían.
Lo más extraño era el color. En la superficie del meteorito y en sus fracturas brillaba una luz imposible de nombrar. No era roja, ni azul, ni violeta. Solo podía decirse que era un color, aunque no hubiera flor, mineral, llama ni crepúsculo en la Tierra con que compararlo. Si uno lo miraba demasiado tiempo, los ojos se fatigaban y el ánimo se llenaba de una incomodidad oscura.
Más tarde, los profesores regresaron al campo. El meteorito era ya más pequeño que el día anterior, como si el aire lo estuviera devorando. En su interior había una cavidad redonda impregnada de aquella tonalidad extraña. Alguien la golpeó con un martillo; lo que encerraba no estalló ni se derramó, sino que desapareció sin ruido, sin dejar rastro. Después de las tormentas, la piedra del cráter se redujo aún más, hasta perderse casi por completo en el barro, como si nunca hubiera pertenecido del todo a este mundo.
Al principio, los Gardner no creyeron que la desgracia hubiera llegado a su puerta. Al contrario: aquel año, los campos crecieron de una manera asombrosa. Los manzanos dieron frutos enormes y numerosos, las cañas de maíz se alzaron a una altura desmedida, y los melones y hortalizas mostraban colores de una viveza excesiva. Desde lejos, la granja parecía rebosar de una fertilidad milagrosa.
Pero al probar los frutos, todos torcían el gesto. La pulpa no tenía aroma ni dulzura; sabía amarga, corrompida. Las hojas de las verduras eran anchas y lustrosas, pero nadie podía comerlas. La hierba de los prados parecía espesa, y aun así el ganado se inquietaba tras pacer en ella. Las vacas y las ovejas empezaron a mirar con ojos fijos, y en sus cuerpos aparecieron males extraños.
También el pozo comenzó a cambiar. Antes sus aguas habían sido frescas y dulces; luego, la superficie mostraba a veces un fulgor indefinible, sobre todo de noche. Quien se inclinaba sobre el brocal sentía que, en el fondo, algo coloreado se movía en silencio. Nahum siguió sacando agua de allí, porque la familia dependía del pozo y porque se negaba a creer que una piedra caída del cielo pudiera arruinar una granja entera.
Después cambiaron los árboles cercanos. En primavera brotaron con rapidez, pero las hojas tenían un brillo que no era natural. Cuando soplaba el viento nocturno, las copas relucían apenas en la oscuridad sin luna. En las horas más calladas, entre los surcos, junto al brocal y bajo los frutales, parecía flotar una leve claridad ajena. No era una lámpara ni el resplandor de las luciérnagas, sino algo que rezumaba de la tierra, de las raíces y del agua.
Ammi Pierce visitaba a menudo a los Gardner. Veía a su viejo amigo cada vez más callado y le aconsejaba marcharse. Nahum movía la cabeza. Su tierra, su casa, sus animales y la vida de sus mayores estaban allí; no podía abandonarlo todo con facilidad, ni tenía dinero suficiente para empezar en otra parte. Lo peor era que la ruina avanzaba despacio, tan despacio que cada día parecía todavía soportable.
La esposa de Nahum fue la primera en quebrarse. Comenzó a quedarse ausente, mirando durante largos ratos hacia la ventana o hacia el pozo. A veces decía haber oído algo; otras gritaba y pedía que la apartaran de cosas que nadie más veía. Cuando su familia le preguntaba qué temía, no podía explicarlo. Solo repetía que el color se acercaba, que el color estaba dentro de la casa.
Nahum la llevó a una habitación del piso alto, cerró la puerta con llave y no dejó que los niños entraran. No era falta de compasión, sino pura impotencia: no sabía qué otra cosa hacer. Ella caminaba dentro, arañaba la puerta, murmuraba, y con el tiempo su voz dejó de parecerse a la de siempre. Cuando Ammi iba a visitarlos, oía desde abajo movimientos confusos en el techo, como pies arrastrándose por las tablas o uñas rozando la pared.
Los niños enfermaron poco a poco. El menor, después de jugar cerca del pozo y de los campos, se volvió apagado y luego cayó en cama. Otro fue a ver el ganado en el prado y regresó con el rostro gris, como si hubiera visto algo que nadie debía contemplar. Las vacas, los caballos, las gallinas y los patos se debilitaban uno tras otro; el pelaje perdía brillo, los cuerpos se torcían, y hasta la muerte les llegaba de una forma que no parecía normal. Nahum adelgazó, con la expresión de un hombre vaciado por dentro, pero siguió aferrado a la casa.
Cuando llegó la época de la cosecha, aquello ya no merecía el nombre de granja. Los frutos se pudrían en las ramas, la hierba se volvía gris, las hojas se arrugaban. De noche, aquel color venido de las estrellas ascendía desde el pozo y corría entre la tierra y las copas. No emitía una luz ordinaria, pero hacía que la propia oscuridad pareciera impura. Los de dentro oían los ruidos de afuera, y lo de afuera parecía escuchar la respiración de quienes quedaban en la casa.
Un día, al ver que hacía mucho que no tenía noticias de los Gardner, Ammi se inquietó y fue hasta la casa con otros hombres. El patio estaba en silencio absoluto. No se oían pasos de niños en la entrada ni mugidos normales en el establo. Dentro, el aire era pesado, como si nadie hubiera abierto una ventana en mucho tiempo.
Encontraron a la esposa de Nahum en el piso alto. Ya no podía llamársela la mujer que había sido. Su cuerpo estaba deshecho por la enfermedad y por aquella fuerza invisible. Otro de los hijos se hallaba también en la casa, en un estado igual de espantoso. Los hombres estaban horrorizados, pero aún debían encontrar a Nahum. Al final lo hallaron abajo.
Seguía vivo, aunque parecía cubierto de ceniza. Hablaba a trozos, sin poder ordenar los días, y volvía una y otra vez al pozo, a la luz, a los niños y a la cosa que había venido del cielo. Parecía comprender que la desgracia no era un veneno común ni una peste, sino alguna clase de fuerza viva dejada por el meteorito. Había entrado en la tierra, en el agua y también en sus cuerpos.
Al caer la noche, el resplandor del pozo se hizo más intenso. Aquel color empezó a subir desde el fondo como humo, o como agua sin forma. Los árboles, las hojas, las tejas y los muros de piedra quedaron teñidos por una claridad extraña. Los hombres retrocedieron aterrados; algunos tropezaron, otros gritaron que había que marcharse. La luz no los perseguía, pero todos sintieron que ya habían sido vistos.
Por fin, la masa de color se elevó desde el pozo hacia el cielo. Ascendía con una lentitud terrible, como si hubiera absorbido cuanto necesitaba de aquella tierra y se dispusiera a volver entre las estrellas. Pero, mientras se marchaba, Ammi vio que una pequeña parte no lograba irse. Como una raíz de enfermedad que quedara atrás, volvió a caer en el pozo y en las profundidades del suelo.
La familia Gardner quedó destruida. La casa fue abandonada y los campos no volvieron a cultivarse. Desde entonces, el sitio se convirtió en el erial gris: las plantas crecían mal, los árboles se inclinaban de forma torcida y los animales lo evitaban. Algunos que pasaban de noche a lo lejos decían ver todavía una débil tonalidad extraña junto al pozo; otros aseguraban que solo era miedo en la imaginación de los hombres. Los vecinos dejaron de discutir. Simplemente no iban allí.
Cuando Ammi Pierce terminó su relato, estaba exhausto. No parecía un hombre inventando una leyenda para asustar, ni alguien deseoso de agrandar los hechos antiguos. Solo recordaba cómo aquella familia se había ido hundiendo día tras día; recordaba los frutos demasiado hermosos del campo; recordaba el color sin nombre que subió desde el pozo hacia el cielo y dejó una parte de sí bajo la tierra.
El agrimensor terminó de todos modos su trabajo. El embalse se construiría según lo previsto, y el agua cubriría el valle, el pozo y la tierra gris. Quizá la gente de la ciudad bebería de allí; quizá nadie volvería a oír el nombre de los Gardner.
Pero quienes conocían la historia comprendían que cubrir algo con agua no significa hacerlo desaparecer. El erial solo quedaría en silencio, como una herida obligada a cerrarse, hundida en el fondo del porvenir.