
Mitos de Cthulhu
Años después de la desaparición de Randolph Carter, un misterioso indio llamado Swami Chandraputra se presenta en una reunión sobre su herencia y cuenta cómo Carter atravesó, gracias a la Llave de Plata, unas puertas más allá del sueño, vio a una entidad que trasciende el tiempo y acabó atrapado en un cuerpo de otro mundo. Al final, los asistentes arrancan la máscara de aquel enigmático visitante y comprenden que quizá Carter estuvo siempre ante ellos.
Años después de la desaparición de Randolph Carter, se convoca una reunión para tratar su herencia. En ella aparece un misterioso indio que afirma conocer el destino de Carter y comienza a relatar sus experiencias vinculadas a la Llave de Plata. Según ese extraño, Carter usó la llave para franquear unas puertas más allá del sueño y llegar a una región situada fuera del tiempo y del espacio ordinarios. Allí entró en contacto con una presencia que rebasa toda medida humana y sufrió una transformación que ninguna mente mortal podría abarcar. Más tarde, Carter no regresó en su forma original, sino encerrado en una envoltura extraterrestre, lo que volvió todavía más incierto su paradero. Poco a poco, los presentes en la reunión empiezan a sospechar que Chandraputra no es un simple testigo. Al final, cuando arrancan la máscara del indio, descubren que acaso Carter ha estado allí desde el principio. Esa revelación deja tras de sí un terror durable sobre su identidad y su destino.
Tras la desaparición de Randolph Carter, al principio todavía hubo quien conservara una pizca de esperanza. Algunos decían que solo había emprendido un viaje a lugares remotos; otros, que se había hundido una vez más en esos sueños que nadie más comprendía. Pero los días se convirtieron en semanas, y luego en meses: no llegaba carta alguna, nadie volvía a verlo y hasta sus viejos objetos permanecían inmóviles en su sitio, como esperando a un hombre que jamás cruzaría de nuevo la puerta.
Con el tiempo, varias personas ligadas a él se reunieron para decidir qué hacer con su herencia. En la habitación había documentos, sellos, la cartera de un abogado y varios rostros tensos. Todos sabían que Carter no era un desaparecido corriente. En su juventud había perseguido las Tierras del Sueño; más tarde, ya adulto, se había entregado con creciente fervor a los enigmas del tiempo, la memoria y los ritos arcanos. Pero ante la ley, desaparecer seguía siendo desaparecer: no era posible dejar una fortuna suspendida para siempre.
Fue entonces cuando apareció un desconocido.
Se presentó como Chandraputra, un erudito venido de Oriente. Llevaba amplias vestiduras, el turbante ajustado, el rostro oculto tras una pieza que parecía una máscara y las manos cubiertas por gruesos guantes. Al sentarse lo hizo con una quietud extrema, como si temiera quebrar algo, o tal vez como si quisiera impedir que le adivinaran el contorno.
No cayó bien a todos. Aspinwall, primo de Carter, fue quien más se indignó: le parecía un farsante dispuesto a aprovecharse de la desaparición del otro. Pero Chandraputra no se apresuró a defenderse. Solo dijo que Randolph Carter no había muerto de verdad. Si querían escucharle, él podía contarles el último viaje de Carter.
La habitación quedó en silencio. Fuera, la luz de la ventana caía sobre la mesa, y los papeles de la herencia parecieron de pronto mucho menos importantes.
Chandraputra contó que Carter no buscaba una montaña ni un mar, sino una puerta.
Aquella puerta estaba unida a su infancia, a los sueños, a la vieja casa y a los secretos heredados de sus mayores. Carter poseía una Llave de Plata, y esa llave no servía para abrir cerraduras comunes. Le permitía regresar a las profundidades de la memoria y alcanzar lugares vedados al hombre despierto. Muchos toman la memoria por una sombra del pasado; Carter, en cambio, fue llegando a creer que tenía su propio camino. La niñez no se había extinguido: solo permanecía oculta en otro estrato del mundo.
Con la llave de plata y ciertos signos extraños, volvió a la campiña que le era conocida y penetró en parajes que el tiempo había transformado. Árboles, muros de piedra, colinas y casas viejas parecían elevarse desde un sueño. No se limitaba a recordar: iba, paso a paso, volviendo al pasado. El tiempo se aflojaba a su alrededor como un nudo antiguo que por fin cede.
Carter cruzó la primera puerta siendo todavía Randolph Carter. Pero sabía que delante de él aguardaban otras, más hondas. No llevaban a un país ni a un planeta, sino a una vastedad que se extendía detrás de todo tiempo y todo espacio. Allí uno deja de ser simplemente “una persona”, y la vida deja de parecer una línea que va del nacimiento a la muerte.
No retrocedió.
Siguió adelante, atravesando la puerta mayor que abría la Llave de Plata.
En aquella región imposible, Carter se encontró con Yog-Sothoth.
No era una deidad sentada en un trono, ni su forma podía ser discernida por ojos humanos. Cuando Chandraputra llegó a este punto, su voz se volvió más baja, como si temiera despertar algo en un rincón de la habitación. Dijo que Carter se halló ante una presencia que enlaza todas las puertas y todos los límites. El pasado, el porvenir, las estrellas lejanas, las vidas aún no nacidas y las civilizaciones ya disipadas dejaban allí de estar claramente separadas.
Oyó entonces que le decían que, aunque él creyera ser Randolph Carter, no era más que una manifestación de algo mucho más vasto. Había muchos “Carter”: unos en la Tierra, otros en épocas distintas, otros que ni siquiera pertenecían a un cuerpo humano. Eran como ramas de un mismo árbol, cada una convencida de crecer por su cuenta, aunque todas bebían de una sola raíz.
A un hombre común semejante verdad lo llevaría a la locura. Carter, sin embargo, no se quebró de inmediato. Había perseguido los sueños durante toda su vida y ya sabía que la realidad no era una estructura de una sola capa. Plantado entre aquellas puertas, contempló innumerables sendas posibles.
Podía regresar a la vida que conocía, o escoger otra forma, otro mundo, otro tiempo.
Al final eligió la lejana Altaris.
Era un mundo de otro astro, con torres, antiguos sabios y conocimientos inimaginables para los hombres. Carter quiso ir allí no solo por curiosidad, sino porque pensó que tal vez encontraría, en ese lugar, el secreto para viajar por las profundidades del cosmos. Así pues, abandonó su cuerpo humano y pasó al de un hechicero de Altaris llamado Zkauba.
Al principio, Carter creyó que solo se estaba poniendo otra vestidura.
Pero el nuevo cuerpo no obedecía. Aquella envoltura tenía su propia memoria, sus hábitos y sus impulsos. No era un cuerpo humano, y sus sentidos, movimientos y modos de pensar le resultaban insoportables. Peor aún: la conciencia original de Zkauba no había desaparecido por completo. Como una bestia encerrada en la sombra, golpeaba una y otra vez los barrotes para recuperar lo que consideraba suyo.
Los años de Carter en Altaris fueron largos y penosos. Aprendió a usar los libros y los instrumentos de aquel mundo, llegó a conocer el saber que habían dejado los hechiceros antiguos y también comprendió que Altaris sufría una amenaza espantosa. En el universo abundan desgracias que la mente humana no puede abarcar: unas vienen de las profundidades del espacio; otras, de lo que existe detrás del tiempo. Los habitantes de Altaris hacían cuanto podían por resistirlas con su ciencia, pero jamás lograban sentirse seguros.
Carter no olvidó la Tierra. Quería volver, regresar a su época y a aquel cuerpo que había sido el de Randolph Carter. Pero cuanto más se alejaba de casa, más difícil se volvía encontrar el camino de regreso. La Llave de Plata seguía siendo la clave, aunque para volver a usarla primero debía someter la voluntad de Zkauba.
Así que recurrió a drogas y hechizos para dormirlo. Pero cada vez que cedía el efecto, el hechicero de otro mundo se agitaba en lo profundo del cuerpo. Carter tuvo que medir el tiempo con precisión, como un centinela al que se le apaga la lámpara entre las manos.
Más tarde, por fin encontró la ocasión de abandonar Altaris. Viajó de regreso por un prodigioso conducto tejido con el saber de aquel planeta y, tras cruzar espacios remotos, alcanzó las cercanías de la Tierra. Pero quien volvió no fue el Randolph Carter de antes.
Volvió el cuerpo de Zkauba, con la conciencia de Carter encerrada en él.
Cuando Chandraputra llegó a este punto, ya nadie en la habitación podía quedarse quieto.
La historia era demasiado extraña y, a la vez, demasiado precisa. Si era un engaño, el impostor conocía demasiados secretos de Carter; si era verdad, resultaba imposible de soportar. El rostro de Aspinwall se ensombrecía cada vez más. Ya detestaba a aquel oriental velado, y ahora sentía que se estaba insultando a todos los presentes.
Pero Chandraputra siguió hablando.
Al volver a la Tierra, Carter no podía presentarse con su aspecto verdadero. Su cuerpo extraterrestre habría hecho gritar y huir a cualquiera, y pronto habría atraído a policías, médicos y periódicos. Así que fabricó un disfraz, ocultó el rostro y las manos, se cubrió con las vestiduras y fingió ser Chandraputra. Había venido no para reclamar la herencia, sino para impedir que se declarara muerto a Randolph Carter. Porque, en cierto sentido, Carter seguía vivo y estaba sentado delante de ellos.
La frase cayó en la habitación como una aguja que pincha el silencio.
Aspinwall se puso en pie de un salto. Gritó que todo aquello eran mentiras y se lanzó hacia él para arrancarle la cobertura del rostro. Nadie pudo detenerlo a tiempo: su mano ya había sujetado el borde de la máscara.
La máscara fue arrancada.
Nadie pudo describir con claridad lo que vio en ese instante. No era un rostro humano. No era un rostro enfermo, ni quemado, ni deformado de ningún modo reconocible. Era una faz perteneciente a otro mundo, con un contorno y una textura que no debían existir en una habitación de la Tierra. Aspinwall apenas la miró; un sonido quebrado salió de su garganta y se desplomó enseguida.
La sala se sumió en el desorden. Unos corrieron a auxiliarlo, otros retrocedieron, y hubo quien olvidó incluso gritar. Cuando volvieron a mirar la silla, Chandraputra había desaparecido.
Dejó tras de sí algunas explicaciones y, con ellas, dudas todavía más hondas. ¿Había regresado de verdad Randolph Carter? ¿Era lo que se había marchado de la reunión Carter, Zkauba, o alguna criatura extraña formada por ambos? Nadie pudo ofrecer una respuesta firme.
Desde entonces, la desaparición de Carter dejó de ser la mera ausencia de un hombre. Se convirtió en el eco de una puerta: alguien la había abierto con la Llave de Plata, había atravesado el umbral del tiempo y del yo, había visto incontables versiones de sí mismo y luego había regresado al mundo con un cuerpo que no pertenecía a este mundo. A dónde fue después, y si aún conserva la llave, solo lo sabe la oscuridad que aguarda tras aquella puerta.