
Mitos de Cthulhu
Randolph Carter sueña tres veces con una ciudad dorada bajo el sol poniente, y en cada ocasión algo se lo arrebata antes de que pueda entrar. Para reencontrarla, se adentra en las Tierras del Sueño en busca de Kadath desconocida, la morada de los Grandes Dioses; su viaje lo lleva por Ulthar, Oriab, los abismos subterráneos, el frío desierto y las trampas de Nyarlathotep, hasta revelarle que aquella ciudad no era un premio lejano, sino la patria de su infancia hecha memoria en sueños.
Randolph Carter vio tres veces en sueños una ciudad bañada por el resplandor del atardecer, pero cada vez, cuando estaba a punto de alcanzarla, algo lo apartaba y le impedía entrar. Deseoso de hallarla de nuevo, decidió internarse en las Tierras del Sueño para buscar Kadath, la misteriosa morada de los dioses. Su viaje lo condujo por Ulthar y Oriab, y más allá, hacia abismos subterráneos y tierras de hielo. En el camino fue siguiendo huellas de los Grandes Dioses, mientras se adentraba también en regiones cada vez más extrañas y peligrosas. Durante su búsqueda, Carter cayó en una trampa urdida por Nyarlathotep y comprendió que no bastaba con llegar al lugar donde habitaban los dioses para obtener la ciudad perdida que perseguía. Al final descubrió que su meta no pertenecía a un reino remoto, sino a una verdad mucho más íntima. Por último, entendió que la ciudad dorada del ocaso nacía de los recuerdos de su niñez: era el rostro onírico de su hogar. Así, su búsqueda dejó de apuntar a una Kadath desconocida y regresó al lugar interior que había poseído desde siempre, aunque hubiera olvidado.
Randolph Carter soñó tres veces con la misma ciudad.
Bañada por la luz del atardecer, brillaba como oro: muros de mármol, puentes, fuentes, jardines, anchas avenidas y tejados rojos que trepaban por la ladera. Carter se hallaba siempre en una terraza elevada, contemplándola extendida a sus pies, y sin embargo no podía descender por la escalinata. Antes de que diera un paso, alguna fuerza del sueño lo arrastraba lejos. Despertaba entonces, con una nostalgia dolorosa que no lo abandonaba.
Tras el tercer despertar, ya no pudo soportar aquella pérdida. Rogó a los Grandes Dioses del Sueño. Decíase que moraban en Kadath desconocida, oculta tras las tierras heladas y más allá de las nubes. Carter volvió a implorarlos en sueños, a través de Nasht y Kaman-Thah, en las cavernas de fuego. Pero los dioses no le respondieron; antes bien, hicieron desaparecer por completo la ciudad del ocaso de su sueño.
Nasht y Kaman-Thah le advirtieron que no buscara Kadath. Nadie sabía en qué parte de las Tierras del Sueño se alzaba aquella montaña, y ningún mortal había hollado jamás el castillo de ónice que coronaba sus alturas. Más terrible aún: tras los Grandes Dioses se hallaban los Otros Dioses, y Nyarlathotep era su mensajero, mientras Azathoth se agitaba en el caos central, más allá del universo ordenado.
Carter escuchó todo eso y aun así decidió partir.
Era un soñador experto, conocedor de muchas rutas de las Tierras del Sueño. Descendió los setecientos escalones, cruzó la Puerta del Sueño y entró en el Bosque Encantado, donde el aire resplandecía con un fulgor verdoso.
En el Bosque Encantado vivían los Zoogs.
Pequeñas y escurridizas criaturas pardas, furtivas y sagaces, conocían muchos secretos de los sueños y también los ocultos pasos hacia el mundo de la vigilia. Carter había aprendido su lenguaje de palmadas y tenía con ellas antiguos tratos, así que llegó a su aldea y preguntó al consejo de sabios por Kadath.
Los Zoogs no sabían dónde se hallaba Kadath, pero dijeron que los dioses solían mostrarse en las montañas altas. Uno de los más viejos recordó que, al otro lado del río Skai, en Ulthar, se conservaba una antigua copia de los Manuscritos pnakoticos, y que allí vivía también un sacerdote que había visto huellas de los dioses.
Carter salió entonces del bosque, pasó por Nir, cruzó el río Skai y llegó a Ulthar, una ciudad llena de sombras de gatos. En Ulthar existe una ley antigua: nadie puede matar un gato. Al ver a los Zoogs que seguían a Carter, los gatos se arquearon y bufaron con furia. Carter entró en el templo de la colina y encontró al anciano sacerdote Atal, que contaba ya trescientos años.
Atal le dijo que los Grandes Dioses no eran tan poderosos como los imaginaban los mortales. Eran sólo los dioses de las Tierras del Sueño de la Tierra; quizá atendieran una plegaria si estaban de buen humor, pero no tenían fuerza para salir de su propio ámbito onírico. Lo verdaderamente temible eran los Otros Dioses. El sabio Barzai, por haber escalado Hatheg-Kla para espiarlos, había sido arrastrado al cielo; si alguien encontraba Kadath, el desenlace sería aún peor.
Carter no se rindió. Sacó el vino lunar que le habían dado los Zoogs y logró que Atal bebiera demasiado. Ya ebrio, el viejo reveló una pista prohibida: en la isla de Oriab, en el mar del sur, se alzaba el monte Ngranek, y en su ladera estaba tallado el rostro de los propios dioses. Si Carter contemplaba esa faz y luego buscaba, entre los habitantes de las Tierras del Sueño, a otros de rasgos semejantes, quizá hallaría la tierra donde la sangre de los dioses era más fuerte. La región helada donde se escondía Kadath podía estar cerca de allí.
Cuando Carter abandonó el templo, el Zoog que lo había acompañado ya había desaparecido. Los gatos de Ulthar, satisfechos, se lamían las patas. A Carter le agradaban los pequeños gatos negros, de modo que no lloró por la suerte de aquellos curiosos Zoogs.
Carter siguió el curso del Skai hasta Dylath-Leen.
Era un puerto sombrío donde solían arribar, con cargamentos de rubíes, negras galeras de tres remos. Los mercaderes que viajaban en ellas parecían hombres, pero inspiraban desasosiego; los remeros jamás se dejaban ver. Carter preguntó por el mar del sur y por Oriab, pero pronto despertó el interés de aquellos hombres de barcos negros. Lo apresaron y lo llevaron al puerto inmundo de los Moon-beasts; por fortuna, los gatos de Ulthar acudieron por senderos secretos de la luna y lo rescataron, devolviéndolo a Dylath-Leen.
Más tarde embarcó en un navío mercante de verdad y puso rumbo a Oriab. En el trayecto, el barco pasó junto a una ciudad sumergida. Bajo la luna se alzaron cúpulas de templos, calles y extrañas estatuas; en un edificio mejor conservado llegó a ver a un marinero de las vestiduras de Oriab, colgado boca abajo de una columna del patio, ya sin ojos. El viento marino, por fortuna, apartó enseguida la nave de aquellas aguas.
La ciudad portuaria de Baharna, en Oriab, se extendía entre escalinatas y canales, y a lo lejos se veía Ngranek, coronado de nieve. Carter preguntó por la imagen de los dioses esculpida en la montaña, pero nadie quiso admitir que hubiera subido alguna vez hasta la cima. Alquiló una montura y tomó el camino interior hacia el pie de la montaña, pasando por ruinas antiguas y campamentos de recolectores de lava. Por la noche, la bestia quedó exangüe, y en el suelo sólo quedaron huellas palmeadas; los recolectores le dijeron que en la montaña acechaban Night-gaunts y que nunca regresaba quien desaparecía allí.
Aun así, Carter siguió subiendo.
Treparon bosque, lomas, roca desnuda y crestas peligrosas, hasta que logró rodear el flanco oculto de Ngranek. El sol poniente encendía el inmenso acantilado, y allí vio un rostro divino tallado en la montaña: ojos alargados, orejas largas, nariz fina, barbilla aguda, con una majestad que no parecía obra de manos humanas.
Pero comprendió de inmediato que no necesitaba recorrer toda las Tierras del Sueño para encontrar aquel semblante. Ya lo había visto en Celephaïs. Aquellos marineros de la costa norte que llegaban en barcos negros a comerciar ónice tenían la misma fisonomía. Carter dedujo así que la sangre de los dioses, y también la pista que llevaba a Kadath, debían de hallarse al norte de Celephaïs, en regiones aún más frías.
Ya era noche cerrada. Quedó atrapado en la ladera, sin poder subir ni bajar. Entonces, en la luz de las estrellas, una mano invisible le desenvainó el cuchillo del cinto y unas alas sin sonido cubrieron el cielo. Los Night-gaunts lo asieron y lo arrastraron hasta una caverna.
Los Night-gaunts no tenían rostro, y sus cuerpos eran fríos y húmedos; volaban en silencio. Llevándose a Carter, cruzaron los abismos subterráneos y lo arrojaron en una pila de huesos, en el valle de Pnath. Allí se agitaban los dóls invisibles entre montones de osamentas, y Carter no quería tropezar con ellos, de modo que lanzó el antiguo llamado de los Ghouls.
Había conocido en otro tiempo a un pintor, Richard Upton Pickman. Pickman trató con los Ghouls en el mundo de la vigilia y luego desapareció. Carter conocía algo de sus chillidos, y al fin obtuvo respuesta: los Ghouls le dejaron una cuerda de escalada y lo alzaron hasta el borde del abismo.
En aquella llanura sombría encontró, en efecto, a Pickman, ya convertido en Ghoul. Todavía recordaba un poco de lenguaje humano y aceptó ayudarlo a regresar a la parte alta de las Tierras del Sueño. El problema era que entre ambos se alzaba el reino de los Gugs. Grandes y peludos, habían erigido en el Bosque Encantado círculos de piedra para ofrecer sacrificios a los Otros Dioses y a Nyarlathotep; luego los Grandes Dioses los habían desterrado al subsuelo. Temían a los Ghouls, pero seguían tratando a los soñadores humanos como un antiguo manjar.
Pickman disfrazó a Carter de Ghoul y envió con él a tres Ghouls para que cruzaran la necrópolis de los Gugs. En el camino, los Ghasts salieron de las mazmorras de Zin, y los Gugs despertaron en sus torres. Carter y los Ghouls aprovecharon la confusión para huir hacia la torre marcada con el signo de Coth y empujar la losa provista de un anillo de hierro, regresando así al Bosque Encantado.
Para entonces no había olvidado el rostro visto en Ngranek. Debía ir a Celephaïs y desde allí buscar el origen de aquellos marineros del norte.
Carter llegó a Celephaïs y visitó al rey de los soñadores, Kuranes. Kuranes, que en la vigilia había sido un hombre conocido por Carter, llevaba ya medio año reinando sobre aquella ciudad soñada. Le aconsejó que se quedara, porque perseguir Kadath era demasiado peligroso; pero Carter insistió en continuar.
Zarpó desde Celephaïs rumbo a Inganok, en el norte. En el viaje atravesó mares sombríos y arrecifes sin nombre, oyendo aullidos de mal agüero. Inganok era una ciudad crepuscular levantada en ónice, con torres, cúpulas, adornos de oro y calles de piedra negra, de una belleza antigua. Muchos de sus habitantes tenían rasgos semejantes a los del rostro de Ngranek, como si de veras llevaran la sangre de los Grandes Dioses.
Carter preguntó por las tierras heladas del norte y por las canteras abandonadas. Los mineros no querían decir mucho; sólo mencionaron un inmenso tajo apartado de todo asentamiento, donde manos más antiguas que los hombres habían arrancado grandes bloques de ónice. Carter pensó entonces que el castillo de Kadath debía de ser de esa misma piedra, y alquiló un yak para internarse hacia el norte, donde no vivía nadie.
Cuanto más avanzaba, más oscura se volvía la ruta y más se inquietaba el yak. Carter divisó una cantera gigantesca, impropia de cualquier obra humana, y luego, en tierras baldías, una cadena de colinas talladas con forma de guardianes. Entonces descendieron los Shantaks. Eran más grandes que un elefante, con cabeza de caballo, cuerpo escamoso y el frío de los abismos en las alas. A ellos se unió el mercader de ojos oblicuos que había aparecido en Dylath-Leen, y fue él quien obligó a Carter a montar uno de los Shantaks.
Volaronsobre las montañas hasta la región de Leng. Sus habitantes tenían pezuñas, cuernos, bocas anchas y colas; eran de la misma estirpe que los mercaderes de barcos negros y servían a los Moon-beasts. Carter fue llevado a un monasterio de piedra sin ventanas, para comparecer ante un sumo sacerdote innombrable, que ocultaba el rostro bajo una máscara de seda amarilla.
El sumo sacerdote sopló una flauta abominable, y el mercader de ojos oblicuos se comunicó con él por señas. Cuando Carter vio asomar bajo la túnica amarilla una garra grisácea y viscosa, comprendió de inmediato que aquel sumo sacerdote era en realidad una criatura de la clase de los Moon-beasts. El miedo le dio fuerzas. Empujó al mercader por un pozo profundo, arrebató una lámpara y huyó por el laberinto.
Cuando la lámpara se extinguió, cayó durante largo tiempo en la oscuridad, hasta desplomarse por fin entre las ruinas de Sarkomand.
Sarkomand era el vestigio de una antigua capital de Leng, custodiada por dos enormes leones de piedra que flanqueaban la escalera hacia los abismos subterráneos. Carter apenas había escapado por aquellas galerías cuando los Moon-beasts y los hombres de Leng lo alcanzaron. Venían con Shantaks y sirvientes, dispuestos a entregarlo de nuevo a Nyarlathotep.
Pero esta vez no estaba solo.
Los Ghouls acudieron desde abajo, y entre ellos venía también Pickman; los Night-gaunts surgieron de la negrura. Los Night-gaunts servían al antiguo Nodens y no a Nyarlathotep. Ghouls, Night-gaunts, Moon-beasts, hombres de Leng y Shantaks se enzarzaron en una lucha caótica entre las ruinas. Los Night-gaunts se llevaron a Carter por los cielos y los desiertos hasta que, al fin, alcanzó Kadath desconocida, en un páramo frío y remoto.
El castillo de ónice de Kadath se alzaba entre nubes, pero estaba vacío y sin vida. Carter no vio a los Grandes Dioses; sólo encontró una extraña luz en una inmensa cámara de la torre. Entonces sonaron cuernos, y Ghouls y Night-gaunts fueron arrastrados por una fuerza invisible, dejándolo solo en el salón.
Entre humo, perfumes, antorchas y redobles de tambor apareció una figura alta, con rostro de faraón egipcio. Era Nyarlathotep.
Le dijo a Carter que los Grandes Dioses no se hallaban en Kadath. Estaban prendados de la ciudad del ocaso que Carter había soñado, y habían abandonado su castillo de ónice para vivir en aquella urbe que en otro tiempo le pertenecía al propio Carter. Los Otros Dioses no querían que la Tierra del Sueño perdiera a sus dioses, pero tampoco podían entrar en la zona crepuscular que era propia de Carter. Sólo él podía encontrar la ciudad y convencer a los dioses de que regresaran a Kadath.
Nyarlathotep le aseguró que aquella ciudad no estaba en mares desconocidos, sino en los años que Carter conocía de sobra. Estaba hecha de las colinas de Boston que había amado de niño, de la cúpula dorada del State House, del río Charles, de Salem, de Marblehead, de Arkham, de Kingsport, de la brisa del mar de Nueva Inglaterra, de huertos y de atardeceres. Si volvía al recuerdo de su infancia, la encontraría.
Dicho así, parecía que quería ayudarlo.
Luego le preparó un Shantak y le ordenó volar hacia Vega, desviándose al oír el canto de las alturas para regresar a la ciudad del ocaso. Sólo al despedirse reveló su nombre: Nyarlathotep, el Caos Reptante.
Carter montó el Shantak y se lanzó al espacio.
Al principio creyó que realmente avanzaba hacia la ciudad. Pero más allá de las estrellas resonó un canto antiguo, hermoso e irresistible. El Shantak no obedeció sus mandatos y siguió ascendiendo hacia regiones cada vez más remotas y hondas. Entonces Carter comprendió que la ruta dada por Nyarlathotep era una trampa. Aquel canto no era un regreso, sino una invitación a precipitarse hacia el caos central donde moraba Azathoth.
En la oscuridad se agitaban tentáculos, deseos sin forma y servidores de los Otros Dioses. El Shantak volaba cada vez más deprisa, y Carter estuvo a punto de ser arrastrado al abismo al que ningún sueño alcanza.
Fue entonces cuando recordó las palabras de Nyarlathotep.
Esa ciudad del atardecer era el total de cuanto había amado en la niñez. No era un premio concedido por Kadath, ni un secreto otorgado por los Grandes Dioses, sino su propia memoria: Boston, las mañanas, las casas antiguas, el puerto, las colinas, el perfume de las flores, el agua del río y el crepúsculo componían su verdadera materia.
Y así, en sueños, Carter comprendió que estaba soñando.
Y si estaba soñando, podía darse la vuelta. Podía dejar de seguir al Shantak hacia la ruina. Saltó de aquella montura espantosa y cayó a una negrura interminable, casi consciente. Tiempo y universo se retorcieron en la caída; las estrellas murieron y volvieron a nacer. A lo lejos, el vapor púrpura de Xuraq le señaló el camino, y el antiguo Nodens lanzó desde las profundidades su grito de victoria, deteniendo a los perseguidores enviados por Nyarlathotep.
Al final, Carter no cayó ante Azathoth.
Despertó en su habitación de Boston. La luz de la mañana entraba por la ventana; en el jardín cantaban los pájaros, y el gato negro junto al hogar se sobresaltó con su grito. Aquella ciudad no estaba en la lejanía de Kadath ni en la dádiva de ningún dios extraño. Estaba allí mismo, en el hogar, la memoria y la infancia que volvió a ver al despertar.
Muy lejos, en la inmensidad impensable, Nyarlathotep regresó al castillo de ónice de Kadath y se burló de los Grandes Dioses que había arrastrado de vuelta desde la ciudad del ocaso de Carter. La búsqueda onírica había concluido. Los Grandes Dioses volvieron a su antiguo asiento, y Carter comprendió por fin que algunos de los lugares más remotos sólo pueden alcanzarse caminando hacia atrás.