
Mitos de Cthulhu
Cuando Randolph Carter despierta junto a un pantano, su amigo Harley Warren ha desaparecido y solo le queda en la mano un teléfono aún unido por un cable a las profundidades de la tierra. La policía lo interroga sobre lo ocurrido aquella noche, y él solo puede reiterar su declaración: Warren descendió a una tumba antigua y nunca regresó.
Randolph Carter despierta junto a un pantano, aturdido y desorientado. Su amigo Harley Warren ha desaparecido, y en sus manos solo queda un teléfono portátil cuya línea sigue tendida hacia el subsuelo. La policía lo lleva a declarar; sospechan de él porque fue el último en acompañar a Warren. Carter insiste en que no lo ha matado ni sabe dónde está su cuerpo, y relata cómo ambos llegaron de noche a una antigua tumba perdida entre los pantanos: Warren bajó a investigar, mientras él se quedó arriba, custodiando el teléfono. Desde abajo, Warren fue informando a Carter de cuanto encontraba. Al principio hablaba con cierta calma, pero pronto su tono se volvió cada vez más temeroso. Al final le ordenó que sellara la entrada y se marchara sin esperarle. Carter se negó a abandonar a su amigo y siguió llamándolo, aunque por el auricular solo llegaron confusión y espanto. Por último, una voz que no era la de Warren brotó de las profundidades para decirle que Warren había muerto. Carter perdió el sentido y, al despertar, se encontró de nuevo junto al pantano, frente al interrogatorio de la policía.
Cuando encontraron a Randolph Carter, ya había amanecido. Estaba de pie junto a un pantano remoto, con la ropa empapada y cubierta de barro, y la mirada vacía, como si aún no hubiera vuelto del todo de la noche. Quienes le preguntaron por Harley Warren no obtuvieron respuesta. Y cuando insistieron, Carter solo pudo repetir que no había ocultado nada, aunque había cosas tan extrañas que ni él mismo quería creerlas.
Más tarde, la policía lo condujo a una sala de interrogatorio. Se sentó ante un funcionario que tomaba notas, con la puerta cerrada a sus espaldas. Lo creían culpable porque Warren había desaparecido y el último hombre que estuvo con él fue Carter. Así pues, Carter tuvo que empezar desde el principio. Dijo que, si su amigo había muerto, no había sido por su mano. Aquella noche fueron a un lugar al que nadie debía acercarse.
Harley Warren no era hombre de temblar con facilidad. Era delgado, siempre pálido, y sus ojos tenían un brillo inquietante. Carter lo conocía desde hacía tiempo y sabía de su obsesión por los estudios más sombríos. Habían leído juntos muchos libros viejos, con las páginas amarillentas y los lomos vencidos; algunos llevaban marcas de quemaduras, otros grabados tan extraños que bastaban para helar el ánimo de cualquiera.
Carter recordaba con claridad un volumen especialmente raro que Warren poseía. Estaba escrito en una lengua que Carter no entendía, pero que Warren parecía saber leer. Cada vez que llegaba a ciertos pasajes, su semblante se tensaba. No quería revelar el contenido del libro, aunque de vez en cuando mencionaba tumbas, pasajes subterráneos y secretos de los muertos.
Carter le había preguntado una vez:
—¿Qué buscas en realidad?
Warren no respondió enseguida. Cerró el libro y apoyó la mano sobre la tapa, como si temiera que las letras escaparan de ella. Solo después de un largo silencio murmuró que había cosas bajo tierra que no eran simple leyenda. Y añadió que, cuando un hombre muere, no siempre deja tras de sí únicamente huesos.
Aquello inquietó a Carter. Pero Warren ya había tomado su decisión. Días después le anunció que, esa noche, irían a un lugar apartado de los caminos, entre los pantanos y la maleza baja, donde se alzaba un cementerio antiguo que casi nadie recordaba.
Partieron entrada la noche. La luna era débil, y todo el terreno húmedo parecía una extensión gris y negra. El viento se colaba entre las hierbas con olor a agua corrompida y tierra. Iban con lámparas, herramientas a la espalda, hundiendo los pies en un suelo que a ratos cedía y a ratos resistía, mientras el barro chapoteaba bajo sus botas.
Warren iba delante, hablando poco. Carter lo seguía; varias veces estuvo a punto de pedirle que regresaran, pero al ver aquella espalda tensa se tragó las palabras.
Por fin llegaron al cementerio. No había muro ordenado alguno, solo lápidas inclinadas y árboles retorcidos. Algunas piedras estaban resquebrajadas; los nombres, borrados por la lluvia. Warren no se detuvo ante ninguna. Como si supiera de antemano adónde debía ir, condujo a Carter hasta una losa semienterrada entre la hierba.
Se arrodillaron y empezaron a apartar raíces y barro. Cuando la pala golpeó la piedra, sonó un golpe sordo. A Carter le pareció demasiado fuerte, como si pudiera despertar algo bajo tierra. Miró a su alrededor: solo había niebla baja sobre el pantano, ni una luz, ni un alma.
Pero Warren se apresuró más. Limpió la losa y logró hacer palanca hasta abrir una rendija. Del interior surgió un aire frío y húmedo, con olor a encierro antiguo. Carter inclinó la lámpara y vio que bajo la piedra no había una simple sepultura, sino una escalera que descendía en la oscuridad, negra como si no tuviera fin.
Warren sacó un teléfono portátil y una larga bobina de cable. Lo había previsto todo. Entregó a Carter el extremo de la línea y conectó el otro a la máquina que pensaba llevar consigo.
Carter comprendió enseguida lo que quería decir y sintió un vuelco en el pecho.
—Iré contigo.
—No —respondió Warren, con rapidez.
Carter dijo que no temía nada. Warren lo miró con una severidad poco habitual. Afirmó que lo de abajo era demasiado peligroso y que Carter no lo soportaría. Añadió que, si ambos descendían, no quedaría nadie arriba capaz de pedir ayuda llegado el caso.
Carter se negó a aceptar. Junto a la losa discutieron en voz baja. Demasiado silencio los rodeaba como para permitirse levantar la voz. Al final, casi suplicando, Warren le apretó el hombro y le pidió que se quedara. Dijo que solo iba a confirmar una sospecha y que pronto volvería; si necesitaba ayuda, se la pediría por teléfono.
Carter miró aquella escalera negra y sintió frío en el alma. Sabía que Warren no cambiaría de idea. Solo pudo ayudarlo a disponer la línea y dejar el aparato sobre la piedra.
Warren tomó la lámpara, las herramientas y el teléfono, y bajó el primer escalón. La luz osciló sobre el muro de piedra. Miró atrás una vez, como si fuera a decir algo más; al final solo dijo:
—No importa lo que oigas: espera a mi señal.
Y siguió descendiendo, peldaño tras peldaño. La luz se fue hundiendo cada vez más hasta quedar reducida a un punto amarillento que se encogió en la negrura y desapareció.
Carter quedó solo en el cementerio. Se agazapó junto a la entrada de la escalera, con el auricular en la mano. El cable se deslazaba hacia abajo, fino como una serpiente. El viento rozaba la hierba y las lápidas proyectaban sombras torcidas. No sabía hasta qué profundidad había llegado Warren; solo oía de vez en cuando un roce tenue por la línea.
Pasó mucho tiempo antes de que la voz de Warren surgiera por el teléfono. Hablaba en un tono bajo, pero aún sereno. Dijo que ya estaba abajo, que el pasaje era más profundo de lo previsto y mucho más antiguo. Carter le preguntó con ansiedad qué veía.
Warren tardó en responder. Al otro lado se oyó una respiración pesada y el ruido de algo rozando la piedra. Después dijo que había una abertura, y más allá un espacio todavía más hondo. Carter percibió que su voz había cambiado; sonaba a la vez excitada y aterrada.
—Vuelve —dijo Carter—. Ya has visto bastante.
Pero Warren parecía no oírle. Prosiguió su avance. El cable vibró levemente, y Carter tenía las palmas empapadas de sudor.
Poco después, el auricular dejó escapar un grito sofocado. Carter se levantó de golpe, a punto de volcar el aparato. Gritó el nombre de Warren. Tras un largo instante, Warren contestó con una voz temblorosa. Dijo que había cosas allí abajo que no eran en absoluto lo que había imaginado.
—¿Qué cosas? —preguntó Carter.
Warren no respondió. Solo ordenó con urgencia que Carter sellara la losa y se marchara en seguida. Carter creyó haber oído mal y volvió a interrogarlo, pero Warren se impacientó cada vez más; casi estaba gritando cuando le dijo que no preguntara más, que no bajara, que huyera de una vez.
Carter se negó. Dijo que no pensaba dejar a un amigo bajo tierra. La voz de Warren se volvió entonces dolorosa, como la de un hombre que contempla algo irremediable. Le dijo que ya no servía de nada volver a bajar; si le quedaba algo de juicio, debía escapar de inmediato.
Las manos de Carter temblaban. Se inclinó sobre la boca de la escalera y llamó a Warren hacia la oscuridad, pero no hubo respuesta, solo fragmentos de voz en el teléfono. Warren parecía estar cerca del auricular y, al mismo tiempo, terriblemente lejos. Lo llamó una y otra vez para que se fuera, cada vez con menos fuerza.
Y entonces la línea enmudeció.
Ese silencio era más terrible que los gritos. Carter contuvo el aliento y pegó el oído al auricular. Oía su propio corazón y, muy lejos, el zumbido de los insectos del pantano. Al cabo de un momento, del otro lado llegó un ruido: algo que se arrastraba sobre la piedra, o quizá una respiración muy próxima al teléfono.
Carter gritó:
—¡Warren! ¿Sigues ahí?
No hubo respuesta.
Repitió el llamado. Entonces una voz brotó del auricular.
No era la de Warren.
Carter dijo después a la policía que no sabía explicar qué era aquella voz. Parecía subir desde una profundidad inmensa: grave, fría, con una humedad pesada que helaba el estómago. No se apresuró a hablar; permaneció un instante en la oscuridad, como si examinara a Carter, pequeño e insignificante, al otro lado del mundo.
Carter quedó paralizado, incapaz incluso de huir.
Finalmente, aquella voz habló y le dijo que Warren había terminado.
Al oírlo, Carter sintió que todo se oscurecía. No supo cómo dejó caer el teléfono ni cómo logró escapar del cementerio y adentrarse en el pantano. Las lápidas, la maleza baja, el barro y la niebla se confundieron en una sola masa. Solo recordaba correr con desesperación, como si una tumba entera le pisara los talones desde las profundidades.
Cuando volvió a tener recuerdos claros, era ya de mañana. La luz era pálida y una neblina fina flotaba sobre el pantano. Alguien lo encontró y lo llevó de vuelta. Warren no regresó. Más tarde, aquel cementerio tampoco ofreció respuestas fáciles. Carter no pudo decir si la losa seguía abierta, si el cable aún pendía hacia el subsuelo o si en aquel auricular quedaba todavía alguna voz.
La policía escuchó su declaración sin creerla del todo. Necesitaban una explicación más común: un crimen cometido por un hombre, un cadáver, un arma, huellas y motivo. Pero Carter solo podía repetir lo que sabía: Warren descendió por voluntad propia, él se quedó arriba; Warren fue quien primero le ordenó huir y después, por el teléfono, apareció otra voz.
No podía demostrar de dónde venía aquella voz, ni probar qué había en la oscuridad. Solo sabía que Harley Warren nunca volvió a salir a la superficie.
Desde entonces, el nombre de Randolph Carter quedó unido a esa declaración. No fue una victoria ni una exploración completa. Solo dejó una noche espantosa, una línea tendida hacia el fondo de la tierra, un hombre desaparecido y la respuesta que el sobreviviente ya no quiso volver a recordar.