
Mitos de Cthulhu
Un explorador se adentra solo en una ciudad sin nombre, perdida en lo más hondo del desierto arábigo, y descubre entre ruinas, templos subterráneos y muros tallados a un linaje anterior a la humanidad. Cuando comprende que aquella ciudad nunca murió del todo, el viento de las profundidades y sus antiguos moradores ya se le han echado encima.
Un explorador se interna en solitario por el desierto arábigo y, bajo la luz de la luna, encuentra la ciudad sin nombre de la leyenda. Apenas quedan ruinas, pero sus formas y su antigüedad resultan tan extrañas que parecen pertenecer a una civilización nacida mucho antes de la historia humana. Al seguir avanzando, desciende a un templo subterráneo y contempla antiguos relieves que le revelan, poco a poco, una verdad imposible: los constructores de aquella ciudad no eran hombres, sino los antiguos moradores que dominaron la Tierra antes que nosotros. Las imágenes de su auge y su caída le hacen entender que la ciudad sin nombre no es una ruina cualquiera. Cuando por fin comprende que aquel lugar no está verdaderamente muerto, un viento insólito comienza a subir desde las honduras, como si algo siguiera moviéndose en la oscuridad. Los antiguos moradores se aproximan, y el explorador queda atrapado ante el horror de una verdad que ya no puede negar, hasta caer en la sombra ancestral que asciende desde abajo.
El explorador había oído hablar de la ciudad sin nombre mucho antes de verla.
En lo más remoto de la península arábiga, las caravanas evitaban un valle seco y desolado. Los arrieros de camellos no decían más que unas pocas palabras, dichas casi en un susurro junto al fuego: allí yacía una ciudad antigua, sin nombre, derrumbada desde antes del nacimiento de los reinos más viejos y olvidada desde antes de que el desierto adoptara su aspecto actual. Nadie sabía quién la había levantado ni por qué fue abandonada. Era como un cadáver mal enterrado, medio asomado entre las arenas, esperando a que alguien imprudente lo viera.
Y aun así, el explorador fue.
Cruzó el lecho agrietado del río bajo la luz de la luna. El suelo estaba duro como tejas rotas, y las grietas se llenaban de arena fina. No había árboles ni agua en la lejanía; solo el viento, que rozaba la tierra y levantaba una neblina grisácea de polvo. Ya avanzada la noche, distinguió por fin unos muros bajos de piedra.
Yacían entre las dunas, mutilados y silenciosos, del mismo color que los huesos bajo la luna. Algunos no eran más que un resto de pared; otros conservaban una puerta medio sepultada, abierta como una boca a la que ya no le quedaban fuerzas. El explorador, en el borde del valle, tuvo de pronto la sensación de que aquella ciudad no había sido encontrada: llevaba allí desde siempre, aguardándolo.
Entonces recordó un verso extraño que Abdul Alhazred, autor del Necronomicón, había dejado escrito: hay cosas que yacen durante largo tiempo sin estar realmente muertas; a lo largo de edades inconcebibles, hasta la muerte misma puede volverse incierta. Leído de ordinario, aquel pensamiento parecía la divagación de un demente; pero frente a la ciudad sin nombre, por vez primera sintió que era una llave helada dispuesta a abrir una puerta que jamás debió abrirse.
Al despuntar el día, el miedo se retiró un poco, y el explorador comenzó a caminar entre las ruinas.
Las construcciones de la ciudad eran extrañamente bajas, como si no hubiesen sido hechas para la estatura humana. Muchas entradas eran estrechas y raquíticas; tenía que inclinarse, incluso arrodillarse, para mirar al interior. La piedra, pulida por la arena y el viento, seguía mostrando ciertos dibujos antiguos: líneas curvadas, filas de pequeñas figuras, motivos semejantes a escamas o llamas. No se parecían a nada que él conociera de los pueblos del mundo.
Al mediodía, el desierto ardía en una blancura sin sombras. Se refugió bajo el resguardo de un muro derruido, bebió un poco de agua y contempló las dunas lejanas. Allí no había torres, ni palacios, ni calles reconocibles. Parecía más bien una costra antiquísima arrancada de las profundidades y dejada a medias sobre la superficie. El verdadero secreto, intuía, seguía enterrado debajo.
Al caer la tarde encontró tres templos medio hundidos en la arena. Eran bajos, pesados, y sus puertas se abrían como cavernas. En el primero solo halló piedras rotas y arena; el segundo estaba aún más derrumbado. Pero el tercero mostraba una abertura que descendía hacia la oscuridad. El explorador encendió su lámpara y, echado en el suelo, fue introduciéndose poco a poco en ella.
La entrada era tan estrecha que casi le faltaba el aire. La ropa se le enganchó en los bordes de piedra, y la llama osciló en aquel aire reducido. Tras avanzar un trecho, el pasadizo se inclinó de pronto hacia abajo, y los escalones fueron hundiéndose uno tras otro en la negrura. Allí no llegaba el calor del desierto, solo una frialdad que ascendía desde lo hondo, como si algún inmenso subterráneo respirara.
Habría debido volver. Pero ya había llegado demasiado lejos para no ver qué ocultaba el fondo. Levantó la lámpara, apoyó una mano en la pared y bajó por los peldaños.
La escalera era larguísima, como si quisiera arrancar al hombre del mundo del día.
El explorador descendió hasta que las piernas le ardieron de cansancio y llegó a un amplio corredor subterráneo. Las paredes de ambos lados estaban cubiertas de relieves, conservados con una claridad pasmosa. Cuando la luz los tocó, aquellas líneas parecieron despertar, como si una historia dormida desde hacía siglos volviera a abrir los ojos.
Las primeras escenas mostraban una laguna y una ciudad baja. Quienes caminaban por ella no eran hombres. Eran criaturas de cuerpo alargado y bajo, cabeza estrecha, miembros curvados de un modo ajeno a toda costumbre humana, con una piel que parecía escamada. El artista las había tallado con seriedad y solemnidad: alzaban herramientas, transportaban piedras, levantaban templos; se inclinaban ante altares y depositaban a sus muertos en sarcófagos de piedra; navegaban en naves extrañas por ríos y bahías; combatían contra enemigos desconocidos y, tras la victoria, llevaban los cadáveres de vuelta a la ciudad.
Al principio, el explorador creyó que se trataba de alguna divinidad grotesca. Pero cuanto más avanzaba, más le inquietaba la verdad. Los relieves eran demasiado coherentes: desde la fundación hasta la grandeza, de la guerra al éxodo, de las fiestas a los funerales, uno tras otro, como una auténtica crónica. Aquel pueblo no humano no era una aparición casual de monstruos: era el dueño de la ciudad.
En lo profundo del corredor, las escenas se volvieron sombrías. Los ríos se secaban, la tierra se abría en grietas y el sol parecía un ojo suspendido sobre el cielo. Los habitantes comenzaron a trasladar sus objetos al subsuelo, y bajo los templos aparecieron galerías más hondas. Después ya no hubo aguas amplias, solo arena, piedra, cavernas y puertas abiertas a la oscuridad.
El explorador siguió avanzando con la lámpara en alto, las manos empapadas de sudor. Llegó ante una cámara funeraria baja. En el centro había un sarcófago de piedra, cuya tapa no estaba del todo cerrada. Dudó un instante; luego, la apartó.
Dentro yacía un cuerpo seco y desecado.
Estaba conservado con una integridad casi excesiva. No era humano, pero su forma lo recordaba de un modo inquietante. El hocico alargado, la frente plana, los miembros encogidos y la piel rígida hacían pensar en los moradores que aparecían en los relieves. Llevaba adornos antiquísimos, como un noble o un sacerdote depositado en el lugar de los antepasados. En ese instante, los relieves, las puertas bajas y los pasadizos subterráneos encajaron de golpe.
La ciudad sin nombre no era la ruina de un reino humano perdido. Pertenecía a una estirpe más antigua que la memoria de los hombres. Los muros que veía en la superficie no eran más que su cáscara después de la muerte; el subsuelo era su último nido.
El explorador no huyó de inmediato.
El terror ya lo tenía preso, pero algo aún más fuerte lo retenía: quería saber adónde conducía aquel corredor, y qué había sido de sus habitantes. Así que abandonó la cámara funeraria y siguió descendiendo por los escalones.
Cuanto más bajaba, más frío se volvía el aire. Los relieves empezaron a escasear, sustituidos por hileras de puertas y pequeñas estancias de piedra. En algunos lugares parecían viviendas; en otros, salas de culto; en otros, había vasijas rotas y fragmentos de huesos imposibles de identificar. El explorador no se atrevía a mirar con detenimiento y solo protegía la lámpara junto al pecho, escuchando el eco de sus pasos en las profundidades.
Por fin llegó al borde de una inmensa negrura.
Delante se alzaba una puerta de bronce, de una altura sobrecogedora, tan distinta de las entradas bajas que había visto antes. Estaba cubierta de herrumbre y de extraños relieves, como si fuera la última barrera antes de algo todavía más profundo. En su rendija no había luz, pero sí viento.
Era un viento que subía desde abajo, frío, húmedo y con un olor ajeno al desierto. Parecía venir de un abismo subterráneo, de un mar bajo la tierra, o de algo aún más lejano que un mar subterráneo. La llama de su lámpara se encogió hasta casi extinguirse, y en aquel soplo creyó oír pequeños sonidos quebrados.
Al principio parecían piedras rodando. Después, el roce de innumerables garras sobre el suelo. Más tarde, un cántico ronco y entrecortado, como si muchas gargantas invocaran en una lengua muerta desde hacía muchísimo tiempo.
Entonces se volvió para huir.
Pero el camino de regreso se había vuelto interminable y extraño bajo el peso del miedo. Chocó contra la pared, cayó, se levantó. La luz temblaba con violencia, haciendo que los antiguos moradores de los relieves parecieran correr. Los ojos grabados en la piedra se volvían hacia él, como si reprendieran a un intruso en la tumba de un linaje ajeno.
El viento detrás de él creció aún más. Atravesó el corredor con un silbido agudo. El explorador miró atrás una sola vez y estuvo a punto de perder allí mismo las fuerzas.
De la oscuridad donde estaba la puerta de bronce comenzaron a salir sombras.
Eran bajas, alargadas y veloces; su silueta era idéntica a la de la antigua raza que había visto en la piedra. Flotaban como humo arrastrado por el viento, y sin embargo se movían por el suelo como cuerpos reales. El explorador no supo si eran espectros, pesadillas o antiguos moradores que aún seguían viviendo bajo tierra. Solo sabía que ascendían desde lo más hondo, desde el verdadero corazón de la ciudad sin nombre.
No supo después cómo logró escapar del subsuelo.
Recordaba los escalones estrechos, las rodillas y las palmas desgarradas, la lámpara apagándose al fin, y a él mismo tanteando hacia arriba en la oscuridad. Detrás seguían el viento, los aullidos y muchos sonidos breves y rápidos. Cuando por fin rodó fuera de la entrada del templo hasta la arena, el horizonte ya se teñía de un gris blanquecino de amanecer.
La ciudad sin nombre seguía tendida en el desierto.
Los muros bajos, las puertas rotas, los templos medio enterrados permanecían tan silenciosos como cuando él llegó. Después de que el sol se alzara, las dunas brillaron y el viento alisó las huellas que había dejado durante la noche. Cualquiera que pasara de lejos vería solo una ciudad muerta, una masa de piedra aplastada por el tiempo.
Pero el explorador sabía que aquel silencio era solo apariencia.
Bajo esa ciudad había corredores, cámaras funerarias, muros cubiertos con la historia de una raza y una puerta de bronce que conducía a una oscuridad más honda. Quizá aquellos moradores remotos ya hubieran muerto; quizá solo se hubiesen retirado a un lugar que los ojos humanos no podían alcanzar. La ciudad carecía de nombre porque la humanidad nunca había tenido realmente derecho a nombrarla.
Desde entonces, cada vez que pensaba en la luz de la luna sobre el desierto, recordaba también aquel viento frío que subía desde abajo. La ciudad sin nombre seguía allí, medio sepultada en la arena, como un viejo cadáver que aún no se había podrido del todo. Y en lo más profundo de su pecho, tal vez algo más antiguo que los hombres seguía aguardando a que otro viento volviera a abrir la puerta.