
Mitos de Cthulhu
Randolph Carter perdió en la edad adulta la facultad de entrar en los sueños, y ni la realidad, ni el saber, ni las artes ocultas lograron devolverle los extraños reinos que había visto de niño. Solo cuando halló una llave de plata en un cofre de roble heredado de sus antepasados, volvió por los viejos caminos hacia los bosques cercanos a Arkham y desapareció del mundo como si hubiera atravesado el tiempo.
Después de cumplir los treinta años, Randolph Carter dejó de entrar en las ciudades y jardines de sus sueños. De muchacho, la noche había sido para él un sendero hacia países prodigiosos; ya adulto, intentó aceptar las respuestas que ofrecía el mundo visible y buscó consuelo en la religión, la ciencia, la filosofía y el ocultismo, pero cada camino lo alejaba un poco más de las maravillas de la infancia. Más tarde se refugió en los rastros de su vida antigua. Arregló su casa como había sido cuando era niño y, en sueños, oyó a su abuelo indicarle que buscara un cofre familiar. Dentro encontró una llave de plata grabada con signos extraños y un texto antiquísimo que no pudo descifrar. Carter no sabía qué puerta podía abrir aquella llave, pero comprendió que el sueño lo estaba llamando de vuelta a la tierra de sus antepasados. Con la llave consigo, Carter regresó a las ruinas de la casa familiar, cerca de Arkham. Al atardecer dejó el automóvil y se internó en los bosques y cuevas que había frecuentado de niño; entonces la realidad y el recuerdo comenzaron a superponerse. Cuando la voz de un viejo criado lo llamó entre los árboles, ya no parecía un vagabundo de cincuenta años, sino un niño devuelto a sus diez años. Después, sus parientes solo encontraron junto al camino de la colina el coche, el cofre y un pergamino indescifrable, pero no hallaron a Carter. El testimonio conservado sugiere que no murió, sino que, gracias a aquella llave, cruzó el laberinto del tiempo, del espacio y del sueño hasta llegar al país que de verdad anhelaba. Y quizá los rumores de una ciudad remota de los sueños, donde se hablaba de un nuevo rey, sean la huella de su regreso.
Después de los treinta años, Randolph Carter descubrió de pronto que ya no encontraba la puerta de los sueños.
Antes, cada noche podía abandonar el mundo humano, liso y sin encanto, para viajar a ciudades lejanas, jardines y costas que no figuraban en ningún mapa diurno, aunque le resultaban más familiares que muchas calles verdaderas. Recordaba barcos sobre ríos extranjeros, torres afiladas bajo la luna y lejanías que seguían brillando dentro de él aun después de despertar.
Pero, con los años, aquella puerta empezó a cerrarse. Primero se borraron los caminos del sueño; luego dejaron de aparecer las murallas y las aguas. De día oía hablar de realidad, conocimiento, deber y éxito; de noche cerraba los ojos y solo encontraba fragmentos gastados de la jornada.
No quiso resignarse a perderlo todo. Cuando otros le aconsejaron aceptar la única realidad palpable, intentó mirar esa realidad. Cuando le dijeron que buscara maravillas en la ciencia, la filosofía, la fe o las artes ocultas, probó una senda tras otra. Pero aquellas explicaciones le parecían unas veces demasiado pobres y otras demasiado triviales. Podían aclarar muchas cosas, sí, pero ninguna abría la antigua puerta.
Carter acabó retirándose al interior de sus viejos recuerdos.
Reordenó su casa para que se pareciera a la de su infancia, como si así pudiera atraer un poco más cerca los días perdidos. Fue en esa existencia a medias despierta y a medias soñada cuando empezó a ver en sueños a su abuelo muerto. El anciano le hablaba de ciertos antepasados de la familia Carter, extraños y sensibles en exceso, y también de un cofre de roble que nadie había abierto desde hacía mucho tiempo.
Al despertar, Carter encontró de verdad aquel cofre en el fondo de un viejo armario del desván. Estaba ceñido con bandas de hierro; en la madera se veían rostros tallados que producían desasosiego, y las señales de su antigüedad mostraban que durante generaciones nadie había querido tocarlo. Hasta el criado que lo ayudó a forzar la tapa temblaba un poco.
Dentro no había oro ni joyas, sino un pergamino amarillento y una pesada llave de plata. La superficie de la llave estaba cubierta de dibujos finísimos, semejantes a escritura y, sin embargo, ajenos a cualquier alfabeto que un erudito pudiera reconocer con facilidad. También el pergamino contenía signos extraños, que recordaron a Carter ciertas cosas vistas durante investigaciones peligrosas.
No sabía qué puerta debía abrir aquella llave, pero comprendió que no era una llave común. Desde entonces sus sueños se volvieron más nítidos. Ya no lo conducían a las ciudades antiguas de otras noches, sino que lo empujaban paso a paso hacia la infancia, hacia Arkham, hacia el rio Miskatonic y hacia las colinas donde se alzaba la vieja casa de sus mayores.
Un día de otoño, Carter partió con la llave de plata.
Condujo por caminos rurales a la vez familiares y extraños, rumbo a las tierras de su linaje. A los lados quedaban muros de piedra, pastizales, curvas del río y arboledas; a lo lejos, las colinas se desvanecían por capas en la luz de la tarde. Cuanto más se acercaba a la vieja casa, más sentía que un automóvil no pertenecía al lugar que estaba buscando. Por eso lo dejó al borde del bosque y subió solo por la ladera.
La casa llevaba mucho tiempo abandonada, pero el bosque seguía tragándose los senderos como en su niñez. Al caer la tarde vio a lo lejos el campanario de una iglesia brillando en el resplandor final; enseguida recordó, sin embargo, que aquella iglesia había sido demolida muchos años antes. El recuerdo y lo que tenía delante comenzaron a encajar uno sobre otro, como si una mano invisible doblara el tiempo con suavidad.
Entonces alguien lo llamó por su nombre de niño entre los árboles.
La voz era la del viejo criado Benijah. Según toda razón, ya debía de estar demasiado anciano para correr así, o quizá incluso muerto desde hacía tiempo. Pero Carter lo oyó reprender a un niño que volvía tarde de sus juegos y pedirle que regresara pronto para no preocupar a la tía Martha.
Carter bajó la mirada y tanteó el bolsillo. La llave de plata seguía allí. Pero de pronto ya no supo distinguir de dónde venía. Las casas de Boston, los libros de la edad adulta, la guerra y los viajes quedaron al otro lado de una niebla espesa. El viejo criado lo llevó de vuelta a la casa iluminada, y Carter cenó como un niño de diez años, esperando que al día siguiente pudiera internarse otra vez en el bosque para buscar la verdadera puerta.
A la mañana siguiente, Carter aprovechó un descuido y corrió al bosque con la llave.
Llegó a una cueva que había visitado muchas veces de niño. La gente del campo la llamaba la cueva de las serpientes y evitaba acercarse a ella; pero Carter sabía que en el fondo había una estrecha grieta que conducía a otra cámara de piedra. Aquel lugar era frío y silencioso. Sus paredes parecían formadas por la naturaleza, aunque también daban la impresión de haber sido señaladas adrede por alguien en tiempos remotos.
Encendió unas cerillas robadas, se deslizó por la abertura y avanzó hacia las profundidades. Cuanto más se internaba, más seguro estaba de que la llave debía usarse allí. En qué cerradura la introdujo, o de qué modo se abrió la puerta, nadie de fuera pudo decirlo jamás.
Solo se sabe que, desde aquel día, Carter ya no fue el mismo Carter.
Años después, sus parientes decían que desde los diez años se había vuelto todavía más raro. A veces parecía pronunciar palabras relacionadas con el porvenir, aunque él mismo no entendía lo que significaban. Más tarde, cuando el Carter adulto desapareció, encontraron su automóvil junto al camino que llevaba a la antigua casa. Dentro estaban el terrible cofre de madera y el pergamino, pero no había rastro de él.
Algunos se dispusieron a repartir sus bienes. El narrador, sin embargo, no cree que haya muerto.
Porque para un verdadero soñador, el tiempo, el espacio, la memoria y la realidad quizá no sean tan firmes como los imagina la gente común. Carter buscaba el país soñado de su infancia, pero también se buscaba a sí mismo, a esa parte perdida desde hacía mucho. Tal vez la llave de plata fuera precisamente lo que abría el laberinto. El mundo de los hombres solo vio un coche vacío y a un desaparecido; en lo hondo del sueño, quizá un nuevo rey se sienta ya en el trono de una ciudad remota, aguardando el reencuentro con los viejos compañeros.