
Mitos de Cthulhu
En una montaña desolada tras una tormenta, varias personas mueren despedazadas cerca de una mansión abandonada. Un investigador acude con sus compañeros y descubre que lo temible no es el fantasma de la leyenda, sino los horribles descendientes en que una familia se ha degradado bajo la oscuridad.
En los alrededores de la montaña Tempest, cada vez que estalla una tormenta eléctrica los habitantes recuerdan la vieja casa de la familia Martense. La mansión lleva mucho tiempo en ruinas y, a su alrededor, viven dispersas gentes pobres. Después de una gran tempestad, casi todos los vecinos de un pequeño asentamiento aparecen despedazados, con marcas en los cuerpos que no parecen ni de bestia ni de mano humana. Fascinado por aquella atrocidad, el investigador se instala en la antigua casa de los Martense con dos compañeros, decidido a esperar otra tormenta y ver con sus propios ojos qué ocurre. Durante la noche, mientras el trueno retumba sobre el tejado, uno de ellos desaparece de pronto y solo quedan tras él señales confusas. Más tarde, el investigador monta guardia en la montaña junto al periodista Munroe; unos ruidos extraños se acercan desde la oscuridad y desde debajo de la tierra, y Munroe muere junto a la ventana. Para encontrar el origen del horror, el investigador investiga el pasado de la familia Martense. Era un linaje de ascendencia neerlandesa, cerrado y sombrío, reacio al trato con extraños y entregado durante generaciones a matrimonios entre parientes cercanos. Uno de sus jóvenes, que había abandonado la casa para servir como soldado, regresó incapaz de tolerar la decadencia familiar; sus propios parientes lo asesinaron, y desde entonces los montañeses atribuyeron los sucesos extraños a su espíritu vengativo. El investigador abre la tumba y confirma que aquel joven murió asesinado, pero comprende también que el verdadero miedo no procede del sepulcro. Al final descubre que bajo la mansión en ruinas se extiende una red de túneles, habitada por criaturas nacidas de la sangre Martense, deformadas por generaciones de oscuridad y degeneración. Las tormentas las despiertan, y entonces salen del vientre de la montaña para atacar a los vivos. Cuando la verdad sale a la luz, la casa y la madriguera subterránea son destruidas; pero él nunca logra olvidar aquellos ojos que, en plena oscuridad, aún conservaban el rasgo de la familia.
La montaña Tempest no era un lugar que invitara al afecto.
Se alzaba sobre un campo triste, con árboles torcidos en sus laderas y piedras que asomaban de la tierra como espinazos de tumbas antiguas. Cerca de la cima se encontraba una gran mansión abandonada hacía ya mucho tiempo: las tablas ennegrecidas, las ventanas vacías, el tejado hundido en varios puntos. Quienes vivían por la comarca evitaban pasar por allí de noche, y menos aún cuando amenazaba tormenta.
Pero algunas personas pobres, sin otro sitio adonde ir, habían levantado chozas al pie de la montaña y entre los árboles. Sobrevivían con trabajos ocasionales, recogiendo leña y cultivando un poco de tierra pobre. Conocían la leyenda de la casa, aunque la tenían por un cuento para asustar a los niños. Así fue hasta la llegada de aquella tormenta.
Esa noche, las nubes descendieron desde detrás de la montaña y los relámpagos, uno tras otro, volvieron lívida la cresta. El trueno rodó sobre el bosque como si enormes ruedas cruzaran el cielo. Cuando al día siguiente algunos subieron a mirar, encontraron varias chozas deshechas por el viento y la lluvia, y cadáveres dentro y fuera de ellas.
Aquellos muertos no habían sido aplastados por vigas caídas, ni parecían víctimas de una riada. Muchos cuerpos mostraban mordeduras y desgarrones; los huesos estaban rotos por una fuerza espantosa. Algunos parecían haber sido arrastrados de sus jergones mientras dormían; otros debieron de intentar alcanzar la puerta antes de morir, pues aún tenían los dedos hundidos en el barro.
Cuando la noticia se extendió, los montañeses pronunciaron un viejo nombre: Martense.
Decían que la mansión de la cima había pertenecido a esa familia. Los Martense vivían en la montaña desde tiempos remotos; no gustaban de mezclarse con los demás, y cada generación parecía más extraña que la anterior. Después se perdió todo rastro de ellos y la casa quedó abandonada, pero en las noches de tormenta, según se decía, algo seguía despertando allí arriba.
Cuando oí esas historias, no me bastó una explicación tan vaga como “algo”. A veces el miedo convierte a un perro salvaje en demonio y a un criminal en fantasma. Pero las marcas de los cadáveres eran demasiado raras, y los muertos demasiado numerosos. Aquel relato misterioso debía de tener una causa escondida en la oscuridad. Por eso decidí subir a la montaña.
No fui solo.
Me acompañaron George Bennett y William Tobey. Ellos también habían oído hablar de la matanza y aceptaron pasar una noche conmigo en la vieja casa de los Martense. Llevamos lámparas, pistolas, comida y algunas prendas contra la lluvia, y antes del anochecer trepamos por la ladera.
La mansión estaba aún peor de lo que parecía desde lejos. La puerta colgaba torcida, y al empujarla los goznes soltaron un largo gemido. Dentro reinaba la humedad; el papel de las paredes se desprendía y el suelo estaba cubierto de polvo y astillas. En el gran salón había una chimenea enorme, fría como una tumba; el conducto de humo se abría hacia arriba como una boca negra que se perdía donde la vista no alcanzaba.
Escogimos una habitación que aún podía protegernos de la lluvia. Fuera, el viento iba cobrando fuerza, y las ramas golpeaban las tablas como si alguien tanteara la casa desde el exterior. Bennett dijo medio en broma que, si la leyenda era cierta, al menos descubriríamos si aquello entraba por la puerta o bajaba por la chimenea. Tobey no rió. No apartaba los ojos de la chimenea, con los dedos cerrados sobre la culata de su pistola.
A medianoche llegó la tormenta.
Cuando el primer relámpago iluminó la habitación, todas las grietas de las paredes parecieron abrirse como ojos. Luego el trueno estalló sobre el tejado, y el polvo cayó de las vigas. Subimos la intensidad de la lámpara y nos reunimos en el centro del cuarto, sin querer dejar que ningún rincón se hundiera en la sombra.
En el momento en que el trueno sonaba con más violencia, algo se movió en la boca de la chimenea.
No era el ruido de una piedra al caer, ni el silbido del viento colándose por el conducto, sino un roce bajo y apresurado, como si algo húmedo se deslizara contra los ladrillos. Bennett se levantó de golpe y dio un paso hacia el hogar. Tobey le gritó que volviera, pero otro trueno devoró su voz.
En el instante en que el relámpago blanqueó la estancia, vi una sombra cruzar junto a la pared de la chimenea.
Era baja y monstruosa; tenía las extremidades pegadas al muro y se movía con una rapidez impropia de un ser humano. Bennett volvió la cabeza, y apenas apareció el asombro en su rostro cuando una ráfaga fría apagó casi por completo la lámpara. Cuando corrimos hacia él, ya no estaba.
En el suelo quedaban varios arañazos desordenados y una mancha de sangre oscura y húmeda. Desde el interior de la chimenea llegó un raspado que se alejaba a toda prisa; después, la tormenta volvió a cubrirlo todo.
Tobey y yo no lo seguimos. No fue falta de deseo, sino que en aquel momento el valor pareció arrancado de nuestro pecho. Pasamos el resto de la noche espalda contra espalda, sin cerrar los ojos. Al amanecer registramos la casa y los bosques cercanos, pero solo encontramos un pequeño jirón de la ropa de Bennett.
Después de la desaparición de Bennett, muchos me aconsejaron que abandonara la montaña Tempest.
Pero yo ya no podía marcharme. El miedo no me expulsó de allí; al contrario, me dejó atado al lugar. Aquello podía entrar en la vieja casa durante una tormenta, podía llevarse a un hombre adulto por una chimenea o por una grieta de la pared. Entonces la matanza del pie de la montaña quizá no había sido un accidente. Tenía una guarida, caminos propios y la costumbre de esperar el trueno.
Poco después conocí a Arthur Munroe. Era un periodista de gran audacia y, cuando escuchó mi relato, decidió investigar conmigo. No regresamos de inmediato a la mansión; preferimos buscar por la montaña grietas, bocas de cueva, pozos antiguos o cualquier entrada que pudiera conducir bajo tierra.
La tierra y las rocas de aquella zona estaban revueltas. Bajo las raíces aparecían a menudo huecos negros, y en las zanjas abiertas por la lluvia se veían a veces marcas como de garras. De día explorábamos; de noche nos refugiábamos en chozas abandonadas. Cada vez que las nubes se levantaban en el horizonte, Munroe limpiaba su pistola y colocaba la lámpara junto a la ventana.
Otra noche de tormenta, nos escondimos en una cabaña de madera medio derruida. La lluvia golpeaba el techo, el agua se filtraba por una esquina y formaba un pequeño lodazal en el suelo. Munroe estaba sentado junto a la ventana, tratando de distinguir la ladera a la luz de los relámpagos. Yo me hallaba al otro lado cuando oí, bajo la tierra, unos ruidos menudos y apagados.
Al principio sonaban lejos, como ratones corriendo dentro de una pared. Luego se hicieron más numerosos, como si muchas garras escarbaran en el barro mojado, o como si algo se arrastrara por un vacío bajo la cabaña. Le hice una seña a Munroe para que no hablara. Él asintió y acercó el rostro a una rendija de la ventana.
El relámpago brilló.
Solo alcancé a ver una silueta baja que se abalanzaba desde fuera. Enseguida estallaron el vidrio y el marco. Munroe ni siquiera tuvo tiempo de gritar: su cuerpo cayó hacia atrás. Disparé, pero el estampido de la pistola casi se perdió en el trueno. Aquella cosa se retiró de la ventana y desapareció en la lluvia, dejando tras de sí un hedor húmedo y repugnante.
Cuando me arrojé junto a Munroe, ya estaba muerto. Tenía el rostro y la garganta destrozados, y sus ojos seguían vueltos hacia la ventana, como si en el último instante hubiera visto algo que ningún hombre podía soportar.
Desde aquella noche dejé de creer que se tratara de un asesino solitario, y tampoco pude pensar ya en un animal común. Conocía la montaña, conocía el subsuelo y sabía aprovechar el amparo de la tormenta. No había venido de lejos. Había vivido allí desde siempre.
Para encontrar a aquella cosa, había que regresar a la propia familia Martense.
Consulté archivos antiguos, interrogué a los montañeses de más edad y revisé los pocos registros que pude hallar. Los Martense descendían de inmigrantes neerlandeses y habían construido su mansión en la montaña Tempest hacía mucho tiempo. Al principio fueron solo gente huraña; luego se volvieron cada vez más reacios a tratar con extraños. Pocos habitantes del valle fueron invitados alguna vez a aquella casa, y quienes veían de vez en cuando a un Martense solo recordaban su expresión sombría y una extraña diferencia de color en los ojos.
La familia vivía encerrada, y sus matrimonios se daban a menudo entre parientes cercanos. Con los años, los rumores se hicieron cada vez más desagradables: unos decían que eran violentos; otros, que sus rostros se habían vuelto burdos y salvajes; otros aseguraban oír, de noche, riñas y aullidos procedentes de la cima.
Entre todas aquellas historias destacaba un nombre.
Era el de un joven Martense que había dejado la casa de la montaña para servir en el ejército. Había visto otras ciudades, otros caminos, otras gentes. Cuando regresó, ya no podía aceptar con la misma resignación la vida clausurada de su familia. Escribió a un amigo que ciertas cosas de su linaje le resultaban aborrecibles, que quería descubrir la verdad y abandonar aquella mansión sombría.
Pero no salió vivo de allí.
Sus parientes afirmaron que había muerto alcanzado por un rayo y lo enterraron de prisa en las cercanías. Los montañeses, sin embargo, no les creyeron. Desde entonces, cada vez que ocurría algo extraño en una noche de tormenta, decían que aquel joven Martense asesinado vagaba por la montaña, vengándose de su sangre y de los intrusos.
La explicación sobrevivió durante mucho tiempo. Sonaba completa y bastaba para infundir miedo. Sin embargo, la muerte de Bennett y la de Munroe me decían que aquello no podía ser tan sencillo. Los fantasmas no dejan huellas de garras en el barro, ni se arrastran bajo tierra como bestias de madriguera.
Fui a la tumba con herramientas.
El cementerio estaba cubierto de maleza; la lápida se inclinaba, y las letras apenas podían leerse. Cavé en la tierra húmeda hasta encontrar los restos. El cráneo del joven mostraba una fractura clara, no causada por un rayo, sino por un golpe violento.
Había sido asesinado, en efecto.
Pero cuando me quedé de pie junto a la fosa, mirando las zanjas que la lluvia había abierto en el suelo alrededor, sentí un frío aún más hondo. El asesinato explicaba el crimen de los Martense, pero no aquellos sonidos reptantes que habían venido después. El verdadero miedo no estaba en la tumba: estaba alrededor de ella, bajo la vieja casa, en la oscuridad del vientre entero de la montaña.
Volví una vez más a la antigua mansión de los Martense.
Esta vez no me quedé vigilando el salón ni la chimenea. Busqué huecos bajo el suelo, junto a los cimientos y entre las piedras derrumbadas. El subsuelo de la casa resultó mucho más complejo de lo que había imaginado. Detrás de una bodega hundida se abría un túnel estrecho, con las paredes pulidas como si algo hubiera entrado y salido por allí durante mucho tiempo. En la tierra húmeda había huesos rotos: algunos de animales, otros humanos.
Encendí una lámpara y avancé a gatas por el pasadizo. El aire se fue haciendo más pesado, cargado de podredumbre y olor a guarida. Sobre mí, el trueno llegaba amortiguado por la gruesa capa de tierra, grave y lejano; pero en ciertos puntos del túnel parecía despertar una respuesta: raspaduras, jadeos, carreras diminutas que sonaban desde todas partes.
Los pasajes no eran naturales. Habían sido excavados, ampliados y unidos unos con otros hasta formar una red escondida dentro de la montaña. La vieja casa, la tumba, el bosque y las chozas del pie de la ladera parecían comunicarse por aquellas galerías. Ahora comprendía por qué esas criaturas iban y venían sin dejar rastro, y por qué podían aparecer de pronto, en noches de tormenta, junto a los lugares donde dormían los hombres.
Las vi en una caverna más ancha.
Al principio creí que era una manada de animales. Se agazapaban en el suelo, con la piel pálida y sucia, los miembros retorcidos, las cabezas bajas, y se movían con una rapidez que recordaba a la vez al topo y al mono. Pero cuando la luz rozó una de aquellas caras, casi se me cayó la pistola de la mano.
En ese rostro quedaban restos de humanidad.
No era un rostro humano reconocible, sino el residuo deformado por muchas generaciones de oscuridad, hambre, cruces entre parientes y vida salvaje. La boca sobresalía; los dientes eran puntiagudos; los dedos, semejantes a garras. Y, sin embargo, sus ojos no eran los de un animal. Tenían el extraño color que las leyendas atribuían a los Martense, aquel rasgo familiar que los viejos archivos mencionaban de pasada y que ahora sobrevivía en las criaturas del subsuelo.
Entonces lo comprendí.
Los Martense no habían desaparecido sin más. Aquel linaje cerrado se había corrompido, envilecido y degradado en la montaña, hasta que una parte de él se hundió bajo tierra y vivió como bestias temerosas de la luz. Sus descendientes se habían ocultado durante generaciones en las cuevas, alimentándose de ganado y, de vez en cuando, de algún ser humano aislado. La tormenta ocultaba sus movimientos; quizá también despertaba en ellos alguna costumbre enloquecida heredada de sus antepasados. Los montañeses habían convertido su miedo en la historia de un espíritu vengativo, pero lo que acechaba de verdad en la montaña era una sangre aún viva.
En ese momento llegaron más sonidos desde lo hondo de la caverna. En el borde de la luz aparecieron muchas sombras agazapadas. Me habían olido y empezaban a cerrarme el paso.
Disparé, y el fogonazo cruzó el túnel. Un chillido brotó como de muchas gargantas a la vez. Me volví y trepé de regreso por donde había venido; las piedras me rasgaban las rodillas y las palmas, y detrás de mí las garras arañaban sin descanso las paredes de barro. El trueno rodó sobre mi cabeza, como si toda la montaña rugiera por ellas.
No sé cómo logré salir del agujero. Cuando caí de nuevo en la noche lluviosa, tenía la ropa empapada de lodo y solo conservaba en la mano una pistola ardiente.
Una vez descubierta la verdad, el asunto no terminó allí.
La vieja casa no podía seguir en pie, ni los túneles subterráneos podían mantener abiertas sus bocas negras. Más tarde, varias personas subieron a la montaña con dinamita y herramientas. Sellaron una por una las entradas que pudieron encontrar y volaron los restos de los muros de la mansión Martense. Cuando el trueno volvió a sonar, del vientre de la montaña llegó un eco sordo, como si algo huyera y chillara en las profundidades antes de quedar sepultado bajo piedra y barro.
Los habitantes del pie de la montaña respiraron aliviados. Ya no se oían por las noches raspaduras junto a las chozas, y la tormenta volvió a ser solo tormenta. La leyenda del espíritu vengativo de los Martense siguió contándose, pero quienes conocían la verdad sabían que no se trataba de un muerto inquieto, sino de lo que una familia había dejado tras encerrarse en la oscuridad.
Cuando abandoné la montaña Tempest, el cielo se había despejado. En la cima, de la mansión no quedaban más que vigas ennegrecidas y piedras rotas. La lluvia bajaba por la ladera y abría surcos poco profundos en la tierra. Vista desde lejos, aquella zona parecía al fin en silencio.
Pero hay imágenes que no se dispersan con el viento de la montaña.
A menudo recuerdo el rostro que vi en la cueva subterránea: su aspecto de bestia y, al mismo tiempo, el resto de humanidad que aún conservaba; recuerdo aquellos ojos marcados por el rasgo de los Martense. Lo más terrible del miedo no es solo que se oculte en la oscuridad, sino descubrir, cuando la lámpara lo alcanza, que lo que vive en ella fue alguna vez humano.