
Mitos de Cthulhu
En una vieja calle de Providence se alza una casa que los vecinos procuran evitar. Quienes viven en ella se debilitan, enferman y parecen consumidos poco a poco por algo invisible. Un joven investigador y su tío registran archivos antiguos, pasan una noche de guardia en el sótano y descubren al fin que la plaga se oculta bajo los cimientos; entonces la destruyen con ácido fuerte.
En una calle antigua de Providence hay una casa que los vecinos han evitado durante años. Quienes entran a vivir allí suelen volverse débiles y pálidos, padecen pesadillas, y los niños mueren con especial facilidad. También las plantas del patio parecen crecer torcidas y amarillentas, mientras del sótano sube a menudo un olor húmedo, mohoso y corrompido. El joven investigador y su tío, el doctor Elihu Whipple, no quieren conformarse con rumores de casas embrujadas. Revisan escrituras, registros de cementerio, genealogías y periódicos viejos. Descubren que la enfermedad y la muerte han rodeado una y otra vez aquel edificio, y que todas las pistas acaban conduciendo al sótano, sobre todo a unas manchas blancas de moho que parecen dibujar en el suelo el contorno de una forma enorme. Tío y sobrino entran una noche en el sótano con lámparas, instrumentos y papel para tomar notas. En plena oscuridad, el dibujo del moho se vuelve más claro y el aire parece ser absorbido por algo que no se ve. El doctor Whipple se marchita de repente y muere, como si una cosa enterrada le hubiera vaciado la vida en el acto. El joven investigador solo puede huir de la casa, lleno de terror. Más tarde, el joven investigador regresa al sótano con una gran cantidad de ácido fuerte. Excava el suelo y encuentra bajo los cimientos una cosa podrida, casi humana y a la vez informe. Parece una raíz que hubiera permanecido durante años bajo la tierra, alimentándose del aliento de los vivos en la casa. Cuando el ácido destruye aquella cosa, el frío se retira, la vegetación vuelve a crecer y la casa evitada queda por fin en silencio.
En Providence hay calles antiguas que ni siquiera de día parecen del todo claras. Los aleros se inclinan sobre la acera, los escalones de piedra están ennegrecidos por la lluvia, y las viejas placas de las puertas permanecen clavadas en los muros como nombres que nadie desea volver a pronunciar.
Desde niño, el narrador supo que una de aquellas casas era mejor no acercarse.
No era una ruina. Tenía puerta, ventanas, escalera, y en otros tiempos hubo familias que entraron a vivir en ella. Sin embargo, siempre parecía más húmeda que las casas vecinas. En la base de los muros aparecían manchas de moho, y de las tablas salía un olor agrio y podrido que nadie acertaba a explicar. En verano, cuando las enredaderas de otros patios brillaban de verdor, la hierba de aquel jardín crecía torcida, como si algo la hubiera herido desde la raíz. Al caer la tarde, los cristales de las ventanas se oscurecían por dentro, y los transeúntes, al pasar, apresuraban el paso sin darse cuenta.
Los mayores no querían hablar de ello delante de los niños; se limitaban a decir que aquella casa “no estaba limpia”. Pero los niños siempre alcanzaban a oír rumores sueltos: una familia que, después de mudarse allí, enfermó entera; un niño antes vivaz que, al vivir en la casa, se fue poniendo más blanco día tras día; alguien que por la noche oyó en el sótano golpes sordos, como si bajo el suelo una cosa cambiara lentamente de postura.
Cuanto más crecía el narrador, menos le bastaban esas habladurías. Tenía un tío llamado Elihu Whipple, médico de profesión, hombre prudente y poco dado a creer en fantasmas. Había escuchado los gemidos de muchos enfermos y había visto el rostro de muchos muertos; por eso prefería pensar que toda enfermedad tenía su causa y toda muerte su razón. Pero cuando se hablaba de aquella vieja casa, ni siquiera él se reía con facilidad.
Porque allí habían ocurrido demasiadas muertes, tantas que ya no parecían casualidad.
Cuando el doctor Whipple empezó a investigar la casa, el narrador era todavía joven. Su tío lo llevó a consultar periódicos antiguos, escrituras, archivos familiares y libros de cementerio. Las hojas estaban amarillas, los bordes se deshacían al tocarlos, algunas letras se habían vuelto de un castaño pálido; pero, línea tras línea, la sombra de la casa iba tomando forma.
Mucho tiempo atrás había vivido allí la familia Harris. Quienes se instalaron al principio habían querido llevar una vida tranquila: reparar puertas y ventanas, colocar muebles, dejar que los niños corrieran por las habitaciones. Pero no tardó en entrar la enfermedad.
Primero llegaron la debilidad y la anemia. Las personas no parecían heridas, y aun así perdían el color día tras día. Unos tosían, otros tenían fiebre, otros despertaban en mitad de la noche diciendo que habían soñado con un rostro que no debía acercarse a ellos. Los niños sufrían más que nadie, y a menudo se consumían en pocos meses. La familia llamaba a médicos, cambiaba a los enfermos de habitación, abría ventanas, rezaba, movía las camas; nada servía.
Lo más extraño era que el mal no se extendía siempre como una enfermedad común. Había quien, viviendo fuera de la casa, conservaba la salud, pero al dormir en ciertas habitaciones decaía con rapidez; otros, al marcharse, se recuperaban poco a poco. Era como si la casa escogiera a sus víctimas, o como si una boca abismal e invisible aguardara entre el suelo y los zócalos el aliento de los vivos.
El tío siguió indagando y llevó las pistas hacia un pasado aún más enterrado. Antes de construirse la casa, aquel terreno había tenido sepulturas antiguas, viejas historias y también la presencia de una extranjera poco querida por los vecinos. Los relatos sobre ella eran confusos y sombríos: unos decían que traía una enfermedad extraña, otros que después de morir no descansó en paz, y otros cargaban sobre ella todas las desgracias posteriores. El doctor Whipple no aceptaba esas versiones sin más, pero reparó en algo: todos los rumores, todos los síntomas y todas las muertes terminaban confluyendo, como agua que busca el mismo desagüe, en un único lugar: el sótano de la casa.
El sótano permanecía siempre húmedo. Entre los ladrillos brotaba salitre y de la tierra subía un frío persistente. En los rincones aparecían a veces manchas blancas de moho que no se extendían al azar, como suele hacerlo el moho común, sino que parecían ir revelando despacio una forma enterrada bajo el suelo.
“Si existe una raíz para todo esto”, dijo el tío, “seguramente está abajo”.
Tiempo después, tío y sobrino decidieron pasar allí una noche.
No entraron, como cazadores de fantasmas de los cuentos, armados solo de valor. El doctor Whipple preparó lámparas eléctricas, un catre plegable, papel para notas, un termómetro y algunos objetos de defensa y primeros auxilios. El narrador llevó también una pistola, aunque ni él mismo sabía con claridad contra qué podría servir una bala.
Después del crepúsculo entraron en la vieja casa. Al empujar la puerta, el aire del interior les salió al encuentro: frío, húmedo, cargado de un olor a encierro y descomposición que parecía no haber visto el sol en años. Las habitaciones superiores estaban vacías; el papel de las paredes se desprendía, y en las chimeneas no quedaba más que ceniza. La escalera de madera crujía bajo sus pies, como si toda la casa se resistiera a dejarlos bajar.
La entrada del sótano estaba al fondo. La luz descendió por los peldaños, que parecían hundirse uno tras otro en la oscuridad. Las paredes rezumaban agua, y en las esquinas se amontonaban ladrillos rotos y madera podrida. Prepararon el catre y colocaron las lámparas de modo que iluminaran la base de los muros y el suelo. El sótano estaba tan quieto que podían oírse respirar.
A medida que avanzaba la noche, el frío se hizo más intenso.
Al principio solo les heló los pies. Luego el narrador percibió un olor más fuerte a moho, como si desde abajo hubieran removido raíces podridas. A la luz de las lámparas, las manchas blancas del suelo parecían más nítidas que al atardecer. No formaban simples grupos dispersos: se unían en un contorno enorme, con líneas curvas y un tronco ancho, parecido a un cuerpo deforme tendido bajo la tierra, aunque ninguna parte fuera verdaderamente humana.
El doctor Whipple se inclinó para mirar, y su rostro cambió. Extendió la mano para anotar algo, pero de pronto empezó a temblarle.
No había viento en el sótano, y aun así la llama de la lámpara pareció hundirse bajo una respiración invisible. El narrador oyó a su tío soltar un jadeo breve. Al volverse, lo vio encogerse de golpe, como si algo lo estuviera vaciando desde dentro. Aquel rostro, normalmente sereno, envejeció y se volvió gris en cuestión de minutos; la piel perdió su brillo, y los ojos quedaron fijos en lo hondo del sótano, como si contemplaran algo que los demás no podían ver.
El narrador corrió a sostenerlo, pero el cuerpo de su tío estaba aterradoramente frío. Intentó arrastrarlo escaleras arriba, aunque las piernas le fallaban y la cabeza le zumbaba. El hedor a moho se hacía cada vez más denso, y las manchas blancas del suelo parecían haber cobrado vida, aflorando desde la tierra.
El doctor Whipple no sobrevivió a aquella noche.
El narrador huyó de la casa dominado por el miedo. Al amanecer, la calle estaba limpia y silenciosa; el sol brillaba en las ventanas vecinas como si nada hubiera ocurrido. Pero él sabía que su tío no había muerto de una enfermedad común ni de simple espanto. Algo dentro de aquella casa le había arrebatado la vida ante sus propios ojos.
Otro quizá no habría vuelto jamás. Pero el narrador no podía permitir que su tío hubiera muerto en aquel sótano sin que nada cambiara.
Se marchó durante un tiempo para recobrarse del terror. Después empezó a preparar una segunda entrada en la casa. Esta vez no pensaba hacer guardia ni esperar a que la cosa actuara primero. Compró gran cantidad de ácido fuerte y reunió herramientas para excavar. Quería destruirla de raíz, como quien arranca un veneno enterrado en la tierra.
Cuando volvió a la vieja casa, la luz del día entraba oblicua por las rendijas de la puerta y las ventanas rotas. El edificio seguía frío, pero el narrador ya no se detenía a escuchar cada crujido de las tablas. Bajó directamente al sótano y comenzó a cavar en el lugar donde el moho era más abundante.
La tierra estaba húmeda y pegajosa. Cada vez que la pala entraba en ella, sonaba con un golpe sordo. Cuanto más profundo cavaba, más intenso se volvía el olor: carne corrompida, hongos y agua fría de pozo mezclados en una sola emanación. Apartó ladrillos, removió tierra negra, y el sótano se llenó de una humedad acre. El narrador siguió cavando pese a las náuseas, hasta que la punta de la pala tocó algo que no era piedra ni madera.
Cuando aquello quedó al descubierto, estuvo a punto de perder el equilibrio.
Yacía bajo los cimientos, enorme, blando, incompleto: semejante a un cadáver que debería haberse deshecho hacía mucho tiempo, y al mismo tiempo parecido a una raíz deformada en los límites de lo humano. Tenía una parte que recordaba a un tronco, y de ella salían prolongaciones retorcidas que se hundían en la tierra; pero no había rostro claro ni miembros reconocibles. La humedad y la oscuridad de tantos años lo habían protegido de la descomposición total; o quizá no era un cuerpo corriente, sino algo que había permanecido allí por medios más extraños.
El narrador comprendió entonces que la casa no estaba simplemente maldita, ni era solo un lugar de aire enfermo. Era como una construcción levantada sobre una tumba viva. Las personas comían, dormían, hablaban y soñaban en las habitaciones superiores, mientras la cosa de abajo, en la oscuridad, absorbía lentamente sus vidas. El moho de los muros, la palidez de los niños, las pesadillas nocturnas y el cuerpo de su tío marchitándose de repente: todo nacía de allí.
No quiso mirarlo más.
Vertió cubo tras cubo de ácido fuerte sobre aquellos restos monstruosos. El líquido cayó sobre ellos con un siseo terrible. Subió humo blanco; el sótano se llenó de vapores corrosivos, y el narrador tuvo que cubrirse la boca y la nariz, apartarse una y otra vez, volver una y otra vez. La cosa se hundía, burbujeaba y se quebraba bajo el ácido, como una raíz maligna que hubiera ocupado la tierra durante años y al fin fuese quemada hasta el centro.
No fue una lucha gloriosa. No hubo gritos, ni espadas, ni truenos. Solo el humo mordiente del sótano, la tierra negra abierta, el golpe de los cubos contra la piedra y un hombre vivo apretando los dientes para terminar lo que debía hacerse.
Después, la casa empezó a cambiar poco a poco.
Al principio fueron señales mínimas. El mal olor del sótano se disipó en parte, y los rincones ya no parecían tan fríos. Más tarde, la hierba del patio creció derecha y las hojas dejaron de amarillear. Cuando el sol entraba en la casa vacía, ya no daba la impresión de ser devorado al instante por la humedad. Los vecinos seguían temiéndola y todavía la rodeaban al pasar, pero el narrador sabía que lo que se ocultaba debajo había desaparecido.
Elihu Whipple no volvió. Tampoco volvieron quienes habían muerto en aquella casa. Los nombres de los viejos registros seguían reposando en las páginas, como letras estropeadas por años de humedad.
Pero la casa que durante tanto tiempo había sido temida y evitada dejó por fin de extender una mano invisible hacia los vivos.
Aún permanece en la vieja calle, con sus puertas y ventanas envejecidas y sus muros descascarados. Solo que, desde entonces, quienes pasan junto a ella ya no sienten el mismo escalofrío. La raíz subterránea fue quemada, y aquello que había padecido hambre en la oscuridad durante tanto tiempo desapareció con el humo ácido y el barro corrompido.