
Mitos de Cthulhu
Un joven que llega a Nueva York se encuentra, en una noche de insomnio, con un anciano extraño vestido a la antigua. Este lo conduce a una casa escondida en lo más hondo de unas calles viejas, y allí le muestra el pasado de la ciudad y su espantoso porvenir. El anciano guarda secretos de otros tiempos mediante una brujería robada, hasta que las sombras de aquellos a quienes traicionó vienen por fin a reclamarle la deuda. Solo el joven logra escapar de nuevo a la noche.
Un joven lleno de fantasías poéticas se muda a Nueva York, convencido de que los rascacielos, las luces, el puerto y las multitudes le traerán una inspiración nueva. Pero la ciudad que acaba conociendo no es la de sus sueños, sino una urbe ruidosa, dura y sofocante, hecha de calles modernas que no conceden reposo. Noche tras noche, incapaz de dormir, vaga por callejones ignorados en busca de un pasado que aún no haya sido devorado por la ciudad nueva. Una noche se encuentra con un anciano misterioso vestido con ropas de otro siglo. El viejo parece conocer íntimamente una Nueva York desaparecida hace mucho, y lo guía por calles apartadas hasta una antigua casa oculta entre las grietas de la metrópoli moderna. En el interior se conservan muebles, olores y sombras de otro tiempo, como si allí el paso de los años se hubiera detenido. El anciano le cuenta que posee un secreto heredado, capaz de hacer ver otras épocas. Le ordena mirar por la ventana, y el joven contempla primero la ciudad antigua y las gentes que ya murieron; después, una Nueva York futura convertida en una ruina inmensa, extraña e inhumana. El pasado y el porvenir se precipitan juntos sobre él, y comprende que la ciudad bajo sus pies no es tan firme ni tan segura como parece. Pero lo más terrible es que el anciano no es un guardián inocente del pasado. Viejos pactos y fuerzas no humanas vienen a cobrarle lo que debe. Tras huir de la casa, el joven vuelve a encontrar ante sí el estrépito de la Nueva York moderna, pero ya no puede verla como un refugio real y confiable: las sombras antiguas de la ciudad y sus ruinas futuras han quedado para siempre dentro de él.
Cuando llegó a Nueva York, traía el corazón lleno de sueños que no pertenecían a su época.
Había imaginado que la gran ciudad se alzaría, como en los libros, con perfiles antiguos y extraños entre la bruma del crepúsculo; que en el puerto habría barcos venidos de lejos, que las calles viejas guardarían las pisadas de sus primeros habitantes, y que las luces nocturnas conducirían la imaginación hacia lugares más profundos. Pero cuando por fin vivió allí, lo que oyó fue el chirrido de los tranvías; lo que vio, hileras de edificios fríos y rígidos; y en las calles, una multitud que se empujaba sin que nadie quisiera levantar la vista al cielo.
De día, la ciudad lo arrastraba consigo. De noche, tampoco le permitía dormir. Su habitación era estrecha, y al otro lado de las paredes llegaban el rodar de las ruedas, los pasos, las sirenas lejanas, como si la urbe entera jamás cerrara los ojos. Temiendo que hasta el último resto de sueño se le hiciera polvo por dentro, salía a menudo de madrugada y caminaba por las calles hasta que le dolían las piernas.
Evitaba los lugares más iluminados y buscaba los callejones torcidos, apartados, aquellos que todavía no habían terminado de volverse nuevos. A veces, en el dintel bajo de una puerta, en una hilera de ventanas ladeadas o en un tramo de ladrillo envejecido, creía ver una sombra del pasado. Esa sombra quedaba enseguida tapada por letreros, cables y edificios recientes, pero aun así él seguía buscándola noche tras noche.
Una velada, la niebla se pegaba a las esquinas de las casas y las farolas parecían pequeños globos de luz amarillenta. El joven llegó a un barrio antiguo, donde las viviendas guardaban un silencio más hondo que en otras partes. Y allí, justo en la boca de un callejón estrecho, vio a aquel hombre.
Era un anciano alto y flaco, vestido con prendas de un corte singularmente pasado de moda, como si no perteneciera a aquel siglo. El sombrero, el abrigo, las hebillas de los zapatos parecían salidos de un retrato antiguo. La luz de la farola le mostró el rostro, de un tono céreo; pero los ojos brillaban con una intensidad incómoda.
El viejo habló primero. Su voz era baja y fina, como si temiera que las paredes pudieran escucharlo.
Dijo:
—Joven, ¿anda usted buscando la vieja Nueva York?
El muchacho se quedó inmóvil. Nunca le había confesado eso a nadie. Sin embargo, el anciano hablaba como si lo hubiera seguido durante muchas noches, como si supiera cuánto detestaba las calles nuevas y de qué modo buscaba las épocas perdidas entre muros rotos y ventanas negras.
El joven habría debido marcharse. Pero en aquel instante el deseo fue más fuerte que la cautela, y asintió.
Entonces el anciano sonrió apenas. Fue una sonrisa breve, casi sin calor. Dijo que en aquella zona aún quedaban sitios que no habían muerto del todo, aunque la gente común no pudiera verlos. Si el joven deseaba mirar de verdad, él podía servirle de guía.
Caminaron juntos hacia callejones más oscuros. El paso se fue estrechando, y las casas de ambos lados se inclinaban hacia el centro, como si quisieran reducir el cielo a una grieta. Algunas puertas y ventanas estaban clavadas con tablones; algunos escalones se habían partido, y en las hendiduras crecía hierba seca. Cuanto más avanzaba, más extraña le parecía la ruta: conocía aquellas calles, o creía conocerlas, pero después de varias vueltas guiado por el viejo, el entorno pareció desprenderse del mapa.
Al fin se detuvieron ante una casa antigua.
Era baja, sombría; las cortinas colgaban por dentro como si nadie las hubiera descorrido en muchos años. Los herrajes de la puerta estaban ennegrecidos, y el umbral se hundía de tanto haber sido pisado. El anciano sacó una llave y abrió con movimientos muy ligeros.
Un olor a moho les salió al encuentro.
No había luces encendidas. El anciano tanteó hasta prender una lámpara apagada y débil; la llama saltó, y reveló un pasillo estrecho, paneles oscuros en las paredes y viejos retratos colgados. Las personas pintadas en ellos llevaban ropas de otros tiempos, tenían el rostro pálido y una mirada tan fría como la del viejo.
El joven lo siguió escaleras arriba. Los peldaños de madera crujían bajo sus pies con un sonido seco. A cada paso, parecía que la casa respondiera desde la oscuridad.
Al llegar a una habitación del piso superior, el anciano se detuvo y se volvió hacia él. Dijo que aquella casa y las tierras cercanas habían pertenecido en otro tiempo a sus antepasados. Entonces la vieja ciudad aún no se había convertido en el monstruo de ahora; alrededor había espacios abiertos, arboledas y ensenadas. Los habitantes originarios conocían los vientos y las mareas de aquel lugar, y también sabían cosas que los recién llegados no debían conocer.
El antepasado del anciano quería la tierra, pero también quería esos secretos. Se acercó a ellos con licor, regalos y una amistad fingida, hasta aprender un método antiguo que permitía, desde un punto preciso, contemplar otros lugares del tiempo: escenas ya pasadas o escenas que aún no habían llegado.
Al decir esto, el viejo bajó todavía más la voz.
Contó que quienes le enseñaron el secreto murieron después. No de enfermedad ni por accidente. Su antepasado temía que el conocimiento se divulgara, y temía aún más que aquellos hombres reclamaran la tierra. Así que durante un banquete hizo lo necesario. Las copas pasaron de mano en mano, y uno tras otro cayeron al suelo; la sangre y el vino se mezclaron y corrieron hacia el barro nocturno.
El joven sintió un frío en la espalda. Quiso preguntar cómo podía saberlo el anciano con tanta claridad; quiso preguntar también qué había sido de aquel antepasado. Pero el viejo no le dio ocasión de interrumpir. Caminó hasta la ventana, extendió una mano seca y sujetó las cortinas pesadas.
—¿No quería usted ver la ciudad antigua? —dijo—. Entonces mire.
Cuando las cortinas se abrieron, el joven pensó que vería el muro ruinoso de enfrente, las ventanas negras y las farolas de la noche.
Pero no vio nada de eso.
Ante él se extendía un cielo abierto, y la luz de las estrellas caía sobre una bahía tranquila. A lo lejos reposaban pequeñas embarcaciones sobre el agua; en la orilla se alzaban casas bajas, cuyos tejados formaban una línea suave en la oscuridad. No había rascacielos, ni cables, ni ruido de vehículos. El viento llegaba desde el agua como si trajera olor a tierra, a madera y a marea.
El joven contuvo la respiración.
La visión fue cambiando despacio. Pareció llegar el amanecer; aparecieron carruajes en el camino, gente con cubos ante las puertas, trabajadores moviendo carga junto al muelle. La ciudad era aún joven, y las calles no estaban aplastadas por piedra y humo hasta perder el aliento. El muchacho miraba casi olvidado del anciano que tenía al lado, sintiendo que por fin rozaba aquella ciudad perdida de sus sueños.
El viejo permanecía inmóvil junto a él. Medio rostro se le ocultaba en la sombra, pero sus ojos seguían fijos en la reacción del joven, como los de alguien que ofrece un tesoro y, al mismo tiempo, vigila una trampa.
Al cabo de un rato volvió a poner la mano junto a la ventana y la movió con un gesto extraño. La luz y las sombras del exterior se aceleraron de pronto: las casas surgían y desaparecían, las calles se alargaban, las orillas eran rellenadas, la gente llegaba en oleadas y se dispersaba. Los años pasaban como páginas vueltas por una mano invisible, cada vez con mayor rapidez.
El joven sintió vértigo. Se agarró al marco de la ventana y quiso retroceder, pero los ojos seguían presos de lo que ocurría afuera.
El anciano murmuró que el pasado era solo el comienzo. Si uno tenía valor suficiente, también podía mirar el futuro.
Esta vez no hubo una bahía amable ni callejones antiguos al otro lado de la ventana.
El joven vio una ciudad de tamaño inconcebible. Se amontonaba hacia el cielo; sus edificios se superponían como acantilados negros, y torres, puentes y viaductos monstruosos se enredaban unos con otros. La luz no era la luz familiar de los hombres, sino una especie de fuego frío que parpadeaba en innumerables huecos de ventanas. Las calles eran profundas como grietas, y en el fondo algo se movía, aunque no era posible saber si aquello era humano.
El aire parecía haberse vuelto turbio y pesado. A lo lejos, una sombra enorme se alzó detrás de las construcciones y volvió a hundirse. Las líneas de aquellos edificios no obedecían a ninguna razón conocida: unos se inclinaban, otros se retorcían, como si no hubieran sido levantados para el cuerpo ni para los ojos humanos. El joven comprendió de pronto que aquella ciudad seguía llamándose Nueva York y quizá se alzaba sobre la misma tierra, pero ya no era un lugar donde los hombres pudieran vivir tranquilos.
Quiso cerrar los ojos, pero no pudo. Vio en las calles futuras figuras delgadas que iban y venían con pasos rígidos; la forma de sus cabezas, de sus hombros y espaldas, le apretó el corazón. Tal vez habían sido hombres alguna vez; tal vez solo habían ocupado el sitio de los hombres en una ciudad que ya no les pertenecía.
El terror le estalló al fin en el pecho. El joven lanzó un grito, y el sonido reventó dentro de la habitación.
El anciano se volvió bruscamente, con el rostro alterado.
—¡Cállese! —siseó.
Se abalanzó sobre él y le agarró el cuello de la ropa. Aquellas manos eran secas, pero tenían una fuerza prodigiosa. El joven fue arrastrado hasta golpearse contra el borde de una mesa; la lámpara tembló, y los retratos antiguos de las paredes parecieron agitarse con ella. El viejo maldecía mientras intentaba derribarlo, como si temiera que aquel grito despertara algo, o como si temiera que alguien, fuera de la casa, hubiera oído el secreto.
El joven forcejeó y logró apartarlo. Ambos chocaron por la habitación en penumbra; las cortinas se sacudían, y el futuro espantoso se encendía y se apagaba al otro lado de la ventana. Entonces, de pronto, el cuarto se enfrió.
No era el frío del viento nocturno.
Era un frío que subía desde el subsuelo, desde la madera vieja, desde una sangre derramada muchos años atrás.
El anciano fue el primero en oírlo.
Quedó rígido, y volvió lentamente la cabeza hacia la puerta. Desde abajo llegaba un rumor de pasos muy leves; no sonaban como pasos de vivos, sino como muchos pies descalzos cruzando barro húmedo. Luego algo se movió en el pasillo, y la llama de la lámpara se encogió hasta quedar a punto de extinguirse.
El joven vio aparecer junto a la puerta varios rostros borrosos. No pertenecían a los retratos de la casa, ni tampoco a aquel tiempo. Llevaban una cólera antigua; sus ojos eran hondos y negros, como si hubieran estado mirando desde la noche en que los derribó el vino envenenado hasta aquel mismo instante.
El anciano soltó un alarido que no parecía humano. Dejó al joven y retrocedió hacia la ventana, escupiendo palabras rotas, unas como súplicas, otras como conjuros. Pero las sombras no se detuvieron. Atravesaron el umbral, el olor a moho y el aire helado, avanzando hacia él.
El joven aprovechó el momento y se lanzó hacia la puerta. Casi rodó escaleras abajo; se golpeó el hombro contra la pared y la palma de la mano le raspó el pasamanos áspero. Detrás oyó el grito agudo del anciano, y después un sonido sordo, como de algo que era desgarrado. Enseguida lo cubrió un murmullo confuso, como muchas voces hablando a la vez desde un sitio muy lejano.
Salió por la puerta y cayó en el callejón.
La niebla seguía allí, las farolas seguían allí, y a lo lejos aún sonaba el tráfico. Pero no se atrevió a mirar atrás. Solo corrió hacia adelante. El callejón se retorcía como un laberinto; no supo contra cuántas esquinas chocó ni cuántos charcos pisó, hasta que vio una calle algo más ancha y la luz de un vigilante nocturno. Solo entonces se detuvo a respirar.
Quiso llevar a otros de vuelta. Al menos, creyó que quería hacerlo.
Pero cuando, aferrándose a la memoria, intentó encontrar de nuevo aquel callejón, las calles habían cambiado. Allí solo había casas viejas corrientes, puertas cerradas y muros de ladrillo húmedo y frío. La casa baja y sombría había desaparecido; también el anciano de ropas antiguas. Nadie había oído sus gritos, y nadie había visto sombra alguna.
Desde entonces, Nueva York dejó de ser para él una ciudad que perteneciera solo al presente. De día, sus calles seguían llenas de gente; de noche, sus luces seguían brillando. Pero él sabía que, en ciertos rincones olvidados, los crímenes antiguos no habían pasado de verdad. Solo se ocultaban tras las paredes, dentro de las ventanas y en las grietas del tiempo, aguardando a que por fin se reconociera al deudor.