
Mitos de Cthulhu
Entre los viejos edificios y los muelles de Red Hook, en Nueva York, el detective Thomas Malone investiga una serie de desapariciones y descubre que un anciano erudito está siendo arrastrado hacia las profundidades por ritos subterráneos. Tras la redada, las casas se derrumban, muchos mueren y Malone ya no puede soportar las calles oscuras de la ciudad.
Thomas Malone, un detective sereno y culto de la policía de Nueva York, recibe el encargo de investigar las desapariciones y reuniones secretas que se multiplican en Red Hook. Aquel barrio cercano al puerto es caótico de día, pero de noche parece esconder otra vida bajo la superficie: cantos que suben desde los sótanos, desconocidos que transportan bultos, y muchas pistas que conducen hacia los mismos grupos ocultos. Malone advierte que Robert Suydam, un erudito de edad avanzada, también frecuenta Red Hook con inquietante asiduidad. Suydam había dedicado años a libros antiguos y ceremonias oscuras; sus parientes intentaron declararlo mentalmente incapacitado, pero él recobró de pronto una energía extraña, anunció su boda y estrechó sus vínculos con aquellas organizaciones subterráneas. Poco después del enlace, Suydam y su joven esposa sufren una tragedia a bordo de un barco, y el cadáver de él es llevado misteriosamente de vuelta a Red Hook. Malone encabeza una redada policial contra los edificios relacionados con Suydam. Bajo tierra encuentra pasadizos que comunican varias casas, braseros, altares de piedra y un rito en pleno desarrollo. El cuerpo de Suydam yace en el centro de la ceremonia; los cánticos se aceleran, como si quisieran llamar al muerto de regreso, o invocar algo más hondo y más terrible. Entonces estalla una sacudida en las profundidades. Malone ve sombras inhumanas, un cadáver alzado y transportado, y presencias subterráneas que no puede explicar. Poco después, los edificios se vienen abajo; muchos participantes quedan sepultados, y el caso pasa a los registros oficiales como una operación criminal seguida de un accidente. Malone sobrevive, pero nunca vuelve a tolerar las callejuelas estrechas ni los portales sombríos, porque sabe que bajo los ladrillos de la ciudad llegó a abrirse otra puerta.
Cuando Thomas Malone servía en la policía de Nueva York, solían confiarle los casos más difíciles. Era un hombre instruido, paciente, incapaz de soltar una pista antes de haberla llevado hasta el final. Sus amigos decían que no parecía un detective común, sino un estudioso que entraba con su cuaderno en las calles más turbias de la ciudad. Malone, sin embargo, sabía que una huella sobre el pavimento, una luz filtrada por la rendija de una puerta o una caja trasladada a medianoche podían decir más que muchos libros.
Por aquellos años, en Red Hook siempre ocurría algo.
El barrio se extendía cerca de los muelles. De día, los camiones sacudían las losas de la calzada, los marineros discutían a la puerta de las tabernas y los niños salían corriendo de callejones húmedos, antes de que sus madres los hicieran regresar a casa. Pero de noche, muchas ventanas seguían encendidas, y no parecían las luces de una familia que cocina o remienda ropa. Malone había visto resplandores rojizos moverse tras las cortinas; también había oído canciones entrecortadas que subían desde los sótanos. No sonaban a plegaria ni a balbuceo de borrachos, sino a voces que se esforzaban por cantar bajo, temerosas de que los patrulleros de la calle las escucharan.
Las desapariciones comenzaron a aumentar. Primero faltaron algunos vagabundos; más tarde, niños. Unos decían haber visto carruajes desconocidos cruzar de noche; otros aseguraban que las puertas traseras de los edificios de ladrillo se abrían y cerraban de madrugada; otros habían distinguido figuras con capas negras cargando bultos pesados hacia los sótanos. Los testimonios eran confusos, pero todos apuntaban hacia la misma zona del barrio.
Malone inspeccionó tabernas y almacenes con sus hombres. Detuvo contrabandistas y también embaucadores que se disfrazaban de hechiceros. Sin embargo, cuanto más investigaba, más claro le resultaba que algo no encajaba. Los detenidos no parecían temer a la policía; antes bien, daban la impresión de estar esperando algo. A veces dejaban escapar nombres extraños y enseguida callaban. Llevaban consigo símbolos toscos, grabados al parecer con la punta de un cuchillo en tablillas de madera o láminas de cobre. Malone no sabía leerlos, pero comprendía que no eran simples señales de una banda callejera.
Mientras todos aquellos casos se enredaban entre sí, Malone reparó en un hombre que no debería haber estado en Red Hook.
Se llamaba Robert Suydam. Procedía de una familia respetable, vivía en una zona más tranquila de la ciudad y ya no era joven. Durante años se le había tenido por un erudito excéntrico: coleccionaba libros antiguos y estudiaba lenguas y ritos poco conocidos. Al principio no era más que un anciano de carácter raro y ropa descuidada; luego empezó a frecuentar Red Hook con creciente insistencia y a tratar con personas de conducta dudosa.
Sus parientes se alarmaron. Al oír que gastaba dinero en desconocidos y que trasladaba libros viejos y cajas enteras a Red Hook, pidieron la intervención de los tribunales, con la intención de demostrar que había perdido el juicio y no podía seguir administrando sus bienes. Así quedó Malone arrastrado al asunto. Descubrió que Suydam había alquilado varias casas antiguas y que incluso había hecho comunicar algunos sótanos entre sí. Desde fuera, aquellas viviendas parecían ruinosas: marcos torcidos, paredes desconchadas, ventanas mal cerradas. Pero de noche siempre entraba y salía gente, y los umbrales estaban tan gastados por las botas que brillaban en la oscuridad.
Lo extraño era que Suydam no se debilitaba, como sostenían sus parientes.
Al contrario: pasado un tiempo, cambió. Quienes lo veían decían que ya no caminaba tan encorvado, que sus ojos habían recobrado brillo y que el color enfermizo de su rostro se desvanecía poco a poco. Empezó a vestir con limpieza y a hablar con una calma que antes no tenía. Algunos afirmaban que parecía haber recuperado el vigor de la juventud; otros, que aquello no era una mejoría, sino una vitalidad inquietante.
Malone sintió lo mismo al encontrarse con él. Suydam hablaba con suavidad, como un anciano que por fin se ha librado de una injusta sospecha. Admitió que estudiaba religiones antiguas y que mantenía trato con algunas personas de Red Hook, pero sostuvo que todo respondía a intereses académicos y a obras de caridad. No evitó la mirada del detective; incluso sonrió al mencionar su boda.
Iba a casarse.
Cuando la noticia se difundió, sus familiares se asustaron todavía más. Un hombre al que creían al borde de la demencia recobraba de pronto su energía, anunciaba que tomaría por esposa a una mujer joven y preparaba un viaje por mar con la novia. Malone no encontró pruebas suficientes para impedirlo. Solo pudo seguir vigilando las casas de Red Hook.
Poco después de la boda de Suydam, un barco zarpó del puerto. Algunos lo vieron subir a bordo con su esposa, bien vestido, satisfecho, como un vencedor que hubiera llegado tarde a su triunfo. Pero aquel viaje no trajo felicidad.
La nave no se había alejado mucho cuando sobrevino la desgracia. La novia murió, y Suydam también. Los hombres del barco no supieron explicar con claridad lo ocurrido aquella noche; solo recordaban la confusión en el camarote y una frialdad indefinible en el aire cuando hallaron los cuerpos. Lo más extraño fue que el cadáver de Suydam no llegó reposadamente a manos de sus parientes. Un grupo de hombres lo recogió con rapidez y lo llevó de regreso a Red Hook.
Al recibir la noticia, Malone entendió que el asunto había llegado a su punto decisivo.
Con varios policías se dirigió a las calles antiguas del barrio. La noche pesaba sobre los tejados, y un viento húmedo soplaba desde los muelles con olor a agua salada, carbón y madera podrida. Algunas ventanas que él conocía estaban apagadas, pero en las esquinas se movían sombras. Los agentes bloquearon los callejones, y Malone condujo al grupo hacia uno de los edificios que Suydam frecuentaba.
Al principio, dentro no se oyó nada. El polvo cubría la escalera; junto a las paredes se amontonaban cajas rotas, como si la casa llevara años abandonada. Pero cuando forzaron la puerta que bajaba al subsuelo, un canto grave subió desde abajo. Llegaba en oleadas, como el mar golpeando una caverna de piedra, o como muchas personas repitiendo una misma frase para que la oscuridad la oyera.
Malone alzó la lámpara y descendió.
Aquello no era un sótano corriente. Varios corredores de ladrillo se abrían en distintas direcciones: unos conducían a las casas vecinas; otros bajaban aún más. En las paredes había signos extraños, y el suelo estaba cubierto de restos de velas, trapos, fragmentos de hueso y especias aplastadas bajo los pies. Cuanto más avanzaban, más denso se volvía el aire y más visible el resplandor del fuego. Los policías oyeron pasos apresurados, puertas que se cerraban con violencia, y, por un instante, el llanto lejano de un niño.
Atravesaron un pasaje bajo y desembocaron por fin en una amplia cámara subterránea.
Allí había mucha gente. Los braseros ardían al rojo vivo, y el humo rodaba bajo la bóveda. Junto a una pared se alzaba una mesa de piedra; sobre ella yacía el cadáver de Suydam. A la luz del fuego, su rostro tenía blancura de cera, pero en la comisura de los labios parecía persistir una sonrisa rígida. Los reunidos celebraban algún tipo de rito. Sus voces se volvían cada vez más rápidas, como si quisieran arrancar al muerto de la muerte, o atraer desde un lugar todavía más profundo a otra cosa.
La policía disparó y ordenó que se detuvieran.
La ceremonia se quebró. Unos corrieron hacia las salidas; otros cayeron de rodillas gritando; algunos siguieron recitando, pese a los disparos. Malone se lanzó hacia la mesa de piedra, decidido a averiguar por qué habían llevado allí el cuerpo de Suydam. En ese momento, una sacudida pesada subió desde lo hondo de la tierra.
No era el ruido normal de una casa a punto de desplomarse.
Malone intentó explicarlo muchas veces después, y siempre fracasó. Solo recordaba que el suelo tembló primero con suavidad; que las llamas de los braseros se inclinaron de golpe hacia un lado; y que luego una corriente de aire brotó de los corredores oscuros, fría como tierra de sepultura. El cántico se convirtió de pronto en júbilo, y enseguida en gritos de terror.
Algo se movía al fondo del pasadizo. Malone vio sombras alargarse sobre los muros, como si muchos cuerpos torcidos se apretaran unos contra otros. El fuego no alcanzaba a mostrar su forma completa; apenas revelaba superficies húmedas y brillantes, contornos retorcidos y rostros que no debían pertenecer a seres humanos. No eran criminales de la calle ni brujos con máscara. Parecía que llevaban mucho tiempo ocultos bajo la ciudad, aguardando a que aquella noche alguien levantara la primera losa.
El cadáver de Suydam fue alzado.
Malone vio una figura rodeada de una tenue luz fría abrirse paso entre la multitud y tomar aquel cuerpo pesado y rígido, como quien recoge una ofrenda prometida desde antiguo. Las cosas venidas de abajo la siguieron, deslizándose sobre la piedra, apretándose hacia un túnel más hondo. De los vivos, unos fueron tras ellas; otros cayeron y fueron pisoteados; otros se arrastraron desesperados hacia los policías.
Malone quiso disparar, pero descubrió que los dedos se le habían endurecido. Había visto muertos antes, y no era la primera vez que se enfrentaba a una multitud enloquecida; pero aquello desgarró la parte más firme de su espíritu. La ciudad ya no era solo calles, edificios y muelles. Bajo aquellos ladrillos familiares parecía existir otra ciudad negra, esperando durante siglos a que los hombres aflojaran la tapa que la cubría.
Al instante siguiente, la casa se derrumbó.
Primero sonó un golpe sordo a lo lejos; luego todo el pasadizo subterráneo se estremeció. Los ladrillos cayeron de la bóveda, los braseros se volcaron y el humo se mezcló con el polvo. Alguien derribó a Malone y la lámpara se apagó. En la oscuridad, palpó un tramo de pared resbaladiza y luego la manga de un compañero. Unos gritaban su nombre, otros pedían auxilio, y otros lanzaban chillidos que no parecían humanos.
Casi fue expulsado al exterior por una ráfaga de aire y tierra rota.
Cuando los policías de fuera sacaron a los supervivientes, el viejo edificio se había partido, y varias casas cercanas habían quedado dañadas. El polvo salía por las ventanas vacías y las grietas del suelo, como si el barrio entero exhalara por fin una ceniza enterrada durante años. Muchos de los participantes del rito murieron allí abajo, y muchos pasadizos secretos quedaron sepultados. El cuerpo de Suydam no volvió a encontrarse; o, si se encontró, nadie se atrevió a asegurar que fuera él.
En los registros oficiales, lo ocurrido en Red Hook podía presentarse como una redada contra una banda criminal, un accidente de sótano, un caso de culto clandestino con muchas ramificaciones. La policía, en efecto, clausuró varios edificios antiguos, rescató a algunas personas ocultas y halló pruebas suficientes para llevar a muchos culpables ante la justicia. Los periódicos escribieron con abundancia, pero no pudieron contar lo que Malone había visto bajo tierra.
Malone sobrevivió, aunque ya no fue el mismo detective.
Abandonó Nueva York y se retiró a un lugar más tranquilo para recuperarse. Allí no había edificios viejos apiñados como los de Red Hook, ni callejones húmedos y ennegrecidos junto al puerto. De día podía pasear, leer y conversar como cualquier otra persona. Pero, al caer la noche, bastaba que unas ruedas pasaran sobre piedras en la calle, o que alguien cantara en voz baja a lo lejos, para que su rostro palideciera.
A veces le preguntaban qué había visto. Rara vez respondía. En ocasiones hablaba de un sótano, de braseros, de una mesa de piedra y de un cadáver llevado en brazos; hablaba de cavernas comunicadas bajo la ciudad, como una red escondida entre los ladrillos. Y al llegar a ese punto solía callar, como si una palabra más bastara para que aquellos corredores oscuros se abrieran de nuevo dentro de su memoria.
Después de aquella noche, Red Hook siguió habitado. Los barcos siguieron atracando, las tabernas siguieron abiertas. De día, el mercado conservó su ruido habitual y los niños volvieron a correr frente a las puertas. Pero quienes vivieron aquella noche supieron que algunas casas antiguas no son solo antiguas, y que algunos sótanos no sirven únicamente para guardar trastos.
En los rincones más abarrotados y ruidosos de una ciudad, el secreto puede crecer pegado a los cimientos. Y cuando la gente oye por fin un canto que sube desde el subsuelo, casi siempre ya es demasiado tarde.