
Mitos de Cthulhu
Nathaniel Wingate Peaslee, profesor de la Universidad Miskatonic, pierde de pronto su identidad y despierta cinco años después con un vacío imposible: durante ese tiempo, otra voluntad usó su cuerpo. En busca de la verdad, persigue los sueños de antiguas ciudades hasta el desierto australiano, donde descubre en unas ruinas subterráneas pruebas que no deberían haber sobrevivido a la era humana.
Nathaniel Wingate Peaslee, profesor de la Universidad Miskatonic, se desmaya de improviso en el aula. Cuando vuelve en sí, ya no parece ser el mismo hombre. Durante cinco años, su cuerpo vive bajo la guía de otra mente; y cuando por fin recupera la conciencia, Peaslee descubre que no recuerda nada de ese intervalo, solo las extrañas conductas que otros le atribuyen. Para entender qué ocurrió en esos años perdidos, Peaslee comienza a perseguir las imágenes de una ciudad antiquísima que reaparece en sus sueños. Sospecha que no se trata de una simple alucinación y sigue las pistas hasta el desierto de Australia, en busca del puente entre el sueño y la realidad. Bajo la arena, encuentra una ruina que confirma que aquellas visiones eran reales. Allí quedan vestigios que no pertenecen al tiempo de los hombres: pruebas de que una fuerza más allá de los siglos penetró en su vida. Regresa al mundo despierto, pero ya no puede explicar su experiencia como enfermedad ni como sueño.
En un día de 1908, Nathaniel Wingate Peaslee impartía clase en la Universidad Miskatonic.
Era un hombre ordenado y prudente, dedicado a la economía, con una vida serena. Sus alumnos conocían su voz y también el leve golpe de la tiza contra la pizarra cuando alguna idea lo entusiasmaba. Pero aquella jornada, a mitad de una frase, se detuvo.
Su rostro se volvió ceniciento y sus ojos parecieron fijarse en una distancia invisible. La tiza cayó de sus dedos y se partió al golpear el suelo. Se aferró al escritorio como si quisiera decir algo, pero no logró pronunciar palabra; luego se desplomó.
Cuando llegó el médico, respiraba todavía, aunque nadie consiguió despertarlo. Familiares y colegas lo vigilaron junto a la cama, convencidos de que se trataba de una grave dolencia. Al cabo de un tiempo, recobró el sentido, pero el hombre que abrió los ojos ya no se parecía al Peaslee de antes.
Reconocía su nombre y a quienes lo rodeaban, pero ese reconocimiento era extraño, como si acabara de consultar un expediente. Miraba a su esposa, a sus hijos y a sus colegas con una calma distante. Al hablar, vacilaba con frecuencia, como si tuviera que buscar en la mente las palabras que pertenecen a los hombres.
Y lo más inquietante fue que dejó de comportarse como un profesor de economía. De pronto sintió un interés espantoso por la astronomía, la arqueología, las lenguas arcanas y las leyendas de la Antigüedad. Escribía a sabios de todo el mundo para preguntar por ciudades perdidas, pueblos remotos y inscripciones que nadie lograba leer. En la biblioteca pasaba horas enteras, sumergido en libros que un académico corriente jamás tocaría.
Al principio, su familia creyó que la enfermedad le había cambiado el carácter. Pero, con el paso del tiempo, el miedo fue creciendo. Aquel hombre seguía viviendo en la misma casa, con la misma ropa, y sin embargo parecía un extranjero sereno que hubiera alquilado provisionalmente la habitación de la humanidad.
Durante esos cinco años, Peaslee hizo muchas cosas.
Aprendía con una rapidez asombrosa. Idiomas que a otros les costaban años le resultaban tan familiares como abrir un cuaderno viejo. Visitó a eruditos, examinó textos antiguos y viajó por lugares muy diversos. A veces, cuando hablaba de la historia, a sus oyentes se les helaba la sangre: no especulaba como un estudioso, sino como alguien que hubiera visto aquellos tiempos con sus propios ojos.
No mostraba gran interés por el presente de la humanidad, pero sí una paciencia extraña hacia su pasado y su porvenir. Preguntaba de qué estrato procedía una piedra hallada en una ruina; si ciertos relatos hablaban de pueblos capaces de intercambiar mentes; si símbolos antiquísimos aparecían al mismo tiempo en continentes distintos.
En su casa ya no soportaban aquel cambio. Su esposa se fue alejando poco a poco; sus hijos dejaron de acercarse con confianza. Solo el pequeño Wingate seguía observando al padre, aunque también él sentía que sobre aquel hombre reposaba una niebla fría.
En 1913, la rareza terminó de pronto.
Peaslee volvió a desmayarse. Cuando despertó, la expresión antigua había regresado a su rostro. Miró a su alrededor con pánico y preguntó por qué había envejecido tanto, por qué sus hijos lo observaban como a un desconocido.
Creía haber dormido apenas un instante. Pero le dijeron que habían transcurrido cinco años.
No lo creyó. Revisó periódicos, preguntó fechas y, al verse en un espejo, empezó a comprender poco a poco: su cuerpo había vivido, hablado y caminado durante todo ese tiempo, pero el verdadero él no había estado allí.
Y, aún peor, desde entonces comenzaron a visitarlo los sueños.
Al principio, los sueños eran solo destellos confusos.
Peaslee se veía despertando en una ciudad inmensa. No era una urbe humana. Los edificios se alzaban como montañas, las paredes estaban hechas de una piedra extraña, los corredores eran amplios y las escaleras no se correspondían con el paso de un hombre. No había el rumor de carruajes ni voces de calles modernas; solo un pesado movimiento lejano, como si un cuerpo gigantesco se arrastrara sobre la roca.
Soñaba que no poseía manos ni pies humanos, pero aun así podía moverse, mirar y tocar. Desde una altura contemplaba grandes llanuras antiquísimas fuera de la ciudad, y el cielo tenía un color distinto del presente. A su alrededor circulaban criaturas de cuerpo cónico, provistas de miembros flexibles rematados en ojos, pinzas, tentáculos y otros órganos imposibles de describir. Se movían con gravedad, se comunicaban entre sí, gobernaban bibliotecas, laboratorios y caminos, y formaban una civilización de orden perfecto.
Con el tiempo, el sueño se volvió más nítido.
Le dijeron que no había llegado allí por muerte ni por locura, sino porque su mente había sido arrojada muy atrás en el tiempo. La voluntad que ocupaba su cuerpo procedía de una raza capaz de cruzar los siglos intercambiando consciencias. Se llamaban a sí mismos la Gran Raza de Yith.
Aquellos seres no podían alterar su carne a voluntad, pero sí enviar sus mentes a otras épocas y a otros cuerpos. Usaban ese método para estudiar la historia del universo: tomaban testigos del pasado, sabios del futuro, y los alojaban temporalmente en su tiempo para que dejaran por escrito lo que sabían. Cuando la investigación concluía, devolvían a cada uno a su cuerpo original, borrándole en lo posible el recuerdo.
En el sueño, Peaslee se convirtió en huésped y también en cronista. Le permitieron leer en la vasta biblioteca y conversar con mentes llegadas de muchos tiempos. Allí había seres de la antigua Tierra y conciencias procedentes del futuro humano; algunos habían dominado los mares, otros ni siquiera habían aparecido aún en el mundo. Todos habían sido traídos para registrar su época y ser conservados por la Gran Raza.
Pero aquellos sueños no eran del todo tranquilos.
En lo más profundo de la ciudad, Peaslee oyó hablar de un enemigo encerrado bajo tierra. Esos seres habían ocupado la Tierra en un tiempo todavía más remoto y luego fueron derrotados por la Gran Raza, que los sepultó bajo ruinas hondísimas. No les gustaba mencionar su existencia; solo reforzaban pasadizos y sellaban pozos cuando era necesario. Cada vez que en la distancia se percibía una vibración anómala, los guardianes actuaban con rapidez y las calles se cargaban de tensión.
Peaslee despertó empapado en sudor. Se dijo que no era más que una alucinación nacida de la enfermedad. Pero las construcciones, los signos y los utensilios de sus sueños eran demasiado precisos, demasiado nítidos para ser una simple fantasía.
Para huir del terror, Peaslee comenzó a investigar.
Revisó historiales médicos y leyendas antiguas. Descubrió que en la historia parecían existir personas con experiencias semejantes a la suya: individuos que de pronto cambiaban de carácter, que años después recuperaban su personalidad original y que no recordaban nada del intervalo; otros que veían en sueños una ciudad de piedra magnífica; otros que afirmaban haber sido llevados a épocas remotísimas.
Aquellos testimonios estaban dispersos en distintos países y lenguas. Uno solo parecía delirio; juntos, sin embargo, formaban la impresión de una misma mano dejando huellas en siglos distintos.
Su prestigio académico sufrió un duro golpe. Muchos lo consideraron desequilibrado desde la enfermedad. Pero Peaslee no se atrevía a contar aquellos sueños como si fueran una historia fácil de compartir. Temía que fueran reales, y temía todavía más ser, sencillamente, un loco.
Más tarde llegaron noticias del interior australiano: unos exploradores habían hallado extrañas ruinas de piedra en el desierto. Los bloques eran enormes, antiquísimos, y su disposición no se parecía a la de ninguna civilización conocida. Y, de forma aún más inquietante, en cuanto Peaslee oyó el lugar y la descripción, las imágenes de sus sueños lo invadieron.
Entonces decidió ir él mismo.
Con una expedición de estudiosos y ayudantes, se internó en el árido desierto de Australia Occidental. De día, el viento caliente arrastraba la arena junto al campamento; de noche, el cielo era frío como un vidrio negro. Los miembros del grupo excavaban, medían y anotaban, y poco a poco fueron hallando piedras de una forma imposible de explicar. Peaslee aparentaba serenidad, pero por dentro crecía su desasosiego.
Porque aquellos ángulos, aquellas marcas de desgaste, aquellas figuras apenas visibles eran iguales a las del sueño.
Una noche sopló un viento fuerte.
Peaslee permanecía en la tienda, incapaz de dormir. Escuchaba el golpe de la lona, el roce de la arena contra las cajas y los postes. La ciudad de los sueños parecía reaparecer en la oscuridad: murallas altas, corredores largos, pozos hondos, puertas de piedra cerradas.
Se levantó, tomó una linterna y algunas herramientas, y fue solo hacia las ruinas.
La luz de la luna era débil; el suelo, irregular. Caminó largo rato hasta detenerse entre unas piedras semienterradas. Allí había una grieta abierta por el viento, como la entrada a un mundo subterráneo. Durante el día nadie la había advertido; o quizá la vieron y no se atrevieron a entrar. Pero, al verla, Peaslee sintió una familiaridad espantosa, como si hubiera pasado por aquel lugar incontables veces.
Se inclinó y se deslizó por la abertura, descendiendo por un pasaje inclinado.
El aire bajo tierra era frío y sofocante. La luz de la linterna reveló muros enormes y juntas imposibles de atribuir a manos humanas. Más adelante, el corredor se ensanchó y una escalinata descendió aún más. Peaslee avanzó paso a paso, con los zapatos levantando polvo y dejando huellas claras.
Al fin llegó a un espacio subterráneo.
No era una cueva natural, sino parte de una ciudad. Grandes vanos derruidos se abatían sobre el suelo, los corredores se perdían en la distancia, y en las paredes persistían relieves y signos desgastados. Todo coincidía exactamente con sus sueños. Peaslee alzó la linterna y le temblaron las manos.
No era la primera vez que había estado allí.
Al menos, en aquellos sueños, sí había vuelto.
Siguió avanzando por las ruinas subterráneas hasta hallar una estancia que parecía una biblioteca.
Muchos estantes habían caído, y el polvo se acumulaba como años sedimentados. El material que la Gran Raza usaba para registrar la historia no era papel, sino una clase de tablilla dura. Muchas estaban rotas; otras permanecían sepultadas bajo escombros. Peaslee las miró con el corazón desbocado.
Recordaba que, en el sueño, le habían pedido escribir el saber de la era humana: la historia, las lenguas y la sociedad que conocía. Aquel registro quizá seguía allí, encerrado en esa ciudad subterránea, esperando a que él lo redescubriera millones de años después.
Empezó a buscar.
La luz de la linterna barrió estantes rotos, tablillas inclinadas y signos medio enterrados en el polvo. De pronto vio una pieza mejor conservada. La escritura no era humana, pero la disposición de ciertos símbolos lo dejó inmóvil.
Era su propia letra.
No en el sentido corriente, sino la forma de escribir que había aprendido en el sueño. Reconoció sus hábitos al consignar nombres, fechas y lugares. En ese instante, toda esperanza se hizo añicos.
El sueño no era un sueño.
De verdad había sido llevado a un pasado remotísimo, habitando el cuerpo de una especie ajena y escribiendo en la ciudad de la Gran Raza. Y la mente que ocupó su cuerpo durante cinco años no había sido una locura, sino una consciencia llegada de la antigüedad.
Peaslee apenas podía sostenerse. Quiso llevarse la tablilla para probarlo todo. Pero entonces, desde lo profundo de las ruinas, llegó un sonido.
Era lejano, aunque pesado y viscoso, como algo que se moviera en un conducto sellado durante mucho tiempo. Luego vino el golpe de unas piedras desplazadas, una tras otra, desde la negrura.
Peaslee recordó la advertencia del sueño: bajo tierra había enemigos más antiguos todavía, encerrados, pero no necesariamente dormidos para siempre.
Apretó la tablilla contra el pecho y echó a correr.
Los corredores vacilaron bajo la luz de la linterna, y los escombros le trabaron los pies. Cayó, se raspó la mano y la tablilla estuvo a punto de resbalarle del abrazo. Detrás, el ruido se acercaba: algo múltiple, blando y pesado, que se arrastraba por un pasaje demasiado estrecho.
No se atrevió a volver la cabeza.
Desde alguna grieta entró el viento, emitiendo un lamento bajo. La luz oscilaba, mostrando relieves extraños en las paredes y huellas recientes donde no deberían existir. Jadear y avanzar se volvieron una sola cosa mientras regresaba por el camino de ida. La tablilla pesaba en sus brazos como una lápida.
Por fin vio arriba un resplandor débil.
Trepara como pudiera, salió por la abertura y cayó sobre la arena. Desde las profundidades se alzó un temblor más fuerte, como si todo el conjunto de ruinas gimiera en voz baja. Peaslee corrió hacia el campamento con la tablilla contra el cuerpo. Pero la arena era blanda y el viento, brutal; tropezó varias veces. Cuando al fin llegó junto a la tienda, sus brazos estaban vacíos.
La tablilla había desaparecido.
Tal vez se le cayó en la huida; tal vez la enterró la arena; tal vez volvió a hundirse en el subsuelo. Fuera como fuese, no regresó con él al mundo de los hombres.
A la mañana siguiente, sus compañeros solo vieron a un Peaslee exhausto, herido y aterrado. Intentó llevarlos de vuelta a la entrada, pero el viento del desierto ya había cambiado la superficie. La grieta de la noche anterior no se encontraba; dunas y piedras se parecían entre sí por todas partes. No había tablilla, ni acceso, ni prueba capaz de convencer a nadie.
Cuando regresó, Peaslee continuó viviendo en la era humana.
Podía ver las calles, las luces eléctricas, los edificios de la universidad y los escritorios; podía oír a la gente hablar del clima y de los periódicos. Pero ya sabía que la vida de los hombres no era más que una capa delgada en el río del tiempo. La Tierra había tenido otros dueños antes de la humanidad, y después de nosotros volverían otras miradas a examinar nuestros registros.
No podía demostrar lo que había visto bajo tierra en Australia. La tablilla con su escritura se había perdido, y la entrada a las ruinas la había tragado la arena. Los demás podían decir que no era más que un sueño reavivado por la enfermedad, una desorientación nocturna o un delirio posterior al susto.
Pero Peaslee sabía que no era tan simple.
Recordaba las calles de la ciudad de piedra, la biblioteca de la Gran Raza y las mentes de distintos tiempos escribiendo en cuerpos ajenos. Y, sobre todo, recordaba aquel sonido que surgió de las profundidades: la señal de que incluso aquello que la Gran Raza temía quizá seguía esperando en la oscuridad.
Desde entonces ya no pudo ver el tiempo como una línea tranquila.
Entre el pasado y el futuro hay sombras que extienden la mano, toman prestado un cuerpo, registran una memoria y luego devuelven al hombre a su lugar. Cuando despierta, cree que la pesadilla ha terminado; pero lo verdaderamente terrible es que la pesadilla fue real, y sigue sepultada bajo la tierra del mundo.