
Mitos de Cthulhu
Un estudiante pobre alquila una habitación en una calle vieja que más tarde ya no podrá volver a encontrar, y en el ático oye por las noches la extraña música del mudo violinista Erich Zann. Zann parece sostener con su violín algo invisible que aguarda tras la ventana; al final desaparece junto con su música en la oscuridad, dejando al estudiante con un terror que nunca logrará borrar.
Un estudiante pobre se muda a una calle antigua que más tarde nadie sabrá señalar en un mapa, y ocupa una buhardilla en lo alto de una casa sombría. Por las noches, desde el piso superior, escucha al violinista mudo Erich Zann tocar melodías extrañas. Atraído por esa música, intenta acercarse a él, pero descubre que el anciano siente un miedo desmedido hacia la oscuridad que se extiende más allá de la ventana del ático, como si con su violín tratara de contener algo invisible. Más tarde, el estudiante entra en la habitación de Zann, y éste escribe unas líneas para explicarle el peligro al que se enfrenta. Entonces la oscuridad exterior se aproxima, Zann toca con furia, y la música se vuelve cada vez más desordenada, como un esfuerzo desesperado por impedir que aquello que acecha afuera entre en la estancia. El estudiante ve que detrás de la ventana no hay un paisaje urbano normal, sino una profundidad negra y abrumadora. Al final, Erich Zann muere o desaparece entre los últimos compases, la habitación queda en caos, y el estudiante huye de aquella calle. Desde entonces nunca vuelve a encontrar ni la calle ni la casa, y sólo conserva el terror perpetuo de la música de Erich Zann y de la oscuridad que había al otro lado del cristal.
Muchos años después, aquel hombre que había estudiado en la ciudad seguía sacando viejos mapas y buscando una y otra vez la calle de Auseil.
Consultó planos nuevos y otros ya amarillentos; recorrió la ribera, interrogó a porteros, tenderos y policías, y fue él mismo en busca de aquellas callejas cuyos nombres habían cambiado. Pero nadie había oído hablar de la calle de Auseil, y nadie recordaba aquella casa alta y vetusta.
Le costaba creerlo. Porque, cuando era joven y pobre, sí había vivido allí durante varios meses. Entonces cursaba metafísica en la universidad, estaba delicado de salud y tenía muy poco dinero, de modo que sólo pudo alquilar la habitación más barata. La calle de Auseil quedaba al otro lado de un río oscuro. Junto al agua se alzaban almacenes empinados, con muros de ladrillo húmedo y ventanas tan pequeñas como bocas negras. Tras cruzar el puente y subir un poco más, la calle se estrechaba cada vez más, se alzaba más y más, y las casas de ambos lados se inclinaban hacia el centro, como si quisieran aplastar el cielo.
El extremo de aquella calle no desembocaba en una plaza ni en otra vía, sino en un muro altísimo. Detrás parecía haber un espacio amplio, pero desde allí no se podía ver. Vivía poca gente en aquel sitio, y de día apenas se oía un sonido. Por la noche, el olor del río, el moho de la madera vieja y el resplandor lejano de la ciudad se hundían en la oscuridad, y la calle entera quedaba como olvidada en otro lugar.
La habitación del estudiante estaba en el quinto piso de aquella casa. Era más alta que las demás del entorno; la escalera era estrecha, la barandilla estaba ennegrecida y cada paso hacía crujir la madera. El portero le dijo que en el desván del último piso vivía un anciano, un músico que tocaba el violín y se llamaba Erich Zann.
Al principio, el estudiante sólo oyó aquella música por la noche.
Solía leer hasta muy tarde, y cuando la lámpara casi se consumía, empezaban a sonar cuerdas sobre su cabeza. No eran melodías para bailar o beber en un teatro, ni tampoco música de iglesia o de salón. A veces eran tan finas como un hilo, deslizándose por los rincones de la pared; otras veces se elevaban de pronto, tan rápidas como alguien que corre en la oscuridad. El estudiante no sabía decir por qué aquella música lo inquietaba, pero cada vez que la oía, se le encogía el pecho y ya no podía seguir leyendo.
De día había visto a Erich Zann en la escalera. Era un anciano menudo, algo encorvado, vestido con ropa vieja pero limpia, y con el rostro cubierto de arrugas. Tocaba la viola en la orquesta de un teatro, y con ese salario vivía en la buhardilla más alta. Zann no podía hablar, y además era sordo; cuando debía comunicarse con alguien, recurría a los gestos y a las palabras escritas con lápiz en un papel. Miraba a los demás con recelo, como si esperara en todo momento que le preguntaran algo que no debía ser preguntado.
Cuanto más escuchaba el estudiante, más deseaba saber de dónde salían aquellas piezas nocturnas. Una noche, cuando Zann regresaba del teatro con su estuche al hombro y subía despacio las escaleras, el muchacho reunió valor, lo detuvo y, con la mayor cortesía que pudo, le dijo que admiraba mucho su música y querría oírlo tocar.
Zann vaciló al principio. Lo observó durante un buen rato y al final asintió, llevándolo consigo hasta el desván.
La habitación era muy estrecha, con el techo inclinado sobre la cabeza y las paredes cubiertas de papel viejo. Había muy poco mobiliario: una cama, una mesa, unas cuantas sillas y algunos papeles de música desordenados. Lo único verdaderamente singular era una ventana, tapada por unas cortinas gruesas, que daba la impresión de mirar más allá del extremo de la calle y del muro.
El estudiante quiso acercarse a ver, pero Zann se interpuso de inmediato, con una rapidez impropia de su edad. Negó con la cabeza, se puso pálido y le temblaron casi los dedos. El muchacho no tuvo más remedio que retroceder y sentarse.
Zann tomó el violín y le tocó varias piezas. Eran extrañas, pero todavía parecían música hecha por manos humanas. Tenían secciones claras y melodías que podían recordarse. El estudiante escuchó con atención, aunque cada vez estaba más desconcertado: aquello no se parecía a lo que oía por las noches. Las músicas que descendían de arriba en plena madrugada eran más urgentes, más hondas y mucho menos aptas para el deleite de un oyente.
Así que, sin pensarlo, tarareó un fragmento de una de aquellas melodías que recordaba.
Apenas hubo empezado, la expresión de Zann cambió. Se abalanzó sobre él, le sujetó un hombro con fuerza y lo miró con un terror absoluto. Quiso hablar, pero de su garganta sólo salió un sonido confuso. Entonces tomó papel y lápiz y escribió unas líneas apresuradas. El estudiante comprendió lo esencial: no debía seguir escuchando, no debía volver a mencionar aquellas piezas ni decir nada a nadie.
Luego Zann añadió otras frases, cuyo sentido parecía ser que estaba débil de salud y que por las noches practicaba por costumbre, sin nada especial. Pero le temblaba tanto la mano que la tinta deshacía los renglones. El estudiante comprendió que ocultaba algo.
Desde aquella noche, Zann se volvió aún más prudente. En cuanto el estudiante se acercaba por la escalera, él cerraba la puerta de inmediato. Sin embargo, después de caer la noche, aquellas melodías monstruosas seguían oyéndose, y cada vez con más violencia. A veces la música parecía rogar; a veces parecía enfurecerse; a veces, por fin, sonaba como un muro invisible que los arcos trataban de levantar una y otra vez.
Poco después, Zann fue a buscar al estudiante por iniciativa propia.
Llamó muy entrada la noche, con un papel escrito en la mano. Decía que estaba dispuesto a pagarle una parte del alquiler si se mudaba a una habitación más barata, en el tercer piso. Allí estaría más lejos del desván y quizá podría dormir mejor.
El estudiante habría debido negarse. Pero era extremadamente pobre, estaba delicado y esa ayuda le sería muy útil. Además, pensó que alejarse un poco no le impediría averiguar la verdad. Así que aceptó.
Al mudarse al tercer piso, la música se volvió mucho más tenue. Las tablas del suelo, los muros y dos pisos de oscuridad tragaban buena parte de sus detalles. Pero la curiosidad del estudiante no disminuyó; al contrario, creció. Empezó a velar por la noche junto a la puerta, esperando a que sonaran ruidos arriba; a veces subía a escondidas unos peldaños y se quedaba en el rellano escuchando. La música de Zann se hacía cada vez más inquieta, como la de un hombre acorralado al borde de un precipicio, obligado a usar las últimas fuerzas que le quedaban para contener lo que venía detrás.
Por fin, una noche, el estudiante oyó un sonido que jamás había escuchado antes.
No era una interpretación corriente. Las cuerdas parecían desgarrarse, las notas chocaban entre sí con una velocidad salvaje y, entre ellas, se oían golpes de muebles cayendo. Ya no pudo soportarlo más, se puso la ropa encima a toda prisa y subió corriendo. Cuanto más ascendía, más frío se hacía el aire, aunque en el pasillo no hubiese ninguna ventana abierta. Bajo la puerta del último piso se filtraba una luz, y detrás de ella se oían los pasos frenéticos de Zann.
Llamó a la puerta; no hubo respuesta. Volvió a llamar, y de pronto todo quedó en silencio durante un instante. Después la puerta se abrió, y Erich Zann apareció en el umbral, blanco como el papel. Lo agarró del brazo y lo arrastró al interior, cerrando de inmediato, como si algo estuviera a punto de entrar con ellos.
La habitación era un caos. Los papeles de música estaban por el suelo, una silla había caído, y la llama de la lámpara oscilaba, inclinada por un viento salido de ninguna parte. La ventana, siempre cubierta, se agitaba bajo las cortinas, como si una mano invisible tirara de ellas desde fuera.
Zann empujó al estudiante hacia la mesa y tomó el lápiz para escribir con rapidez. Parecía haber decidido, por fin, revelar su secreto. Escribía con tal apremio que llenaba una hoja y enseguida tomaba otra. El muchacho se inclinó para leer, pero justo entonces una corriente extraña entró desde la ventana.
Y sin embargo, la ventana estaba cerrada.
El viento recorrió la habitación y levantó las hojas de la mesa. Las páginas recién escritas volaron hacia el cristal, danzaron caóticamente pegadas a él y luego fueron arrancadas de un tirón por la oscuridad. Zann lanzó un grito mudo y se abalanzó sobre ellas, pero no logró atrapar ninguna.
En ese instante, la cortina fue arrancada hacia un lado.
El estudiante creyó que vería el muro del final de la calle, o quizá los tejados más bajos, las luces y el río. Pero no había nada de eso. Allí fuera no había ciudad, ni estrellas, ni suelo alguno: sólo una negrura sin límites, tan profunda que no parecía perteneciente al mundo. Y aquella negrura no estaba quieta; era como un mar informe, en el que algo se agitaba y se acercaba, o como si desde lo lejano una multitud de ojos invisibles lo estuviera mirando.
Zann tomó entonces su viola y se plantó ante la ventana para tocar.
En ese momento dejó de parecer un músico pobre de teatro y se convirtió en un hombre que defendía una puerta en ruinas. El arco se precipitaba sobre las cuerdas con una furia sin descanso; el sonido se volvió agudo, apremiante, casi irreconocible como algo nacido de madera y tripas. El estudiante oyó en aquella música miedo y mandato; súplica y resistencia. Zann parecía saber que, si la música callaba, lo que aguardaba afuera entraría en la habitación.
El viento crecía por momentos. La lámpara parpadeaba, y las sombras de la habitación se estiraban y se rompían. El estudiante quiso huir, pero las piernas le flaqueaban. Miró la espalda de Zann, miró aquella mano seca que seguía moviéndose sobre el violín. La pieza iba tan deprisa que ya no parecía humana.
Pero en medio de aquella furia, el estudiante advirtió de pronto que el rostro de Erich Zann carecía ya de toda expresión.
El anciano tenía los ojos abiertos, la boca apenas entreabierta, el cuerpo rígido. La mano seguía moviéndose, la música seguía sonando, pero él ya estaba muerto.
El horror del estudiante se le escapó por la garganta al fin. Derribó una silla de un golpe y se lanzó hacia la puerta. Detrás de él, la música seguía chillando; la oscuridad del exterior se abatía como una marea. Bajó la escalera corriendo, a punto de caer varias veces. Nadie salió de aquella casa vieja, nadie le preguntó qué había ocurrido. Toda la calle de Auseil guardaba un silencio de muerte.
Salió a la puerta, descendió la calle empinada, cruzó el río negro y sólo se detuvo cuando volvió a ver las luces comunes de la ciudad y a los transeúntes.
Desde entonces no regresó nunca.
Pasaron los años. Quiso demostrar que aquello no había sido una alucinación de la fiebre, y también saber qué era lo que Zann había estado resistiendo ante la ventana. Pero, por más que buscó, no logró encontrar la calle de Auseil. No había ninguna calle así en los mapas; al otro lado del río no existía aquel muro altísimo ni tampoco la casa antigua con aquella extraña ventana en el último piso.
Sólo permaneció en su memoria la música de aquella noche. Cada vez que la recordaba, sentía que una oscuridad que no pertenecía a la ciudad había estado, al otro lado de un cristal, escuchando la última melodía desesperada de un hombre.