
Mitos de Cthulhu
Walter Gilman, estudiante de la Universidad Miskatonic, se instala en el desván maldito de una casa de Arkham para demostrar con matemáticas la lógica de la brujería y de otros mundos. Pero los sueños van invadiendo la vigilia, y la antigua bruja acaba arrastrándolo a un rito atroz del que ya no podrá distinguir la realidad.
Walter Gilman, estudiante de la Universidad Miskatonic, llega a Arkham y alquila un desván del que todos hablan con recelo. La casa perteneció en otro tiempo a Keziah Mason, acusada de brujería, quien —según la leyenda— logró huir de una celda cerrada gracias a extrañas relaciones de ángulos y curvas. Gilman, entregado a la matemática, al folclore y a las artes ocultas, cree que la geometría no euclidiana puede explicar el paso entre este mundo y otros, y por eso decide vivir precisamente en aquel cuarto inclinado y absurdo. Una vez instalado, empieza a soñar con Keziah Mason y con su familiar, Brown Jenkin, un ser de aspecto ratonil. En sus sueños atraviesa espacios imposibles, llega a ciudades desconocidas y contempla regiones que desafían toda razón. Poco a poco, el sueño contamina la vigilia: despierta con heridas, aparecen barro y objetos extraños en la habitación, y su vecino Frank Elwood oye sus gritos nocturnos. Joe Mazurewicz, que vive abajo y teme la brujería y la noche de mayo, le da un crucifijo, pero Gilman sigue siendo arrastrado cada vez más hondo. Cuando se acerca la Noche de Mayo, Keziah, Brown Jenkin y el “hombre de negro” lo conducen en sueños a un ritual en el que lo obligan a participar en el secuestro y el sacrificio de un bebé. Gilman se resiste, estrangula a Keziah con la cadena de un crucifijo, pero no consigue librarse de Brown Jenkin. Al despertar, descubre señales reales de lo sucedido: un niño desaparecido, sangre, y la certeza insoportable de que ya no puede separar del todo el sueño de los hechos. Poco después, Gilman muere entre gritos en su cuarto del desván, y Elwood ve a Brown Jenkin huir ensangrentado desde su cama. Más tarde, la vieja casa se derrumba y, al abrir sus muros y estructuras, se hallan huesos de niños, los restos de Keziah Mason y un extraño esqueleto diminuto con rasgos humanos. Así queda demostrado que la pesadilla de Gilman llevaba mucho tiempo anidando en aquella casa de la bruja.
Cuando Walter Gilman llegó a Arkham, no era más que un estudiante joven de la Universidad Miskatonic. Rehuía las diversiones, apenas se ocupaba de su ropa y su comida, y andaba siempre con papeles y lápices, murmurando ecuaciones y palabras extrañas. Estudiaba matemáticas, sí, pero también el folclore, y sentía una fascinación especial por la brujería, los otros mundos y los libros prohibidos.
Arkham era, por naturaleza, una ciudad hecha para alimentar leyendas. El rio Miskatonic la bordeaba, y en sus calles antiguas se amontonaban casas de madera nacidas de siglos pasados. Los tejados se superponían en ángulos torcidos; los desvanes parecían tener ojos. Los viejos decían que, mucho tiempo atrás, cuando en Nueva Inglaterra se juzgaba a las brujas, algunos de los acusados se ocultaban bajo aleros semejantes.
Lo que más interesaba a Gilman era una casa vieja que todos evitaban. Tenía un desván extraño, con muros inclinados, vigas bajas y rincones triangulares apretados entre sí, como si un carpintero hubiera tomado mal las medidas. El casero no quería hablar demasiado; solo dijo que allí había vivido una mujer llamada Keziah Mason. Había sido acusada de brujería en 1692 y encerrada en Salem, pero, antes de la ejecución, había escapado de una celda bien cerrada.
La leyenda añadía que Keziah Mason no era simplemente una curandera o una hechicera de barrio. En su juicio había pronunciado palabras que nadie entendía, como si hablara de espacios, ángulos y otros mundos. También había mencionado nombres que solo aparecerían en el Necronomicón, nombres terribles. A Gilman, lejos de asustarlo, aquello le despertó aún más interés. Pensó que las viejas confesiones sobre “hechicería” tal vez no eran más que una mala comprensión de las matemáticas; que volar por encima de un muro o atravesar una estancia cerrada podía tener que ver con la geometría de más dimensiones.
Así que, pese a las advertencias, se mudó al desván.
La habitación olía siempre a humedad. En los tabiques corrían ratones, y por la noche la madera crujía sola. Gilman colocó su cama bajo el muro inclinado, rodeado de libros y cuadernos de borradores. De día asistía a clase; de noche volvía a calcular fórmulas cada vez más extrañas. Quería demostrar que ciertos ángulos y ciertas superficies podían permitir que un hombre resbalara de este mundo a otro.
Pero desde la noche en que entró en el desván, su sueño dejó de ser normal.
Al principio no fueron más que pesadillas corrientes.
Gilman soñaba que flotaba en una oscuridad sin arriba ni abajo, sin derecha ni izquierda. A lo lejos giraban masas de luz violeta, roja y azul, como estrellas sin forma. Aquella luz no parecía brillar sobre él, sino atravesarlo desde dentro de la cabeza. A veces se sentía reducido a una mota de polvo, arrojada de un lado a otro por una fuerza invisible; otras, creía avanzar sobre una línea imposible de dibujar.
Al despertar, estaba empapado de sudor frío, y sin embargo aparecían varias líneas de fórmulas en los papeles de la mesa. No recordaba haberse levantado en la noche, pero aquella letra era, sin duda, la suya.
Pronto empezó a ver en sueños a una anciana. Era flaca como una rama seca; tenía el rostro surcado de arrugas profundas, pero los ojos le brillaban con una intensidad espantosa. Vestía ropas de otro tiempo y se movía con ligereza, como si pudiera caminar sobre el aire. Siempre iba acompañada de una criatura monstruosa: un cuerpo de rata con una carita humana diminuta, bigotes temblorosos, garras finas y una risa que sonaba a chillido.
Gilman supo quién era aquella mujer. Era Keziah Mason.
Y la criatura también tenía nombre en las historias de Arkham: Brown Jenkin. Decían que era el sirviente de la bruja, que corría de noche por las grietas de los muros, espiando, transmitiendo mensajes y mordiendo la carne de los durmientes.
Al principio, Gilman lo tomó todo por sueños. Pero una mañana encontró barro y astillas de madera junto a la cama, como si acabara de arrastrarse de vuelta desde algún túnel estrecho. Tenía los pies rozados y la tierra metida entre los dedos. Al cabo de unos días, sus oídos se volvieron anormalmente sensibles. Oía la tos baja de un inquilino en el piso inferior, el giro de alguien en la habitación contigua, el roce de las garras de los ratones en la pared.
Empezó a temer la noche.
Frank Elwood, un estudiante que vivía con él, comprendió que algo iba mal y le aconsejó marcharse. Gilman solo negó con la cabeza. Dijo que estaba a punto de entenderlo, que el muro inclinado de aquella habitación no era un simple capricho de construcción, sino la forma exacta de ciertos “caminos” de la vieja hechicería. Si sus fórmulas eran correctas, la huida de Keziah Mason de la prisión quizá no había sido humo ni milagro, sino una salida por un ángulo que el ojo humano no puede ver.
Pero mientras decía eso, su rostro se iba volviendo cada día más pálido.
Los sueños se hicieron más nítidos.
Keziah Mason dejó de observarlo desde lejos. Se inclinaba sobre él y le hablaba con voz aguda, llamándolo a seguirla. Brown Jenkin se subía a su lado y le enseñaba aquella cara humana y burlona, como si ya lo conociera desde siempre.
Una vez, Gilman soñó que estaba al borde de una ciudad desconocida. No pertenecía a la Tierra. Las torres no tenían puertas ni ventanas; el suelo parecía compuesto de láminas de un metal extraño, y en el aire flotaban sombras de formas indecibles. Keziah Mason avanzaba al frente, como si aquel lugar fuera para ella una calle familiar.
Otra vez lo condujeron a un sitio todavía peor. Solo había un abismo de confusión, y a lo lejos sonaban tambores, flautas y un estrépito desordenado. Keziah Mason susurró el nombre de Azathoth, y luego habló de Nyarlathotep. Gilman vio entonces una figura negra de pie ante él: no parecía humana, ni siquiera remotamente; no tenía calor ni piedad, solo la apariencia de una noche que aprendiera a caminar.
La figura negra le entregó una pluma, y junto a ella había un libro grueso. Keziah Mason le tomó la mano y quiso obligarlo a firmar.
Gilman luchó con desesperación. No sabía si ardía de fiebre en su cama o si su alma era realmente arrastrada a otro lugar. Solo sabía que, si escribía su nombre, perdería algo que jamás recuperaría. Brown Jenkin trepó por su cuerpo, arañándole la ropa, acercándole la carita al oído con una risa repugnante.
Despertó con una marca roja en la muñeca, como si lo hubieran mordido con dientes finísimos.
Después de aquello, en Arkham empezó a circular otro rumor. Cerca de ciertas fiestas antiguas, los niños de las familias pobres eran vigilados con especial cuidado. Los viejos decían que, en otro tiempo, las brujas aprovechaban esas fechas para robar bebés y llevarlos al sacrificio. Gilman no quería creer en nada de eso, pero por las noches oía llantos de niños en la distancia, llantos que iban y venían, como si surgieran del tejado, de las paredes o incluso de sus propios sueños.
Se debilitaba por momentos. En clase miraba la pizarra sin comprender una palabra. Al regresar al desván, volvía a examinar el muro inclinado. La sombra de la esquina parecía una mancha que jamás podía limpiarse, y el andar de Brown Jenkin resonaba a menudo dentro de ella.
A medida que se acercaba la víspera de mayo, el aire de la ciudad se volvió pesado. Las casas antiguas de Arkham se apretaban en la oscuridad como siluetas negras; una tras otra se apagaban las ventanas, y del rio Miskatonic subía un viento húmedo.
Gilman estaba muy enfermo, pero no se atrevía a dormir. Sabía que Keziah Mason iba a venir. Puso junto a la cama todo cuanto pudo pensar que le sirviera de protección, y se repetía una y otra vez que, fuera lo que fuera lo que soñara, no debía seguirla.
Pero pasada la medianoche lo arrastraron de nuevo al sueño.
Esta vez no flotaba en un espacio imposible: estaba en una estancia baja, semejante a un sótano o a un hueco entre muros. Había tablas ennegrecidas y ladrillos viejos apilados alrededor. Keziah Mason estaba junto a una mesa tosca, y Brown Jenkin se agazapaba a sus pies. Sobre la mesa había una figura pequeña, envuelta en algo, que lloriqueaba débilmente.
Era un niño.
El miedo de Gilman se transformó de pronto en furia. Se lanzó hacia adelante para arrancarlo de allí. Keziah Mason se volvió con un alarido, y sus dedos huesudos se cerraron como ganchos sobre su rostro. Brown Jenkin saltó también y le mordió la muñeca.
La pequeña estancia se hundió en el caos. Gilman volcó objetos, se golpeó el hombro contra una viga y sintió la sangre correr por la frente. Keziah Mason tenía una fuerza imposible para su edad; forcejeaba mientras gritaba nombres extraños, como si llamara a ayudantes invisibles. Gilman le apretó el cuello con ambas manos y no la soltó hasta que cesaran aquellas palabras.
No supo cuánto tiempo pasó. Al final, la mano de Keziah se aflojó y su cuerpo cayó al suelo como un fardo roto.
Pero también se apagó el llanto del niño.
Gilman bajó la vista y solo alcanzó a ver a Brown Jenkin cruzando la mesa, con sangre en el hocico. La criatura soltó un chillido agudo, casi risueño, y desapareció en la oscuridad.
Despertó antes del amanecer. Estaba en la cama del desván, cubierto de heridas, con la muñeca abierta y sangrando. Afuera se oyeron voces agitadas: alguien decía que un niño había desaparecido en la ciudad; otro aseguraba haber oído ruidos extraños provenientes de la vieja casa.
Gilman recordó la mesa del sueño y sintió que se helaba por dentro. No sabía si de verdad había matado a Keziah Mason, ni si el niño aún podía salvarse. Solo sentía que había algo en la esquina mirándolo.
Los días que siguieron fueron una ruina.
Frank Elwood permaneció a su lado, escuchándolo delirar entre sueños. Gilman a veces llamaba a Keziah Mason; otras pedía que derribaran los muros; otras insistía en que Brown Jenkin seguía vivo y buscaba una ocasión para arrastrarse de nuevo al interior.
Los demás pensaban que hablaba en fiebre. Pero por la noche la habitación sí dejaba oír pequeños arañazos. Venían de detrás de los tablones, de debajo del suelo, y a veces parecían deslizarse bajo las sábanas. Elwood encendía la lámpara y revisaba todo, sin hallar nada.
Una noche, Gilman se incorporó de pronto en la cama, con el rostro lívido. Se apretó el pecho con las dos manos, como si algo le estuviera desgarrando la ropa desde dentro. Abrió la boca, pero solo pudo emitir un grito roto. Elwood se abalanzó sobre él y levantó las mantas; Gilman se retorcía de dolor, mientras la sangre le empapaba el pecho con rapidez.
Brown Jenkin salió disparado de su cuerpo y saltó hacia la esquina dejando una estela de sangre. Su cara diminuta se encendió un instante bajo la luz, con una expresión triunfal y cruel. Luego se coló por un agujero y desapareció tras los tablones.
Gilman no volvió a despertar.
Cuando examinaron el desván, solo hallaron sangre, sábanas rotas y unas marcas imposibles de explicar. El médico no pudo justificar las heridas, y la policía tampoco encontró culpable. El casero quedó aterrorizado; los inquilinos se fueron marchando uno a uno, y la vieja casa se volvió aún más silenciosa.
Pero todo aquello no era el final.
Más tarde, una tormenta dañó parte de la vivienda. Cuando los obreros desmontaron los muros y los espacios intermedios, descubrieron cosas terribles: pequeños huesos, restos olvidados de tiempos antiguos y fragmentos que nadie deseaba mirar demasiado. En un rincón oculto encontraron el esqueleto de una mujer, retorcido como si hubiera muerto atrapada allí desde hacía mucho tiempo. Entonces muchos recordaron la historia de Keziah Mason, y ya nadie se atrevió a decir que todo era invención.
Más adentro apareció también el esqueleto de una criatura pequeña. Tenía forma de rata, pero no era ninguna rata conocida; el cráneo estaba deformado de un modo casi humano. Quienes lo vieron guardaron silencio, porque por fin comprendieron que aquello que corría por los muros en la noche quizá había existido de verdad.
Desde entonces cesaron los chillidos en la casa. Pero en Arkham hubo quien evitó aquella calle durante años. Siempre que el viento pasaba entre las vigas rotas del edificio y producía un débil llanto, los viejos cerraban las ventanas y advertían a los niños que se apartaran de las esquinas.
Gilman había querido explicar la brujería con fórmulas, y terminó entrando en la oscuridad que se ocultaba detrás de ellas. Creyó estar estudiando una leyenda; al final, se convirtió en parte de ella.