
Mitos de Cthulhu
Mientras ordena los papeles heredados de su tío abuelo, un erudito descubre que sueños, bajorrelieves, ritos de cultos secretos y desastres en alta mar, dispersos por todo el mundo, apuntan hacia un mismo nombre: Cthulhu. Cuando por fin reúne las pistas, comprende que la antigua ciudad hundida bajo el océano no está muerta, sino que aguarda el momento en que las estrellas vuelvan a ocupar su lugar.
Francis Thurston revisa las pertenencias de su tío abuelo, el profesor Angell, y encuentra en una vieja caja de madera un extraño bajorrelieve, recortes de prensa y notas. La pieza fue modelada por el joven escultor Henry Wilcox, quien, después de una serie de sueños inquietantes, plasmó aquella figura: en una ciudad colosal y desconocida se alzaba un ser inmenso, mezcla de pulpo, dragón y hombre, mientras en el sueño resonaba una llamada incomprensible. El profesor Angell descubrió que, durante los días en que Wilcox sufría aquellas visiones, muchas personas sensibles en distintas partes del mundo también padecieron pesadillas, arrebatos de locura, imágenes poéticas o pictóricas y agitaciones sin explicación. Años antes, el inspector Legrasse había desmantelado en los pantanos de Luisiana un culto secreto, había confiscado una estatua muy parecida al bajorrelieve y había oído a los prisioneros hablar de Cthulhu, de R'lyeh y de los Primigenios. Thurston continúa la investigación y encuentra nuevas pistas en un periódico australiano y en los papeles póstumos de Johansen. Después de apoderarse de una nave sospechosa, Johansen y sus compañeros llegaron a una zona del Pacífico Sur donde no debía existir tierra alguna; allí vieron surgir por un breve tiempo una ciudad antiquísima desde el fondo del mar y contemplaron con sus propios ojos a Cthulhu despertando tras una puerta gigantesca. Johansen embistió a Cthulhu con el barco y logró escapar mientras la criatura quedaba detenida por un instante, pero R'lyeh no tardó en hundirse de nuevo bajo las aguas. Al unir el bajorrelieve, el culto del pantano, los sueños y la catástrofe marítima, Thurston comprende que lo más terrible no es que el monstruo haya despertado una vez, sino que no ha muerto: sigue esperando en las profundidades.
Tras la muerte del profesor Angell, su sobrino nieto Francis Thurston se encargó de ordenar sus pertenencias.
En vida, el profesor había estudiado escrituras antiguas y tradiciones populares; su despacho estaba atestado de cuadernos, cartas, recortes de prensa y calcos. Thurston pensó al principio que todo aquello no era más que el desorden acumulado por un anciano a lo largo de muchos años. Pero un día abrió una caja de madera cerrada con llave y encontró dentro un pequeño bajorrelieve de arcilla.
La figura grabada en él le hizo fruncir el ceño.
No era una imagen sagrada común, ni se parecía a ningún motivo antiguo que hubiera visto en un museo. Tenía una cabeza de pulpo, cubierta de tentáculos, un cuerpo casi humano y, plegadas a la espalda, unas alas estrechas y extrañas. La talla no era delicada, pero irradiaba una fuerza inquietante, como si quien la había hecho no estuviera inventando una fantasía, sino apresurándose a fijar algo visto en sueños antes de que se desvaneciera.
Junto al bajorrelieve había un fajo de documentos. En la primera hoja aparecía un título que aludía a ciertos materiales sobre el “culto de Cthulhu”. Thurston siguió leyendo y descubrió que la pieza procedía de un joven escultor llamado Henry Wilcox.
Aquella primavera, Wilcox vivía en Providence. Una noche empezó de pronto a tener sueños extraños. No veía en ellos calles conocidas ni montañas o ríos de este mundo, sino una ciudad construida con bloques de piedra enormes. Los ángulos de aquellas piedras parecían torcidos; los muros daban la impresión de estar a punto de desplomarse sin caer nunca, y las escaleras parecían conducir hacia direcciones que no deberían existir. Desde lo hondo de un aire húmedo llegaba un sonido sordo, una y otra vez, semejante a una plegaria y también a una llamada.
Wilcox despertó empapado en sudor frío. Tomó arcilla y modeló la imagen más clara que conservaba del sueño. Al día siguiente llevó el bajorrelieve al profesor Angell y le pidió que identificara los signos.
Al principio, el profesor lo tomó por una extravagancia de joven artista. Pero cuando Wilcox repitió los sonidos que habían vuelto una y otra vez en su sueño, el rostro del anciano cambió. Le pidió que escribiera cada detalle de la visión y empezó a anotar las fechas.
Poco después, el profesor descubrió que aquello no le ocurría a una sola persona.
Durante los días en que Wilcox soñaba, se registraron anomalías en muchos lugares.
Algunos poetas y pintores cayeron de pronto en una agitación febril, escribieron frases quebradas y pintaron ciudades marinas deformes. Otros despertaban de noche dando gritos y aseguraban haber oído una llamada grave que subía desde aguas profundas. En los hospitales, los enfermos mentales se volvían todavía más violentos y murmuraban sílabas semejantes. También aparecían noticias dispersas en los periódicos: disturbios sin causa aparente, actos repentinos de locura, extraños ritos religiosos en rincones apartados.
El profesor Angell no se apresuró a sacar conclusiones. Pegó los recortes por orden de fecha, guardó las cartas una a una y anotó en sus cuadernos los sueños diarios de Wilcox. A veces aquellas visiones eran nítidas y a veces llegaban rotas en fragmentos, pero siempre volvían a la ciudad de piedra húmeda, a la sombra gigantesca e irreconocible y a aquella llamada que sonaba como un conjuro.
Más tarde, Wilcox cayó enfermo de repente. Ardía de fiebre, deliraba y repetía que había visto a una mole inmensa revolverse en las profundidades negras. Cuando la crisis pasó y despertó, dijo que los sueños también habían cesado. La ciudad y la voz se habían retirado de su mente como una marea en descenso.
El profesor Angell, sin embargo, no lo olvidó. Relacionó el caso con otra investigación, mucho más antigua, que había llegado hasta él en una conferencia arqueológica y por medio de un inspector llamado Legrasse.
Muchos años antes, el inspector Legrasse se había presentado ante varios eruditos con una estatua de piedra negra verdosa y les había pedido que la identificaran.
La estatua se parecía mucho al bajorrelieve de Wilcox: tentáculos colgando ante el rostro, cuerpo pesado, alas en la espalda y una postura acuclillada sobre un pedestal cubierto de signos. Pero aquello no había sido tallado recientemente. La piedra era extraña, y su estilo no podía atribuirse con seguridad a ninguna civilización conocida. Los estudiosos la examinaron durante largo rato, sin lograr decir de dónde procedía.
Legrasse contó que la estatua había sido confiscada en un pantano remoto de Luisiana.
Por entonces habían desaparecido varias personas de la zona, y se decía que por la noche se oían tambores en lo profundo del pantano. Legrasse entró allí con un grupo de hombres. Las raíces se entrelazaban bajo sus pies, el agua negra les cubría las botas y el aire olía a hojas podridas y barro. Cuanto más avanzaban, más claro se hacía el redoble de los tambores, mezclado con gritos ásperos de muchas voces.
Por fin vieron un claro. Las llamas saltaban entre los troncos y numerosas personas danzaban alrededor de la estatua. Había un altar y restos espantosos sobre el suelo. Los danzantes repetían a voces una misma frase, que subía y bajaba en la noche. Legrasse no la entendió, pero retuvo el nombre más hiriente de todos: Cthulhu.
La policía irrumpió para arrestarlos. El rito se deshizo en confusión: algunos huyeron hacia el pantano, otros se lanzaron a luchar, y algunos permanecieron de rodillas en el barro, gritando todavía. Al final, Legrasse se llevó numerosos prisioneros y también la estatua.
Durante los interrogatorios, aquellos hombres revelaron una creencia extraña. Decían que, antes de que existiera la humanidad, los Primigenios habían llegado a la Tierra desde el mar de las estrellas. Cthulhu dormía bajo el océano, en la ciudad de R'lyeh. Cuando las estrellas volvieran a alinearse, R'lyeh surgiría del mar y el durmiente despertaría. Entonces los seres humanos de la superficie no serían más que insectos que habían ocupado el mundo por un breve intervalo.
También afirmaban que Cthulhu no estaba muerto, sino a la espera. Enviaba a través de los sueños mensajes semejantes a sombras para quienes podían recibirlos; y en distintos lugares del mundo, cultos secretos conservaban la antigua llamada mientras aguardaban la llegada de aquel día.
La mayoría de los eruditos tomó todo aquello por delirios de un culto salvaje. Pero el profesor Angell lo anotó. Muchos años después, cuando los sueños y el bajorrelieve de Wilcox aparecieron ante él, aquellos viejos papeles adquirieron de pronto un peso nuevo.
Al llegar a esa parte, Thurston empezó a sentir frío en el corazón.
Thurston solo pretendía ordenar con claridad el legado de su tío abuelo. No quería creer en aquellas afirmaciones disparatadas. Pero cuanto más leía, más le parecía que las pistas de lugares distantes se enredaban como hilos ocultos de una misma trama.
Lo que terminó por hacerle vacilar fue un periódico australiano.
La noticia hablaba de un extraño desastre en el Pacífico Sur. Una nave llamada Alert había sido hallada en alta mar con un único superviviente a bordo: el marinero noruego Johansen. Lo más extraño era que aquel no era el barco en el que Johansen había zarpado. Él viajaba originalmente en otra embarcación cuando se encontraron con un navío armado de conducta sospechosa. Hubo un enfrentamiento; Johansen y sus compañeros consiguieron apoderarse del barco enemigo, aunque pagaron por ello un precio terrible.
Después siguieron navegando hasta llegar a una zona donde, según los mapas, no debía haber tierra.
Del mar había emergido una isla; o, mejor dicho, una parte de una ciudad colosal que acababa de asomar desde el fondo oceánico. Las piedras negras brillaban húmedas al sol, cubiertas de algas y limo. Muros, portales y escaleras eran de tamaño desmesurado, y sus ángulos torcidos mareaban la vista. Cuando los marineros subieron, no parecía que caminaran sobre terreno firme, sino que se internaban en un sueño del que nadie había despertado.
En aquella ciudad de piedra imposible encontraron una puerta gigantesca.
Nadie sabía qué había detrás. Sin embargo, algo parecía empujarlos a acercarse. Varios hombres intentaron mover la puerta; la losa se abrió lentamente y por la rendija salió un olor guardado durante eras bajo el mar antiguo.
Entonces Cthulhu salió.
El relato que Johansen escribió más tarde no estaba completo; parecía la memoria de un hombre que intenta recordar una pesadilla y se ve obligado a detenerse a cada frase. No recurrió a grandes adornos. Dijo solo que aquello era demasiado grande para parecer una criatura viva, y sin embargo se movía. Los tentáculos se agitaban ante su rostro; el cuerpo húmedo y pesado se abrió paso por la puerta de piedra, y las grandes alas se desplegaron desde la espalda. Despertaba en su ciudad dormida y avanzaba hacia los intrusos.
Los marineros se quebraron.
Unos huyeron gritando, otros resbalaron y cayeron, y algunos parecieron perder la razón ante lo que tenían delante. Los supervivientes corrieron desesperados de vuelta al barco. Cthulhu los persiguió; su cuerpo inmenso aplastaba la piedra y arrastraba consigo lodo y hedor del fondo marino.
Johansen puso en marcha la nave y se alejó de aquella tierra negra recién alzada. Pero Cthulhu ya había entrado en el mar y avanzaba tras ellos. Las aguas se cubrían de espuma a su alrededor, y el barco, como una astilla delgada, parecía no tener escapatoria ante la sombra gigantesca que lo alcanzaba.
Al final, Johansen tomó una decisión casi demencial.
Hizo virar la proa y lanzó el barco directamente contra Cthulhu. El casco se hundió en aquel cuerpo espantoso con un golpe sordo y enorme. Durante un instante, agua, niebla y un sonido viscoso de ruptura se mezclaron, y Johansen creyó que también él sería devorado. Pero el barco consiguió atravesar aquello y salir al otro lado.
La cosa que quedaba atrás no cayó como cae la carne ordinaria. Se dispersó y volvió a juntarse en la niebla, como una herida que se cerrara por sí sola. Aun así, el impacto la detuvo el tiempo suficiente. Johansen aprovechó la oportunidad para escapar y regresó a las rutas humanas con una nave maltrecha y una memoria hecha pedazos.
Poco después, la ciudad que había emergido del océano volvió a hundirse. Cthulhu no llegó realmente a tierra firme. El mundo siguió girando como siempre: la gente caminaba hacia el trabajo, los niños estudiaban en las escuelas, los barcos entraban y salían de los puertos. Solo unos pocos recortes de prensa y el manuscrito de un superviviente probaban que algo así había ocurrido en el mar.
Cuando Thurston encontró los papeles póstumos de Johansen, logró por fin unir los fragmentos dejados por su tío abuelo en una sola imagen.
Los sueños de Wilcox, el culto del pantano, la estatua negra verdosa, el ascenso de R'lyeh sobre el mar y la huida de Johansen no eran rarezas aisladas. Eran como una misma sacudida nacida en las profundidades y transmitida por todo el mundo: los sensibles la oían en sueños, los cultos secretos la gritaban junto al fuego, y los hombres del mar la habían visto despertar por un momento.
Solo entonces comprendió Thurston que lo más terrible no era la tragedia ocurrida en una noche determinada, sino que aquella tragedia no había terminado de verdad.
Cthulhu simplemente se había hundido de nuevo.
R'lyeh seguía bajo el océano. Tal vez sus fieles continuaban escondidos en pantanos, puertos, islas y sombras urbanas, recordando la misma llamada antigua. Cuando las estrellas vuelvan a ocupar su lugar, quizá el mar se abra otra vez y la ciudad negra de piedra asome de nuevo sobre las aguas.
Al cerrar el manuscrito, Thurston ya no podía regresar a la vida tranquila de antes. Sabía demasiado, y sabía también que la muerte de su tío abuelo quizá no había sido un accidente. Aun así ordenó los documentos, porque si un día él también moría de repente, quienes vinieran después podrían al menos ver aquellas pistas.
La historia parece detenerse en su testimonio.
La superficie del mundo permanece en calma, y el océano guarda silencio. Pero bajo la oscuridad más profunda, Cthulhu sigue durmiendo, sigue esperando, y sigue enviando hacia la humanidad, como en sueños, una llamada confusa.