
Mitos de Cthulhu
Crawford Tillinghast construye una extraña máquina y afirma que puede abrir los sentidos humanos para revelar otro mundo superpuesto al nuestro. Cuando su amigo es llamado a su laboratorio, contempla seres invisibles que atraviesan la estancia y descubre que la invitación de Tillinghast no buscaba probar una teoría, sino consumar una venganza.
Crawford Tillinghast llevaba tiempo entregado al estudio de una máquina capaz de alterar los sentidos. Sostenía que podía excitar una facultad dormida en el cerebro y permitir al ser humano percibir otro estrato de la realidad. Su amigo se opuso a aquel empeño, y la discrepancia enfrió su relación. Más tarde, en plena noche, Tillinghast lo convocó a su sombría casa y laboratorio; allí lo aguardaba deshecho, consumido por la fiebre del intelecto, mientras la estancia vibraba bajo un resplandor y un zumbido extraños. Cuando puso en marcha la máquina, la vista y el oído del narrador fueron violentamente ampliados. Entonces vio seres que se movían por el aire de la habitación: formas parecidas a medusas transparentes y otras más vastas y monstruosas, cruzando la atmósfera como si fuera agua. Tillinghast explicó que siempre habían estado allí, pegados a los hombres, aunque los sentidos ordinarios no pudieran advertirlos. Poco a poco dejó al descubierto su verdadero propósito: había llamado a su amigo no para demostrar nada, sino para vengar las burlas y la oposición que antaño recibió, insinuando además que la desaparición de los sirvientes de la casa estaba ligada a aquellos seres “venidos de más allá”. Cuando esas presencias parecieron fijarse en los dos hombres y el peligro se volvió inmediato, el narrador, dominado por el terror, disparó contra la máquina y la destrozó. Al cesar el artefacto, la visión aberrante se disipó, Tillinghast cayó muerto en el laboratorio y, para el mundo exterior, todo quedó reducido a una enfermedad repentina o a un colapso mental. El sobreviviente, en cambio, conservó para siempre el espanto de aquella noche y el recuerdo del mundo superpuesto.
Crawford Tillinghast había sido en otro tiempo un hombre respetable.
No era fuerte; de hecho, tendía a la corpulencia. Se afeitaba con esmero y, al hablar, acostumbraba apoyar los dedos en el borde de la mesa, como si resolviera un problema ante un oyente invisible. Pero desde que se entregó a aquella investigación, toda su calma fue deshaciéndose poco a poco.
Lo que estudiaba no podía explicarse con palabras corrientes. Decía que los ojos, los oídos y la piel del hombre eran demasiado torpes, y que solo rozaban una ínfima parte del mundo. Había muchas cosas que se nos deslizaban al lado, dentro de nuestras casas, junto a nuestras sillas, sobre nuestras cabezas; sin embargo, al carecer de los sentidos adecuados, jamás llegábamos a saberlo.
El narrador escuchó aquello con creciente inquietud. Como eran amigos íntimos, le rogó a Tillinghast que se detuviera, o al menos que no apostara toda su vida a semejante experimento. Tillinghast se enfureció de pronto; la sangre se le subió al rostro, y su voz se volvió aguda. Echó a su amigo del laboratorio y después de la casa, como si aquel consejo hubiera sido una traición.
Pasaron diez semanas sin que volvieran a verse. De cuando en cuando, el narrador oía decir que la vieja mansión, apartada de las calles animadas, seguía cerrada; que Tillinghast apenas bajaba, y que los sirvientes veían muy poco al dueño. Dedicaba el día y la noche al ático, empeñado en un complejo aparato eléctrico, y a menudo devolvía la comida intacta.
Hasta que, una noche, el narrador recibió una nota apresurada. La letra estaba torcida, como si la mano del escribiente temblara al moverla. Solo decía: venga de inmediato; hay algo que debe ver con sus propios ojos.
Y fue.
Quien abrió la puerta fue Tillinghast. A la luz de la vela, el narrador casi no reconoció a su antiguo amigo. Aquel hombre antes robusto se había quedado reducido a huesos y piel; el rostro, amarillento y flácido, se hundía en unas cuencas profundas, aunque los ojos brillaban con un fulgor terrible. El cabello se le había encanecido en la raíz, la barba le colgaba desordenada, y la ropa pendía de él hecha un harapo. Sostenía una vela con una mano y se aferraba al marco de la puerta con la otra, volviéndose una y otra vez hacia la oscuridad que quedaba detrás, como si algo se arrastrara por la casa.
—Has venido —dijo, con voz baja y urgente—. Muy bien. Esta noche sabrás que no estoy loco.
La mansión guardaba un silencio anormal.
Al entrar en el vestíbulo, el narrador tuvo la impresión de que aquella casa llevaba mucho tiempo vacía. El pasamanos estaba cubierto de polvo; no se oían pasos de criados ni olía a fuego desde la cocina. Solo la vela de Tillinghast avanzaba delante de ellos, arrojando sobre el papel de la pared manchas oscuras.
Subieron una planta y luego otra escalera aún más estrecha hasta el laboratorio del ático.
La habitación estaba llena de alambres, tubos de vidrio, discos metálicos, bobinas y piezas de uso incierto. En el centro se alzaba una máquina compuesta de soportes curvos y tubos relucientes. A su alrededor había baterías y conmutadores; en la parte superior, varias agujas delgadas apuntaban en distintas direcciones. Incluso inmóvil resultaba inquietante, como un insecto monstruoso en reposo.
Tillinghast cerró la puerta, dejó la vela y se volvió hacia su amigo.
—Antes te burlabas de mí —dijo.
—No me burlaba de ti —replicó el narrador—. Solo temía que te hicieras daño.
—¿Temor? —Tillinghast soltó una risa seca—. Gente como tú solo sabe temer. Pero el miedo no empequeñece el universo. El universo ya está ahí.
Se acercó a la máquina y pasó los dedos por un interruptor como quien acaricia un instrumento querido.
Explicó que los hombres creen ver el mundo, pero en realidad viven encerrados en una rendija abierta por unos sentidos miserables. Si existiera un medio para estimular esa parte dormida del cerebro, surgiría una nueva facultad, o muchas. Entonces las paredes, el aire y la oscuridad dejarían de ser lo que parecían.
El narrador sintió un escalofrío cada vez mayor. Al hablar, Tillinghast no apartaba la vista de la máquina, como si en la habitación hubiera otra presencia. Añadió que ya lo había conseguido: el artefacto emitía una vibración capaz de despertar sentidos inusitados. Una vez en marcha, la habitación no cambiaría; cambiaría el hombre que la miraba.
—¿Qué quieres que vea? —preguntó el narrador.
Tillinghast volvió la cabeza y sonrió con una extrañeza helada.
—No se trata de ver algo —dijo—. Se trata de saber qué ha estado viéndote a ti todo este tiempo.
En el instante en que bajó el interruptor, la máquina vibró apenas y luego comenzó a emitir un zumbido fino y agudo.
No era fuerte, pero parecía meterse en los dientes y en los huesos. El aire se volvió denso; la llama de la vela se encogió hasta quedar en una lengua mínima y, poco a poco, una luz púrpura impropia comenzó a brotar de los rincones. No era la de una lámpara ni la de la luna, sino algo filtrado desde lo más hondo del aire, tiñendo la mesa, las sillas y el rostro de Tillinghast de una palidez fría.
El narrador quiso hablar, pero sintió la lengua rígida.
Lo primero que cambió fue la distancia. El ático no creció, aunque las paredes parecieron retroceder y el techo elevarse hasta perderse. La máquina seguía ante sus ojos, pero a su alrededor afloraban capas translúcidas, como si varias láminas invisibles se hubieran empañado de pronto. Esas capas se superponían, se deslizaban y atravesaban los muebles y los cuerpos.
Entonces las vio.
Unas tenían el aspecto de medusas, flotando lentamente en el aire con cuerpos blandos y brillantes, y filamentos finísimos en los bordes. Otras eran más pequeñas, como motas grisáceas que se perseguían y se desgarraban entre sí. Había también formas imposibles de distinguir, de las que solo se percibía el estremecimiento al pasar. No habían entrado por la puerta ni por la ventana. Estaban allí desde siempre; simplemente, ahora podían verse.
El narrador retrocedió un paso y golpeó una silla con la espalda. La silla cayó con un ruido sordo, pero aquellas cosas flotantes no se apartaron. Uno de los cuerpos translúcidos atravesó el respaldo caído como si la madera no significara nada para él. Otro pasó rozándole el hombro; el narrador sintió un frío súbito, como dedos húmedos sobre la piel, aunque nada lo tocó de verdad.
Tillinghast permanecía junto a la máquina, radiante de triunfo.
—Ya las has visto —dijo—. Ahora las has visto.
El narrador asintió apenas, con esfuerzo. Quiso pedirle que apagara el aparato, pero de su garganta solo salió un sonido ronco.
Tillinghast se exaltó aún más. Afirmó que esas criaturas se hallaban a todas horas alrededor de los hombres: cruzaban junto a la cama mientras dormían, atravesaban la mesa durante la comida, llenaban la habitación cuando alguien creía estar solo. Los humanos no podían verlas, y ellas tampoco veían necesariamente a los humanos. Pero la máquina había forzado una rendija entre ambos mundos.
Llegado ese punto, bajó la voz y en sus ojos apareció una luz más sombría.
—Mis sirvientes también las vieron.
El narrador lo miró de golpe.
La casa había estado demasiado silenciosa. No se oían pasos, ni voces, ni el trajín de quienes avivan el fuego o sirven el té. Solo entonces comprendió de verdad que, en toda la mansión, salvo ellos dos, parecía no quedar nadie vivo.
Tillinghast mostró una sonrisa que era casi una mueca.
—Se acercaron demasiado. Cuando la máquina estaba encendida, entraron aquí. Esas cosas los descubrieron.
No terminó la frase. Pero los contornos que se movían en el ático, a veces fusionándose, a veces separándose, bastaron para que el narrador entendiera lo que quería decir.
Por fin gritó:
—¡Apágala!
Tillinghast no se movió.
En medio de la luz violeta, su figura se había vuelto larga y torcida, como una sombra enferma. Miró a su amigo y, poco a poco, el orgullo de su rostro se transformó en odio.
—Antes me dijiste que estaba equivocado —dijo—. Dijiste que debía parar. Tú te creías sereno, moderado, sensato. Esta noche te he hecho venir no solo para que admitas que yo tenía razón.
El narrador tenía las palmas empapadas de sudor. Oía el zumbido de la máquina cada vez más fino y más agudo, como si un hilo invisible se tensara dentro de su cabeza. Las criaturas del aire se volvían ahora más nítidas; algunas empezaban a orientarse hacia ellos, y aunque carecían de ojos, el narrador sentía sobre sí una atención insoportable.
Tillinghast alzó lentamente la mano y señaló la parte alta de la habitación.
Allí se acercaba una sombra mayor.
No descendía del techo ni flotaba desde lejos; parecía surgir del perfil de otro espacio superpuesto. Sus bordes mudaban sin cesar: un instante semejaban carne blanda, al siguiente una membrana húmeda. Las cosas pequeñas se apartaban a su paso como peces ante un gran depredador.
El narrador sintió que se le erizaba el cuero cabelludo. Aquello se abatía cada vez más, y la luz púrpura resbalaba sobre su forma sin lograr revelarla por completo. Parecía haber por fin advertido que en la estancia había dos presas hasta entonces invisibles.
—Ahora —murmuró Tillinghast—, te ve.
Esa frase fue peor que un grito.
Por instinto, el narrador llevó la mano a su cinturón. Iba armado con una pistola, llevada solo para protegerse en la noche; al tocar la culata, sintió que se aferraba por fin a algo real. No disparó contra la sombra, pues ignoraba si las balas podrían herirla. Se volvió y apuntó a la máquina sobre la mesa.
Tillinghast se abalanzó sobre él, gritando para detenerlo.
El disparo resonó en el ático.
La primera bala rompió un tubo de vidrio junto a la máquina, y la luz violeta vaciló de pronto. La segunda golpeó un soporte metálico y lanzó chispas. Tras el tercer disparo, el aparato emitió un crujido agudo; el zumbido cesó de golpe, como una cuerda tensa que se corta.
La habitación quedó sumida en la oscuridad.
La vela volvió a ser la única luz. La mesa, las sillas, las paredes y el techo recuperaron sus lugares de antes. Las cosas flotantes desaparecieron y la gran sombra se borró. En el ático solo quedaron el olor a pólvora, los cristales rotos y el cuerpo de Tillinghast desplomado en el suelo.
Yacía con los ojos abiertos, el rostro aún cargado de furia y miedo. No había sido alcanzado por ninguna bala, pero estaba muerto. El corazón, sostenido hasta el límite por el delirio y el rencor, parecía haberse quebrado en el mismo instante en que la máquina fue destruida.
Más tarde llegaron los policías a la mansión.
Vieron el aparato destrozado, vieron muerto a Tillinghast y escucharon la declaración entrecortada del narrador. Naturalmente, nadie quiso creer una palabra semejante. Hablar de seres invisibles que se movían por la casa, de una máquina capaz de hacer visible el mundo superpuesto, o de sirvientes tal vez devorados por algo sin nombre, sonaba demasiado parecido a la divagación de un enfermo.
Pero los sirvientes habían desaparecido.
No había indicios de que se hubieran marchado por voluntad propia, ni rastros de equipaje, ni una sola pista que aclarara su destino. En cuanto a la máquina del ático, estaba reducida por las balas y las chispas a un montón de piezas retorcidas. Aunque alguien hubiera querido reconstruirla, habría sido casi imposible saber cómo la había hecho funcionar Tillinghast.
El narrador sobrevivió, pero desde entonces nunca volvió a mirar una habitación en silencio del mismo modo.
A veces, por la noche, cuando se apagaban las luces, recordaba la visión bajo la luz púrpura: sombras semejantes a medusas cruzando el aire, cuerpos menores devorándose entre sí, y algo mucho mayor aproximándose desde una profundidad invisible. Entonces contenía el aliento y fijaba la vista en los rincones oscuros, esperando de nuevo aquel roce frío sobre el hombro.
Sabía que la máquina había sido destruida. Pero también sabía que lo único que ella había hecho era romper por un momento la percepción humana, no las criaturas mismas.
Tal vez seguían allí.
Junto a la mesa, junto al lecho, en los lugares que el hombre no puede ver, avanzando en silencio.