
Mitos de Cthulhu
Bajo un antiguo montículo del suroeste estadounidense se oculta un reino subterráneo más antiguo que la historia humana. El explorador Zamacona entra en él y descubre habitantes dotados de conocimientos extraordinarios, pero desprovistos de humanidad; cuando intenta regresar a la superficie, los secretos del montículo lo siguen.
En una región desolada de Oklahoma, un modesto montículo indígena lleva generaciones inspirando temor. Se dice que, durante la noche, pueden oírse pasos alrededor de él sin que aparezca nadie. Años después, unos investigadores encuentran los manuscritos del explorador Panfilo de Zamacona y Núñez, y descubren que bajo el montículo se esconde un camino hacia el mundo subterráneo. A comienzos del siglo XX, Zamacona llega al lugar con cuerdas, lámparas y herramientas de excavación. Desciende por un pasadizo de piedra hasta alcanzar una inmensa caverna. Allí no hay sol, pero una suave luz rojiza ilumina ciudades, caminos y campos. Sus habitantes poseen conocimientos científicos muy superiores a los de la superficie, pueden alterar la forma de sus cuerpos, controlar la mente e incluso devolver el movimiento a los muertos. Los habitantes subterráneos consideran a Zamacona un salvaje procedente de la superficie. Le cuentan cómo sus antepasados huyeron bajo tierra y cómo, a lo largo de los siglos, construyeron ciudades y vencieron la enfermedad y la muerte. Sin embargo, aquella civilización, aunque brillante, carece de compasión. Trata a los humanos de la superficie como animales primitivos y se entrega a entretenimientos crueles y antiguos sacrificios; para ellos, incluso el cuerpo y el alma son materiales que pueden desmontarse y reconstruirse. Zamacona acaba comprendiendo que el reino subterráneo no es un paraíso perdido, sino una prisión revestida de civilización. Consigue escapar con sus anotaciones, pero en el último momento descubre que los habitantes ya lo vigilaban. Más tarde aparecen sus manuscritos y algunas de sus pertenencias, pero él jamás regresa a la superficie. El montículo continúa tendido en el páramo, silencioso, como si el camino que oculta nunca hubiera quedado realmente cerrado.
En el suroeste de Oklahoma se extiende una tierra vasta y seca. El viento corre entre la hierba baja y levanta nubes de polvo gris; a lo lejos, apenas se distinguen unos cuantos montículos bajos recortados contra el horizonte.
Uno de ellos es más alto y empinado que los demás. Los habitantes de la zona evitan acercarse. Los ancianos cuentan que, al pasar junto al montículo de noche, a veces se oyen leves golpes procedentes de debajo de la tierra. Algunos incluso han visto, bajo la luz de la luna, una sombra sin origen que cruza fugazmente su ladera.
Los forasteros no suelen creer esas historias.
Panfilo de Zamacona y Núñez era uno de ellos. Explorador aficionado a las ruinas antiguas, había recorrido desiertos, valles y minas abandonadas. Al enterarse de que bajo aquel montículo podían encontrarse las cámaras funerarias de una tribu antigua, llegó con sus herramientas decidido a averiguar la verdad.
Los lugareños le rogaron que no excavara.
—Ese no es un camino para los vivos —le advirtió un anciano.
Zamacona sonrió, enrolló la cuerda y revisó una vez más su lámpara. Creía que la supuesta maldición no era más que el miedo que despiertan las tumbas antiguas. A la mañana siguiente, con dos peones, abrió una entrada en el costado del montículo. Bajo la tierra aparecieron enseguida unas losas de piedra perfectamente alineadas. No parecían parte de una sepultura corriente, sino el cierre deliberado de un pasadizo.
Zamacona ordenó a los peones que levantaran las losas.
De la oscuridad brotó una corriente de aire frío con olor a tierra húmeda. En ella viajaba un sonido tenue, semejante a una voz que hablara en algún lugar muy lejano.
Los dos hombres retrocedieron de inmediato.
Zamacona, en cambio, encendió la lámpara, ató la cuerda a una columna de piedra y se introdujo solo en el pasadizo.
El corredor descendía sin interrupción. No había antorchas ni inscripciones en las paredes, y Zamacona solo podía iluminar los peldaños con su lámpara. Caminó durante largo rato. La entrada quedó atrás, tragada poco a poco por la oscuridad, y únicamente permaneció el eco de sus botas contra la piedra.
Más adelante, los escalones se transformaron en una rampa lisa.
A ambos lados aparecieron arcos y amplias habitaciones. En su interior había estantes de madera podrida y objetos metálicos imposibles de identificar. Cuando Zamacona tomó uno de ellos, la superficie emitió de pronto un débil resplandor, como si respondiera a su contacto.
Retiró la mano de inmediato.
Más adelante, el pasadizo terminaba ante un enorme muro de piedra. En él estaba grabado un símbolo extraño: varias líneas curvas rodeaban un cuerpo circular sin ojos. Zamacona empujó la pared y, contra toda lógica, la superficie perfectamente encajada se deslizó hacia un lado, dejando al descubierto un túnel mucho mayor.
Lo siguió hacia abajo hasta llegar a una caverna tan inmensa que ninguna construcción de la superficie podía servir para describirla.
El techo se perdía en las alturas, y los límites de la caverna parecían extenderse hasta el confín del mundo subterráneo. Una suave luz rojiza emanaba de las profundidades de la roca e iluminaba amplias avenidas, puentes de piedra y grupos enteros de edificios. A lo lejos se distinguían lagos, campos y torres elevadas.
Zamacona permaneció inmóvil en los peldaños durante un largo rato.
Había esperado encontrar una ciudad antigua y muerta. En su lugar, contemplaba un mundo que seguía funcionando.
Había gente recorriendo las calles. Sus cuerpos eran parecidos a los de los humanos de la superficie, pero sus rostros eran pálidos y rígidos. Al ver a Zamacona, no gritaron ni huyeron. Se detuvieron a observarlo en silencio, como quien contempla a una bestia que acaba de salir de una jaula.
Poco después, varios habitantes armados lo rodearon.
Zamacona levantó las manos para mostrar que no pretendía atacar. Un individuo vestido con una túnica de color rojo oscuro se acercó y le preguntó en una lengua áspera, aunque comprensible:
—¿De qué nivel vienes?
Zamacona respondió que procedía de la superficie.
Los otros intercambiaron una mirada y lo condujeron al interior de la ciudad.
Los habitantes de aquel reino llamaban a su hogar K'n-yan. Decían que sus antepasados habían llegado allí en un pasado remotísimo. En aquel tiempo, la superficie era un erial caótico; los humanos aún no habían levantado ciudades ni creado leyes o escritura. Los primeros pobladores descubrieron bajo tierra unas cavernas espaciosas y se refugiaron en ellas con sus familias y herramientas.
Construyeron caminos, cultivaron campos, domesticaron extraños animales subterráneos y, por último, erigieron ciudades.
El paso de los siglos no los había envejecido.
Dominaban técnicas capaces de modificar el cuerpo: podían endurecer la piel, volver flexibles los huesos, encoger o alargar su forma e incluso convertirse temporalmente en masas de carne sin contorno fijo. Para ellos, la enfermedad había dejado de ser una calamidad y la muerte ya no era inevitable.
Un habitante anciano mostró a Zamacona uno de sus laboratorios.
Sobre unas mesas de piedra blanca yacían varios cadáveres. Ninguno se había descompuesto. De pronto, uno abrió los ojos y se incorporó lentamente. Sus extremidades se movían con rigidez, como las de un títere manejado por hilos invisibles. El experimentador anotaba algo a un lado mientras los demás observaban con absoluta indiferencia.
Zamacona no pudo contenerse:
—¿Por qué tratáis así a los muertos?
—Porque podemos hacerlo —respondió el anciano—. Los hombres de la superficie llaman sacrilegio a todo lo que no comprenden. Nosotros hace mucho que dejamos de obedecer a esos temores.
Aquella respuesta inquietó a Zamacona.
Había supuesto que una civilización tan antigua sería más serena que la humanidad de la superficie. Pero los habitantes subterráneos solo se habían vuelto más inteligentes con el paso de los milenios; no se habían vuelto más bondadosos. Trataban la vida como una materia prima, el sufrimiento como un experimento y a las criaturas desconocidas como juguetes que podían someter a voluntad.
También veneraban a numerosas entidades antiguas.
En los templos de la ciudad se alzaban estatuas imposibles de identificar, mientras en los altares ardían llamas de color rojo oscuro. Durante sus ceremonias, los habitantes invocaban nombres procedentes de más allá de las estrellas y de las profundidades de la tierra, y ofrecían a aquellas entidades carne, sombras y recuerdos. Zamacona no comprendía todas las plegarias, pero reconoció algunas pronunciaciones semejantes a las de las leyendas de la superficie sobre dioses serpiente, dioses rana y la tierra negra.
Los habitantes subterráneos le dijeron que los humanos de la superficie eran descendientes abandonados de su propio pueblo.
En otro tiempo habían enviado emisarios a las tribus de arriba e incluso les habían transmitido ciertos conocimientos. Pero cada encuentro terminaba en desastre. Los hombres de la superficie eran demasiado frágiles, demasiado efímeros y demasiado propensos a convertir lo desconocido en una divinidad. Así, los habitantes subterráneos acabaron renunciando a la superficie y se limitaron a observar desde las sombras cómo la humanidad nacía, sobrevivía y desaparecía.
Mientras escuchaba, Zamacona sintió que el frío le crecía en el pecho.
En boca de aquellos seres, las guerras, el hambre y la muerte de la superficie no eran más que resultados interesantes de algún experimento. Hablaban de la destrucción de ciudades antiguas con la misma indiferencia con que se habla de una lluvia.
Zamacona fue instalado en una habitación sin ventanas. La puerta no tenía cerradura, pero siempre había alguien vigilando afuera. Pronto comprendió que los habitantes subterráneos no lo trataban como un huésped: esperaban hallar para él un destino más entretenido.
Intentó preguntar cómo regresar a la superficie, pero cada vez recibía una respuesta distinta.
Unos decían que el camino se había derrumbado.
Otros aseguraban que no valía la pena volver arriba.
Algunos se reían y le decían que la luz del sol le quemaría los ojos, y que debía quedarse allí como un «espécimen viviente» del mundo subterráneo.
Días después, lo llevaron a presenciar una ceremonia.
En el centro de la ciudad había una plaza circular gigantesca. Desde debajo de ella llegaba un sonido de respiración pesada. Los habitantes se alineaban alrededor de un pozo profundo, armados con lanzas y cuencos llenos de un líquido negro. Varios cautivos, semejantes a humanos de la superficie, fueron empujados hasta el borde. Se debatían aterrorizados, pero una fuerza invisible les mantenía los hombros inmóviles.
Zamacona intentó intervenir, pero los guardias lo derribaron.
Al caer, vio cómo un sacerdote levantaba las manos. El aire del centro de la plaza comenzó a ondularse, como el calor sobre la arena. La oscuridad del pozo se alzó y se convirtió en varios tentáculos delgados que envolvieron silenciosamente a los cautivos.
A su alrededor estallaron los vítores.
Entonces Zamacona comprendió que la llamada civilización de aquellos seres no había hecho más que refinar la crueldad. Ya no necesitaban cuchillos ni fuego: podían tocar directamente el cuerpo, los recuerdos e incluso el alma de una persona.
Al regresar a su habitación aquella noche, descubrió una pequeña piedra de la superficie en un rincón.
Era una de las que llevaba consigo cuando entró en el montículo.
Tenía tierra adherida, pero en ella había una marca reciente, semejante a la huella de un dedo que acabara de presionar desde dentro.
Zamacona comprendió que no podía seguir esperando.
Comenzó a fingir obediencia y preguntó a sus guardianes por los caminos, los alimentos y las fuentes de agua de la ciudad subterránea. En el laboratorio ayudaba a transportar instrumentos mientras memorizaba en secreto la dirección de cada corredor. Cerca del lugar de las ceremonias descubrió que los habitantes rara vez se aproximaban a un antiguo túnel abandonado.
El túnel conducía fuera de la ciudad.
Un habitante subterráneo muy joven le habló una vez, cuando nadie prestaba atención. Le dijo que el túnel llevaba a unas profundidades mayores y que allí había un camino «hacia arriba». No hablaba con compasión, sino con curiosidad por el mundo de la superficie.
—¿Es verdad que allí arriba hay un sol? —preguntó el niño.
—Sí —respondió Zamacona—. El sol ilumina el día y hace que la sombra siga a quien camina.
El niño guardó silencio durante un momento.
—Aquí no hay sombras.
Zamacona no olvidó aquellas palabras.
Días después, la ciudad celebró un gran festival. Todos los habitantes se congregaron cerca del templo, y hasta los guardias fueron llamados a otra parte. Aprovechando un momento en que la luz roja palidecía y volvía a intensificarse, Zamacona se introdujo en el túnel abandonado.
El pasadizo estaba lleno de agua estancada y piedras sueltas. No se atrevió a encender la lámpara y avanzó a tientas, pegado a la pared. Pronto oyó que lo perseguían. Los pasos eran regulares y lentos; no parecían los de personas corriendo, sino los de muchas cosas pesadas que se arrastraran juntas sobre el suelo.
Zamacona aceleró.
Más adelante encontró una escalinata que ascendía. Mientras subía, una voz grave resonó detrás de él. No había atravesado el aire: había aparecido directamente dentro de su mente.
—Quédate.
No se volvió.
Al final de la escalinata había una grieta estrecha por la que entraba una corriente de aire frío. Zamacona se abrió paso a través de ella, hundió los dedos en la tierra suelta y trepó desesperadamente. Detrás, unos dedos pálidos se introdujeron por la grieta y estuvieron a punto de agarrarle el tobillo.
Los apartó de una patada y siguió ascendiendo.
La tierra se desprendió y la grieta comenzó a cerrarse. Los dedos desaparecieron en la oscuridad, dejando solo varias marcas largas de uñas.
Zamacona consiguió regresar al interior del montículo.
Tenía la ropa empapada de barro y agua, la lámpara se había apagado y los brazos estaban cubiertos de rasguños. No se detuvo en la entrada: trepó inmediatamente por la cuerda. La luz del sol le obligó a cerrar los ojos, pero el viento de la mañana sobre el rostro le proporcionó, por primera vez, una sensación de seguridad.
Los dos peones que lo vieron estuvieron a punto de creer que había regresado de entre los muertos.
Zamacona no explicó lo que había presenciado. Solo les ordenó que sellaran de inmediato la entrada y enterraran de nuevo las losas que habían retirado. Después pasó varias semanas escribiendo cuanto recordaba: los caminos de la ciudad subterránea, las costumbres de sus habitantes y el horror de aquella ceremonia.
Pero no hizo públicos sus manuscritos.
Sabía que nadie creería en una ciudad oculta bajo un montículo, y mucho menos que sus habitantes siguieran observando la superficie a la espera de una nueva oportunidad. Incluso si alguien le creía, acudiría con más herramientas para volver a abrir la entrada.
Zamacona entregó los manuscritos a un conocido y le pidió que los conservara y los sacara a la luz después de su desaparición.
Poco después abandonó Oklahoma.
Desde entonces, nadie volvió a verlo.
Algunos dicen que murió en el desierto; otros, que se dirigió a un puerto del sur. También hay quien asegura que una noche regresó al montículo. Con el tiempo solo aparecieron algunas pertenencias dispersas y aquel manuscrito lleno de relatos terroríficos.
El montículo sigue alzándose sobre la pradera.
Durante el día parece apenas un montón de tierra reseca por el viento. Pero, al caer la noche, quien se acerque demasiado aún puede oír golpes lentos procedentes de las profundidades.
Uno tras otro, como si alguien buscara una salida.
O como si alguien esperara que los hombres de la superficie volvieran a abrir la puerta.