
Mitos de Cthulhu
Un hombre alejado de la tierra de sus antepasados vuelve, en Navidad, a la antigua ciudad costera de Kingsport para asistir a un festival secreto que se celebra una vez cada cien años. Al seguir a sus silenciosos parientes por una vieja casa, una iglesia y las profundidades subterráneas, descubre que aquel rito es más antiguo que la memoria humana y más terrible que cualquier leyenda familiar.
El hombre que vuelve a la tierra de sus antepasados, obedeciendo ese llamado, llega una noche de invierno a Kingsport, una ciudad que nunca ha visto despierto, pero que se le ha aparecido muchas veces en sueños. La nieve cubre el lugar con una blancura intacta; las calles son antiguas y el viento del mar sopla desde los muelles. Sin embargo, no hay allí el menor aliento de una fiesta común: todo permanece en silencio, como si puertas y ventanas aguardaran una misma ceremonia secreta. Encuentra la vieja casa de su familia y es recibido por un anciano que no habla, con un rostro semejante a una máscara de cera. Dentro hay una anciana que hila sin hacer ruido, muebles arcaicos y varios libros inquietantes, entre ellos el Necronomicón. Antes incluso de asistir al festival, ciertos pasajes sobre cavernas subterráneas y secretos de los muertos le hacen sentir un frío que no procede del invierno. Ya avanzada la noche, el anciano y la anciana se cubren con capas y lo conducen hasta una procesión de figuras enmascaradas que salen de las casas vecinas. Sin pronunciar palabra, atraviesan la ciudad antigua, entran en la iglesia situada en lo alto y descienden desde la cripta hacia las entrañas de la tierra. Una larga escalera de piedra los lleva al interior de la colina, donde arden llamas verdes y frías, corren ríos subterráneos, crecen hongos enormes y se conserva un recinto ritual más antiguo que la propia Kingsport. Durante la ceremonia, los asistentes veneran la columna de fuego y el Necronomicón, y luego montan unas abominables criaturas aladas para internarse sobre el río subterráneo. Él se niega a seguirlos. Entonces el anciano le muestra un reloj y un anillo enterrados con uno de sus antepasados para probar quién es. Cuando la máscara del viejo se desliza y cae, se arroja al agua negra para escapar. Más tarde despierta y le dicen que solo cayó al mar desde un acantilado; pero cuando lee en la Universidad Miskatonic los mismos horrores descritos en el Necronomicón, comprende que aquella noche no fue una ilusión.
En una noche de invierno, el narrador caminó solo hacia la vieja ciudad costera de Kingsport.
Era tiempo de Navidad, pero él sabía que el festival al que acudía era mucho más antiguo que la Navidad. Las tradiciones de sus antepasados lo habían llamado de regreso a aquel lugar: cada cierto largo intervalo, decían, los descendientes de la familia debían volver a la ciudad vieja para conservar secretos que no convenía olvidar.
Nunca había estado realmente en Kingsport, y aun así la había visto a menudo en sueños. Al franquear la cresta de la colina, la ciudad apareció ante él entre la penumbra y la nieve: agujas, veletas, casas viejas, muelles, cementerios y callejuelas empinadas que se enroscaban unas sobre otras junto al mar. El viento llegaba desde el océano, pero en las calles no había risas ni huellas. Las cortinas estaban corridas, las luces ocultas tras los cristales, como si toda la población aguardara una hora que ningún extraño debía presenciar.
Siguiendo el mapa, encontró la antigua casa de su familia. Era una construcción muy vieja, con el segundo piso sobresaliendo sobre la calle, el tejado agudo y una nieve extrañamente intacta ante la puerta.
Llamó con el aldabón de hierro, y la puerta se abrió sin ruido.
Quien le abrió fue un anciano vestido con una larga túnica y zapatillas. Parecía incapaz de hablar, y le dio la bienvenida escribiendo sobre una tablilla encerada. Su rostro tenía una serenidad casi rígida; cuanto más lo miraba el narrador, más inquietud le causaba, hasta que acabó por sentir que aquello no era un rostro, sino una máscara de cera trabajada con habilidad extrema.
El interior de la casa era bajo y húmedo, con vigas desnudas y muebles muy antiguos. Una anciana estaba sentada de espaldas junto a una rueca, hilando en silencio incluso en aquella noche festiva. No ardía fuego alguno en la chimenea, pero la habitación guardaba numerosos libros viejos. El narrador se sentó a hojearlos y descubrió entre ellos tratados de brujería y demonios. El más temible era la traducción latina del Necronomicón, obra de Abdul Alhazred.
Al llegar a cierto pasaje, sintió un frío que le recorrió todo el cuerpo. Las alusiones del libro al inframundo y a los secretos de los muertos casi le hicieron olvidar dónde se encontraba.
A las once, el anciano regresó con dos capas provistas de capucha. Puso una sobre sus propios hombros y la otra sobre los de la anciana. Luego condujeron al narrador fuera de la casa, hacia unas calles donde no alcanzaba la luz de la luna.
Entonces pareció que todas las puertas de Kingsport se abrían a la vez.
De las casas antiguas salieron figuras encapuchadas, sin voz, que se fueron uniendo en filas por las callejuelas estrechas. No hablaban, y sus pasos eran de una ligereza anormal. Solo llevaban lámparas y avanzaban hacia la iglesia blanca situada en la parte alta del centro de la ciudad.
El narrador iba al final de la comitiva. Cruzó adrede el umbral de la iglesia en último lugar y volvió la cabeza para mirar la nieve de fuera. En aquel instante vio que no había huellas ante la puerta; ni siquiera las suyas.
Dentro de la iglesia reinaba una luz débil. La procesión ya descendía por la entrada de la cripta, frente al púlpito. Él siguió al anciano y a la anciana hasta las tumbas, y desde allí bajó aún más por una abertura situada bajo un sepulcro antiguo. La escalera de piedra giraba hacia abajo, húmeda y estrecha; los muros exhalaban olor a corrupción. Cuanto más descendían, menos parecía aquel pasaje una obra humana, y más una herida abierta en la roca misma de la colina.
Al fin, delante de ellos apareció un resplandor verdoso y enfermizo, acompañado por el rumor de aguas subterráneas.
Llegaron a una inmensa cavidad bajo la tierra.
Allí había orillas cubiertas de formas semejantes a hongos, un río negro de brillo aceitoso y una columna de llamas verdes que brotaba de las profundidades. Aquel fuego no daba calor, ni proyectaba sombras como una llama normal. Los encapuchados formaron un semicírculo a su alrededor, mientras el anciano alzaba el Necronomicón y ejecutaba movimientos rituales, rígidos y precisos.
El narrador se arrodilló con los demás, porque era un descendiente convocado por sus antepasados. Pero el miedo crecía en su interior.
Desde la oscuridad llegó una música de flautas, fina y débil. Cuando la melodía cambió, algo comenzó a batir las alas en la distancia y se acercó. Era una bandada de criaturas aladas y domesticadas, que no se parecían a pájaros, ni a murciélagos, ni a seres humanos; criaturas que despertaban en quien las veía el impulso instintivo de olvidar. Uno tras otro, los participantes del rito montaron sobre ellas y volaron río adentro, hacia una negrura todavía más profunda.
El anciano indicó al narrador que también subiera. Luego escribió en la tablilla encerada que él era el representante de los antepasados en aquella ceremonia, y que el narrador debía cumplir la parte más secreta del rito. Para probar su identidad, sacó un anillo familiar y un reloj.
Aquella prueba resultó aún más espantosa. El narrador recordaba bien que ese reloj había sido enterrado en el siglo XVII junto a uno de sus antepasados.
El narrador siguió negándose a avanzar.
El anciano se agitó con ansiedad, y de pronto sus movimientos se hicieron más rápidos. En el instante en que se volvió para detener a una de las criaturas aladas que estaba a punto de partir, la máscara de cera se deslizó bajo la capucha y cayó.
El narrador no esperó a ver con claridad qué había detrás de ella. El camino a sus espaldas estaba bloqueado, y delante solo quedaba el río subterráneo, negro como la noche. Así que lanzó un grito y se arrojó a aquellas aguas heladas, viscosas, que corrían hacia las cavernas marinas.
Despertó en un hospital.
Los médicos le dijeron que lo habían encontrado al amanecer en el puerto de Kingsport, helado, inconsciente y aferrado a un trozo de madera flotante. Creían que la noche anterior se había equivocado de camino en la montaña y había caído al mar desde los acantilados de Orange Point, pues habían hallado algunas huellas en la nieve. Fuera de la ventana sonaban tranvías y automóviles, y los tejados de la Kingsport moderna se extendían bajo la luz del día, muy distintos de la ciudad antigua por la que él había caminado durante la noche.
Después lo trasladaron al hospital de Santa María, en Arkham. Los médicos pensaban que sufría delirios, e incluso le consiguieron un ejemplar del Necronomicón conservado en la Universidad Miskatonic. Al leer de nuevo aquel capítulo, comprendió que el horror visto bajo tierra no había nacido de una fantasía sin raíz.
El libro decía que las cavernas más profundas no son lugares que el ojo humano deba explorar; allí, los pensamientos muertos reciben cuerpos extraños, y ciertas cosas que deberían arrastrarse aprenden también a caminar.
Desde entonces, no pudo volver a considerar aquella noche como un simple sueño provocado por su caída al mar. Las calles de Kingsport quizá parezcan tranquilas a la luz del día, pero en las profundidades más antiguas, bajo la ciudad, el festival de los antepasados sigue aguardando en silencio a que su representante atraviese el fuego frío y tome el camino que le corresponde.