
Mitos de Cthulhu
En un museo de Boston, una extraña momia procedente de una isla remota del Pacífico despierta la curiosidad de devotos secretos. Al seguir la pista del rollo que lleva sobre el pecho, el director descubre que aquel cuerpo reseco perteneció en otro tiempo a un sacerdote de la antiquísima Mu, y que no estaba muerto, sino sumido en un silencio de incontables edades.
En un museo de Boston se exhibe una extraña momia llegada de una isla perdida del Pacífico. Su aspecto inquietante atrae a ciertos adoradores clandestinos, y pronto el director comprende que no se trata de un resto cualquiera, sobre todo por el extraño rollo que guarda sobre el pecho. Al investigar ese cilindro y el origen del cuerpo, el director acaba descubriendo que la momia perteneció a un sacerdote de la remota tierra de Mu. A medida que avanza la pesquisa, la condición de aquel ser, callado durante edades incontables, adquiere otro sentido: no era un simple cadáver, sino una presencia horrenda que había perseverado a lo largo de los siglos.
En el Museo Arqueológico Cabot de Boston hubo una vez una pieza de procedencia imposible de explicar.
Era una momia.
No se parecía a los cuerpos envueltos en lino de las tumbas egipcias ni a los restos secados de forma natural en una cueva sudamericana. Su cuerpo estaba curvado de manera extraña, como si en el último instante se hubiese encogido con violencia hacia atrás; los brazos, pegados al pecho, dejaban los dedos retorcidos en forma de garras rígidas; y en el rostro no había la calma de los muertos, sino una expresión de espanto fijada para siempre. Lo más inquietante para los empleados del museo era que, si uno permanecía demasiado tiempo ante la vitrina, tenía la impresión de que aquel semblante seco no estaba vacío. Parecía seguir observando la sala, las luces y a los visitantes que se inclinaban para mirar mejor.
Esa momia había sido hallada por azar en el Pacífico. Años atrás, una isla desolada volvió a llamar la atención de unos exploradores: allí había muros derruidos, escalones desgastados por la sal y unos grabados que no se parecían a los de ningún pueblo conocido. En lo más hondo de las ruinas encontraron aquel cuerpo; no yacía en un ataúd, sino sentado en una cámara de piedra, como si vigilara un antiguo cilindro que llevaba apretado contra el pecho. Más tarde, el hallazgo viajó en barco a Estados Unidos, cambió de manos varias veces y terminó en el Museo Cabot.
Al principio, la institución lo exhibió como una rareza antropológica. Pero pronto comenzaron los problemas.
Alguien murmuraba palabras desconocidas ante la vitrina; otros volvían día tras día y permanecían inmóviles, fijando la vista en el cilindro sujeto al pecho de la momia; incluso llegaron cartas al director pidiendo que la exhibición cesara de inmediato, porque aquel cuerpo no debía mostrarse al público. Las cartas no iban firmadas con nombres reales, pero en el papel aparecían signos negros y gruesos, semejantes a ojos o a una boca abierta desde lo alto de una montaña.
El doctor Richard H. Johnson, director del museo, no daba crédito a esos rumores. Había visto demasiados embaucadores que se servían de los objetos antiguos para inventar historias de miedo. Pero esta vez, cuanto más averiguaba, mayor era su inquietud.
Johnson decidió empezar por el cilindro.
La momia tenía los brazos cerrados con tanta fuerza sobre el pecho que parecía aferrarse a algo en el instante de morir. Los empleados pasaron grandes apuros antes de extraer el cilindro sin dañar el cuerpo. Su exterior era de metal ennegrecido, cubierto de finas incisiones; dentro guardaba un rollo de material antiguo, delgado y resistente, escrito con caracteres extraños.
Nadie en el museo podía leerlo al principio. Aquellos signos no se parecían ni a los jeroglíficos egipcios, ni a la escritura maya, ni a ningún sistema antiguo de Asia. Johnson envió copias a varios especialistas y recibió respuestas prudentes, ambiguas. Solo un estudioso de las tradiciones del Pacífico fue más directo: aquello podía estar relacionado con la legendaria tierra de Mu.
Mu era, en muchas historias extrañas, un continente antiquísimo hundido ya bajo el océano. Se decía que allí hubo ciudades inmensas, escalinatas que subían hacia templos perdidos en la niebla, y sacerdotes que encendían braseros en las cumbres para ofrecer sacrificios a seres que no eran humanos. Los académicos serios consideraban todo eso fantasía; sin embargo, las palabras del rollo tenían el tacto helado de una mano que arrastraba la fantasía hasta el mundo real.
Con la ayuda de algunas concordancias incompletas y viejas notas, Johnson logró al fin reconstruir el sentido general del texto.
El rollo hablaba de un sacerdote llamado Tyog.
Vivió en los tiempos remotísimos de Mu, cuando las ciudades humanas se dispersaban entre montañas y valles, y en el monte Yaddith-Gho se alzaba la presencia terrible de Ghatanothoa.
Ghatanothoa no era una deidad ordinaria ni un monstruo salido de la imaginación humana. La tradición afirmaba que cualquiera que contemplara su verdadero aspecto quedaba de inmediato endurecido, con la carne seca y rígida, como si se volviera una mezcla de piedra y cuero; pero la conciencia de la víctima no se extinguía. No podía hablar, ni moverse, ni cerrar los ojos, y aun así seguía existiendo, lúcida, en la oscuridad, año tras año, mientras el mundo cambiaba a su alrededor.
Por eso la gente de Mu temía aquella montaña. Las ciudades entregaban ofrendas con regularidad, y los sacerdotes recitaban plegarias antiquísimas, solo para que la entidad de la cumbre no volviera su atención hacia ellos.
Tyog, sin embargo, no quería vivir así.
Tyog servía en otro culto antiguo. Había leído muchos textos secretos y escuchado a los ancianos hablar de edades aún más remotas. Creía que Ghatanothoa no era invencible; si subía al monte Yaddith-Gho con los amuletos y conjuros adecuados, quizá podría mirarlo de frente y librar a Mu de aquel terror interminable.
En cuanto la idea se hizo pública, la ciudad quedó conmocionada y después presa del pánico.
El pueblo temía que fracasara. Si ofendía a la entidad de la montaña, el castigo no recaería solo sobre él. Otros sacerdotes, en cambio, temían que triunfara. Su poder y su riqueza dependían del miedo de la gente a Ghatanothoa. Mientras siguieran subiendo ofrendas y las generaciones continuaran inclinando la cabeza, ellos conservarían el dominio junto al altar.
Tyog no cedió. Preparó un rollo de conjuros que, según se decía, había sido obtenido de un dios más antiguo como protección. En el pergamino se leían fórmulas destinadas a velar la mirada y resistir el horror del ojo que petrifica. Lo guardó en un cilindro y lo llevó junto al pecho, aguardando el día de la ascensión.
Pero, justo antes de partir, alguien intervino.
Los sacerdotes que se oponían a él se colaron de noche y sustituyeron el auténtico rollo protector por otro inútil, lleno de palabras sin poder. El texto falso parecía tan antiguo y tan minucioso como el verdadero, pero no podía salvar a nadie. Tyog no lo supo. Se puso las vestiduras rituales, tomó el cilindro y dejó la ciudad en solitario, avanzando hacia el monte Yaddith-Gho.
El camino era largo. Las escaleras de piedra se abrían paso entre riscos negros y, cuanto más se ascendía, más se apagaba el viento, como si algo enorme respirara entre las nubes. A lo lejos, la ciudad se hacía cada vez más pequeña; sus azoteas y braseros se hundían en la bruma. Cuando Tyog alcanzó el templo de la cumbre, tal vez todavía creía llevar consigo la última esperanza.
Entonces vio a Ghatanothoa.
Nadie puede relatar de verdad aquel instante. El rollo solo conserva el resultado: el cuerpo de Tyog se secó de golpe, quedando inmóvil en una mueca de terror. No cayó, ni murió del todo. Su carne se volvió una corteza dura, y sus ojos perdieron el fulgor humano, pero su conciencia quedó atrapada dentro.
En la montaña no hubo gritos de victoria. Solo un cuerpo incapaz de moverse, de hablar o de terminar su tormento, engullido por la oscuridad de la antigüedad.
Pasaron incontables edades.
Las ciudades de Mu se derrumbaron, los altares se quebraron, el mar se tragó las llanuras y las cumbres quedaron como islas solitarias. Los nombres de Tyog fueron olvidados; también desaparecieron los reinos que temían a Ghatanothoa. Pero aquel cuerpo siguió allí. Guardó silencio entre las ruinas, entre los vientos salados y a través de terremotos y mareas innumerables, hasta que unos exploradores modernos abrieron la cámara de piedra y se lo llevaron como una reliquia.
Así fue como Tyog llegó a Boston.
De día, los niños lo miraban detrás del cristal; las señoras apartaban el rostro con disgusto; los periodistas lo describían como una curiosidad del museo. Por la noche, cuando se apagaban las luces de la sala y solo el resplandor de la calle caía sobre la vitrina, nadie sabía si dentro de ese cuerpo seco seguía encerrada la conciencia de un sacerdote remoto, oyendo alejarse los pasos sobre el suelo, el ruido de las cerraduras y el tráfico que pasaba fuera.
Cuando Johnson comprendió el rollo, también entendió por qué aparecían aquellos visitantes secretos.
No eran simples curiosos. Conocían el nombre de Ghatanothoa, las viejas leyendas de Mu y el cilindro que Tyog había llevado sobre el pecho. Para ellos, aquella momia no era una pieza de exposición, sino una reliquia, una prueba terrible conservada desde la antigüedad.
En 1932, los sucesos extraños alrededor de la momia se multiplicaron. Hubo gente merodeando por el museo; otros intentaron sobornar a los empleados; incluso hubo desconocidos que preguntaban por los turnos nocturnos de los guardias. Johnson reforzó la vigilancia, pero no imaginó que lo peor llegaría con tanta brusquedad.
La noche del 1 de diciembre, dos hombres se colaron en el museo.
Evadieron la entrada principal y entraron por una ventana trasera, armados con herramientas y luces opacas. La sala estaba helada, y cada paso resonaba con nitidez sobre el mármol. No fueron a por monedas, vasijas ni otras piezas fáciles de vender: se dirigieron de inmediato hacia la momia.
La vitrina fue forzada.
Uno de ellos sabía exactamente lo que buscaba. Revolvieron los objetos expuestos junto al cuerpo, tratando de hacerse con el cilindro y con cualquier registro relacionado con él. Tal vez también pensaban llevarse el cadáver entero para presentarlo ante algún altar secreto. Pero cuando se acercaron al rostro reseco, algo cambió.
A la mañana siguiente, los empleados hallaron la sala destrozada. Uno de los intrusos yacía en el suelo con una expresión de terror absoluto, como si hubiera visto algo que ningún ser humano debía contemplar. El estado del otro fue aún peor; los informes oficiales se volvieron vagos y casi se negaron a describirlo. Su cuerpo presentaba una transformación semejante a la de la propia momia, como si en el espacio de una sola noche una fuerza invisible le hubiera arrancado la vida y la humedad, dejando solo una cáscara rígida, torcida e incapaz de reposar en paz.
Cuando Johnson llegó, vio los cristales rotos, las herramientas esparcidas y la momia todavía en la misma postura. Entonces comprendió que Tyog no había traído solo una leyenda. Tal vez la desgracia de Ghatanothoa no terminó con el hundimiento de Mu. Su sombra seguía adherida a ciertos objetos, a ciertas palabras, a ciertas cosas que, una vez vistas, no podían desverse.
El museo selló pronto la información. Los periódicos recibieron una versión mutilada: se hablaba de unos ladrones y de una muerte extraña. Después, la momia fue retirada de la sala y nunca volvió a exponerse. La institución afirmó que el ejemplar se había deteriorado y que ya no era apto para mostrarse, pero Johnson sabía que la verdadera razón no era esa.
Aquello estaba demasiado bien conservado.
Demasiado bien para ser otra cosa que un castigo venido de muy lejos.
Con el tiempo, el Museo Cabot recuperó la calma. Los visitantes regresaron para ver vasijas, hachas de piedra e inscripciones. Casi nadie volvió a mencionar a la momia; y si alguien preguntaba, los empleados respondían que ya había sido guardada en depósito y que no se podía visitar.
Johnson encerró los documentos relacionados con el caso. No entregó toda la verdad a la prensa ni quiso hablar de Mu, del monte Yaddith-Gho o de Ghatanothoa en sus conferencias públicas. Había visto aquel cuerpo, había leído el rollo y había presenciado el destino de los intrusos. Para él, cierto saber no vuelve a nadie más valiente: solo lo conduce hasta la vitrina, hasta ese rostro seco, y le obliga a mirarlo otra vez.
Y una sola mirada podía bastar para empezar la desgracia.
Desde entonces, el museo perdió una pieza, pero ganó una historia que nadie quería contar del todo. Se decía que el antiguo Tyog nunca murió por completo; se decía que el viejo continente hundido seguía agitándose en sueños; se decía también que algunos nombres sepultados, si vuelven a pronunciarse, pueden atravesar los eones y regresar a las ciudades modernas, bajo sus luces encendidas.