
Mitos de Cthulhu
Un etnólogo llega a Oklahoma tras las huellas de las leyendas de Yig, el dios serpiente, y acaba oyendo en un manicomio el relato de una antigua desgracia. Una familia de pioneros, arrastrada por el miedo y un homicidio accidental, cae bajo la sombra de la maldición, y al final sólo quedan una superviviente enloquecida y una descendencia imposible de explicar.
Un etnólogo viaja a Oklahoma para investigar las tradiciones locales sobre Yig, el dios serpiente, y termina en el hospital psiquiátrico de Guthrie, donde le hablan de un caso ocurrido años atrás. Allí escucha la historia de una familia de pioneros consumida por el pánico a las serpientes y por el temor a la venganza de Yig; un accidente mortal los llevó a creer que habían desatado sobre sí la maldición del dios. A partir de ese miedo, todo derivó en una tragedia irreparable. La familia quedó destruida por completo, entre la superstición, la culpa y un desastre real que nadie supo contener. Lo único que sobrevivió fue la mujer, ya perdida para la razón, y un hijo de aspecto tan inquietante que parecía desafiar toda explicación natural, la prueba más terrible que el investigador encontró al seguir la pista de Yig.
En 1925, un estudioso de las tradiciones de los pueblos indígenas de América llegó a Oklahoma. Al principio sólo quería reunir algunas historias sobre serpientes, sobre todo acerca de Yig, el dios serpiente del que hablaban los habitantes de la región. Pero pronto comprendió que aquel nombre no era una simple leyenda de frontera que pudiera mencionarse a la ligera.
Los obreros del petróleo recién llegados no sabían nada; los granjeros jóvenes sólo encogían los hombros. En cambio, algunos pioneros de edad avanzada y ciertos indígenas callaban de golpe al oír “Yig”, y el semblante se les ensombrecía. No querían hablar de él después del anochecer, ni cerca de la hierba alta, de los montículos de piedras o de las orillas de los ríos.
Por fin alguien le dijo en voz baja al estudioso: “Si de verdad quiere saberlo, vaya al hospital de Guthrie. El doctor McNeil le enseñará algo”.
Y él fue.
El hospital se alzaba a las afueras de la ciudad, con los muros blancos endurecidos por el sol y las ventanas protegidas por rejas de hierro. El doctor McNeil ya no era joven; hablaba con cautela, como si en cada frase esquivara algo que prefería no despertar. Cuando oyó el motivo de la visita, no empezó por la leyenda. Antes quiso saber si el estudioso estaba seguro de querer ver aquello.
—Muchos escuchan la historia y la toman por un desvarío de los tiempos de la frontera —dijo el médico—. Pero yo la he atendido aquí. Y también a la criatura que dejó.
Lo condujo por un pasillo largo. Detrás de las puertas llegaban murmullos de pacientes, risas y llantos; el aire olía a medicinas y a madera húmeda. Al final se detuvieron ante una habitación de aislamiento. Dentro había una mujer muy anciana, de cabello gris, con unos ojos que seguían pareciendo perseguidos por algo. Se recogía en un rincón de la cama, con los labios temblorosos, como si en cualquier momento fuera a oír de nuevo el roce de una serpiente entre la hierba.
Era Audrey Davis.
El doctor McNeil explicó que todo empezaba muchos años atrás, en la época del gran avance de los colonos.
Entonces Oklahoma no era tan bulliciosa como ahora. La pradera se extendía hasta perderse de vista, y el viento barría la hierba alta como si en ella se deslizara una multitud invisible. Los pioneros llegaban en carretas, con cajas de madera, ollas de hierro, rifles, hachas y unos pocos muebles, para tomar tierras, levantar casas y empezar a labrar el campo.
Walter Davis y su esposa Audrey estaban entre ellos. Walter era un hombre fuerte y trabajador, poco dado a las palabras. Sabía reparar ruedas, clavar tablones y orientarse en la llanura. Audrey era joven y de salud firme, aunque llevaba dentro un miedo que los demás no comprendían: temía a las serpientes con tal intensidad que bastaba con oír frotarse una hoja para quedarse rígida.
Al avanzar hacia el oeste, habían pasado por aldeas indígenas y escuchado varias advertencias. Les dijeron que no todas las serpientes debían ser matadas, y que en aquellas tierras tenían un padre, Yig. Yig era a medias hombre y a medias serpiente, padre de todas las serpientes. Mientras nadie las dañara sin motivo, no habría nada que temer; pero si alguien las mataba por diversión o destruía sus nidos, Yig lo recordaría.
Walter escuchó aquello como quien oye una antigua costumbre local. No se burló, pero tampoco le dio demasiada importancia. La vida en la frontera estaba llena de preocupaciones más urgentes: el agua, la comida, el ganado, los lobos en la noche, el tiempo que cambiaba de pronto. Las serpientes eran peligrosas, sí, pero a los peligros se les respondía con un rifle o con un palo.
Audrey, en cambio, tomó muy en serio aquellas palabras. No sólo temía a las serpientes; también temía a Yig. Le parecía que bajo la hierba había ojos invisibles, que en las zanjas secas se retorcían sombras, y que hasta el canto de los insectos, de noche, sonaba como una advertencia en miniatura.
Por fin se instalaron en una explanada abierta. Walter cortó madera, levantó postes y construyó una choza bastarda y tosca. El techo estaba mal hecho y cuando llovía se filtraba el agua; la puerta no cerraba bien y el viento entraba por las rendijas. Pero para dos pioneros agotados, aquello ya era un hogar.
Audrey colocó las ollas, tendió las mantas y ordenó los sacos de grano. Estaba encinta, y sus movimientos eran más lentos que antes. Walter la tranquilizaba diciendo que, cuando la tierra estuviera labrada y el maíz creciera y tuvieran ganado, vivirían por fin en paz.
Pero aquella pradera nunca estuvo realmente en paz.
Cuando el otoño estaba cerca, seguía haciendo calor. Un día, mientras Audrey llevaba leña fuera de la casa, vio deslizarse una serpiente junto a la pila de madera. Gritó y la leña se le cayó de las manos. Walter corrió, la golpeó con un palo y luego arrojó el cuerpo lejos.
El rostro de Audrey quedó blanco como la tela. Le preguntó a su marido:
—¿Y si va a decírselo a Yig?
Walter quiso reír, pero se contuvo.
—No es más que una serpiente. No le contará nada a nadie.
Sin embargo, aquello no terminó ahí. Pocos días después encontraron más señales de serpientes junto a la casa: huellas sinuosas en la tierra, mudas de piel colgadas en las raíces de la hierba. Walter, preocupado por el miedo de su esposa y también por la posibilidad de que alguna entrara en la vivienda, empezó a limpiar los alrededores, apartando piedras, cortando la maleza y tapando las madrigueras donde pudieran ocultarse.
Una vez descubrió un nido de serpientes.
Estaba bajo un montón de madera podrida y piedras. Las crías huían despavoridas, y sus cuerpos delgados parecían cordeles vivos de hierba. Audrey las vio desde lejos y casi perdió el equilibrio. Walter tomó la pala y el palo, y las fue matando una a una, destruyendo luego el nido.
El viento llegó desde la pradera, trayendo polvo en el calor. Audrey permanecía en la puerta oyendo los golpes sordos, y en vez de sentirse aliviada se fue llenando de un miedo cada vez más profundo. Recordó la advertencia de los indígenas: Yig no perdonaba a quien mataba serpientes sin necesidad, y menos aún a quien destruía sus nidos.
Desde entonces durmió cada vez menos. Por la noche, a menudo se incorporaba de pronto y sujetaba el brazo de Walter, diciendo que había oído un cascabeleo. Él encendía la lámpara y miraba: junto a la pared sólo había cajas de madera, sacos de grano y sombras. Pero Audrey insistía en que el sonido seguía cerca, como semillas secas agitándose en una calabaza.
Walter empezó a impacientarse. De día trabajaba hasta el agotamiento y de noche tenía que levantarse una y otra vez. Le dijo a su esposa que el miedo hace oír cosas que no existen. Ella no discutió; sólo dejó un hacha junto a la cama, al alcance de la mano.
—Si vienen, no pienso quedarme desarmada —dijo.
Walter la miró y no volvió a quitarle el hacha.
Aquel año, hacia la víspera de Halloween, las noches de la pradera se volvieron frías. Durante el día aún brillaba el sol, pero al caer la noche parecía que alguien soltaba el hielo desde el subsuelo. La hierba alrededor de la choza se doblaba bajo el viento, y el techo crujía de vez en cuando.
Aquella noche Walter tardó en dormirse. Comprobó el cerrojo y miró la esquina de las paredes, convencido de que no había ninguna serpiente dentro. Audrey estaba acostada, con los ojos muy abiertos. Cuando la lámpara de aceite se apagó, sólo quedó el resplandor rojizo de las brasas.
A medianoche oyó un sonido.
Primero fue un roce leve, como de hierba seca pisada. Luego llegó un siseo más claro. Audrey contuvo el aliento y fue llevando la mano hacia el hacha que estaba al borde de la cama. Quiso despertar a Walter, pero descubrió que el hombre a su lado no se movía.
Entonces el sonido se volvió el que más temía: un rumor pequeño y rápido, como si los anillos del cascabel temblaran en la oscuridad.
Audrey se incorporó de golpe. La luz roja de las brasas apenas dibujaba la habitación, y sólo dejaba ver una masa confusa junto a la cama. Aquella sombra parecía levantarse desde el suelo o avanzar hacia ella. Percibió un olor húmedo y ácido; en su cabeza sólo quedó una idea: Yig había venido, las serpientes habían llegado para vengarse.
Agarró el hacha y gritó mientras descargaba el golpe.
Una vez, dos, tres.
En la habitación resonaron golpes sordos y su propio llanto. No supo qué había alcanzado; sólo entendió que algo caía en la oscuridad y algo seguía convulsionándose. Cuando por fin se detuvo, tenía los brazos entumecidos y el mango del hacha tan resbaladizo que apenas podía sujetarlo.
Los colonos vecinos oyeron los gritos y acudieron con lámparas, derribando la puerta de una patada. Vieron a Audrey de pie junto a la cama, con el cabello deshecho y la ropa empapada en sangre. En el suelo yacía Walter Davis.
No lo habían arrastrado las serpientes ni se había vuelto una de ellas. Había muerto bajo el hacha de su esposa.
Algunos dijeron que en su cuerpo había señales de una mordedura de serpiente; otros afirmaron que aquello sólo había sido una confusión en medio del caos. Pero fuera cual fuera la verdad, Audrey ya no escuchaba a nadie. Se encogió en un rincón y repitió una y otra vez lo mismo:
—Han venido. Yig ha venido.
Después del entierro de Walter, se llevaron a Audrey. A ratos estaba en silencio, a ratos gritaba. Le aterraban las cuerdas, los látigos, las raíces partidas y hasta las huellas curvadas que dejaban las botas en el barro. Y el niño que llevaba en el vientre se convirtió en algo de lo que nadie quería hablar.
Luego nació el niño.
Cuando el doctor McNeil llegó a ese punto, su voz se volvió más baja. No explicó todos los detalles, sólo dijo que no tenía el aspecto que tendría un bebé normal. Quienes asistieron al parto se asustaron de verdad; unos rezaron en voz alta, otros huyeron afuera a vomitar. El niño presentaba una deformidad espantosa, como si en la carne humana se hubiera mezclado una traza de serpiente.
Nadie se atrevió a hablar de ello en público. En aquellos años de frontera había demasiadas muertes y demasiadas locuras; muchos secretos quedaban enterrados con prisa. Pero este no quedó del todo bajo tierra. Permaneció en el hospital de Guthrie, en los expedientes del doctor McNeil y en las voces bajas de los viejos.
El estudioso escuchó la historia y creyó haber entendido por qué la gente de allí temía a Yig. Tal vez no fuera más que una cadena de desgracias: la dureza de la vida pionera, el miedo de Audrey a las serpientes, la casualidad tras destruir el nido, el homicidio cometido en la oscuridad y el nacimiento de un hijo deforme. Cada episodio podía explicarse con razones ordinarias.
Pero al final el doctor McNeil lo llevó a ver el “resto” de aquella historia.
Tras la puerta y las rejas, el estudioso vio algo vivo. Lo custodiaban con extremo cuidado, para que ningún otro paciente pudiera acercarse. Aquella criatura conservaba algo humano, pero estaba muy lejos de ser una persona completa. Sus movimientos, su piel y la forma de su cabeza recordaban a una serpiente encogida entre las piedras.
El estudioso se quedó allí, con la garganta cerrada. Pensó en la pradera, en el nido de serpientes, en el hacha de aquella noche, y recordó también lo que había dicho la gente del lugar: Yig no siempre se venga de inmediato; a veces deja vivir a la gente para que el miedo siga arrastrándose por la sangre.
Cuando salió del hospital, ya no pudo mirar a las serpientes como antes. Si algo se movía entre la hierba, se detenía; si veía una huella sinuosa en el camino, la esquivaba. La razón le decía que todo aquello no era más que una vieja historia de la frontera y una tragedia monstruosa en un asilo. Pero otra voz, en el fondo de su mente, le repetía que en ciertos lugares la gente no pronuncia el nombre de Yig sin motivo.
Audrey Davis seguía en aquella habitación. Había envejecido, había perdido la razón, pero aún recordaba aquella noche. Cada vez que el viento hacía crujir la hierba seca bajo la ventana, se abrazaba a sí misma como hacía muchos años, esperando que aquel leve rumor volviera a acercarse.