
Mitos de Cthulhu
Más allá del rio Skai, en Ulthar, vivía una vieja pareja que se dedicaba a matar gatos del pueblo. Un día llegó una caravana con un huérfano que había perdido a su pequeño gato negro; tras implorar bajo el cielo nocturno, todos los gatos de Ulthar desaparecieron hasta la casa de los viejos, y al amanecer quedó para siempre promulgada la ley de que ningún gato podría ser muerto allí.
Más allá del rio Skai, en Ulthar, vivía en una vieja casa a las afueras una pareja de ancianos que atrapaba y mataba gatos con crueldad. Los vecinos los temían y los detestaban, pero nadie se atrevía a enfrentarlos. Tiempo después, una caravana llegó a Ulthar; entre sus miembros había un huérfano que solo llevaba consigo un pequeño gato negro. Cuando ese gato desapareció, la gente insinuó que probablemente había caído en manos de la vieja pareja, y el niño, bajo el cielo abierto, elevó su ruego hacia una fuerza desconocida. Esa noche, todos los gatos de Ulthar abandonaron sus hogares y se reunieron en torno a la casa de los ancianos, sin dejarse ver hasta el amanecer. Cuando volvió la luz, los gatos regresaron al pueblo, tranquilos y satisfechos, mientras que la vieja pareja había desaparecido, dejando solo sus huesos en la vivienda. Desde entonces, los ancianos de Ulthar dictaron una ley: en Ulthar nunca debía matarse a un gato.
Más allá del rio Skai había una antigua villa llamada Ulthar. Tenía tejados puntiagudos, callejuelas estrechas y, bajo los aleros, gatos que iban y venían con la gracia de las sombras. Unos dormitaban al sol sobre los umbrales; otros caminaban con paso lento por los muros; otros se acurrucaban ante el fuego, entrecerrando los ojos como si guardaran un secreto.
Hoy todos en Ulthar conocen una norma: nadie puede matar a un gato. Pero esa ley no existió siempre.
En otros tiempos, a las afueras del pueblo había una casucha ruinoso. Se alzaba cerca de un bosque oscuro, con ventanas pequeñas y la maleza creciendo ante la puerta. Allí vivían dos ancianos: él, callado y malhumorado; ella, huraña y esquiva. Los niños del pueblo aceleraban el paso al pasar frente a aquella vivienda; los adultos, cuando la mencionaban, bajaban la voz.
Los viejos odiaban a los gatos con particular saña. Si alguno de los felinos del pueblo, por juego o curiosidad, entraba en su patio o se encaramaba de noche al tejado, a menudo ya no volvía a saberse de él. Algunos decían haber oído gritos; otros, haber visto moverse una sombra tras las rendijas de la ventana. Pero nadie se atrevía a preguntar.
Los habitantes de Ulthar no querían perder a sus gatos, y sin embargo temían a aquella pareja. Solo les quedaba cerrar puertas y ventanas, meter a los animales en casa por la noche y advertir a los niños que no se acercaran a la vivienda del borde del pueblo. Pero un gato sigue siendo un gato: ligero, curioso, amante de caminar solo bajo la luna. Y así, de vez en cuando, otro desaparecía.
Un día llegó a Ulthar una caravana extraña. Aquel grupo venía del sur o quizá de aún más lejos, con carros pintados, campanillas colgando de las ruedas y tiendas cubiertas de extraños dibujos. Sus aretes, brazaletes y cinturones relucían al sol, y su habla sonaba distinta a la de los habitantes del lugar.
Acamparon en un prado fuera del pueblo, encendieron fuegos, levantaron las ollas, y por la noche hubo cantos y tambores. Los niños de Ulthar los miraban desde lejos, entre el miedo y la fascinación.
Entre ellos había un niño muy pequeño. Tenía el rostro cansado por el camino y unos ojos negros y brillantes. Decían que sus padres habían muerto y que lo único que le quedaba era un pequeño gato negro. Su pelaje era tan oscuro como la noche, salvo por una mancha clara bajo el cuello. Adonde iba el niño, el gato lo seguía; si él comía sentado junto a una rueda, el animal se enroscaba sobre sus rodillas; si dormía envuelto en una manta, el gato se pegaba a su pecho y ronroneaba suavemente.
El primer día de la caravana transcurrió en calma. Pero al atardecer del segundo, el niño comenzó a buscar por todas partes. Levantó mantas, se metió bajo los carros, corrió junto al fuego y llamó una y otra vez. El pequeño gato negro no volvía.
Los vecinos de Ulthar entendieron de inmediato lo que había ocurrido. Uno señaló la casa de las afueras y enseguida bajó la mano. Otro murmuró a los hombres de la caravana: “Aquí viven dos ancianos; si un gato llega a su casa, rara vez regresa”.
El niño comprendió. Se quedó de pie sobre la hierba, mirando aquella vivienda baja y oscura. No había luz en su interior; las ventanas parecían ojos cerrados. El viento bajaba del bosque y hacía temblar la hierba.
El muchacho no corrió hacia la casa ni arrojó piedras a la puerta. Solo alzó lentamente la vista hacia el cielo, que se iba oscureciendo.
Aquella noche, las nubes pasaban junto a la luna. La hoguera de la caravana ardía baja, y en el pueblo de Ulthar se iban apagando una a una las ventanas. En medio del prado, el niño extendió sus delgados brazos y pronunció la antigua súplica de su caravana. Su voz no era fuerte, pero sí clara, como si hablara a algo invisible y lejano.
Los habitantes de Ulthar no entendían aquellas palabras; solo percibían que no sonaban como el llanto de un niño cualquiera. Subían y bajaban, cargadas de tristeza y de una seriedad imposible de interrumpir. Los miembros de la caravana se reunieron detrás de él; nadie rió ni habló. Sin embargo, los gatos del pueblo parecieron oír algo, porque asomaron la cabeza entre las rendijas, desde los tejados y detrás de los rincones.
Y entonces sucedió lo extraño.
Los gatos de Ulthar salieron uno tras otro de sus casas. Un gato gris saltó desde la chimenea; uno atigrado cruzó un seto; un viejo felino bajó de un alféizar y salió a la calle; un cachorro siguió a su madre en silencio por las callejas de piedra. No maullaban ni jugaban. Caminaban todos hacia la misma dirección.
Aquella noche, las calles de Ulthar quedaron casi vacías de gatos. Los vecinos oyeron leves ruidos sobre las tejas; algunos vieron, a la luz de la luna, filas de pequeñas sombras cruzar los muros rumbo a la casa de los ancianos. Pero nadie se atrevió a salir. Cerraron sus puertas, abrazaron a sus hijos y escucharon, desde lejos, un murmullo apenas perceptible.
La caravana partió de Ulthar antes del amanecer. Las ruedas avanzaban sobre la hierba y las campanillas tintineaban suavemente. El niño viajaba sentado, con los brazos vacíos. No volvió la cabeza ni dijo una palabra más.
Cuando salió el sol, los gatos de Ulthar regresaron.
Entraron poco a poco en las callejas, serenos y dueños de sí. Algunos saltaron a los alféizares que conocían; otros volvieron a la puerta de sus amos; otros se tendieron al sol para lamerse las patas. Los vecinos llamaban con alegría a sus nombres, pero pronto advirtieron que los animales no tenían hambre. Los gatos que otras mañanas pedían leche o espinas de pescado, ese día solo permanecían echados, perezosos, lamiéndose los labios y los bigotes.
Un poco después, alguien reunió valor y fue hasta la casa del borde del pueblo. Varios lo siguieron con palos en la mano, aunque nadie quería acercarse demasiado.
Empujaron la puerta y hallaron un silencio de muerte. Los ancianos habían desaparecido, y en el suelo solo quedaban dos esqueletos blanqueados. No había desorden de lucha ni manchas de sangre, únicamente una quietud helada. Sobre el polvo junto a la ventana, parecía haber muchas pequeñas huellas de garras.
Cuando la noticia volvió al pueblo, todos callaron. Unos sintieron miedo; otros rezaron en voz baja; otros, al mirar a sus gatos, comprendieron de pronto que aquellas criaturas que dormían junto al fuego no eran simples animales mimados ni cazadores de ratones.
Los ancianos de Ulthar se reunieron para deliberar. Hablaron de los gatos desaparecidos, del niño huérfano, de la noche en que toda una colonia felina se había marchado de sus casas y de los huesos que quedaron en la vivienda del borde.
Al final dictaron una ley y se aseguraron de que todos la recordaran: en Ulthar, nadie debía matar nunca a un gato.
Desde entonces, los gatos de Ulthar caminan libres por sus calles. Duermen en los escalones, se alzan sobre los tejados y atraviesan las callejuelas estrechas mientras los transeúntes les abren paso. Los niños aprendieron también a acariciarlos con suavidad, sin tirarles de la cola ni asustarlos.
Los forasteros que llegan a Ulthar suelen oír hablar de esta norma. Algunos la encuentran divertida; otros creen que es exagerada. Pero los habitantes no discuten. Solo miran al gato que duerme junto al fuego y luego hacia el lugar donde se alzaba la vieja casa, y bajan la voz.
Porque saben que aquella ley no nació para adornar un pueblo antiguo, sino del dolor de un niño, de la silenciosa marcha de los gatos en una noche sin luna y de los huesos que quedaron en una casa ruinosa.