
Mitología griega
Después de la derrota de los Titanes, Gea, la diosa de la Tierra, engendró al terrible Tifón y lo lanzó contra el cielo para desafiar a Zeus. El dios llegó a ser herido y apresado, pero más tarde recobró sus fuerzas, persiguió al monstruo con el rayo y acabó sepultándolo bajo el monte Etna.
Los dioses olímpicos acababan de vencer en la guerra contra los Titanes, y Zeus ocupaba ya el trono del cielo. Pero en las honduras de la Tierra no reinaba aún la calma: Gea no soportaba ver a sus hijos sometidos. Entonces se unió al Tártaro y dio a luz a una criatura más espantosa que cualquier gigante: Tifón.
Después de la derrota de los Titanes, el cielo permaneció en calma durante largo tiempo.
Zeus estaba sentado en el Olimpo con el rayo en la mano. Poseidón había recibido el mar; Hades guardaba el oscuro reino subterráneo; Hera, Atenea, Apolo, Artemisa y los demás dioses ocupaban también sus propios asientos. Las nubes que rodeaban la montaña resplandecían a menudo con luz dorada, y en los palacios divinos las copas pasaban de mano en mano durante los banquetes, como si nadie pudiera ya conmover el poder de la nueva generación de dioses.
Pero bajo la Tierra no había paz.
Gea veía a algunos de sus hijos encerrados en el Tártaro y a otros aplastados bajo las tinieblas, y en su interior seguía ardiendo la ira. No lloraba ni gritaba como los mortales, ni subía de inmediato a la montaña para discutir con los vencedores. Permanecía hundida en la tierra, escuchando los temblores del subsuelo, oyendo a lo lejos el rumor de los volcanes, semejante a un trueno sofocado. Más tarde se unió al abismo del Tártaro y concibió un hijo terrible.
Ese hijo se llamaba Tifón.
Tifón no era un gigante común.
Cuando se levantó desde las entrañas de la Tierra, su cabeza parecía rozar las estrellas, y sus brazos abiertos daban la impresión de poder alcanzar a la vez el lugar por donde nace el sol y aquel por donde se pone. De sus hombros brotaban numerosas cabezas de serpiente, cuyas lenguas centelleaban en la oscuridad; sus piernas no eran piernas humanas, sino enormes sierpes enroscadas que, al arrastrarse por los valles, hacían saltar piedras y raíces. Se decía que poseía muchas voces distintas: a veces mugía como un toro, a veces rugía como un león, a veces ladraba como una jauría, y otras parecía hablar con voz humana. Todas esas voces salían al mismo tiempo de cien bocas, y hasta las rocas temblaban al oírlas.
Cuando pasaba junto a la costa, las olas retrocedían y se encrespaban; cuando cruzaba las crestas de los montes, los pinares caían como hierba segada. De sus ojos y de su boca brotaban llamas, y un humo negro se enredaba sobre sus cabezas. La Tierra le había dado el cuerpo, el abismo le había dado la ferocidad, y desde el instante de su nacimiento no quiso permanecer abajo: alzó la mirada hacia el Olimpo.
Los dioses de la montaña no tardaron en oír el estruendo.
Primero, las nubes lejanas se tiñeron de rojo; luego el suelo empezó a sacudirse, y las puertas de bronce de los templos chocaron solas. Los dioses se levantaron de la mesa y vieron, al pie del monte, una polvareda que subía como una tormenta. Tifón se acercaba. No venía a negociar ni a ofrecer sacrificios: abría sus cabezas de serpiente y lanzaba un rugido tras otro, dispuesto a arrancar a Zeus del trono del cielo.
Algunos dioses sintieron miedo. Una tradición cuenta que, durante aquel espanto, muchos huyeron hacia las tierras de Egipto y cambiaron de forma para escapar de Tifón. Pero Zeus no se marchó. Permaneció en lo alto de las nubes, con el rayo encendido en la palma, y la luz del relámpago le iluminaba el rostro.
Sabía que, si perdía aquella batalla, el cielo, el mar y la tierra volverían a caer en el desorden.
Tifón atacó primero el cielo.
Sus pies serpentinos se enroscaron por las laderas, su cuerpo se irguió a gran altura y sus muchas cabezas abrieron las bocas al mismo tiempo para arrojar fuego contra el Olimpo. Las nubes que rodeaban la montaña sagrada se ennegrecieron; un viento abrasador entró en los palacios divinos, y el vino tembló dentro de las copas de oro. Zeus levantó la mano derecha y lanzó el primer rayo, que cayó de lleno sobre los hombros y la espalda del monstruo.
Un estruendo sacudió los valles, y todo se llenó de fuego.
Tifón no cayó. Retorció su cuerpo de serpiente, arrancó enormes peñascos y los arrojó hacia el cielo. Las rocas atravesaban las nubes como estrellas negras, precipitándose sobre la morada de los dioses. Zeus lanzó un rayo tras otro y destrozó en el aire las montañas que venían contra él. Los fragmentos cayeron al mar y levantaron murallas blancas de espuma; al caer sobre la tierra, derribaron bosques y cegaron cauces de ríos.
Entonces Zeus descendió desde las nubes, llevando todavía en la mano una hoz afilada. Persiguió a Tifón y luchó con él hasta las cercanías del monte Casio, en la región de Siria. El trueno resonaba entre las montañas, y también resonaban los bramidos de Tifón. Ninguno de los dos estaba dispuesto a retroceder.
Pero Tifón no era solo inmenso; también era astuto y feroz. Cuando el combate se acercó a las cuevas y a los paredones de roca, se volvió de pronto y envolvió a Zeus con su cuerpo de serpiente. Sus miembros enroscados se cerraron cada vez más, apresando las manos y los pies del rey de los dioses. Zeus blandió la hoz para cortar las ligaduras, pero Tifón aprovechó el instante y le arrebató el arma.
Entonces hizo algo cruel.
Cortó los tendones de las manos y los pies de Zeus, de modo que el dios perdió la fuerza: ya no podía sostenerse en pie ni lanzar el rayo. El señor del cielo cayó a tierra, y la luz se apagó en su mano. Tifón escondió aquellos tendones dentro de una piel de oso, los llevó a la cueva Coricia y puso allí como guardiana a una monstruosa serpiente hembra.
Por un momento, la victoria pareció decidida.
Tifón arrastró al Zeus herido hasta la cueva, como quien oculta a un prisionero en la oscuridad. Sus numerosas cabezas de serpiente se enroscaron a la entrada, silbando sin cesar. Afuera, el cielo había perdido el rayo, y el Olimpo quedó en silencio. El viento cruzaba los valles con olor a quemado, y los dioses no se atrevían a acercarse.
Pero Zeus no había muerto.
La noticia llegó en secreto hasta Hermes. Hermes tenía siempre el paso ligero: sabía burlar a los guardianes y sabía actuar en el momento más peligroso. No condujo una tropa de dioses contra la entrada de la cueva, porque eso solo habría alertado a Tifón. Junto con Egipán, se acercó en silencio a la cueva Coricia, evitó las sombras de las serpientes enroscadas y la atención de la guardiana, y buscó la piel de oso donde estaban ocultos los tendones.
La cueva era húmeda y oscura, y el agua goteaba por las paredes de roca. La respiración de Tifón salía desde el fondo como el soplo de un fuelle. Hermes contuvo el aliento, llegó hasta la piel de oso, desató el envoltorio y recuperó los tendones de Zeus.
Luego los llevaron de vuelta junto al dios.
Cuando los tendones fueron colocados de nuevo en sus manos y sus pies, la fuerza regresó poco a poco al cuerpo de Zeus. Primero cerró los dedos; luego apoyó los brazos; por último se levantó. Fuera de la cueva, las nubes empezaron a reunirse otra vez, como si hubieran oído una llamada, y a lo lejos se oyó un trueno bajo.
Cuando Zeus salió de la caverna, ya no era el cautivo solitario de antes. Subió a su carro, y el rayo volvió a arder en su mano. Los cascos de los caballos pisaron la niebla, las ruedas rodaron sobre las cumbres, y el cielo recobró la luz.
Tifón, al ver que su enemigo herido se alzaba de nuevo, lanzó un rugido furioso. Arrancó rocas de una montaña tras otra y las arrojó contra Zeus. Zeus no retrocedió. Respondió con el rayo, partiendo los peñascos en el aire; el fuego estallaba entre las nubes, y los fragmentos de piedra caían como lluvia. Algunas rocas, empujadas hacia atrás por el relámpago, golpearon el propio cuerpo de Tifón, y su sangre salpicó las laderas. Se contaba que una montaña recibió de ahí su nombre, como si hubiera guardado memoria de aquella sangre derramada.
La lucha pasó de las montañas a la costa, y de la costa avanzó hacia occidente. Las llamas de Tifón enrojecían el cielo; los rayos de Zeus desgarraban la noche. Por donde pasaban, los ríos se agitaban, los bosques se quebraban, las fieras se escondían en sus guaridas y las aves no se atrevían a salir de los nidos.
Al fin, Tifón empezó a retroceder.
Retrocedió sobre el mar, llegó a las tierras de Sicilia y aún intentó levantarse de nuevo con la fuerza de su cuerpo gigantesco. Zeus lo seguía de cerca, sin dejar de lanzar rayos. Por último alzó una montaña enorme y la dejó caer sobre el monstruo. Aquella montaña era el Etna.
Cuando la mole se desplomó, la Tierra dejó oír un golpe profundo. Los pies serpentinos de Tifón quedaron presos; muchas de sus cabezas fueron sepultadas en la oscuridad, y el fuego que brotaba desde abajo solo pudo escapar por las grietas. Si Tifón se debatía bajo el monte, las rocas temblaban; si escupía su cólera ardiente, el cráter arrojaba humo y llamas; si intentaba levantar el peso que lo oprimía, la tierra se sacudía como un animal asustado.
Zeus permaneció en lo alto, mirando elevarse la columna de humo. Aún tenía el rayo en la mano, pero no lo lanzó de nuevo. Tifón ya no podía subir al cielo ni alargar los brazos hasta el Olimpo. Aquel monstruo nacido de la Tierra y del abismo quedó aplastado bajo el volcán, convertido en el bramido que los hombres oían desde lejos.
Desde entonces, el poder de los dioses olímpicos quedó verdaderamente asentado. Zeus no solo había vencido a los Titanes: también había detenido la última y terrible embestida de la Tierra. Pero Tifón no desapareció del todo. Cada vez que el Etna vomita fuego y el humo negro cubre el cielo, los hombres recuerdan que el monstruo de cien cabezas sigue respirando bajo la montaña, sigue revolviéndose en la oscuridad, aunque ya no pueda arrastrar del trono al dios del rayo.