
Mitología griega
Teseo se aventuró más allá del mar hasta la tierra de las amazonas y se llevó consigo a su reina, Hipólita. Las amazonas marcharon contra Atenas para recuperar el ultraje, y tras una dura batalla Hipólita murió. Teseo conservó su ciudad, pero dejó tras de sí a un hijo sin madre, Hipólito.
Después de afianzarse en Atenas, Teseo siguió sintiéndose atraído por las empresas lejanas. Cruzó el mar con otros héroes y llegó a las tierras de las amazonas, cerca del mar Negro. Allí vivían mujeres guerreras que montaban a caballo, disparaban el arco, mandaban ejércitos y seguían a reinas capaces de despertar curiosidad y miedo entre los griegos. Las antiguas historias no coinciden sobre cómo se llevó Teseo a Hipólita. Unas dicen que fue capturada en combate; otras, que subió a la nave para recibir a los visitantes y que el barco se apartó de pronto de la orilla. En todas las versiones, ella dejó a los suyos, llegó con Teseo a Atenas y le dio un hijo, Hipólito. Las amazonas no olvidaron la vergüenza de aquella pérdida. Reunieron caballos, arcos y lanzas, recorrieron una gran distancia y marcharon contra Atenas para recuperar a Hipólita y castigar a Teseo. Los atenienses tomaron las armas a toda prisa, y la lucha llegó hasta las puertas, las calles y los lugares sagrados de la ciudad. Hipólita combatió del lado de Teseo, y por eso la guerra fue más dolorosa que un simple asedio. Frente a ella estaban las mujeres de su pueblo; detrás, la casa y el hijo que había ganado en Atenas. Las jinetes amazonas cargaban contra las líneas atenienses, los defensores cerraban filas con sus escudos, y en la confusión Hipólita cayó. Al final, las amazonas fueron rechazadas y Atenas sobrevivió. Pero la victoria fue amarga: quedaron tumbas y viejos nombres de lugares, Teseo perdió a la mujer que había traído del otro lado del mar, e Hipólito creció sin madre. Aquella guerra hizo que las heridas de la vida heroica de Teseo entraran también en su propia casa.
Después de matar al Minotauro y regresar de Creta, los atenienses empezaron a mirar a Teseo como uno de los pilares de la ciudad. Sin embargo, aquel joven rey no era hombre de quedarse sentado en el trono. En el palacio había columnas, altares y mesas bien dispuestas; fuera, en cambio, lo llamaban los caminos de montaña, el viento del mar y las historias que llegaban desde lejos. Cada vez que Atenas oía hablar de una expedición de héroes, el ánimo de Teseo se agitaba.
Por entonces, los griegos contaban que al otro lado del mar, en las costas del mar Negro y en las grandes llanuras del norte, vivía un pueblo de mujeres extraordinarias. No eran tejedoras encerradas en casa, sino jinetes armadas, con pieles o corazas ligeras, arco al cinto y lanza en la mano. Desde niñas aprendían a disparar flechas y a lanzar el venablo; podían volver el cuerpo sobre el caballo al galope y soltar el tiro sin perder el equilibrio. A esas mujeres las llamaban amazonas.
Tenían sus propias ciudades y también una reina. Honraban a Ares, y cuando salían de campaña barrían la llanura como un vendaval. Muchos héroes griegos habían oído hablar de ellas, con curiosidad y con recelo. Teseo tampoco fue ajeno a esas noticias. Más tarde, cuando zarpó una expedición contra las amazonas, él iba entre los héroes que la acompañaban; otras tradiciones dicen que fue con su propia nave, en otra ocasión. En cualquiera de las versiones, el relato acaba llevando su barco hasta una costa desconocida.
Cuando la nave se acercó a tierra, el agua pareció oscurecerse y el aire trajo olor a pasto y barro. Los griegos recogieron los remos y aguardaron. A lo lejos se levantó una polvareda: un grupo de mujeres montadas a caballo apareció en la loma. No huyeron ni se desordenaron; frenaron las monturas y observaron, desde cierta distancia, a aquellos hombres llegados del mar.
Teseo las miró desde la proa. Había visto bandidos, bestias feroces y al monstruo del laberinto, pero pocas veces una hueste como aquella: sin gritos inútiles, sin formación rota, con los caballos bien alineados y las puntas de las lanzas brillando al sol.
Entre las amazonas había una mujer que destacaba sobre las demás. Era joven y valiente, y todos obedecían su voz. Las viejas historias suelen llamarla Hipólita; otras tradiciones dan ese mismo nombre a reinas distintas o reparten entre varias amazonas los nombres de las versiones antiguas. Aquí seguiremos el relato más difundido y la llamaremos Hipólita.
No todos cuentan del mismo modo cómo llegó Teseo a poseerla.
Unos dicen que, cuando los héroes griegos desembarcaron, estalló una pelea con las amazonas. Los escudos chocaron, los cascos de los caballos golpearon la arena, las mujeres tensaron los arcos y los griegos avanzaron cubiertos con sus defensas. En medio del combate, Teseo aprovechó la confusión y se llevó a Hipólita. Otros aseguran que no hubo una batalla inmediata. Las amazonas, al principio, no atacaron; se acercaron con regalos a la nave para ver a aquellos visitantes. Hipólita subió al barco de Teseo, quizá para hablar, quizá para entregar un presente. Pero en cuanto puso un pie en cubierta, Teseo dio la orden, soltaron los amarres, los remeros hundieron los remos en el agua y la nave se separó de la costa. Las amazonas, gritando de rabia, espolearon sus caballos y trataron de seguirles, pero el mar las detuvo.
Sea cual sea la versión, el desenlace es el mismo: Hipólita dejó atrás a su pueblo y marchó con Teseo a Atenas.
En la travesía larga, la nave se mecía entre olas. Hipólita miraba cómo su patria se hacía cada vez más pequeña en el horizonte y no podía estar en paz. No era una cautiva cualquiera: había mandado desde la silla de montar y había sido respetada por los suyos. Ahora se hallaba en el barco de un héroe extranjero, con el mar a la espalda y Atenas, una ciudad desconocida, delante.
Teseo la llevó a su casa. Los atenienses se sorprendieron al verla. No se parecía a las mujeres de la ciudad: conocía la brida, la silla, el arco y el combate. Más tarde dio a Teseo un hijo, Hipólito. El niño llevaba en la sangre la casa real de Atenas y la estirpe de las amazonas. Teseo lo quiso y supo que no sería como los demás niños de la ciudad; detrás de su madre quedaba un país al otro lado del mar, y ese país no olvidaría tan fácilmente lo ocurrido.
Una vez llevada Hipólita, las amazonas no dejaron el asunto en silencio.
Para ellas no era una simple disputa privada. Una mujer de alto rango había sido arrebatada por un héroe griego, y esa afrenta había de cobrarse. Así que reunieron a las suyas, ensillaron los caballos, se pusieron las corazas y tomaron arcos y lanzas. Cruzaron largas distancias, pasaron por tierras y bahías, y avanzaron hacia Grecia.
Un día, cerca de Atenas, la gente vio levantarse una nube de polvo en el horizonte. Al principio creyeron que se trataba de algún grupo de viajeros; luego comprendieron que era un ejército. Los caballos arrancaban la hierba de la llanura, las aljabas golpeaban contra el cuero, y las banderas de las amazonas ondeaban al viento. No habían venido a pedir paz: venían a reclamar a Hipólita y a exigir que Teseo pagara por lo que había hecho.
Atenas se puso en guardia. Los hombres bajaron de los muros los escudos colgados, afilaron las lanzas; los ancianos acudieron a los altares a implorar ayuda; las mujeres encerraron a los niños en casa. Junto a las puertas de la ciudad apilaron piedras, y los guardias subieron a las murallas. Teseo, en el corazón de Atenas, comprendió que esta vez el enemigo no era un ladrón del camino ni una bestia de cueva, sino una hueste entera llegada por una compañera arrebatada.
Las amazonas no se quedaron solo fuera desafiando. Entraron en el territorio de la ciudad y se acercaron a los lugares decisivos. La tradición cuenta que acamparon cerca de la colina de Ares, y que el sitio conservaría después un nombre ligado a aquella guerra, como si la piedra de Atenas hubiera guardado memoria del combate.
Teseo reunió a los atenienses y salió a enfrentarlas. Al ordenarse las filas, se oía el temblor de los cascos fuera de la muralla. Las amazonas dominaban el tiro a caballo y no esperaban inmóviles a que el enemigo cargara; giraban por los flancos y descargaban una lluvia de flechas. Los atenienses alzaban los escudos, y sobre el metal repicaban las saetas con golpes secos. Algunos caían heridos; otros arrancaban la flecha y, apretando los dientes, volvían a empuñar la lanza.
La batalla se alargó y fue cruel.
Las amazonas habían recorrido un largo camino con la cólera en el pecho; los atenienses defendían su propia ciudad y tampoco cedían. En los cruces de las calles, en las cuestas y junto a los altares, podía estallar de pronto el combate. El relincho de los caballos, los gritos, el choque del bronce y el golpe de los escudos se mezclaban hasta borrar el silencio de los templos.
Hipólita combatió del lado de Teseo.
Ahí está la parte más dolorosa de la historia. Su pueblo había venido desde lejos para recuperarla; pero ella ya era mujer de Teseo y había dado a luz a su hijo. Veía acercarse a las amazonas y reconocía sin duda sus estandartes, sus maniobras y quizá incluso los rostros de algunas compañeras. También veía, al mismo tiempo, las casas y los altares de Atenas, donde estaba su nuevo hogar y donde vivía su hijo.
Cuando comenzó la lucha, no se encerró en el palacio. Tomó las armas y se puso junto a Teseo. Sabía de qué lado vendrían las flechas de sus compatriotas y cuándo girarían los jinetes. Su presencia sorprendió a los atenienses y encendió todavía más la ira de las amazonas. Para aquellas mujeres que habían cabalgado hasta allí, ver a la persona por la que habían cruzado el mundo combatiendo al lado del enemigo era más amargo que la derrota misma.
Las flechas pasaban rozando su hombro; las puntas de lanza silbaban junto al vientre de los caballos. Teseo mandaba a los suyos cerrar los pasos y forzar a la caballería enemiga a abandonar los espacios abiertos. Los atenienses avanzaban despacio, escudo en alto; las amazonas respondían con nuevas embestidas desde los costados. Levantado el polvo, ya casi no se distinguía a unos de otras, y había que orientarse por los emblemas de los escudos, por los gritos y por la dirección de los cascos.
Fue en medio de esa confusión donde Hipólita cayó.
Algunos relatos dicen que la mató una amazona llamada Molpadia; otros aseguran que pereció en el fragor del combate y que luego se perdió el nombre de quien le dio la muerte. Lo único seguro es que no regresó con las suyas ni salió de Atenas al término de la guerra. Su sangre quedó en tierra ateniense, y tanto las guerreras venidas de lejos como los ciudadanos de la ciudad la vieron morir.
Teseo llegó hasta ella cuando la pelea aún no había terminado. Los escudos seguían chocando a su espalda y las flechas cruzaban el cielo, pero él ya no atendía a nada de eso. El arma de Hipólita yacía a un lado; sus dedos aún estaban manchados de polvo. Había llegado desde el otro lado del mar para morir ante las murallas de Atenas. Para Teseo, aquella guerra dejó de ser solo la defensa de su ciudad: se convirtió también en una herida propia.
Muerta Hipólita, el empuje de las amazonas fue cediendo poco a poco. Habían viajado lejos de su patria, sufrían la falta de suministros y no habían recuperado a quien buscaban. Los atenienses defendieron las puertas y los pasos, y las fueron empujando hacia afuera. Al final, las amazonas fueron vencidas.
Algunas tradiciones dicen que ambas partes pactaron una tregua y que las amazonas abandonaron Atenas; otras cuentan que, derrotadas, se dispersaron y regresaron a sus tierras con el dolor de los muertos. Sea como sea, aquella hueste de guerreras que había llegado hasta el corazón de la ciudad no logró llevar de vuelta a Hipólita.
Atenas volvió a su ritmo cotidiano. Se abrieron otra vez las puertas, la plaza se llenó de gente, limpiaron las cenizas de los altares y colgaron de nuevo en los muros los escudos dañados. Pero muchas cosas conservaron la marca de la guerra: grietas en los escalones, agujeros de flecha en las paredes, túmulos nuevos al borde del camino. Y, sobre todo, la ciudad recordó que las amazonas habían estado allí de verdad, no como sombras de un cuento, sino como enemigas que habían llegado con caballos y arcos hasta la misma Atenas.
Teseo dio sepultura a Hipólita. En la historia fue a la vez hija de las amazonas y esposa del rey de Atenas; se alejó de su patria por culpa de Teseo y murió combatiendo por él. Su destino quedó dividido entre ambos mundos, sin un camino llano entre uno y otro.
El hijo que dejó, Hipólito, creció poco a poco. Quien lo miraba pensaba en su madre, nacida entre caballos y arcos. Más tarde, Hipólito tendría también su propia tragedia, pero en este momento no era más que un niño que había perdido a su madre.
El ruido de los cascos se alejó, y la patria del otro lado del mar volvió a quedar muy lejos. Teseo siguió siendo rey de Atenas, y la ciudad se mantuvo en pie; pero aquella victoria no tuvo nada de ligera. Dejó tras de sí viejos nombres en la ciudad, tumbas de caídos y la historia de una mujer que fue de su tierra a Atenas y terminó su vida en el campo de batalla ateniense.