
Mitología griega
Tántalo fue en otro tiempo un rey riquísimo, favorecido por los dioses. Pero robó el alimento divino, reveló secretos del cielo y llegó a poner a prueba a los inmortales sirviéndoles la carne de su propio hijo. Por ello fue arrojado al inframundo: allí padece sed junto al agua y hambre bajo los árboles cargados de fruto, siempre con lo deseado al alcance de la mano y siempre privado de ello.
Tántalo, hijo de Zeus, gobernaba Sípilo y había recibido un favor que ningún mortal merecía: incluso los dioses lo sentaban a su mesa. Pero pronto abusó de esa gracia, divulgó secretos del cielo, robó néctar y ambrosía, y ocultó en su palacio el perro de oro que había sido robado del santuario de Zeus en Creta. Después fue aún más lejos. Invitó a los dioses a su casa, mandó matar a su hijo Pélope, lo hizo cocer y sirvió la carne en el banquete para ver si los inmortales podían ser engañados. Ellos descubrieron el crimen, devolvieron la vida a Pélope y pusieron marfil en el hombro que faltaba. A Tántalo lo arrojaron al inframundo, donde el agua siempre se aparta cuando intenta beber y la fruta retrocede cuando extiende la mano.
En las montañas de Asia Menor había una ciudad próspera, rodeada de manantiales, pastos y laderas llenas de ovejas. Su rey se llamaba Tántalo. Era de linaje ilustre, y la tradición decía que era hijo de Zeus; por eso brillaba entre los mortales con una grandeza fuera de lo común.
En el palacio de Tántalo se acumulaban vasos de oro y plata. En sus banquetes había carne asada, vino espeso y fruta recién cortada. Los huéspedes que llegaban de tierras lejanas, al entrar en su sala, veían primero las altas columnas, las jofainas de bronce bruñido y las jarras que sostenían los servidores. Se decía que casi toda riqueza accesible a un mortal estaba en sus manos; y que incluso había recibido honores que a los mortales les estaban vedados.
Por causa de Zeus, los dioses habían permitido que Tántalo se sentara entre ellos. Podía ocupar un lugar junto a la mesa de los inmortales, verlos alzar las copas entre risas y oír palabras que ningún hombre debía conocer. Allí había néctar, y también el alimento que sostenía la vida eterna de los dioses. Un favor semejante habría debido volverlo prudente; pero el corazón de Tántalo se fue llenando de inquietud y de soberbia.
Cuando regresaba al mundo de los hombres, solía jactarse ante sus allegados de cuanto había visto en el cielo. Convertía los secretos divinos en adorno de su propia gloria y los repetía a oídos mortales. También robaba de la mesa de los dioses néctar y ambrosía, y los daba a probar a sus amigos en la tierra. Aquellos, al ver cosas jamás vistas, se maravillaban y lo colmaban de elogios. Tántalo, al escucharlos, se complacía cada vez más, como si ya no fuera solo invitado de los dioses, sino casi su igual.
Más tarde ocurrió otro hecho.
En Creta había un templo de Zeus donde se guardaba un perro de oro. No era un simple juguete labrado por manos de artesano, sino un tesoro vinculado a lo divino. Alguien lo robó y, tras pasar de mano en mano, la pieza llegó a poder de Tántalo. Él sabía que su origen era ilícito; aun así, ocultó el perro de oro en su palacio.
Quienes buscaban el tesoro llegaron hasta él y se lo reclamaron. Tántalo se negó a reconocerlo. De pie en su propia sala, ante las acusaciones, conservó el rostro sereno, como si jamás hubiera visto tal objeto. Cubrió el encubrimiento con juramentos y opuso a las preguntas ajenas la autoridad de un rey.
Con aquello su culpa se hizo todavía más pesada. Ya era osado esconder un objeto sagrado; pero jurar en falso, sabiendo bien lo que hacía, mostraba hasta qué punto había perdido el temor a los dioses. Y aun así Tántalo no se detuvo. Se había acostumbrado a que todos lo miraran desde abajo, y había empezado a confundir la paciencia de los inmortales con mérito propio.
Un día, Tántalo decidió recibir a los dioses en su palacio.
Los sirvientes limpiaron la sala, dispusieron los lechos, pusieron calderos de bronce sobre el fuego y sacaron las tinajas de vino. Desde las cocinas el olor de la comida llegó hasta el patio. Que un mortal pudiera invitar a los dioses a su casa ya era un honor inmenso. Pero Tántalo guardaba en su interior otro pensamiento: quería comprobar si los dioses lo sabían todo de verdad.
Tenía un hijo llamado Pélope. El muchacho era aún joven y habría debido crecer en la casa de su padre para heredar el reino. Pero la arrogancia había cegado a Tántalo. Mandó matar a su propio hijo, hizo cortar su cuerpo, lo puso a hervir en una olla y luego sirvió los trozos de carne en el banquete.
Los dioses llegaron a la mesa. La sala estaba luminosa y en silencio. Las copas de oro quedaron dispuestas, las fuentes fueron presentadas. Tántalo observaba a escondidas, esperando ver si los inmortales caían en el engaño.
Pero los dioses comprendieron al instante qué había en las bandejas. Zeus no extendió la mano, Hera no tocó su copa, y los demás se apartaron de aquella comida abominable. Solo Deméter, en aquel tiempo, llevaba el alma sumida en el dolor: su hija Perséfone había sido llevada al inframundo, y la madre la añoraba día y noche. Sentada al banquete, perdida en su pena, no miró con atención y, por cortesía, comió un pequeño pedazo del hombro.
Cuando se dio cuenta, toda alegría había abandonado la sala. Los dioses aborrecieron el crimen de Tántalo y recogieron los restos del niño. Cloto, una de las Moiras, volvió a unir los miembros, y Pélope regresó de la muerte. Solo faltaba una parte del hombro, pues Deméter ya la había comido. Entonces los dioses la reemplazaron con una pieza de marfil blanco.
Pélope volvió a la vida, y desde entonces llevó en el hombro una marca pálida y extraordinaria. Para Tántalo, en cambio, ya no había vuelta atrás. No solo había robado el alimento divino, revelado secretos y ocultado un objeto sagrado: había matado a su propio hijo para tentar a los dioses. Una culpa así ya no podía quedar cubierta por ninguna indulgencia.
Los dioses castigaron a Tántalo y lo arrojaron a lo más hondo del inframundo.
Allí no había palacio, ni huéspedes, ni voces que alabaran su riqueza. Permanecía de pie dentro de una laguna de agua clara, cuyo nivel le llegaba casi a la barbilla. Para un hombre sediento, aquella agua habría debido ser salvación. Pero cada vez que Tántalo inclinaba la cabeza para beber, el agua se retiraba de inmediato, huyendo de sus pies y dejando solo barro frío y húmedo. Cuando él volvía a erguirse, el agua subía lentamente otra vez, hasta quedar de nuevo junto a su boca.
La garganta le ardía como si tuviera fuego dentro. Una y otra vez se inclinaba; una y otra vez no encontraba nada. El rumor del agua estaba junto a sus oídos, la frescura ante sus ojos, pero ni una sola gota entraba en su boca.
Más cruel aún era el hambre.
A la orilla crecían árboles frutales cuyas ramas se extendían desde la ribera y colgaban bajas sobre su cabeza. De ellas pendían peras, manzanas, granadas, higos y aceitunas, frutos pesados que parecían a punto de caer en la palma con solo alargar la mano. Tántalo levantaba la vista, veía el brillo de las cáscaras, olía el aroma de la fruta madura, y el vacío de su vientre se volvía más doloroso.
Se ponía de puntillas y estiraba los dedos. Pero justo cuando estaba a punto de tocar un fruto, un viento repentino levantaba las ramas hacia lo alto. Las frutas se mecían lejos de él, como si lo esquivaran adrede. Cuando bajaba el brazo, el viento cesaba, las ramas descendían de nuevo y quedaban, como antes, suspendidas ante sus ojos.
Así permanece para siempre: el agua junto a la boca, sin poder beber; los frutos sobre la cabeza, sin poder arrancarlos. Él, que junto a la mesa de los dioses codició y tomó lo que no le pertenecía, quedó privado incluso de lo más simple: un sorbo de agua, una sola fruta.
Algunas tradiciones antiguas cuentan además que sobre la cabeza de Tántalo colgaba una enorme roca. Parecía a punto de desprenderse en cualquier instante, suspendida pesadamente en el aire. Él no se atrevía a dormir ni a levantar del todo la mirada; solo podía seguir en su hambre y su sed, con el corazón encogido, esperando el momento en que la piedra cayera sobre él.
En otro tiempo había vivido en un palacio espléndido, escuchando elogios y presumiendo de los secretos de los dioses. Ahora estaba en las aguas frías del inframundo, sin nadie que oyera sus palabras y sin nadie que creyera sus juramentos. El agua se retiraba, las ramas se alzaban, la piedra pesaba sobre su cabeza, y el suplicio regresaba una y otra vez.
Desde entonces, el nombre de Tántalo quedó unido a ese tormento: tener lo deseado delante de los ojos y no poder alcanzarlo jamás. Su hijo Pélope fue salvado por los dioses y conservó en el hombro la huella del marfil; Tántalo, en cambio, quedó en la oscuridad, pagando eternamente su culpa contra los dioses y contra su propia sangre.