
Mitología griega
Pigmalión, un escultor de Chipre, aborrecía la vida disoluta de las mujeres que lo rodeaban y vivía apartado. Un día talló en marfil la figura de una joven. Afrodita escuchó su plegaria y concedió calor y aliento a la estatua fría.
Pigmalión vivía en Chipre. Era tan diestro con las manos que podía hacer que el marfil duro pareciera piel suave. Pero al ver que a su alrededor se trataba con ligereza a los dioses y a los votos del matrimonio, fue apartándose cada vez más de las bodas. Eligió la compañía silenciosa de sus herramientas y de su taller, y puso su cuidado en una materia que no podía engañarlo. Un día consiguió un bloque de marfil blanco y terso, con la intención de tallar una obra mejor que todas las anteriores. A medida que avanzaba el cincel, parecía que una joven hubiera estado escondida allí desde siempre. En su rostro no había desprecio ni falsedad, sino una quietud intacta, como si el mundo no la hubiera manchado. Pigmalión ya no pudo separarse de ella: la vistió, le puso cuentas y flores, y le habló aunque supiera que no iba a responder. Cuando llegó la fiesta de Afrodita, Pigmalión se quedó ante el altar sin atreverse a pedir que la estatua viviera. Solo rogó que la diosa le concediera una esposa semejante a la joven de marfil que tenía en casa. Entonces las llamas del altar brillaron más y saltaron tres veces, como si contestaran. Al volver al taller, tocó los labios y la muñeca de la estatua, y sintió que el marfil frío se ablandaba, se calentaba, tomaba color, respiraba y abría los ojos. Después, Pigmalión se casó con la mujer que había nacido del marfil, bajo la mirada favorable de Afrodita. Ella ya no era una obra colocada bajo la lámpara para ser contemplada, sino una persona viva con su propia mirada y su propia vida. Las tradiciones antiguas decían que de ellos descendió Pafos, cuyo nombre quedó unido a una ciudad de Chipre y al recuerdo del culto de Afrodita en la isla.
En la isla de Chipre vivía un escultor de gran talento llamado Pigmalión. Pasaba los días en su taller, donde a la entrada se amontonaban virutas de madera, polvo de piedra y arena fina para pulir; junto a las paredes descansaban sierras, cinceles, limas y bloques de materia aún sin forma.
Cuando el viento llegaba desde el mar, traía consigo olor a sal. Mientras otros hablaban en el mercado de bodas, banquetes y festejos, Pigmalión solía inclinar la cabeza sobre una pieza de marfil para estudiar sus vetas. Tenía la mirada firme y la mano segura. Cualquier cosa tosca que caía en sus manos acababa revelando, poco a poco, cejas, pliegues de vestido, dedos delicados.
Pero no quería casarse.
A sus ojos, algunas mujeres de su alrededor habían perdido todo pudor. Menospreciaban a los dioses y también los votos nupciales; trataban como juego lo que debía ser solemne. Pigmalión las observó durante mucho tiempo, y su corazón fue enfriándose. Llegó a pensar que era demasiado difícil confiar en el alma humana, y eligió vivir solo. Por la noche, cuando encendía la lámpara y oía a lo lejos cantos y risas, cerraba la puerta y volvía a tomar el cincel.
Se decía a sí mismo que era mejor entregar el corazón a la obra de sus manos que ponerlo en una persona capaz de engañar o corromperse. El marfil no mentía; tampoco mentían las huellas del cuchillo. Si trabajaba con paciencia, la materia blanca obedecería poco a poco a sus dedos.
Un día, Pigmalión consiguió un bloque de marfil extraordinario. Era blanco, terso y puro, como luz de luna recién caída, y al tocarlo dejaba en la piel una frescura suave. Lo llevó al taller, lo colocó donde mejor entraba la luz y lo rodeó durante largo rato, mirándolo desde todos los ángulos.
Al principio solo quiso tallar una obra mejor que todas las anteriores. Pero, cuando el cincel empezó a caer, algo fue cambiando. Parecía que en el interior del marfil hubiera estado siempre oculta una muchacha, y que Pigmalión no hiciera sino retirar, una tras otra, las partes sobrantes para dejarla aparecer.
Primero modeló la frente y el puente de la nariz; luego fue dando forma a los labios. La comisura no debía resultar fría, pero tampoco insinuante en exceso. Los ojos, aunque no pudieran abrirse, debían parecer a punto de mirar el mundo. El cuello había de ser fino y fuerte; los hombros, como si acabaran de asomar bajo una túnica. Lo más difícil fueron los dedos: un poco de presión de más los volvía rígidos; un poco de menos, débiles. A menudo contenía la respiración y avanzaba con la punta del cuchillo apenas un hilo cada vez.
Pasó el día, y luego llegó la noche. Pigmalión olvidó comer y descansar. Alisó con arena fina las marcas de la herramienta y retiró el polvo con un paño. Cuando la estatua fue cobrando forma, él mismo ya no se atrevía a apartarse enseguida. Se quedaba bajo la lámpara contemplándola, y sentía que no parecía una cosa muerta.
Era demasiado hermosa.
No se trataba de una belleza ruidosa, de rostro pintado y adornos llamativos, ni de una pose buscada en medio de un banquete. Permanecía allí en silencio, como si nunca la hubiera tocado la suciedad del mundo. En su rostro no había desprecio, ni falsedad, ni burla. Pigmalión la miraba y, sin saber cómo, sentía nacer dentro de sí una ternura que jamás había conocido.
Extendió la mano y le rozó el brazo. El marfil estaba frío; aun así no pudo evitar pensar que, si esperaba un poco más, quizá aparecería en él algún calor.
Desde entonces, Pigmalión empezó a comportarse como un hombre atrapado por el amor. Ya no veía la estatua solo como una obra. La cubría con vestidos suaves, le ponía collares, conchas y pequeñas cuentas, y dejaba flores a sus pies. A veces le deslizaba un anillo en los dedos finos; otras lo retiraba enseguida, temiendo dañarla.
También le hablaba.
Por la mañana abría la ventana para que entrara la brisa marina y le decía: “Hoy la luz es hermosa”. Al anochecer encendía la lámpara y, como si temiera que ella se sintiera sola, acercaba una silla. Sabía que no obtendría respuesta, pero cada vez que se volvía parecía esperar que ella se moviera apenas.
Comprendía, por supuesto, lo absurdo de su deseo. ¿Cómo podía un hombre vivo amar un trozo de marfil? Sin embargo, cuanto más lo pensaba, menos era capaz de separarse de ella. Las mujeres reales lo habían decepcionado; aquella joven silenciosa, en cambio, le hacía creer que tal vez aún existía un amor puro en el mundo.
Poco después llegó la fiesta de Afrodita a Chipre.
Aquel día, el altar de la diosa se llenó de gente. Llevaron toros blancos y colgaron guirnaldas de sus cuernos; apilaron perfumes y leña, y cuando las llamas se alzaron, el humo espeso subió hacia el cielo con un aroma dulce. Las muchachas vestían sus ropas festivas, las mujeres sostenían ofrendas, los hombres derramaban vino sobre la tierra y todos pedían a la diosa del amor y del matrimonio que les concediera su favor.
Pigmalión también acudió.
Se quedó ante el altar con la ofrenda en las manos, pero el corazón le latía con fuerza. Quiso pronunciar su verdadero deseo, y las palabras se le detuvieron en la boca. Pedir a una diosa que convirtiera una estatua en una mujer viva era una súplica demasiado audaz, demasiado ajena a lo que los mortales suelen pedir.
El fuego del sacrificio crepitaba; la grasa del toro se derretía sobre las llamas, y el humo aromático se enroscaba una y otra vez hacia lo alto. Pigmalión bajó la cabeza y al fin dijo en voz baja:
“Gran diosa, si quieres concederme el matrimonio, dame una esposa semejante a la joven de marfil que tengo en mi casa”.
Dijo “semejante a ella”, porque no se atrevía a decir directamente: “Haz que cobre vida”. Pero Afrodita gobierna el amor; ¿cómo no iba a oír lo que un corazón guarda en secreto?
De pronto, las llamas del altar brillaron con más intensidad. Tres veces saltaron hacia arriba, como si respondieran a su plegaria. Los demás quizá lo tomaron por un buen presagio propio de la fiesta, pero Pigmalión quedó inmóvil. Miró el fuego con temor y alegría a la vez, sin saber si la diosa se habría compadecido de él.
Cuando terminó el sacrificio, casi corrió de regreso a casa.
El taller estaba en silencio. Las flores seguían a los pies de la estatua; el vestido caía sobre su cuerpo, y el rostro de marfil parecía suave en la penumbra de la habitación.
Pigmalión se acercó despacio, como si temiera despertarla. La contempló durante largo rato. Luego extendió la mano y le tocó suavemente los labios.
Seguían blancos.
El corazón se le hundió, y estuvo a punto de reírse de su propia locura. Pero en el instante en que retiraba la mano sintió que aquello que rozaban sus dedos ya no era del todo frío. Era una sensación leve, incierta, como el primer hilo de tibieza que asoma bajo una piedra cuando el invierno empieza a retirarse.
No se atrevió a creerlo. Volvió a posar la mano sobre su muñeca.
Esta vez lo sintió con toda claridad: el marfil se estaba ablandando.
La superficie rígida se volvía cálida poco a poco, como cera bajo el sol, pero no se fundía ni se deshacía. Aquella mano seguía siendo la mano de una muchacha, solo que había dejado de ser materia muerta para convertirse en piel blanda. Pigmalión contuvo la respiración; apoyó la palma sobre su brazo y notó un calor tenue que brotaba desde dentro.
Bajó entonces la mirada hacia su rostro.
Los labios antes inmóviles parecieron tomar color; las mejillas dejaron de ser de una blancura helada. El pecho se elevó apenas, como si aprendiera por primera vez a respirar. Las pestañas temblaron levemente y, después, ella abrió los ojos.
La primera persona que vio fue Pigmalión, de pie ante ella, asombrado y lleno de dicha.
Él casi no pudo hablar. Le sostuvo la mano, temiendo que, si la soltaba, todo volviera a ser un sueño frío. Pero aquella mano permaneció cálida dentro de la suya y no desapareció. La joven lo miró también, con la confusión de quien acaba de despertar, como alguien recién llegado al mundo que aún no comprende la luz de la habitación, ni las cuentas cosidas al vestido, ni por qué el hombre que tiene delante llora de alegría.
Pigmalión dio gracias a Afrodita. Sabía que aquello no podía haberlo hecho su cincel. El artesano más hábil solo alcanza a crear una forma; quien había dado a esa forma aliento, temperatura y latido era la diosa con su favor.
Más tarde, Pigmalión se casó con aquella mujer nacida del marfil. En la boda, la gente ofreció flores e incienso y dio gracias a Afrodita. La diosa tampoco se mantuvo lejos de ellos. Si había escuchado la plegaria pronunciada aquel día ante el altar, también quiso ver cumplido de verdad aquel matrimonio.
Desde entonces, la casa de Pigmalión dejó de ser solo un taller. Las herramientas seguían allí, igual que el polvo de marfil y la arena fina, pero ahora había pasos en las habitaciones, voces, y el aliento de alguien que despierta por la mañana. La mujer ya no permanecía bajo la lámpara para que otros la contemplaran: tenía su propia mirada y su propia vida.
Con el tiempo tuvieron descendencia. Las antiguas tradiciones dicen que su hijo se llamó Pafos; y en Chipre una ciudad fue recordada también por ese nombre. En aquella tierra siguieron rindiendo culto a Afrodita, y cuando la gente hablaba de Pigmalión recordaba aquel marfil blanco, recordaba cómo un hombre solitario había tallado en su obra todo cuanto llevaba dentro, y cómo, por compasión de la diosa, vio que una mano fría empezaba poco a poco a calentarse.
Así termina esta historia. Pigmalión, que al principio no creía en el amor entre los mortales, recibió al fin, ante la joven que él mismo había esculpido, una esposa viva. La estatua dejó de ser solo su obra y se convirtió en alguien que vivió con él, rió con él y le dio hijos.