
Mitología griega
Sobre la tierra ya había mares, bosques, aves y fieras, pero aún no existía una criatura capaz de alzar la mirada al cielo y pensar. Prometeo modeló figuras humanas con barro y agua de río, y pidió a Atenea que infundiera en ellas un soplo divino. Así llegaron los hombres al mundo, y bajo su enseñanza aprendieron a vivir.
Desde entonces, los seres humanos dejaron de ser simples sombras sobre la tierra. Aprendieron a mirar hacia lo alto y también a transformar con las manos el mundo que los rodeaba. Prometeo llevó entre ellos muchas artes que antes no pertenecían a los mortales, y así comenzó la vida humana.
En tiempos muy remotos, el cielo ya se extendía en lo alto como una bóveda, y la tierra se desplegaba bajo él. El mar se agitaba en las hondonadas; una ola tras otra golpeaba la orilla y luego regresaba a la hondura azul. En las laderas crecían bosques, entre la hierba corrían pequeños animales, los peces movían la cola en el agua, y las aves levantaban el vuelo entre las rocas, llenando el aire con sus gritos.
Pero sobre la tierra todavía faltaba una forma de vida.
Las fieras bajaban la cabeza para buscar alimento, las aves se afanaban en construir sus nidos, los peces no hacían más que seguir la corriente. Tenían fuerza, garras, dientes y alas, pero ninguna criatura se detenía a contemplar el cielo y preguntarse por qué nacen las estrellas y por qué vuelven a ocultarse. Ninguna recogía una piedra para pulirla y convertirla en herramienta; ninguna levantaba para sí una casa que la protegiera del frío antes de que llegaran la lluvia y el viento.
Entonces Prometeo descendió a la tierra.
No pertenecía a la nueva estirpe de los dioses olímpicos, sino que era descendiente de los antiguos Titanes. Su padre era Jápeto, y su linaje se remontaba hasta Gea, la Tierra, y Urano, el Cielo. Muchos Titanes habían perdido su poder en las luchas entre los dioses, pero Prometeo conservaba una mente despierta y astuta. Solía caminar por montes y riberas, y al ver que la tierra, aunque fecunda, carecía de un guardián capaz de hablar, sintió que algo quedaba incompleto.
Un día se detuvo junto a un río. El agua corría entre las piedras y arrastraba limo húmedo. Prometeo se inclinó, tomó un puñado de tierra, recogió agua clara y empezó a mezclarla lentamente. El barro se ablandó entre sus manos, como si pudiera comprender su voluntad.
No le dio forma de bestia. Alzó los ojos hacia la región donde moraban los dioses y, tomando como modelo la figura divina, modeló una cabeza, un pecho, brazos y piernas. Quiso que aquella criatura no caminara a cuatro patas pegada al suelo, sino que pudiera erguirse; quiso que sus ojos no mirasen solo las raíces de la hierba bajo sus pies, sino las montañas lejanas y el cielo estrellado sobre su cabeza.
Un hombre de barro quedó de pie junto al río, aunque todavía no había despertado de verdad. Luego surgió un segundo, y después un tercero, todos nacidos de sus manos. Prometeo trabajó con paciencia los hombros, las manos, los nudillos y los rostros. Fue poniendo en el pecho de aquellas nuevas criaturas algo de cuanto había visto en los seres vivos del mundo: valentía, temor, dulzura, ira, deseo y compasión. Así no fueron simples envolturas vacías de barro, sino seres destinados a llevar dentro un corazón inquieto.
Sin embargo, las figuras seguían como hundidas en un sueño profundo. Tenían ojos, pero no veían de verdad; tenían labios, pero no podían hablar; tenían pecho, pero en él no circulaba aún el aliento luminoso de la vida.
Prometeo sabía que el barro por sí solo no bastaba.
Entre los dioses tenía una amiga: Atenea, la diosa de la sabiduría. Sus ojos eran claros, su pensamiento veloz, y amaba toda obra hábil, todo oficio ingenioso y todo juicio sereno. Prometeo le mostró aquellas vidas que había modelado con tierra húmeda.
Atenea se inclinó para observarlas. Sus rostros aún no estaban animados, pero ya tenían la forma de los dioses; sus dedos eran largos, como si algún día pudieran sujetar herramientas; sus frentes parecían guardar un espacio vacío, a la espera de que el pensamiento encendiera allí su luz. La diosa las miró largo rato, y comprendió que no se trataba de simples figuras de barro.
Entonces bajó el rostro y sopló sobre ellas un aliento sagrado.
En ese instante, el pecho de los hombres de barro pareció moverse por primera vez. El viento de la ribera rozó las hojas de la hierba, y sus ojos se abrieron lentamente. Al principio no sabían dónde estaban: solo miraban el brillo del agua, el cielo y el rostro de Prometeo. Uno levantó la mano y contempló, asombrado, sus propios dedos; otro oyó el canto de un pájaro y volvió la cabeza para buscar de dónde venía aquel sonido; otro vio su reflejo en el río y retrocedió espantado.
Prometeo permaneció entre ellos como un padre que contempla a sus hijos recién despertados.
Desde aquel día, los seres humanos aparecieron sobre la tierra. No eran las criaturas más fuertes: no tenían las garras del león, ni las alas del águila, ni los pesados cuernos del toro salvaje. Pero podían mantenerse erguidos, hablar, recordar lo sucedido ayer y prepararse para el día siguiente.
Aun así, aquellos hombres recién llegados al mundo estaban muy lejos de saber vivir.
Los primeros seres humanos vagaban por la tierra como quien despierta a medias de un sueño.
Veían salir el sol y lo veían ponerse, pero no entendían que con ello pasaba un día. Sentían el viento frío clavarse en los huesos y se encogían detrás de las rocas; cuando regresaba el calor de la primavera, no sabían por qué los árboles y la hierba volvían a brotar. Llegaba el verano y sufrían el calor; llegaba el invierno y tiritaban de frío. Cuando el cielo se cubría de nubes, solo atinaban a esconderse asustados del trueno, sin saber levantar un techo que los protegiera de la lluvia.
Por la noche se metían en cuevas oscuras o se apretaban bajo las raíces de los árboles. Allí dentro todo estaba húmedo, el barro se les pegaba a los pies y el viento se colaba por las grietas. No tenían vigas ni puertas, ni un asiento tranquilo junto al fuego. De día buscaban en los baldíos frutos y raíces que pudieran comer, y a menudo las fieras los perseguían. Si alguien se quebraba una pierna, quedaba tendido en el suelo gimiendo; si otro enfermaba con fiebre, no conocía las hierbas curativas ni sabía cómo aliviar el dolor.
Tenían manos, pero ignoraban lo que podían hacer con ellas; tenían ojos, pero no sabían observar; tenían corazón, pero el miedo lo oprimía con frecuencia.
Prometeo vio todo aquello y se compadeció. Ya que había dado forma a los hombres, no quiso abandonarlos a una existencia de sombras débiles y sufrientes. Se acercó a ellos y empezó a enseñarles, una por una, las artes necesarias para la vida.
Prometeo les enseñó primero a levantar la mirada al cielo.
Les mostró cómo clareaba el oriente y cómo el sol subía desde el borde de las montañas. Después los hizo esperar la noche y contar las estrellas que iban apareciendo una tras otra. Los astros no eran luces puestas al azar en la oscuridad: cada uno tenía su camino. Algunas estrellas surgían en una estación, otras se alzaban en otro tiempo del año. También la luna cambiaba: de fina hoz pasaba a disco redondo, y luego menguaba poco a poco.
Los seres humanos aprendieron a recordar esos cambios. Con el tiempo supieron cuándo se acercaba el frío, cuándo podía sembrarse la tierra y cuándo convenía recoger los frutos. Los días dejaron de confundirse en una sola masa indistinta, y ellos pudieron distinguir el ayer, el hoy y el mañana.
Luego Prometeo les enseñó a contar.
Una oveja, dos ovejas; un haz de leña, dos haces de leña. Al principio los hombres contaban con los dedos; más tarde usaron piedrecillas, marcas talladas y nudos en las cuerdas para conservar las cantidades. Cuando aprendieron a calcular, pudieron repartir el alimento, llevar memoria de la caza y del ganado, y organizar el trabajo de muchos.
También les enseñó a dejar signos escritos. Tal vez las primeras marcas se grabaron en tablillas de madera, o quizá se trazaron sobre barro húmedo. Allí los hombres fijaban lo que pensaban, lo que veían y lo que habían acordado. Así, aunque una persona no estuviera presente, otra podía conocer su voluntad; y cuando un anciano moría, aquello que sabía podía ser leído todavía por los niños que venían después.
La voz humana dejó de perderse por completo en el viento.
Después, Prometeo condujo a los hombres al bosque.
Les enseñó a elegir los árboles, cortar ramas y troncos, alisar la madera y levantar vigas y postes. Las piedras podían apilarse para formar muros, el barro podía tapar las grietas, la paja y la corteza podían cubrir los techos. Las primeras casas serían toscas, y el viento todavía entraría por la puerta, pero eran mucho mejores que las cuevas frías y oscuras. Por primera vez, los hombres pasaron una noche de lluvia bajo su propio techo, oyendo las gotas golpear arriba sin tener que temblar en la sombra.
También los llevó al borde de los campos abiertos y les enseñó a observar a los animales fuertes que podían ser domados. El buey era capaz de arrastrar grandes pesos; el caballo podía llevar bridas, tirar de un carro o cargar a un hombre hacia tierras lejanas. Los humanos aprendieron a alimentar a esos animales, a guiarlos con cuerdas y yugos de madera. El trabajo más pesado dejó de caer por entero sobre sus espaldas.
Junto al mar, Prometeo miró las olas y enseñó a los hombres a unir troncos para hacer embarcaciones y a colgar velas en los mástiles. Cuando soplaba el viento, la vela se hinchaba, y la nave se separaba de la costa para deslizarse hacia aguas más lejanas. Quienes subieron por primera vez a una barca debieron de sentir miedo: las tablas se movían bajo sus pies al ritmo de las olas, y a su alrededor no había más que agua profunda. Pero pronto descubrieron que el mar no era solo una barrera, sino también un camino inmenso.
Desde entonces, los ríos y los mares comenzaron a enlazar las tierras distantes.
Los seres humanos seguían hiriéndose y enfermando. Por eso Prometeo los llevó a conocer las plantas.
Les mostró qué hojas podían ponerse sobre una herida, qué raíces, hervidas en agua, calmaban el dolor, y qué frutos o flores, aunque parecieran hermosos, encerraban veneno y no debían llevarse a la boca sin cuidado. Antes, los hombres solo podían esperar su suerte en medio de la enfermedad; ahora empezaban a saber que sus propias manos podían buscar alguna ayuda para seguir viviendo.
También les enseñó a mirar lo que la tierra escondía en sus entrañas.
En las grietas de la roca brillaban colores metálicos, y bajo el suelo dormían minerales útiles. Los hombres aprendieron a excavar y a reconocer el cobre, el hierro, la plata y el oro. Con la ayuda del fuego, las piedras duras podían convertirse en cuchillos, hachas, rejas de arado, vasijas y adornos. El hacha abría el tronco de los árboles, el arado volteaba la tierra, las vasijas guardaban agua y grano, y la vida fue asentándose poco a poco.
No aprendieron todas esas artes en un solo día. Los hombres fracasaban, quemaban la madera, volcaban las barcas en los bajíos, confundían las hierbas y se abrasaban las manos al trabajar el metal. Pero Prometeo no se apartó de ellos. Como un maestro paciente, y también como un padre que vela junto a sus hijos, fue entregándoles una técnica tras otra.
Con el paso del tiempo, los hombres sobre la tierra fueron cambiando.
Ya no vivían siempre encogidos en cuevas oscuras, sino que levantaban casas bajo la luz del sol. Ya no buscaban alimento solo empujados por el hambre, sino que calculaban las estaciones y almacenaban grano. Ya no quedaban indefensos ante la enfermedad y el dolor, sino que recogían hierbas medicinales. Ya no miraban los ríos y los mares con desamparo, sino que izaban velas y partían hacia lo desconocido.
Por la noche se sentaban ante sus casas y veían encenderse una a una las estrellas. Aquellos astros que antes no eran más que fuegos remotos se habían convertido en señales para reconocer las estaciones. Los niños se reunían alrededor de los ancianos y escuchaban hablar del primer barro, del agua del río y del soplo que una diosa había dado a los hombres. Sabían que procedían de la tierra, pero también podían mirar al cielo; sus cuerpos eran frágiles, pero tenían un corazón capaz de aprender y unas manos capaces de crear.
Prometeo trajo a la humanidad al mundo y le fue abriendo, una tras otra, las puertas de la vida. Desde entonces, la tierra no perteneció solo a las fieras, las aves y los bosques: también hubo en ella seres capaces de recordar, construir y contar junto al resplandor del fuego lo que había sucedido en los tiempos antiguos.