
Mitología griega
Hipólito veneraba a Artemisa y miraba con desdén a Afrodita; por ello atrajo sobre sí la venganza de la diosa. Fedra fue consumida por un amor que no debía existir y, antes de morir, dejó una acusación falsa que llevó al inocente Hipólito a perecer bajo la maldición de su padre, Teseo.
Hipólito, hijo de Teseo, amaba los montes y la caza. Se consagraba a Artemisa, pero despreciaba a Afrodita. La diosa del amor guardó rencor por aquella ofensa y sembró en el corazón de Fedra un deseo prohibido: hizo que se enamorara de su propio hijastro. Fedra sabía que aquel sentimiento era vergonzoso. Prefería callar hasta morir antes que pronunciarlo. Su nodriza, queriendo salvarla, habló a solas con Hipólito; pero el joven, al oírla, estalló de indignación y condenó con dureza aquella pasión. Fedra, al enterarse, quedó hundida en la vergüenza y la desesperación, y decidió quitarse la vida. Antes de morir, Fedra dejó una tablilla en la que acusaba falsamente a Hipólito de haberla ultrajado. Cuando Teseo regresó y encontró el cadáver de su esposa junto con aquella denuncia, invocó contra su hijo una maldición concedida por Poseidón y lo expulsó de su casa. Hipólito, atado por un juramento, no pudo revelar toda la verdad y partió cargando con una culpa que no era suya. El dios del mar respondió al ruego de Teseo. Un toro monstruoso salió de las olas, espantó los caballos de Hipólito y desbocó su carro, que lo arrastró hasta dejarlo mortalmente herido. Al final, Artemisa apareció y reveló lo ocurrido. Teseo se arrepintió demasiado tarde, e Hipólito, antes de morir, perdonó a su padre. Así quedó cerrada aquella desgracia irreparable dentro de una misma casa.
Cuando Teseo llegó a ser rey de los atenienses, la paz no entró por ello en su casa.
Tenía un hijo llamado Hipólito. No había nacido de la reina de Atenas: su madre pertenecía al pueblo de las Amazonas, las mujeres guerreras. Al crecer, Hipólito pareció conservar algo de aquella tierra lejana. No le gustaban los banquetes, ni el ruido de la ciudad, ni las miradas de las mujeres. Prefería sacar los caballos al amanecer, llamar a sus perros y cruzar los prados aún húmedos de rocío camino de los montes.
En el bosque encontraba huellas de ciervos y telarañas desgarradas por el viento entre los matorrales. Allí perseguía a las fieras y ofrecía a Artemisa coronas recién trenzadas. Tenía a la diosa por su protectora más cercana. Cada vez que volvía de la caza, llevaba flores, ramas tiernas y piezas cobradas hasta el altar de Artemisa, y allí alababa su pureza y la libertad de los lugares salvajes.
Pero en la ciudad había también un altar dedicado a otra diosa.
Era Afrodita, señora del amor y del deseo. Los hombres la invocaban en las bodas, acudían a ella cuando el amor los desvelaba y ni siquiera en los festines se atrevían a olvidarla. Hipólito, en cambio, pasaba junto a su altar sin alzar siquiera los ojos. Creía que las pasiones que turban a los mortales corrompen el ánimo, y llegaba a tratar las cosas de Afrodita como si fueran una vergüenza.
Afrodita lo vio.
Los dioses pueden tolerar la debilidad humana, pero rara vez soportan el desprecio. La diosa no descargó de inmediato un rayo ni mostró su cólera en la plaza. Desde la sombra, simplemente recordó al joven y decidió hacerle saber que quien es herido por el amor no siempre puede gobernarse a sí mismo.
Más tarde, Teseo tomó por esposa a Fedra.
Fedra venía de Creta. Era hija de Minos y hermana de Ariadna. Al casarse con Teseo, se convirtió en reina de Atenas y también en madrastra de Hipólito. El palacio era amplio, con columnas, patios, telares sonando y criadas que iban y venían; en apariencia, la vida podía seguir su curso. Pero Afrodita ya había extendido la mano hacia aquella casa.
Un día, Fedra vio regresar a Hipólito de fuera.
El joven traía encima el polvo del monte; el sudor de los caballos aún no se había secado, y en la mano llevaba una corona destinada a Artemisa. Apenas miró a la reina, como de costumbre, y siguió su camino. Pero el corazón de Fedra se turbó de pronto. No era una simple inclinación, ni el cariño de una madrastra por un muchacho joven, sino un fuego temible que le subía desde el pecho y le cortaba la respiración.
Comprendió enseguida que aquel amor no debía existir.
Ella era la esposa de Teseo, e Hipólito era hijo de Teseo. Los muros del palacio, los velos del lecho nupcial y los juramentos ante los altares le recordaban lo mismo: si aquel pensamiento llegaba a pronunciarse, sería vergüenza y también ruina.
Así que lo encerró dentro de sí.
Dejó de comer como antes y por las noches no podía dormir. Las criadas le llevaban agua fresca; ella apenas mojaba los dedos y los retiraba al instante. El telar quedaba ante ella, pero la lanzadera se le escapaba de las manos. Si alguien le preguntaba qué le dolía, negaba con la cabeza; si le aconsejaban rezar a los dioses, bajaba los ojos. Su rostro se volvió cada día más pálido, y el cuerpo se le consumía como por una enfermedad invisible.
La nodriza fue la primera en advertirlo.
Aquella anciana la cuidaba desde joven y sabía cómo se ve una persona enferma de verdad, y cómo otra cuando la devora un secreto. Se sentaba junto al lecho, le tomaba la mano e insistía una y otra vez: “Hija, ¿qué temes? ¿Te ha ofendido el rey? ¿Hay alguien en la ciudad que quiera hacerte daño? Si no hablas, ¿cómo podré ayudarte?”.
Al principio, Fedra se negó a decir nada. Hundía el rostro entre los pliegues de la ropa, como si prefiriera morir antes que dejar salir aquel nombre de su boca. Pero la nodriza no se apartó. Lloró, suplicó y le dijo que, si seguía así, la reina solo encontraría la muerte.
Al fin, Fedra pronunció el nombre de Hipólito.
La estancia quedó en silencio.
Cuando la nodriza entendió, primero sintió espanto; luego empezó a buscar una salida con desesperación. Fedra, por su parte, le rogó: “No lo digas a nadie. Déjame conservar al menos esta vergüenza. Si no puedo vivir, que mi nombre no sea pisoteado”.
La nodriza lo prometió con los labios, pero en su corazón pensó que, si había alguna manera de salvarla, debía intentarlo.
La nodriza encontró a Hipólito cuando el joven estaba cerca del palacio.
Primero le pidió que jurara no contar a nadie lo que iba a oír. Hipólito, sin saber de qué se trataba, aceptó. Pero cuando la anciana, entre rodeos, le habló del sufrimiento de Fedra y de aquel amor que una diosa había puesto en su corazón, el rostro del joven cambió de inmediato.
Retrocedió como si lo hubiera mordido una serpiente.
Para él, aquello no era solo un deseo terrible, sino una mancha contra su padre, contra la familia y contra los dioses. La cólera lo dominó. Reprendió a la nodriza y maldijo también las desgracias que, según él, traían las mujeres. Su voz atravesó los pórticos y cayó como un cuchillo en lo más hondo del palacio.
Fedra lo oyó.
Ya estaba abrumada por la vergüenza; al escuchar además el horror con que Hipólito la rechazaba, comprendió que no le quedaba salida. Reprochó a la nodriza haber revelado el secreto a sus espaldas, pero lo dicho ya no podía retirarse. Si Hipólito guardaba el juramento y callaba, otros quizá adivinarían algo por su furia; si un día no podía contenerse y decía la verdad, su nombre, sus hijos y el último resto de dignidad que le quedaba en el palacio quedarían hundidos en el barro.
La vergüenza y el miedo la cercaron a la vez.
Fedra entró en sus habitaciones y desató su cinturón. Antes de morir, dejó una tablilla escrita. En ella no puso la verdad, sino otra historia: Hipólito la había ultrajado, y ella no había tenido más remedio que morir para conservar su honor.
Poco después, los gritos de las sirvientas salieron del palacio.
Fedra se había ahorcado.
Cuando Teseo regresó, no encontró a su familia esperándolo, sino a criados que lloraban y a su esposa tendida dentro de la casa.
Fedra ya no respiraba. Sus vestidos caían junto al lecho, y en el rostro conservaba la palidez de la muerte. Teseo se arrojó a su lado como si de pronto se le hubieran ido las fuerzas. Preguntó quién la había matado, pero nadie se atrevía a responder. Después, alguien le entregó la tablilla.
Teseo la abrió, y la ira lo devoró por completo.
No hizo preguntas, ni esperó a que Hipólito se explicara. En aquel instante solo veía el cadáver de su mujer y solo creía la acusación dejada por una muerta. Recordó entonces que Poseidón, el dios del mar, le había concedido tres deseos para invocarlos en las horas más graves. Alzó las manos y clamó al dios de las olas, pidiéndole que castigara a Hipólito y que su hijo tuviera una muerte miserable.
Cuando Hipólito llegó, bastó ver los ojos de su padre para saber que la desgracia había caído sobre él.
Teseo lo señaló y lo acusó de haber deshonrado el lecho paterno y causado la muerte de Fedra. Hipólito quedó tan conmocionado que apenas pudo hablar. Era cierto que había jurado a la nodriza no revelar el secreto de Fedra; pero si callaba ahora, cargaría con la acusación más terrible.
Solo pudo jurar ante su padre que no había hecho aquello. Dijo que siempre había detestado pensamientos tan impuros y que jamás había tocado a Fedra. Pero Teseo no lo escuchaba. La cólera le hacía creer únicamente en la tablilla. Ordenó que Hipólito fuera expulsado de su tierra y que no permaneciera más en Atenas.
Hipólito miró a su padre, desgarrado entre la indignación y la impotencia.
No contó por entero el secreto de Fedra, porque el juramento seguía pesando sobre él. Solo pudo abandonar el palacio y mandar que prepararan su carro. Los caballos golpeaban el suelo ante la entrada; el polvo se levantaba junto a las ruedas. El joven subió, volvió la vista por última vez hacia las puertas de la ciudad y partió por el camino que bordeaba el mar.
A un lado del camino se alzaban las rocas; al otro, el mar se agitaba.
Hipólito sostenía las riendas mientras el carro avanzaba veloz. El viento marino le levantaba la ropa, y las ruedas pasaban sobre las piedras con un ruido seco y rápido. Entonces, de pronto, la superficie del agua cambió.
Las olas se abombaron como si algo las empujara desde el fondo. La espuma se abrió, y de entre el mar surgió un toro espantoso. No era un animal común: traía sobre el lomo el agua salada y una luz extraña, y su mugido se mezclaba con el estruendo de las olas hasta hacer saltar de terror a los caballos.
Los animales del carro jamás habían visto semejante monstruo. Relincharon y se desviaron violentamente del camino. Hipólito tiró de las riendas con todas sus fuerzas, hasta que las palmas le ardieron de dolor, pero los caballos ya estaban fuera de control. El carro chocó contra las piedras y siguió dando tumbos. Las correas se enredaron en el cuerpo del joven; los maderos rotos lo golpearon, y las ruedas saltaron y cayeron una y otra vez sobre la tierra rocosa.
Cuando los sirvientes llegaron corriendo, solo vieron polvo, el eje destrozado y a Hipólito cubierto de heridas.
Aún no había muerto, pero estaba gravemente herido. Aquel cuerpo joven, que antes corría tras las fieras, había quedado desgarrado; las piernas que lo llevaban por los montes ya no podían sostenerlo. Lo levantaron y lo llevaron de regreso, y la noticia llegó también a Teseo.
Entonces apareció Artemisa.
La diosa dejó de guardar silencio. Reveló a Teseo que Hipólito era inocente y que Fedra no había engendrado por sí misma aquel deseo malvado, sino que había sido víctima de Afrodita. La nodriza había descubierto el secreto, Fedra se había quitado la vida por vergüenza y luego había dejado una acusación falsa; así, paso a paso, todo había desembocado en aquella ruina.
Teseo escuchó, y fue como si le hubieran vertido agua helada encima.
Comprendió al fin que su ira y su maldición habían matado a un hijo inocente. Corrió junto a Hipólito, lo abrazó y le pidió perdón. Al joven le quedaban ya pocas fuerzas, pero no convirtió sus últimas palabras en odio. Oyó a la diosa dar testimonio de su inocencia y oyó también el arrepentimiento de su padre; antes de morir, perdonó a Teseo.
Artemisa prometió que su nombre no desaparecería de ese modo. Más tarde, los hombres recordarían a aquel joven que la había venerado, y en la región de Trecén se le rendirían honores. Antes de casarse, las muchachas cortarían un mechón de sus cabellos y lo ofrecerían a Hipólito, como si se despidieran de aquel joven muerto por su pureza y por un malentendido.
Tras la muerte de Hipólito, en el palacio solo quedó una verdad llegada demasiado tarde.
El secreto de Fedra se había enfriado con su cadáver, y la maldición de Teseo ya no podía retirarse. El viento y la arena acabarían cubriendo las huellas del carro junto al mar; pero el llanto de aquella casa permaneció en el relato durante mucho, mucho tiempo.