
Mitología griega
El dios agreste Pan persigue en Arcadia a la ninfa Siringa, que no quiere ceder a su acoso y huye hasta la orilla de un río para pedir auxilio a las divinidades de las aguas. Allí es transformada en un haz de cañas. Pan, al oír el sonido que el viento arranca de los tallos huecos, corta varias cañas de distinta longitud y fabrica con ellas la flauta pastoril que llevará el nombre de la ninfa.
Pan, con cuernos y patas de cabra, recorría los montes, bosques y pastos de Arcadia, donde los pastores descansaban a la sombra y las ninfas acudían a las fuentes. Allí vio a Siringa, una ninfa consagrada a Artemisa, que amaba la caza y la libertad del bosque más que los cortejos o el matrimonio. Pan sintió deseo por ella y se apresuró a seguirla, llamándola mientras corría. Siringa volvió la cabeza, vio al dios agreste lanzado hacia ella y huyó. Atravesó árboles y matorrales hasta llegar a la orilla del río Ladón, donde el agua le cerró el paso. Con Pan ya muy cerca, Siringa pidió a las ninfas del río que la ocultaran. Justo cuando él extendía los brazos para atraparla, ella desapareció. En su lugar, Pan abrazó únicamente un manojo de cañas frías y húmedas que temblaban junto al agua. Entonces el viento pasó por los tallos huecos y de ellos salió una música fina y doliente. Pan no pudo abandonar aquel sonido. Cortó las cañas, unió con cera tubos de distinta longitud y fabricó una flauta. La llamó Siringa, para que el nombre de la ninfa perdida permaneciera en su música.
Arcadia era una tierra de montes. En sus laderas crecían pinos y encinas; el agua bajaba entre las grietas de la roca, y por los claros de hierba avanzaban despacio los rebaños. A la hora de la siesta, cuando el sol caía sobre las piedras, los pastores se adormecían bajo la sombra de los árboles, y las ninfas del bosque se acercaban a las fuentes para lavarse las manos o recoger agua.
Por aquellos parajes andaba Pan.
No se parecía a los dioses de túnicas impecables que habitaban el Olimpo. Llevaba cuernos en la cabeza, barba en el mentón, y sus piernas y pies eran de cabra; por los senderos de montaña corría con rapidez y firmeza. Amaba las cuevas, las sombras de los árboles, los rebaños y las risas que estallaban de pronto. También le gustaba saltar desde detrás de una roca cuando un pastor no lo esperaba, para dejarle el corazón desbocado de espanto. Pero sabía asimismo tocar la flauta: unas veces su música era viva y apresurada, otras suave, y podía aquietar un valle entero, hasta hacer que las ovejas levantaran la cabeza para escuchar.
En aquel tiempo, sin embargo, aún no poseía su flauta más famosa.
Un día, mientras caminaba por los bosques de Arcadia, pisando hojas secas y espantando algunos pájaros, Pan miró desde la ladera hacia abajo y vio pasar a una joven junto al borde de la arboleda. No era una muchacha mortal, sino una ninfa llamada Siringa.
Siringa vivía entre montes y bosques. Veneraba a Artemisa y había tomado por modelo a la diosa cazadora: llevaba la túnica ceñida en alto, caminaba con paso ligero y solía llevar cerca el arco y las flechas. No le atraían los banquetes de boda ni quería escuchar junto a las fuentes las palabras dulces de quienes la pretendían. Muchos dioses y pastores alababan su hermosura, pero ella prefería atravesar los bosques, oír el temblor de las hojas y seguir las huellas que dejaban las fieras.
Aquel día regresaba de las montañas, con un brillo de sudor en la frente y briznas de hierba prendidas en el borde de la túnica. Pan la vio desde lejos, y de pronto el deseo le encendió el pecho. Le pareció que su figura era como una claridad entre los árboles, o como una flor que se abre inesperadamente al lado de una fuente. Apartó entonces los matorrales y se apresuró hacia ella.
Pan no sabía esperar con paciencia. Mientras se acercaba, comenzó a llamarla. Quería decirle quién era, pedirle que se quedara; quizá también pensaba hablarle con orgullo de sus valles, de sus rebaños y del sonido de su flauta. Pero Siringa volvió la cabeza y vio a un dios con cuernos, barba espesa y piernas de cabra avanzando hacia ella a grandes zancadas. No se detuvo a oír el final de sus palabras: giró de inmediato y huyó hacia lo más hondo del bosque.
Al verla escapar, Pan se inquietó todavía más. Gritó su nombre, apartó las ramas con las manos y corrió tras ella.
Siringa era veloz. Cruzó las sombras de los árboles, saltó por encima de los arbustos bajos, y la hierba se doblaba bajo sus pies. Los pájaros del bosque, sobresaltados, alzaron el vuelo con aleteos bruscos. Detrás venía Pan, y sus pezuñas golpeaban la tierra con un ritmo precipitado.
Al final de la ladera se abría una zona húmeda y despejada; más allá corría el río Ladón. El agua rodeaba los juncos y las cañas, y la orilla era blanda y resbaladiza. Cuando Siringa llegó allí, ya no encontró camino. El río brillaba ante ella y le cerraba el paso; a su espalda, la respiración de Pan y el ruido de sus pasos se acercaban cada vez más.
Se quedó de pie junto al agua, sabiendo que no podría seguir huyendo.
Entonces pidió auxilio a las diosas del río. No tuvo tiempo de ofrecer guirnaldas ni de encender incienso: entre el viento y el rumor del agua, solo pudo suplicar con urgencia que la ocultaran, que no permitieran que el dios que la perseguía la alcanzara.
Las cañas de la orilla se mecieron suavemente, como si alguien bajo el agua hubiese escuchado su voz.
Pan llegó en ese instante. Abrió los brazos, seguro ya de atrapar a Siringa. Pero cuando los cerró, no encontró en ellos un cuerpo tibio ni las cintas de una muchacha. Solo abrazó un manojo de cañas recién nacidas junto al río.
Los tallos fríos y húmedos rozaron sus brazos; sus hojas largas y estrechas temblaban en el viento. La ninfa que un momento antes corría ante sus ojos había desaparecido.
Pan se quedó inmóvil en la orilla.
Miró las cañas que tenía entre las manos y luego volvió los ojos hacia el río. El agua seguía corriendo como si nada hubiera ocurrido. Pero el viento atravesó los tallos y produjo un sonido tenue. No era canto de pájaro ni salpicar de fuente: parecía más bien un suspiro lejano.
Pan soltó las cañas y tomó algunas de nuevo. Cuando el viento sopló otra vez, los tubos huecos sonaron juntos, cada uno con una altura distinta, dulces y tristes. Al escucharlos, la impaciencia de su pecho fue apagándose. No había conseguido a Siringa, pero en aquel sonido creyó oír la sombra última que ella había dejado.
No pudo marcharse.
Cortó entonces varias cañas de la ribera y las dividió en tubos de diferentes longitudes. Las más largas daban una voz grave; las más cortas, una voz aguda. Las juntó una al lado de otra, las pegó cuidadosamente con cera y probó a cubrir las bocas con los dedos, dejando que su aliento pasara por dentro.
Cuando sonó la primera nota, el valle quedó en silencio.
Ya no era el suspiro casual de una caña aislada movida por el viento, sino una verdadera flauta. Pan la llevó a sus labios y tocó una melodía entrecortada. El sonido se alejó de la orilla del Ladón, cruzó los prados, entró en el bosque, como si buscara a la ninfa que ya se había perdido.
Pan llamó Siringa a aquella flauta.
Desde entonces la llevó a menudo consigo por los montes y los campos. Cuando los pastores oían en el valle aquella música, sabían que Pan andaba cerca. Los rebaños pacían en la hierba, las hojas se agitaban al viento, los arroyos corrían sobre las piedras, y la flauta hecha de cañas conservaba siempre una nota de pesar, nacida de aquella persecución.
Siringa no fue llevada por Pan. El río y las ninfas la escondieron entre las cañas, y así escapó de aquellos brazos impacientes. Pero su nombre quedó dentro de la música. Más tarde, cuando los hombres oían los tubos de caña alineados emitir sonidos altos y bajos enlazados entre sí, recordaban la historia de la ribera arcadia: una ninfa que huyó hasta el agua, un soplo de viento entre las cañas, y el dios agreste Pan creando, a partir de una pérdida, su flauta pastoril.