
Mitología griega
La ciudad de Tebas tenía los caminos cerrados por la Esfinge, y muchos habían muerto por no saber responder a su enigma. Edipo, que llegó allí durante su errancia, descifró la pregunta, hizo que el monstruo se arrojara a la muerte y fue recibido en la ciudad, donde obtuvo el trono de Tebas.
Después de que el rey Layo muriera en un camino fuera de Tebas, la ciudad quedó sin soberano y cayó bajo un nuevo terror. La Esfinge se instaló junto al paso de montaña, con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave. Detenía a todo viajero y le exigía responder un enigma; quien fallaba era despedazado, y el miedo cerró el camino hacia la ciudad. Por entonces llegó Edipo a las cercanías de Tebas, convertido en un errante. Había crecido en Corinto, pero huyó de la casa que creía suya cuando el oráculo de Delfos anunció que mataría a su padre y se casaría con su madre. En el camino, durante una disputa en una encrucijada, mató a un anciano sin saber que aquel hombre era Layo, rey de Tebas. Edipo no evitó a la Esfinge. Subió por la senda y se presentó ante ella cuando el monstruo preguntó qué criatura camina con cuatro pies por la mañana, con dos al mediodía y con tres al anochecer. Pensando en la vida humana entera, respondió: el ser humano, que gatea de niño, camina erguido de adulto y se apoya en un bastón de viejo. Con su enigma vencido, la Esfinge se arrojó desde el risco. Cuando Tebas supo que el monstruo había muerto, las puertas se abrieron y Edipo fue recibido como salvador. Creonte cumplió la promesa de la ciudad y le entregó el trono; la reina Yocasta se convirtió también en su esposa. Para los tebanos, aquel extranjero había devuelto el paso al camino y había dado a la ciudad un respiro después de tanto miedo. Pero el enigma de la montaña no era el único que quedaba por resolver. Edipo creía haber escapado del oráculo, aunque ya había matado a su verdadero padre y entrado en la casa de su verdadera madre. La muerte de la Esfinge le dio gloria, pero también lo condujo directamente hacia la tragedia oculta en su propio origen.
Fuera de Tebas había un camino que llevaba hacia el paso de la montaña. Por allí pasaban los mercaderes con sus cargas, los pastores con sus rebaños y los mensajeros que entraban en la ciudad. Pero durante un tiempo, poco a poco, las voces fueron desapareciendo del camino, y entre la hierba solo quedó el ruido del viento al mover las piedras.
Porque junto a la senda había llegado un monstruo.
Acechaba desde lo alto, con cuerpo de león, garras clavadas en la roca, alas sobre el lomo y rostro de mujer. De lejos parecía una persona sentada en el risco, esperando a los viajeros; solo al acercarse se veían el brillo frío de sus ojos y las manchas de sangre bajo sus zarpas. Los tebanos la llamaban la Esfinge.
A cualquiera que pasara por allí le cerraba el paso. No pedía oro ni plata, ni permitía que nadie se abalanzara primero con espada o lanza. Solo planteaba un enigma. Quien acertaba podía marcharse con vida; quien no sabía responder era despedazado, y sus huesos quedaban entre las grietas de la piedra y los matorrales secos.
La noticia llegó a Tebas, y cerca de las puertas de la ciudad la gente hablaba en voz baja. Unos decían que era una calamidad enviada por los dioses; otros, que había venido a castigar antiguas culpas de la ciudad. Pero para la gente común lo más urgente no eran esas explicaciones, sino que alguien de su casa salía al camino y nunca regresaba.
Tebas ya estaba sumida en el desorden. El viejo rey Layo había muerto lejos, en un camino, y la reina Yocasta permanecía en el palacio; la ciudad no tenía un verdadero señor. Creonte se ocupaba por un tiempo del gobierno, pero tampoco él podía detener al monstruo de la montaña. La Esfinge no atacaba las murallas ni incendiaba los campos: se limitaba a guardar el camino, dejando que el miedo se deslizara día tras día hacia el interior de la ciudad.
Al fin los tebanos proclamaron que quien lograra librarlos de la Esfinge recibiría el trono y tomaría por esposa a la reina Yocasta.
Aquello sonaba a recompensa, pero en realidad era más bien la última esperanza de una ciudad acorralada. Muchos jóvenes subieron a la montaña llenos de valor; salieron de sus casas con nombre propio, pero ninguno volvió.
Fue entonces cuando un extranjero se acercó a Tebas.
Se llamaba Edipo. Llevaba en la ropa el polvo del viaje, y sus pies habían recorrido largas distancias. Había crecido en Corinto, donde todos lo trataban como a un príncipe, pero en su interior guardaba una pregunta que no conseguía resolver: quién era en verdad.
Una vez oyó decir que no era hijo natural de sus padres. Aquellas palabras se le clavaron en el corazón como una espina. Preguntó a sus padres de Corinto, y ellos intentaron tranquilizarlo, pero su inquietud no desapareció. Más tarde fue a Delfos para consultar el oráculo de Apolo, esperando conocer su origen.
El oráculo no le dijo directamente quiénes eran sus padres. En cambio, pronunció algo mucho más terrible: Edipo mataría a su padre y se casaría con su madre.
Al oírlo, Edipo quedó horrorizado. No se atrevió a regresar a Corinto. Creía que el rey Pólibo y la reina Mérope eran sus verdaderos padres, y pensó que, si se alejaba de ellos, quizá la desgracia no llegaría a cumplirse. Así dejó la ciudad que conocía y emprendió el camino en soledad.
Durante el viaje encontró disputas y peligros. En una encrucijada donde se juntaban tres caminos, un carro vino de frente. En él viajaba un hombre mayor, de apariencia noble, y sus servidores ordenaron a Edipo que se apartara. El paso era estrecho y ninguno quiso ceder. Los empujones y los insultos se transformaron pronto en sangre. En la pelea, Edipo mató a aquel noble y a sus acompañantes; solo unos pocos lograron huir.
No sabía que el anciano caído en el camino era Layo, rey de Tebas.
Después de aquello, Edipo siguió vagando. No miró atrás, y nadie le dijo el nombre del muerto. El destino, como una red, ya se cerraba bajo sus pies, pero él creía únicamente estar huyendo del oráculo.
Más tarde llegó a las cercanías de Tebas. Allí oyó hablar de la Esfinge en la montaña y de la recompensa ofrecida por la ciudad a quien fuera capaz de resolver su enigma.
Algunos intentaron disuadirlo. Uno le dijo: “Sus preguntas han matado a muchos. ¿Por qué habría de buscar la muerte un extranjero como tú?” Otro suspiró: “Ni siquiera los guerreros de Tebas han regresado.”
Pero Edipo no se echó atrás. Había dejado su patria atrás, con un oráculo terrible a sus espaldas, y ante él se alzaba una ciudad oprimida por un monstruo. Para él, vivir ya era caminar entre peligros. Apretó el bastón en la mano y subió por la senda de la montaña.
Cuanto más ascendía, más frío se volvía el camino. Entre las rocas se veían roderas rotas; junto a la senda había jirones de ropa vieja y huesos blanquecinos. Las águilas giraban a lo lejos, y el viento que cruzaba la ladera parecía un suspiro.
Edipo llegó al pie de una roca saliente, y entonces la Esfinge abrió las alas y descendió desde lo alto. Le cerró el paso, con las zarpas de león sobre la piedra y el rostro de mujer inclinado hacia aquel extranjero.
“Detente”, dijo. “Todo aquel que quiera pasar por aquí debe responder mi enigma.”
Edipo alzó la mirada hacia ella y no retrocedió.
La Esfinge preguntó:
“¿Qué ser camina por la mañana con cuatro pies, al mediodía con dos y al anochecer con tres? Cuando tiene más pies es más débil, y cuando tiene menos, más fuerte.”
Por un momento, el camino quedó en silencio.
Aquel enigma ya se había tragado muchas vidas. Al oír “cuatro pies”, algunos pensaban en una bestia; al oír “dos pies”, imaginaban un ave o un hombre; al oír “tres pies”, no lograban concebir criatura alguna que caminara así. Cuanto más se apresuraban, más se confundían; cuanto más se confundían, menos podían responder. La Esfinge esperaba precisamente ese silencio.
Edipo, en cambio, bajó la cabeza y pensó un instante.
No buscó monstruos ni aves extrañas. Pensó en la vida entera de un ser humano, desde el nacimiento hasta la vejez: el niño pequeño gatea por el suelo, apoyado en manos y rodillas; cuando crece, se yergue y camina sobre dos pies; al llegar a viejo, con las piernas débiles, se apoya en un bastón, como si tuviera un tercer pie.
Entonces dijo: “Es el ser humano. De niño se arrastra sobre sus cuatro miembros; de adulto camina sobre dos pies; y de viejo se apoya en un bastón, como si caminara con tres.”
Al oír esas palabras, el rostro de la Esfinge cambió.
Había formulado aquel enigma innumerables veces. Había escuchado gritos, súplicas, conjeturas desesperadas y silencios, pero nunca una respuesta tan clara. Sus alas batieron con violencia, y el polvo se levantó de las grietas de la roca. El monstruo lanzó un chillido que rebotó de un lado a otro del valle.
Edipo permaneció donde estaba, con el bastón apretado en la mano. No dijo nada más.
La Esfinge comprendió que su enigma había sido vencido. Ya no podría guardar el camino con aquella pregunta, ni mantener a los tebanos doblegados por el miedo. Se volvió, trepó hacia las rocas, abrió las alas y se precipitó desde lo alto, cayendo al fondo del barranco.
En el valle resonó un golpe pesado. Después solo quedó el viento.
Así terminó la calamidad que cerraba el paso a Tebas.
La noticia llegó pronto a la ciudad.
Al principio nadie se atrevía a creerla. Algunos corrieron a mirar desde la muralla; otros enviaron a jóvenes valientes para comprobar el camino de la montaña. Cuando vieron que la Esfinge estaba muerta y que la antigua senda volvía a estar libre, Tebas estalló en gritos como no se oían desde hacía mucho tiempo.
Las puertas se abrieron, y Edipo fue conducido al interior.
No había llegado con un ejército, ni reclamaba el trono por linaje. Solo había pronunciado una respuesta en el camino de montaña y, con ello, había hecho desaparecer al monstruo que encerraba a Tebas. Para los tebanos de aquel tiempo, eso bastaba. Necesitaban a alguien que devolviera el paso a los caminos; alguien que pusiera fin al miedo.
Creonte cumplió la promesa de la ciudad y entregó el trono a Edipo. La reina Yocasta se convirtió también en su esposa. Los tebanos lo llamaron salvador de la ciudad y lo aclamaron como si recibieran una fortuna caída del cielo.
Cuando Edipo se sentó en el trono, quizá creyó que al fin había escapado de las sombras del pasado. Había abandonado Corinto para huir del oráculo; había llegado a Tebas y, por su inteligencia y valor, había recibido gloria. La gente recordaba la respuesta que dio ante el precipicio y el instante en que la Esfinge cayó.
Pero nadie sabía entonces que, aunque el enigma del camino había sido resuelto, el enigma de la propia vida de Edipo aún seguía sin respuesta.
Tebas quedó salvada por un tiempo. Sus puertas volvieron a ver entrar y salir gente, y el mercado recuperó sus voces. Los ciudadanos lo aceptaron como rey y pusieron la corona sobre su cabeza. En cuanto al camino que salía de la ciudad, el viento siguió soplando desde el paso de la montaña; solo que ya no había allí ningún monstruo agazapado, esperando a que los hombres respondieran un enigma.