
Mitología griega
Cuando Helena, princesa de Esparta, llegó a la edad de casarse, la fama de su belleza se extendió por toda Grecia y atrajo a héroes de muchas tierras. Tindáreo temía elegir a uno y ofender a todos los demás; al final siguió el consejo de Odiseo e hizo que los pretendientes juraran de antemano que, fuera quien fuera el esposo de Helena, todos protegerían aquel matrimonio.
Cuando Helena llegó a la edad de casarse, la fama de su belleza se extendió por toda Grecia, y ante el palacio de Esparta empezaron a sonar ruedas y cascos. Príncipes, héroes y nobles llegaron con regalos: copas de oro, tejidos, caballos y armas. Tindáreo vio que todos miraban hacia la misma mujer, y su inquietud creció con cada nuevo huésped. Temía que, al escoger un solo esposo, la decepción de los rechazados se convirtiera en afrenta y rencor. Aquellos pretendientes tenían detrás tierras, naves y soldados, de modo que una disputa matrimonial podía arrastrar a casas y ciudades enteras. Lo que debía ser una boda feliz para Helena empezó a parecerle a Tindáreo una amenaza capaz de provocar una guerra. Odiseo de Ítaca comprendió el peligro y propuso una salida. Antes de anunciar la elección, todos los pretendientes debían jurar ante los dioses que aceptarían al esposo de Helena, fuera quien fuera. Si más tarde alguien la arrebataba o dañaba a su marido, todos los que habían pedido su mano acudirían en ayuda del esposo ofendido. Tindáreo entendió la astucia: mientras cada uno conservara la esperanza de ser elegido, ninguno querría negarse a ese juramento. Así, los héroes fueron reunidos ante el altar y, uno tras otro, pronunciaron palabras que no podrían retirar. Mientras subían el fuego y el humo del sacrificio, aceptaron la misma promesa bajo la mirada de los dioses. Después, Helena eligió a Menelao, hijo de Atreo. Los rechazados quedaron decepcionados, pero acababan de jurar; por eso recogieron sus presentes y sus séquitos y abandonaron Esparta sin sacar las espadas. La boda pareció quedar a salvo: Helena se convirtió en esposa de Menelao, y Tindáreo más tarde le confió también el trono de Esparta. Sin embargo, las palabras dichas ante el altar no se borraron. Años después, cuando Paris se llevó a Helena, Menelao pudo llamar a los antiguos pretendientes para que cumplieran su promesa. Tindáreo había querido evitar la discordia con un juramento, pero ese mismo juramento ayudó a reunir a los reyes griegos en Áulide y a poner sus naves rumbo a Troya.
En Esparta, el palacio de Tindáreo empezó poco a poco a perder la calma.
Al principio solo se veía, a lo lejos, el polvo levantado en el camino principal, y unos pocos carros detenidos junto a las puertas de la ciudad. Luego llegaron más y más carruajes. Los servidores sujetaban los caballos; los criados cargaban regalos; las corazas de bronce brillaban bajo el sol. Unos traían copas de oro, otros mantos finamente tejidos, otros caballos de buena raza y armas labradas con esmero. Día y noche había gente entrando y saliendo ante el palacio, y en las salas se oían a menudo pasos desconocidos y conversaciones en voz baja.
Todos venían por Helena.
Helena era hija de Leda y se había criado en Esparta. Su hermosura ya corría por todas las tierras griegas, más veloz que cualquier mensajero. Se decía que, cuando atravesaba el patio, sus compañeras detenían el huso entre los dedos; se decía que jóvenes de países lejanos, con solo oír su nombre, deseaban viajar a Esparta para verla con sus propios ojos. Así, el rumor fue creciendo y alejándose, hasta atraer a muchos héroes ilustres.
Llegaron nobles de Micenas y de Argos, hombres de Pilos y de Etolia, príncipes de Creta, de Ítaca, de Salamina y de otras ciudades. No eran jóvenes cualesquiera: muchos tenían detrás las tierras, las naves y los soldados heredados de sus padres. Se sentaban en la sala de Tindáreo, hablaban con cortesía, pero sus miradas se medían unas a otras. Todos sabían que no ambicionaban un simple regalo, sino a la misma mujer.
Tindáreo observaba todo aquello, y el corazón se le iba volviendo cada vez más pesado.
Si hubieran venido solo dos o tres pretendientes, el asunto habría sido más fácil de resolver. Pero ahora tenía sentados ante sí a algunos de los jóvenes más prestigiosos de toda Grecia. Sus regalos se amontonaban dentro de la casa; sus acompañantes aguardaban fuera; sus caballos estaban atados bajo los árboles. En cuanto Tindáreo pronunciara el nombre del esposo de Helena, todos los demás sabrían que habían sido rechazados.
¿Y qué pensarían los rechazados?
Algunos quizá se tragarían la ofensa, recogerían sus presentes y regresarían a sus hogares. Pero otros podían creer que habían sido humillados. Los héroes griegos estimaban la fama, respetaban los juramentos y daban gran valor al honor que traía un matrimonio. Por una mujer, por una palabra dicha con resentimiento, las espadas podían salir de la vaina. Tindáreo no ignoraba esas cosas. Sabía que la cólera, cuando abandonaba el banquete y salía al campo, se convertía en pelea; y que una pelea, si arrastraba a familias y aliados, podía convertirse en guerra.
De día recibía a sus huéspedes; de noche, en cambio, no lograba dormir. Cuando las luces del palacio se apagaban, seguía haciendo cuentas en silencio: si escogía a este, ¿tomaría las armas aquel otro? Si elegía a aquel, ¿se unirían los demás contra Esparta? La boda de Helena debía ser motivo de alegría, pero se había vuelto como una piedra sobre su pecho.
Fue entonces cuando alguien comprendió su dificultad.
Ese hombre era Odiseo de Ítaca.
Odiseo también figuraba entre los pretendientes. No hablaba, como otros, confiando solo en la fuerza de sus brazos o en el brillo de su linaje. A menudo se sentaba aparte, escuchaba las discusiones de los demás y, mientras tanto, sus ojos retenían a cada hombre de la sala. Sabía que Helena tal vez no lo elegiría a él; y sabía también que Tindáreo no temía tanto el tamaño de la dote como el rencor que pudiera quedar después de la boda.
Así que Odiseo buscó la ocasión de hablar con Tindáreo.
Odiseo no empezó pidiendo la mano de Helena para sí. Le dijo a Tindáreo que tenía un medio para librar a Esparta de desgracias futuras.
El recurso no era complicado, pero debía ponerse en práctica antes de anunciar la elección.
Había que reunir primero a todos los pretendientes y hacerles jurar ante los dioses que, fuera quien fuera el elegido por Helena, o aquel a quien Tindáreo entregara a Helena, los demás reconocerían ese matrimonio. Si algún día alguien dañaba al esposo de Helena, o arrebataba a Helena de su lado, todos los que la habían pretendido deberían ayudar al marido ofendido y reclamar justicia junto a él.
Cuando escuchó estas palabras, Tindáreo comprendió.
Si elegía primero al yerno y luego exigía el juramento, los rechazados, ya heridos en su orgullo, quizá no aceptarían. Pero si juraban antes de la elección, cada uno pensaría que todavía tenía esperanza y no querría parecer cobarde ni descortés. Nadie desearía admitir en público que, si no obtenía a Helena, destruiría el matrimonio de otro. De ese modo, el juramento los ataría antes de conocerse el resultado; y, una vez tomada la decisión, no podrían desdecirse fácilmente.
Tindáreo quedó agradecido a Odiseo y prometió ayudarlo a conseguir otro matrimonio conveniente. Más tarde, en efecto, Odiseo se casó con Penélope, hija de Icario. Pero eso vendría después. En aquel momento, lo urgente era la elección de Helena.
Tindáreo reunió a los pretendientes tal como Odiseo le había aconsejado.
Aquel día se dispusieron las víctimas ante el altar; se alzó la llama, y el humo, cargado del olor de la grasa, subió hacia el cielo. Los héroes formaron un círculo alrededor. Los carros aguardaban a cierta distancia, y los servidores no se atrevían a hablar en voz alta. Todos sabían que aquello no era un banquete ordinario ni una competición de fuerza. Tindáreo iba a pedirles que pronunciaran ante los dioses palabras que no podrían retirar.
Uno tras otro se acercaron. Algunos pusieron la mano junto al altar; otros levantaron el brazo hacia el cielo. Todos aceptaron el mismo juramento: fuera quien fuera el esposo de Helena, defenderían ese matrimonio; y si alguien se llevaba a Helena mediante engaño o violencia, ayudarían al marido perjudicado a castigar al culpable.
Quizá, al pronunciar aquellas palabras, algunos no pensaron demasiado lejos. Seguían preguntándose si Helena miraría hacia ellos, si los regalos que habían traído serían bastante ricos, si Tindáreo se inclinaba en secreto por una casa u otra. Tal vez alguno creyó que aquello no era más que una formalidad previa a la boda: si él resultaba elegido, el juramento lo protegería; si no, se marcharía con dignidad.
Pero los dioses escucharon. Las palabras dichas ante un altar no son como el vino de una copa, que se bebe y se olvida. Permanecen sobre quien las pronuncia, como una cuerda invisible.
Una vez prestado el juramento, Tindáreo pudo por fin tomar una decisión.
El esposo de Helena sería Menelao, hijo de Atreo y hermano de Agamenón. Agamenón ya era poderoso y ejercía su autoridad sobre Micenas y sus dominios; Menelao, aunque no poseía la majestad imponente de su hermano, pertenecía a una estirpe noble y traía consigo un nombre digno de la casa real espartana.
Cuando aquel nombre fue pronunciado, sin duda hubo un breve silencio en la sala. Muchos ojos se volvieron hacia Menelao y luego hacia Tindáreo. Algunos sintieron decepción; otros, una oscura resistencia; otros quizá apretaron el puño. Pero acababan de jurar ante el altar y no podían romper de inmediato la paz.
Así que los regalos fueron recogidos y los carros comenzaron a partir. Los pretendientes rechazados regresaron con sus séquitos a sus propias ciudades. El polvo volvió a levantarse en los caminos, solo que esta vez no anunciaba la llegada de aspirantes, sino su salida de Esparta. El palacio fue recobrando la quietud. Helena se casó con Menelao. Más tarde, Tindáreo le entregó también el trono, y Menelao se convirtió en señor de Esparta.
A primera vista, aquella boda había terminado sin sobresaltos.
Los banquetes se disipan, los cantos callan, los regalos se guardan en los almacenes. Tal vez muchos pensaron que los pretendientes volverían a sus vidas y que el juramento quedaría como un recuerdo antiguo. Pero las palabras pronunciadas aquel día ante el altar no se desvanecieron con el viento.
Muchos años después, Paris, príncipe de Troya, llegó a Esparta. Fue recibido por Menelao, pero se llevó consigo a Helena. Sobre si Helena fue seducida, raptada o si lo siguió por voluntad propia, las tradiciones no cuentan siempre lo mismo; pero para los griegos el resultado era claro: Menelao había perdido a su esposa y Esparta había sido ultrajada.
Entonces volvió a recordarse el juramento que Tindáreo había establecido en otro tiempo.
Menelao no era solo un marido ofendido. Detrás de él estaban todos los hombres que habían jurado ante el altar de Esparta. Aquellos pretendientes habían regresado hacía mucho a sus reinos: algunos se habían convertido en reyes, otros mandaban flotas, otros poseían guerreros y ciudades. Con el paso de los años quizá ya no pensaban en el bullicio de los días en que fueron a pedir la mano de Helena. Pero el juramento seguía aguardándolos.
Así, la noticia pasó de una ciudad a otra. Los antiguos pretendientes fueron llamados a cumplir su promesa y a ayudar a Menelao a recuperar a Helena. Algunos aceptaron de buen grado; otros vacilaron; otros buscaron la manera de escapar. Pero todos sabían que aquello no era una frase dicha al azar. Había sido pronunciada ante un altar y bajo la mirada de los dioses.
La boda de Helena, en un principio, no había sido más que una elección dentro del palacio real de Esparta. Tindáreo quiso evitar la discordia mediante un juramento, sin imaginar que, años más tarde, ese mismo juramento reuniría las naves de tantos héroes griegos en la bahía de Áulide y llevaría sus lanzas y escudos hacia Troya.
Desde entonces, cuando se habla de los pretendientes de Helena, no solo se recuerda cómo llegaron a Esparta cargados de regalos. También se recuerda cómo, ante el altar, pronunciaron todos las mismas palabras. En aquel momento, esas palabras salvaron una boda; más tarde, se convirtieron en uno de los comienzos de la expedición contra Troya.