
Mitología griega
Después de la caída de Troya, Menelao encontró por fin a Helena. Había querido poner fin con la espada a diez años de afrenta, pero al verla se le ablandó el corazón. Mientras tanto, los griegos llevaron a Políxena, la joven hija de Príamo, ante la tumba de Aquiles para sacrificarla, y la última luz de la casa real troyana quedó ahogada en sangre.
La noche en que la ciudad cayó, los griegos salieron del Caballo de Troya, abrieron las puertas y Troya quedó envuelta en llamas. Menelao avanzó con la espada en la mano en busca de Helena: había concentrado en aquel instante la cólera de diez años y quería matar él mismo a la esposa por la que había comenzado la guerra. La encontró en la casa de Deífobo. Helena estaba entre humo y sangre, sin lugar adonde huir. Menelao alzó la espada; pero, al ver su rostro, la ira cedió ante el antiguo amor y ante su belleza. Al final no descargó el golpe, sino que ordenó que la llevaran al campamento junto a las naves. Al amanecer, las mujeres de la familia real troyana fueron reunidas y repartidas entre los vencedores. Hécuba, Andrómaca, Casandra y Políxena quedaron como cautivas. Cuando los griegos se disponían a zarpar, la sombra de Aquiles reclamó una ofrenda, y la joven Políxena fue escogida para ser sacrificada ante su tumba. Políxena fue conducida al túmulo junto al mar. No gritó ni suplicó por su vida, sino que pidió morir como una mujer libre. Neoptólemo levantó el cuchillo ante la tumba de Aquiles, y la sangre de la muchacha corrió sobre la tierra mientras Hécuba solo podía llorar a su lado. Al final, Menelao subió a la nave con Helena, y los griegos partieron llevándose a los cautivos. Helena regresó viva junto a su esposo; Políxena, en cambio, quedó para siempre ante la tumba de Aquiles en la costa troyana. Así, el dolor de la ciudad vencida cayó sobre aquellas mujeres.
La noche en que el Caballo de Troya fue arrastrado al interior de la ciudad, los troyanos creyeron que por fin había terminado la larga guerra.
Abrieron las puertas, llevaron aquella enorme figura de madera cerca del templo, y los hombres cantaron alrededor de ella mientras las mujeres encendían lámparas bajo los aleros. Diez años de asedio habían dejado exhausta a la ciudad. Desde las murallas ya no se oía el estruendo del carro de Aquiles, y el campamento griego, junto al mar, parecía abandonado. La gente bebía, ofrecía sacrificios, abrazaba a sus parientes y pensaba que al día siguiente podrían reparar los tejados y volver a trabajar los campos.
Pero, entrada la noche, cuando la ciudad quedó en silencio, los guerreros griegos ocultos en el vientre del caballo empujaron en secreto la trampilla y descendieron desde lo alto por medio de cuerdas. Se deslizaron hasta las puertas y retiraron los cerrojos. La flota griega, que aguardaba en la oscuridad, ya había vuelto hacia la costa; en cuanto brillaron las antorchas, los hombres apostados fuera irrumpieron como una marea.
Cuando Troya despertó, la desgracia ya estaba junto a los lechos.
En las calles resonó el choque de las armas. Las lenguas de fuego treparon por los tejados y las vigas crujieron al arder. Los ancianos huían apoyándose en los muros; los niños lloraban en brazos de sus madres. Algunos tomaban la espada y corrían hacia la puerta, pero caían atravesados por la lanza que venía de frente. Otros se refugiaban en los templos, abrazados a las rodillas de las estatuas divinas, y aun así eran arrastrados fuera. La alta ciudad que no había podido ser tomada en diez años se convirtió, en una sola noche, en una hoguera.
Menelao también estaba entre los hombres que entraron en la ciudad.
Era rey de Esparta y esposo de Helena. Porque Helena había sido llevada a Troya por Paris, los reyes de las tierras griegas habían reunido sus naves y cruzado el mar hasta allí. Durante diez años, innumerables hombres habían muerto en la llanura ante la ciudad. Menelao había visto caer a sus compañeros, había visto levantarse una pira funeraria tras otra en el campamento, y dentro de él pesaba siempre un mismo pensamiento: cuando Troya cayera, mataría a Helena con sus propias manos.
Ese pensamiento lo sostuvo mientras avanzaba entre la sangre y el fuego.
Paris había muerto tiempo atrás. Después, Helena había sido obligada a casarse con su hermano Deífobo. La noche de la caída, la casa de Deífobo también fue asaltada por los griegos. Los objetos de bronce yacían volcados, los cortinajes del lecho habían sido arrancados, había sangre en el umbral, y la luz del incendio hacía temblar las sombras sobre las paredes.
Menelao entró con la espada en la mano.
Sobre aquel instante, las antiguas tradiciones no cuentan todas lo mismo. Unas dicen que Helena, en medio del caos, ya había dado señales a los griegos y los había ayudado a encontrar a Deífobo. Otras dicen que solo estaba escondida dentro de la casa, oyendo cómo los pasos se acercaban cada vez más, sabiendo que no podría escapar de ningún modo. Pero todos los relatos conservaron una misma imagen: cuando Menelao encontró a Helena, llevaba la espada empuñada y su ira aún no se había apagado.
Vio a Deífobo caído, y luego vio a la mujer en un rincón.
Helena salió de la sombra. Su ropa estaba manchada de ceniza, y en sus cabellos ya no quedaba el brillo de otros días en los palacios. No era la joven que había dejado Esparta diez años antes, ni la reina celebrada por los cantos troyanos. Estaba de pie entre los restos de la casa, oyendo los gritos de fuera, y comprendía que la victoria de los griegos era también su juicio.
Menelao alzó la espada.
Diez años de furia pesaban en su brazo. Recordó el palacio vacío, recordó la flota que había cruzado mares lejanos, recordó a los guerreros muertos por causa de ella. Podía descargar el golpe en aquel mismo instante y cerrar la historia en sangre.
Pero Helena levantó el rostro.
La luz del fuego cayó sobre ella. Ni los años, ni el miedo, ni la vergüenza habían logrado cubrir del todo su belleza. No era ya la risa ligera de un banquete, ni el resplandor encantador que Paris había visto al conocerla, sino una última claridad que todavía no se extinguía después de la ruina. La mano de Menelao quedó suspendida en el aire. Sostenía la espada, pero de pronto pareció faltarle la fuerza.
Los griegos que lo rodeaban esperaban que la matara. Algunos lo instaban a hacerlo, para que al volver a las naves no volviera a quedar cautivo de su encanto. Otros decían que, después de tanta sangre derramada por aquella mujer, no debía regresar viva a Grecia.
Menelao no respondió enseguida.
Miró a Helena. Helena lo miró a él. No tenía adónde huir: a sus pies había astillas y manchas de sangre; a su espalda, la ciudad ardía. Su vida dependía únicamente de la espada que él tenía en la mano.
Al final, Menelao bajó la espada.
No mató a Helena entre las llamas de Troya. Ordenó que se la llevaran, de vuelta al campamento griego. Unos dijeron que había sido vencido por su belleza; otros, que en aquel instante recordó el antiguo lecho nupcial y su casa. Fuera como fuese, Helena sobrevivió. No cayó en las calles como los príncipes troyanos, ni fue ofrecida allí mismo a los muertos. Fue conducida al campamento de los griegos, para esperar el momento de embarcar con Menelao.
Al amanecer, Troya ya no parecía una ciudad.
Las murallas seguían en pie, y también las puertas, pero dentro todo era ceniza. El anciano rey Príamo había muerto; Héctor yacía desde hacía tiempo bajo tierra; Paris y Deífobo tampoco conservaban la vida. Las mujeres del palacio fueron reunidas y obligadas a sentarse en el suelo, a la espera de su destino.
Hécuba, que había sido reina de Troya, llevaba ahora ropas miserables y el cabello suelto y desordenado. Junto a ella estaban sus nueras, sus hijas y las sirvientas del palacio. Cada vez que veían acercarse a un jefe griego, sabían que otra de ellas sería apartada.
Andrómaca, la esposa de Héctor, fue entregada a Neoptólemo, hijo de Aquiles. Casandra, la princesa que había anunciado la desgracia en el templo sin que nadie la creyera, fue llevada por Agamenón. Los ojos de la vieja reina buscaban una y otra vez entre la multitud a sus hijos, como si, mirándolos un instante más, aún pudiera retenerlos junto a ella.
Entre las cautivas estaba también Políxena.
Era hija de Príamo y de Hécuba, y todavía era joven. Cuando comenzó la guerra quizá no era más que una muchacha protegida dentro del palacio; cuando terminó, ya era una princesa sin patria. No tenía ejército, ni murallas, ni padre ni hermanos que pudieran defenderla. Al contar el botín, los griegos contaban también a los vivos, y repartían a aquellas mujeres entre distintos dueños.
Pero Políxena no fue entregada como una cautiva común.
En el campamento griego se difundió una exigencia terrible: la sombra de Aquiles reclamaba una ofrenda.
Aquiles había sido el más poderoso de los guerreros griegos. Murió ante Troya; sus compañeros recuperaron su cuerpo, y sus cenizas fueron depositadas en un túmulo junto al mar. Ahora que la ciudad había caído y los griegos se preparaban para desplegar las velas de regreso, no se atrevían a desatender la voluntad del héroe muerto. Se contaba que su sombra había aparecido sobre la tumba, o que había manifestado su deseo mediante señales, y que pedía que Políxena, la joven hija de Príamo, le fuera sacrificada.
Cuando la noticia llegó hasta las cautivas, Hécuba casi no pudo sostenerse en pie.
Había perdido a su esposo, a sus hijos y a su ciudad. Ahora también iban a llevarse a su hija hasta una tumba. Extendió los brazos y se aferró a Políxena como quien se agarra, en medio de la tempestad, al último madero que flota. Pero los soldados griegos ya se acercaban. Venían por orden de los jefes para conducir a la muchacha junto a la tumba de Aquiles.
El viento del mar era frío.
La tumba de Aquiles se alzaba cerca del campamento griego, elevada frente a la llanura de Troya y frente a la ciudad ennegrecida. Junto al túmulo habían preparado los objetos del sacrificio, y el filo del cuchillo brillaba con la luz de la mañana. Los jefes griegos estaban alrededor; los soldados formaban un círculo. También estaba allí Neoptólemo, hijo de Aquiles, heredero de la armadura y de la fama de su padre, y ahora encargado de cumplir por él aquel sacrificio de sangre.
Políxena fue llevada ante la tumba.
No vestía los ropajes espléndidos del palacio; era solo una muchacha que había perdido su casa y su reino. Pero los relatos antiguos dicen que, al llegar allí, no gritó ni pidió clemencia. Vio el altar, vio el cuchillo y vio a los griegos silenciosos. Comprendió que no volvería junto a su madre.
Hécuba gemía detrás de ella y quiso arrojarse hacia adelante, pero la retuvieron. Su voz se quebraba en el viento marino: unas veces llamaba a su hija, otras maldecía a los vencedores. Políxena la oyó, pero no volvió la cabeza para huir. No quería ser derribada como una res, ni que le ataran las manos y la arrastraran hasta el borde de la tumba.
Se irguió y dijo a los griegos que la dejaran morir libre.
Por un momento los soldados quedaron en silencio. Aquella muchacha vencida no tenía armas, pero ante su propia muerte conservaba la última dignidad. Algunos bajaron los ojos para no mirarla; otros apretaron la lanza como si temieran ablandarse. Neoptólemo dio un paso al frente con el cuchillo sacrificial en la mano.
Políxena acomodó sus vestiduras y descubrió el lugar donde debía recibir la herida. No permitió que la sostuvieran ni que la sujetaran. Permaneció de pie ante la tumba de Aquiles, frente al hombre que iba a matarla, como si todavía recordara que era hija de la casa real de Troya.
Cuando cayó el cuchillo, el llanto de Hécuba rasgó el silencio de la costa.
La sangre corrió sobre la tierra ante la tumba. Los griegos creyeron que así la sombra de Aquiles recibía el honor que se le debía. Pero para los troyanos aquello no era más que otra vida de la familia real arrebatada por los vencedores. La ciudad ya había ardido, el rey ya había muerto, y ahora también la joven princesa caía junto a la tumba de un enemigo.
Después de la muerte de Políxena, los griegos continuaron preparando el regreso.
Cargaron en las naves oro, plata, objetos de bronce, tejidos, caballos y cautivos. Las mismas naves que habían llegado para sitiar la ciudad estaban ahora llenas de botín. Las olas golpeaban los cascos, y los mástiles crujían al viento. En el campamento no había muchas risas de victoria, sino más bien cansancio y un silencio impaciente por partir.
Menelao llegó también hasta la orilla con Helena.
Muchos griegos aún no podían creer que fuera a perdonarla. Algunos la miraban pasar y recordaban a hermanos y amigos muertos, con los ojos llenos de rencor. Helena caminaba con la cabeza baja y no intentaba justificarse. Sabía que su nombre había quedado unido para siempre a aquella guerra. Ya hubiera sido seducida, retenida por la fuerza, o ya hubiera vacilado en algún momento de su corazón, ninguno de los muertos volvería.
Menelao no la entregó a los soldados ni permitió que la ejecutaran en público. La subió a la nave y la mantuvo junto a él. La espada que debía haberla matado no llegó a mancharse con su sangre.
Las mujeres troyanas fueron llevadas una tras otra a distintas naves. Al volverse, veían aún el humo elevarse desde la ciudad y comprendían que no regresarían a aquellos pórticos, ni al pozo, ni al telar. Hécuba había perdido a su hija y ahora sería llevada a tierra extranjera; Andrómaca partía con su dolor, lejos de la tumba de Héctor; las profecías de Casandra se habían cumplido por fin, y aun así nadie podía cambiar su destino.
Helena partió viva; Políxena, en cambio, quedó ante la tumba de Aquiles.
Una mujer a la que se había tenido por causa de la guerra fue sacada del fuego por su esposo; una muchacha que no había decidido el curso de la guerra pagó con su vida por un héroe muerto. Cuando se alzaron las velas griegas, en la costa de Troya solo quedaron ceniza, túmulos y llanto. Desde aquella noche, la historia de la ciudad caída no perteneció solo a los vencedores, sino también a quienes fueron llevadas lejos y a quienes quedaron atrás.