
Mitología griega
Los argonautas llegan a Cólquide en busca del Vellocino de Oro, y el rey Eetes pone a Jasón ante una prueba casi imposible. Entonces Hera y Atenea hacen intervenir a Eros, Medea queda herida por el amor y termina entregándole al héroe el ungüento que puede salvarlo.
La nave Argo cruza mares lejanos durante mucho tiempo hasta alcanzar por fin la desembocadura del Fasis. Jasón desembarca con algunos compañeros y se presenta en el palacio de Eetes para pedir el Vellocino de Oro. El rey los recibe con cortesía, pero en su interior ya ha decidido perder a aquellos extranjeros. Por eso ordena a Jasón uncir los toros de pezuñas de bronce que escupen fuego, arar el campo de Ares, sembrar dientes de dragón y vencer a los guerreros que brotarán de la tierra. En el palacio, Medea lo observa desde lejos. Es hija de Eetes y sacerdotisa de Hécate, conocedora de hierbas, conjuros y ritos nocturnos. Hera y Atenea saben que Jasón no sobrevivirá sin su ayuda, y por eso piden a Afrodita que envíe a Eros. La flecha del dios alcanza a Medea sin ruido; cuanto más intenta apartar la mirada del extranjero, más teme la muerte que lo espera. Esa noche Medea no puede dormir. Recuerda un ungüento escondido, capaz de proteger durante un tiempo contra el fuego y el hierro. Si Jasón lo extiende sobre su cuerpo y sus armas, quizá pueda dominar a los toros y resistir a los guerreros nacidos de los dientes del dragón. Pero entregárselo significaría ayudar a un enemigo contra su propio padre, y Medea queda desgarrada entre la lealtad, el miedo, la compasión y el amor repentino que se ha apoderado de ella. Hera sigue empujando los hechos. La hermana de Medea le ruega que ayude a los héroes griegos que una vez salvaron a sus hijos, y esa petición le da a Medea una razón que puede decir en voz alta. Medea acepta encontrarse con Jasón cerca del santuario de Hécate. Allí le entrega la cajita del ungüento y le explica cómo usarlo: sacrificar primero, ungirse el cuerpo y las armas, someter a los toros y arrojar una gran piedra entre los guerreros nacidos de la tierra para que se ataquen entre sí. Jasón comprende lo que Medea arriesga y jura que, si sale vivo de Cólquide, la llevará a Grecia y la tomará por esposa. Cuando Medea vuelve al palacio, ya se ha colocado entre su padre y el extranjero. La prueba del día siguiente aún no ha empezado, y el Vellocino sigue colgado en el bosque sagrado, pero el cambio decisivo ya se ha producido: la persona de la casa de Eetes que conoce la magia más poderosa se ha puesto del lado de Jasón.
La Argo había navegado durante mucho tiempo. Sus remos abrían una y otra vez la espuma, y la sal había dejado brillantes las tablas de la nave. Los héroes atravesaron muchas costas desconocidas hasta que por fin distinguieron la desembocadura del Fasis. El río venía desde el interior de la tierra, cargado de barro y olor a hierba húmeda; en la orilla se alzaban bosques espesos, y a lo lejos se veían murallas y tejados de palacio.
Aquella era Cólquide, la tierra donde se ocultaba el Vellocino de Oro. Jasón se quedó en la proa mirando la ribera, consciente de que había llegado al momento más duro de su empresa. El Vellocino no era un tesoro que pudiera tomarse con la mano. Pertenecía al rey Eetes, estaba colgado de una encina en un bosque sagrado y lo vigilaba un dragón que nunca dormía.
Los argonautas dejaron la nave en un lugar oculto y discutieron qué hacer. Unos querían empuñar enseguida las armas y entrar de noche en el bosque; otros pensaban que aquella tierra extraña era peligrosa y no debía provocarse. Al final, Jasón decidió presentarse ante el rey como un huésped. Se puso sus ropas, tomó a algunos compañeros y caminó por la ribera hasta el palacio.
El palacio brillaba con columnas de bronce, umbrales anchos, patios con fuentes y escaleras de piedra bien trazadas. Eetes estaba sentado en un alto trono, con el rostro severo y una alerta apenas disimulada en los ojos. Al ver a aquellos griegos llegados de tan lejos, primero los recibió según el deber de la hospitalidad: les ofreció asientos y mandó que les sirvieran comida y vino.
Jasón no anduvo con rodeos. Dijo que venía desde Yolco y que había emprendido el viaje para recuperar el Vellocino de Oro. No deseaba tomar lo ajeno como un bandido; pedía una entrega justa. Si el rey se lo daba, él y sus compañeros abandonarían la tierra en paz.
Eetes lo escuchó y enseguida se encendió de furia. No creyó que aquellos hombres hubieran venido solo por una misión. Pensó que quizá eran enviados de otros reyes griegos, dispuestos a arrebatarle su tesoro e incluso su trono. Pero no estalló allí mismo; se tragó la cólera y fue ideando una salida.
Entonces le dijo a Jasón:
—Si de verdad tienes valor de héroe, puedo darte el Vellocino. Pero antes debes hacer una cosa por mí. En mis campos hay dos toros divinos, con pezuñas de bronce y cuernos de hierro; por la boca arrojan fuego. Debes uncírselos, arar con ellos el campo de Ares y después sembrar en la tierra dientes de dragón. Cuando broten de allí los guerreros, tendrás que abatirlos. Solo entonces el Vellocino será tuyo.
En la sala cayó un silencio pesado. Los argonautas, al oír hablar de toros que escupían fuego y de guerreros nacidos de los dientes del dragón, palidecieron. Jasón también comprendió que no se trataba de una prueba, sino de una condena disfrazada. Aun así, no podía retroceder delante del rey; solo le quedó aceptar.
Eetes lo miró y pensó en secreto que aquel joven ya estaba cerca de la muerte.
Aquel mismo día, en el palacio había una joven que observaba a los extranjeros desde cierta distancia. Era Medea, hija de Eetes. No era solo una princesa del palacio; también era sacerdotisa de Hécate, conocedora de hierbas, conjuros y ritos nocturnos. Sabía qué raíz cerraba una herida, qué jugo adormecía a un hombre y cómo suplicar a las divinidades del mundo subterráneo.
Al principio se limitó a permanecer donde le correspondía. Pero cuando Jasón habló, no pudo dejar de mirarlo. Aquel joven venido de lejos llevaba la espalda erguida, hablaba sin humillarse ni insolentarse y tenía el cuerpo cubierto todavía por el polvo del viaje y el viento del mar. No era un noble al que ella conociera de siempre, ni un guerrero de Cólquide, duro y silencioso. Allí, rodeado de enemistad, no bajaba la cabeza.
Desde lo alto del cielo, Hera y Atenea también observaban cuanto ocurría. Hera protegía a Jasón porque una vez él la había ayudado cuando ella iba disfrazada de anciana; Atenea tampoco quería ver truncada allí la expedición de los argonautas. Sabían que, por sí solo, Jasón difícilmente podría arrancarle el Vellocino a Eetes. En Cólquide había toros que escupían fuego, guerreros nacidos de dientes sembrados en la tierra, un dragón vigilante y la desconfianza del rey. Sin ayuda desde el palacio, los héroes irían derechos a la muerte.
Por eso acudieron a Afrodita y le pidieron que hiciera intervenir a su hijo Eros. La diosa aceptó. Eros llegó a Cólquide con su arco y sus flechas, y se deslizó en silencio hasta el palacio. No era un guerrero con armadura ni un mensajero que anunciara su nombre, sino un muchacho travieso y peligroso, escondido entre las sombras de las columnas y los pliegues de las telas.
Eligió a Medea.
Cuando ella alzó de nuevo la vista hacia Jasón, Eros disparó. La flecha no hizo ruido, pero penetró más hondo que una lanza. Medea sintió de pronto un calor violento en el pecho, como si una chispa le hubiera quemado por dentro. Bajó la cabeza para huir de la presencia de aquel extranjero, pero cuanto más intentaba no mirarlo, más vivo se le volvía en la mente.
Apretó el cinturón entre los dedos hasta blanquearlos. Oyó a su padre anunciar la prueba despiadada y sintió primero miedo, luego una inquietud nueva por Jasón. Ella sabía qué eran aquellos toros: del suelo, bajo sus pezuñas de bronce, saltaban chispas; por sus narices salían llamaradas. Ningún hombre podía acercárseles sin quedar abrasado. También sabía que, cuando los dientes del dragón tocaran la tierra, nacerían guerreros armados que al instante se echarían a matar.
«Va a morir», pensó Medea.
En cuanto esa idea se le apareció, se sobresaltó. No debía preocuparse por un desconocido; mucho menos por el enemigo de su padre. Pero por más que intentaba expulsar ese pensamiento, este crecía dentro de ella como un incendio.
Terminada la comida, Jasón y sus compañeros regresaron a la Argo. Eetes volvió a sus aposentos, convencido de que, cuando Jasón muriera en los campos, ya pensaría cómo acabar también con los demás griegos. El palacio fue quedando en silencio; la luz de los braseros teñía los muros de piedra, pero Medea no podía dormir.
Se revolvía sobre el lecho. El viento nocturno movía las cortinas; a lo lejos oía el río, oía el paso de los guardias y oía también el latido apresurado de su propio corazón. A ratos pensaba en la autoridad de su padre; a ratos volvía a ver a Jasón de pie en la sala.
Se decía a sí misma:
—Es un extranjero. Ha venido a llevarse el tesoro de mi padre. Si muere, no hará sino seguir el camino que eligió.
Pero otra voz respondía dentro de ella:
—Mañana lo quemarán. Tú tienes la manera de salvarlo.
Medea se incorporó. Su cabello caía sobre los hombros. Recordó entonces el ungüento que guardaba. No era una simple mezcla de hierbas, sino una sustancia nacida de una planta maravillosa, unida a la sangre que brotó de Prometeo en su tormento. Ese ungüento hacía que, durante un tiempo, el fuego no pudiera herir y que el hierro no pudiera cortar. Bastaba con que Jasón se lo extendiera sobre el cuerpo, el escudo y la lanza para poder acercarse a los toros de fuego y resistir también a los guerreros.
Pero si ella se lo entregaba, estaría ayudando al enemigo a espaldas de su padre. Y, si aquello se descubría, ya no tendría lugar seguro en Cólquide.
Pensó en acudir al santuario a orar, pero temió ser vista; pensó en arrojar el ungüento lejos, pero no tuvo fuerzas. Incluso llegó a imaginar que, si Jasón moría, ella dejaría de padecer. Sin embargo, apenas nació esa idea, se sintió herida por dentro y se cubrió el rostro con las manos.
Cuando el día empezó a clarear, Medea seguía sin haber dormido. Su corazón estaba desgarrado entre dos direcciones: de un lado, su padre, su patria, el palacio y los dioses a los que había rendido culto desde niña; del otro, aquel héroe extranjero al que apenas había visto una vez. Él no le había pedido nada, pero su vida ya estaba unida a la de ella.
Medea no luchaba sola. Hera no quería que retrocediera. La voluntad de la diosa actuaba como un viento invisible, empujándolo todo paso a paso.
Mientras tanto, Jasón también deliberaba junto a la nave con sus compañeros. Después de escuchar la exigencia de Eetes, sintió que el ánimo se le oscurecía. Entre los argonautas había hombres valientes, pero ninguno podía decir sin más que dominaría a mano limpia unos toros que arrojaban fuego. Unos le aconsejaban huir de noche; otros proponían atacar de frente. Jasón permaneció largo rato en silencio.
Entonces recordó Calciope, la hija de Eetes, y a sus hijos. Ella había estado casada con Frixo, el mismo que años atrás había llegado a Cólquide sobre el carnero de oro. Cuando Frixo murió, sus hijos quedaron más tarde en peligro en el mar, y los argonautas los habían salvado. Calciope sabía que entre aquellos griegos había hombres que habían ayudado a sus hijos, y no quería verlos morir todos por la astucia de su padre.
Fue a buscar a su hermana Medea. Al hablar, Medea intentó disimular su inquietud, pero la palidez del rostro y el temblor de los ojos ya la delataban. Calciope le pidió que encontrara la manera de ayudar a aquellos héroes extranjeros, al menos a Jasón, que había salvado la vida de sus sobrinos.
Al oír el nombre de Jasón, Medea se estremeció. Todavía andaba buscando excusas para convencerse a sí misma, y las palabras de su hermana le abrieron la puerta que necesitaba. Podía decirse que no actuaba por pasión, sino para devolver un favor de salvación. Pero en el fondo sabía que no era solo eso lo que la empujaba.
Al final confesó en voz baja que poseía un ungüento capaz de proteger a Jasón. Pero debía entregárselo ella misma y explicarle cómo usarlo. Calciope, sorprendida y aliviada, dispuso enseguida que ambos se encontraran cerca del santuario de Hécate.
La luz de la mañana caía sobre el camino fuera de la ciudad. Medea salió del palacio con sus sirvientas, fingiendo que iba a hacer una ofrenda en el santuario. Viajaba en un carro, con una cajita de ungüento escondida en el regazo, y mantenía los dedos apoyados sobre la tapa como si quisiera sujetar también su propio destino. Las ruedas crujían sobre la tierra, y cada sonido le parecía golpearle en el pecho.
Cuando llegaron junto al santuario, las sirvientas se quedaron apartadas. Medea avanzó entre los árboles, con la sombra de las ramas sobre la túnica. Allí vio a Jasón esperándola. No llevaba armadura; parecía más bien un hombre que acudía a pedir ayuda. Tenía el rostro fatigado, pero aún quedaba en él esperanza.
Al verla, Jasón calló un instante. Ella también se quedó sin palabras. Entonces él la saludó con gentileza y le pidió que no tuviera miedo. Dijo que sabía que ella poseía el conocimiento que los dioses conceden, y que sin su ayuda no saldría con vida del día siguiente. Le suplicó que lo salvara y le prometió que, si lograba cumplir la prueba y regresar a Grecia, nunca olvidaría lo que Medea hiciera por él.
Al escucharle, Medea sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Sacó la cajita y se la entregó. El objeto era pequeño, pero parecía contener todo su destino.
Le explicó:
—Mañana, al amanecer, báñate primero y ofrece un sacrificio a Hécate. Luego unge con esta sustancia tu cuerpo, y también tu escudo, tu lanza y tu espada. Así, durante todo el día, el fuego no podrá quemarte ni el hierro herirte. Debes agarrar a los toros por los cuernos y obligarlos a inclinar la cabeza para ponerles el yugo. Cuando siembres los dientes del dragón, de la tierra saldrán guerreros armados. No te apresures a combatirlos uno por uno. Lanza una gran piedra entre ellos; como no sabrán de dónde vino, se desconfiarán unos de otros y se matarán entre sí. Entonces podrás caer sobre los que queden.
Jasón la escuchó con toda atención y guardó en la memoria cada palabra. Sabía que no era una ayuda cualquiera, sino la salvación que Medea le daba arriesgando su fidelidad a su padre. Le juró que, si lograba salir vivo de Cólquide, la llevaría a Grecia, la tomaría por esposa y la haría respetada en su tierra.
Medea oyó el juramento con una alegría mezclada de temor. Pensó en el palacio de su padre, en la orilla conocida del río y en los santuarios en los que había crecido. Si se marchaba con Jasón, todo aquello quedaría atrás. Pero ya había entregado el ungüento, y el camino de regreso empezaba a cerrarse en ese mismo instante.
Antes de despedirse, aún le recordó que no olvidara sacrificar a Hécate y que no subestimara a los guerreros nacidos de la tierra. Jasón escondió la cajita y le dio las gracias. El viento se deslizó entre los árboles, moviendo las hojas como si velara también por su secreto.
Cuando Medea regresó al palacio, seguía pálida. Las sirvientas creyeron que estaba cansada por la ofrenda, y nadie le hizo preguntas. Pero ella sabía que, desde el momento en que había entrado en aquel bosque, las cosas ya no dependían solo de su voluntad. Había salvado a Jasón, sí, pero también se había colocado entre su padre y el extranjero.
Jasón volvió junto a la Argo, abrió la cajita y vio en ella un ungüento oscuro, con olor a raíz amarga y picante. Contó a los compañeros de confianza lo que Medea le había dicho. Los héroes, que hasta entonces habían sentido sobre el pecho una sombra pesada, respiraron un poco. Seguían sabiendo que el día siguiente sería terrible, pero al menos ya tenían una posibilidad de vivir.
Cuando volvió a caer la noche, el palacio de Cólquide, la ribera y el lugar donde estaba la nave quedaron en silencio. Eetes seguía creyendo que su plan era impecable: los toros de fuego aplastarían a los extranjeros y los guerreros nacidos de los dientes del dragón lo atravesarían con sus lanzas. No sabía que su propia hija ya había entregado a Jasón el medio para superar todos esos peligros.
Medea permaneció sola en su habitación, mirando la oscuridad. Ya no luchaba como la noche anterior, porque la decisión estaba tomada. Se había enamorado de Jasón, y ese amor había llegado de repente, como una flecha que penetra el corazón o como una chispa que cae sobre la paja seca. Salvó a un héroe y, desde entonces, cambió también su propio camino.
La prueba del día siguiente aún no había comenzado; el Vellocino de Oro seguía colgado en el bosque sagrado y el dragón seguía enroscado bajo el árbol, sin dormir. Pero ya había ocurrido lo decisivo: en el palacio del rey de Cólquide, la mujer que mejor conocía los ungüentos y los hechizos se había puesto del lado de Jasón.