
Mitología griega
Heracles, por orden de Euristeo, marchó a los pantanos de Lerna para matar a la Hidra, una serpiente de muchas cabezas cuyo aliento envenenaba el aire. Pero cada cabeza cortada hacía brotar otras nuevas, y Hera envió además un enorme cangrejo para estorbarlo. Solo con la ayuda de Yolao, que quemaba con fuego los cuellos cercenados, logró Heracles destruir al monstruo.
Cuando la Hidra de Lerna murió, Heracles abrió su cuerpo y empapó sus flechas en la sangre venenosa. Desde entonces, aquellas puntas se convirtieron en armas terribles: bastaba que rozaran la carne para llevar la muerte. Sin embargo, más tarde Euristeo declaró que aquella hazaña no debía contarse, porque Heracles había recibido la ayuda de Yolao.
Después de que Heracles regresara a Micenas cargando sobre los hombros al león de Nemea, Euristeo le tuvo todavía más miedo. El rey ya no se atrevía a esperarlo de pie ante las puertas del palacio; a veces, en cuanto oía que Heracles volvía, se escondía dentro de una gran tinaja de bronce y enviaba a un heraldo para hablar en su nombre.
Pero el miedo no lo llevó a concederle la libertad. Hera seguía odiando al hijo de Zeus y quería hacerlo sufrir en un peligro tras otro. Así llegó pronto la segunda orden: debía ir a Lerna y matar allí a la Hidra.
Lerna quedaba en la región de Argos, en tierras bajas y húmedas donde los juncos se mezclaban con aguas oscuras. Aun de día, la superficie parecía cubierta por una sombra; de noche, el croar de las ranas, el zumbido de los insectos y los gritos lejanos de las bestias hacían estremecer a cualquiera. En lo más hondo del pantano había una cueva, y allí se ocultaba la Hidra de Lerna.
No era una serpiente común. Las tradiciones antiguas decían que descendía de Tifón y Equidna, de la misma estirpe que Cerbero y la Quimera que escupía fuego. Tenía un cuerpo enorme, escamas que brillaban contra el barro húmedo y muchas cabezas que se alzaban sobre largos cuellos; una de ellas, la más temible, se decía que no podía morir. Su aliento era venenoso: las hierbas cercanas a la cueva se marchitaban, y el ganado que bebía por error de aquellas aguas caía muerto.
Al enviar a Heracles a aquel lugar, Euristeo no solo le ordenaba matar un monstruo. Era como si quisiera arrojarlo a un sitio del que nadie pudiera regresar.
Heracles no emprendió el camino solo. Llevó consigo a Yolao, su sobrino, joven, despierto y hábil para gobernar el carro. Pusieron en él el arco, las flechas, la maza, la espada y los útiles para hacer fuego, y salieron de Micenas. Las ruedas pasaron primero sobre tierra seca; poco a poco, el camino descendió hacia parajes más húmedos y bajos.
Al llegar a Lerna, los caballos se negaron a avanzar. En el aire flotaba una mezcla de barro podrido y vapores ponzoñosos, y cuanto más se acercaban al pantano, más difícil se hacía respirar. Heracles mandó a Yolao detener el carro en un terreno algo más alto, y él siguió a pie, armado, hacia la cueva.
No metió la cabeza imprudentemente en la oscuridad. La Hidra se escondía en aquel fondo húmedo y negro, con sus muchas cabezas recogidas unas contra otras, como una sombra viva que respiraba. Heracles tomó sus flechas, envolvió las puntas con yesca ardiente y las disparó una tras otra hacia la entrada. La luz del fuego se hundió en la caverna, el humo se arremolinó, y dentro se oyó al monstruo revolverse; las escamas raspaban la piedra de las paredes.
Poco después, la Hidra salió forzada de su guarida.
Primero asomaron varias cabezas, con lenguas partidas que silbaban en el aire; luego todo el cuerpo se deslizó fuera, removiendo el lodo y el agua a su alrededor. Sus cuellos se alzaban uno tras otro, como una mata viva de veneno. Heracles levantó la gran maza y golpeó la cabeza que tenía más cerca.
El primer golpe fue terrible: una cabeza cayó torcida en el barro. Heracles blandió después la espada y cortó otra; la sangre venenosa saltó y, al caer sobre el agua, levantó un olor acre.
Pero apenas quiso dar un paso adelante, del cuello cercenado brotaron unos bultos de carne. Se abrieron con rapidez y, del mismo corte, nacieron dos cabezas nuevas. Ambas abrieron la boca a la vez y se lanzaron contra él.
Heracles siguió cortando y golpeando. Sin embargo, por cada cabeza que derribaba, nacían dos más. Cuanto más luchaba, más cabezas tenía la serpiente; sus silbidos se amontonaban unos sobre otros, hasta que la orilla del pantano pareció llena del clamor de las víboras.
La Hidra aprovechó el combate para enroscar su largo cuerpo en torno a las piernas de Heracles. Aquella masa fría y resbaladiza se apretó bajo el agua lodosa, tratando de hacerlo caer. Heracles se afirmó con todas sus fuerzas; los pies se le hundieron en el barro, pero la maza seguía descendiendo una y otra vez.
Entonces Hera envió un cangrejo gigantesco. Salió arrastrándose del borde del pantano, cubierto por un caparazón duro, con las dos pinzas abiertas. De pronto atrapó el pie de Heracles. El dolor le subió desde el empeine, y al bajar la mirada vio a la criatura clavada en él, como si quisiera fijarlo al suelo.
Heracles rugió y descargó el pie sobre ella. El caparazón se quebró, y el cangrejo quedó aplastado en el barro.
Pero aquel breve retraso bastó para que a la Hidra le crecieran unas cuantas cabezas más. Heracles comprendió que la fuerza por sí sola no bastaría para vencer a aquel monstruo. Mientras contenía los ataques de las serpientes, gritó hacia donde estaba el carro:
—¡Yolao, trae fuego!
Yolao ya había visto que la situación iba mal. Saltó del carro, juntó ramas secas y antorchas, y avivó las llamas. El fuego temblaba en el viento húmedo; él lo protegió con el manto y corrió hasta ponerse junto a Heracles.
Heracles volvió a blandir la espada y cortó otra cabeza. Yolao acercó de inmediato la antorcha al cuello abierto. Subió un olor a carne quemada, y la herida quedó sellada por el fuego: de allí no brotó ninguna cabeza nueva.
Habían encontrado el modo.
Heracles cortaba una cabeza tras otra, y Yolao quemaba una herida tras otra. Las llamas se reflejaban en el agua turbia; la sangre de la serpiente, el humo, el veneno y el calor se mezclaban en una sola nube sofocante. La Hidra se retorcía de dolor; sus muchas cabezas mordían sin orden, unas hacia el hombro de Heracles, otras hacia el fuego que Yolao sostenía en la mano. Yolao no se atrevía a apartarse demasiado: miraba el cuello recién abierto, apretaba los dientes y llevaba allí la llama.
Poco a poco, las cabezas de la Hidra fueron disminuyendo. Aquellos cuellos que antes se multiplicaban al ser cortados quedaron convertidos en muñones negros y chamuscados, incapaces de producir nuevas cabezas.
Al final solo quedó la cabeza del centro, la inmortal.
Era más espantosa que las demás: tenía los ojos fríos y de sus dientes colgaba el veneno. Cuando Heracles se acercó, se abalanzó contra él y casi le mordió el rostro. Heracles se apartó de lado, le sujetó el cuello con la maza y, alzando la espada, descargó un golpe enorme.
La cabeza cayó al suelo, pero no murió del todo. La boca seguía abierta, los colmillos aún temblaban, como si esperara que alguien se acercara para morder una vez más.
Heracles no la dejó abandonada junto al pantano. Cavó en el barro al borde del camino, enterró allí aquella cabeza que no moría y trajo una piedra pesada para colocarla encima. La piedra apretó la tierra y mantuvo encerrada la cabeza venenosa. Quien pasara por allí solo vería una roca quieta, sin saber qué cosa yacía debajo.
El cuerpo de la Hidra quedó desplomado junto al pantano, mientras la sangre venenosa seguía manando despacio. Heracles abrió el cadáver y sumergió una a una sus flechas en aquella sangre. Las puntas se cubrieron de un veneno oscuro y brillante, y desde entonces se volvieron armas terribles. Más tarde, quien fuera alcanzado por una de esas flechas difícilmente escaparía de la muerte.
Yolao apagó las antorchas. El carro y los caballos seguían esperando a lo lejos. El humo se fue disipando sobre el pantano; una extensión de juncos había quedado ennegrecida, y sobre el agua flotaban cenizas. Heracles tomó sus flechas envenenadas y dejó Lerna para regresar ante Euristeo.
Pero Euristeo, cuando escuchó el relato, no quiso reconocer la hazaña de buena gana. Se aferró a un detalle: Heracles no la había realizado solo, pues Yolao lo había ayudado a quemar los cuellos de la serpiente. Por eso, declaró, aquel trabajo no debía contarse entre sus méritos.
Nada de eso hizo que la Hidra de Lerna volviera a la vida. El pantano quedó libre del monstruo que escupía veneno; la gran piedra junto al camino siguió oprimiendo la cabeza inmortal, y en el carcaj de Heracles quedó una nueva carga de flechas capaces de helar de miedo a sus enemigos con solo oír hablar de ellas.