
Mitología griega
Cuando Jasón llegó a la edad adulta, regresó a Yolco para reclamar a Pelias, el usurpador, el trono de su padre. Pelias reconoció en él al hombre del oráculo, “el que llevaría una sola sandalia”, y le impuso la empresa del vellocino de oro, esperando enviarlo hacia una lejanía llena de peligros.
De camino a la ciudad, Jasón ayudó a una anciana a cruzar un río embravecido, pero perdió una sandalia en la corriente. Aquella anciana era en realidad la diosa Hera. Así, cuando Jasón entró en Yolco con un pie calzado y el otro desnudo, Pelias lo vio. Recordó entonces que un oráculo le había advertido contra “el hombre de una sola sandalia”, y el miedo prendió de inmediato en su corazón. Jasón declaró ante todos quién era y exigió a Pelias que devolviera el trono. Pelias no se atrevió a matarlo allí mismo. Fingió estar dispuesto a negociar, pero en secreto buscó el modo de enviarlo lejos. Hizo que Jasón pronunciara la difícil empresa de “ir a buscar el vellocino de oro a la Cólquide”, y al instante le exigió cumplirla antes de entregar el poder. El vellocino de oro era el tesoro dejado por un carnero divino. Se hallaba en la arboleda sagrada de Ares, en la Cólquide, custodiado por un dragón que jamás dormía. Pelias pensó que un viaje semejante bastaría para que Jasón muriera en el mar. Pero Jasón no retrocedió: convocó héroes de muchas tierras, mandó construir la nave Argo y se preparó para partir hacia Oriente. Al final, la Argo zarpó desde la costa de Yolco. Pelias creyó haber alejado el peligro, pero Jasón convirtió aquella trampa en una expedición para recuperar su nombre y su derecho.
La ciudad de Yolco se alzaba cerca del golfo. Sus habitantes veían a menudo entrar y salir las naves, y también oían las órdenes que llegaban desde el palacio. En aquellos días gobernaba Pelias. No era el dueño legítimo del trono, pero se había apoderado del poder por la fuerza. Esón, a quien correspondía reinar, vivía apartado y sometido; fuera de las puertas del palacio había guardias, dentro había espías, y nadie se atrevía a alzar la voz por él.
Esón tenía un hijo pequeño llamado Jasón. Si el niño permanecía en palacio, tarde o temprano caería en manos de Pelias. Esón y su esposa no pudieron hacer ruido ni pedir ayuda. Fingieron que el niño había muerto y, una noche, lo sacaron en secreto de la ciudad. El pequeño, aún envuelto en pañales, fue confiado al centauro Quirón, que lo llevó a las montañas, lejos del palacio.
Quirón vivía en lo profundo del bosque. No era como aquellos centauros brutales y pendencieros: conocía las hierbas medicinales, la música y el modo de formar tanto el cuerpo como el ánimo de los jóvenes. Jasón creció a su lado. Al amanecer aprendía a distinguir las plantas de las laderas; por la tarde practicaba el lanzamiento de la lanza junto al arroyo; por la noche escuchaba relatos antiguos sobre dioses y héroes. Cuando el viento atravesaba los pinos, el muchacho solía mirar hacia el resplandor distante del mar. Sabía que no era un hijo de la montaña. Su padre estaba en Yolco, y allí estaba también su casa.
Cuando Jasón se convirtió en un joven fuerte, Quirón le reveló su origen. Jasón no gritó ni se apresuró a jurar venganza. Preparó su pequeña lanza, se cubrió con el manto de viaje, se despidió del maestro que lo había criado y descendió por los senderos hacia Yolco.
En el camino de regreso llegó a la orilla del río Anauro. Aquel día las aguas bajaban crecidas y violentas; la corriente turbia golpeaba las piedras y levantaba remolinos de espuma blanca. En la ribera había una anciana. El viento le pegaba la ropa al cuerpo, y ella miraba la otra orilla con angustia, incapaz de cruzar.
Jasón se acercó y le preguntó adónde iba. La anciana respondió que debía pasar al otro lado, pero no tenía fuerzas para entrar en una corriente semejante. Jasón no lo pensó mucho. Se inclinó, dejó que ella se aferrara a sus hombros y la cargó sobre la espalda. Entró en el río; el agua le cubrió primero las pantorrillas y luego le golpeó las rodillas. Avanzó despacio, tanteando las piedras bajo los pies. El lecho era resbaladizo, y la corriente tiraba de él. Cuando ya estaba cerca de la otra orilla, una sandalia quedó atrapada entre el barro y las hierbas del río, y el agua se la llevó.
Dejó a la anciana en tierra firme y se volvió a mirar, pero la sandalia había desaparecido. La mujer, sin embargo, no se mostró inquieta como una anciana común. Lo observó en silencio. Jasón no sabía que era Hera, que lo había puesto a prueba desde la sombra. Pelias había despreciado a la diosa, y ella no lo había olvidado; ahora volvía sus ojos hacia aquel joven.
Jasón no tuvo más remedio que seguir hacia Yolco con un pie calzado y el otro desnudo.
Ese mismo día, Pelias celebraba un sacrificio en la ciudad. Los bueyes habían sido llevados ante el altar, el humo perfumado subía desde el fuego, y nobles y vecinos se reunían alrededor. Pelias estaba en medio de todos, pero su ánimo no estaba tranquilo. Tiempo atrás, un oráculo le había advertido que se guardara del hombre que llegara con una sola sandalia.
Cuando Jasón atravesó la multitud, muchos repararon en él. Era alto, de aspecto franco y vigoroso, con esa claridad que parecía venir de las montañas. Llevaba el manto de viaje sobre los hombros; un pie iba calzado, el otro desnudo y manchado de barro del río. Pelias también lo vio, y su rostro cambió al instante.
No estalló delante de todos. Contuvo el temor que le subía por dentro y preguntó al desconocido quién era y de dónde venía. Jasón se irguió y respondió:
—Soy Jasón, hijo de Esón. He vuelto a la ciudad de mi padre para reclamar el trono que pertenece a mi casa.
Al oír aquellas palabras, la gente empezó a murmurar. Durante años nadie se había atrevido a pronunciar el nombre de Esón, y ahora un joven lo decía ante el altar. Pelias comprendió que si lo mataba de inmediato despertaría sospechas, y quizá también rencor. Así que adoptó un gesto amable, invitó a Jasón a entrar en el palacio y dijo que estaba dispuesto a tratar con calma el asunto del reino.
Se dispuso el banquete, y el aroma de la carne y del vino llenó la sala. Pelias se sentó en el lugar principal. Parecía cordial, pero su mente no dejaba de calcular. El hombre del oráculo había llegado; no podía permitir que permaneciera en la ciudad. Lo mejor sería enviarlo a un lugar tan lejano que apenas pudiera imaginarse, a realizar una empresa casi imposible.
Pelias preguntó a Jasón:
—Si supieras que existe un hombre destinado a causarte daño, ¿qué harías con él?
Jasón, joven y franco, y movido también en secreto por Hera, contestó:
—Le mandaría ir a buscar el vellocino de oro a la Cólquide.
Pelias había esperado precisamente una respuesta así. Se aferró de inmediato a sus palabras y dijo:
—Bien dicho. Ya que reclamas el trono, cumple primero una gran hazaña por esta ciudad. Ve y trae el vellocino de oro. Es un antiguo tesoro de nuestro linaje, perdido desde hace demasiado tiempo en tierras lejanas. Si logras llevarlo de vuelta a Yolco, te devolveré el poder real.
Al oírlo, Jasón sintió que el corazón se le hundía. Sabía que la Cólquide quedaba muy lejos, hacia Oriente, más allá de largas rutas marítimas. También sabía que el vellocino de oro no era una simple piel colgada de un árbol. Pero las palabras ya habían sido pronunciadas; si retrocedía ante todos, nunca podría exigir el trono. Así que dijo:
—Iré.
Pelias lo miró con una sonrisa, como si ya viera al joven desaparecer en el mar.
Jasón había oído desde niño por qué el vellocino de oro se hallaba en la Cólquide.
Tiempo atrás, Frixo y Hele, hijos de Atamante, fueron perseguidos por las intrigas de su madrastra y estuvieron a punto de ser llevados al altar como víctimas. En el momento de mayor peligro apareció desde el cielo un carnero divino, de lana dorada y cuernos brillantes, que se inclinó para que los dos niños subieran a su lomo. El carnero los llevó volando sobre tierras y estrechos. Pero el viento del mar soplaba con fuerza; Hele perdió el equilibrio durante el viaje y cayó al agua. Desde entonces, aquel mar recibió su nombre. Frixo llegó solo a la Cólquide, donde el rey Eetes lo acogió.
En agradecimiento a los dioses, Frixo sacrificó el carnero y entregó el vellocino de oro a Eetes. El rey lo colgó en la arboleda sagrada de Ares y puso a custodiarlo un dragón que no dormía jamás. El vellocino resplandecía con luz de oro; era tesoro y honor a la vez. Quien quisiera tomarlo debía enfrentarse al mar remoto, a un rey extranjero y al dragón enroscado bajo el árbol.
Pelias contaba precisamente con todos esos peligros. No necesitaba mancharse las manos: bastaba con hacer que Jasón se hiciera a la mar. Las olas, los monstruos y las espadas se encargarían de librarlo de aquella amenaza.
Después de salir del palacio, Jasón no huyó de vuelta a las montañas. Comenzó a preparar la expedición. Mandó construir una gran nave resistente. Los carpinteros talaron árboles, alisaron los tablones y colocaron la quilla junto a la orilla. Día tras día, la nave fue tomando forma: largos remos se alineaban a ambos lados, y el casco podía albergar a muchos guerreros. Más tarde, aquella nave sería llamada Argo.
Cuando la noticia se extendió, héroes de toda Grecia empezaron a llegar a Yolco. Unos traían arcos, otros lanzas; algunos vestían piel de león, otros eran diestros en gobernar barcos o en cantar. No venían por Pelias, sino por aquel viaje que nadie había emprendido, por el vellocino de oro y por el deseo de dejar su nombre ante los hombres.
Jasón permanecía junto a la nave nueva y veía cómo subían uno tras otro a cubierta. El viento del mar movía las velas, y las empuñaduras de los remos brillaban bajo el sol. La gente de la ciudad se reunió en la costa: unos admiraban la empresa, otros temían por los viajeros, y algunos, en silencio, deseaban que aquel joven regresara vivo.
Pelias también acudió. Llegó con el ceremonial de un rey y pronunció palabras de buen augurio, aunque en su interior esperaba que la Argo no volviera jamás. Jasón ofreció sacrificios ante todos y pidió a los dioses que protegieran la travesía. El fuego del altar ardió, y el humo se inclinó hacia el mar.
Cuando todo estuvo listo, soltaron las amarras y los remeros empujaron al unísono. La Argo se apartó de la orilla; su proa abrió las aguas y avanzó hacia la distancia. Desde la nave, Jasón volvió la mirada hacia Yolco. El palacio y las murallas se hicieron cada vez más pequeños. La prueba de Pelias se había convertido en un viaje verdadero, y aquello que Jasón debía recuperar no era solo el vellocino de oro, sino también el honor y el nombre que le habían arrebatado.
Por ahora, la historia aún no llega al bosque donde cuelga el vellocino, ni a las puertas del palacio de la Cólquide. Se detiene primero en la costa de Yolco: un rey usurpador ha tendido una trampa bajo la forma de una expedición, y un joven de una sola sandalia la ha aceptado, llevando consigo una nave llena de héroes hacia el mar desconocido.