
Mitología griega
Poco después de nacer, Hermes se escabulló de la cueva, robó el ganado de Apolo y ocultó sus huellas haciendo caminar a las reses hacia atrás. Apolo lo siguió hasta la gruta de su madre, y al final ambos dioses se reconciliaron ante Zeus: Hermes entregó la lira que acababa de inventar y ganó con ella la amistad de Apolo.
Apenas nacido en la cueva de Maya, en Arcadia, Hermes se escapó de los pañales y fabricó la primera lira con el caparazón de una tortuga. Al caer la tarde puso los ojos en el ganado de Apolo, se llevó parte del rebaño durante la noche e intentó borrar el rastro haciendo caminar a las reses hacia atrás y ocultando sus propias pisadas. Apolo descubrió la pérdida y siguió las huellas extrañas y los testimonios hasta la cueva de Maya. Hermes ya estaba de vuelta en la cuna, fingiendo ser un recién nacido inocente y negándolo todo con una seriedad perfecta; pero Apolo no se dejó engañar, y la disputa llegó ante Zeus. Zeus comprendió la astucia de Hermes y le ordenó devolver el ganado. Después de guiar a Apolo hasta las vacas, Hermes tocó la lira recién inventada, y la ira de Apolo se transformó en deseo por aquella música. Al final, los hermanos sellaron la paz mediante un intercambio de lira, ganado y vara de oro.
En las tierras montañosas de Arcadia había una cueva escondida entre árboles y rocas. Allí vivía la diosa Maya. No buscaba el bullicio ni frecuentaba mucho las reuniones de los dioses; sólo en la quietud de la noche recibía a Zeus. Con el tiempo, dio a luz a un hijo, y ese hijo fue Hermes.
Apenas nacido, Maya lo envolvió en pañales y lo acostó en una cuna, en lo más hondo de la cueva. Dentro reinaba el fresco; fuera, el viento de la montaña pasaba entre los pinos. Un niño común, después de alimentarse, habría dormido. Pero Hermes no era un niño común. Tenía los ojos vivísimos, escuchaba cada ruido que llegaba del exterior y en su mente ya se formaba un plan.
Cuando llegó el día, aprovechó un descuido de su madre y se deslizó fuera de los pañales. Sus pies diminutos pisaron el polvo de la entrada. Allí vio una tortuga que avanzaba despacio, con su lomo redondo y duro, sacando la cabeza para tantear el camino. Hermes se agachó, la tomó entre las manos y, sonriendo, dijo que aquello podía servir para algo excelente.
La llevó de nuevo a la cueva, vació el caparazón y buscó cañas, cuero de buey y cuerdas. Se puso a trabajar con una prisa alegre, como si conociera de antemano cada paso. Poco después quedó terminado un instrumento que nadie había visto jamás. Hermes rozó las cuerdas con los dedos, y al instante resonó en la cueva una música clara, como agua golpeando piedras, como viento al pasar por un valle hueco. Tocaba y cantaba al mismo tiempo, como si supiera desde siempre de qué modo debía nacer la música entre sus manos.
Pero aquel recién nacido no iba a conformarse con una lira. El sol empezó a inclinarse hacia el poniente; Hermes guardó el instrumento y pensó en una empresa todavía más atrevida. Apolo tenía un rebaño de vacas fuertes y hermosas que pastaban en un prado sagrado. Hermes había oído hablar de ellas, y también de lo celoso que era Apolo al vigilarlas. Justamente por eso le entraron más ganas de poner a prueba su ingenio.
Cuando cayó la noche, Hermes salió de la cueva y se encaminó hacia el norte. Avanzaba deprisa, como una sombra que resbala pegada al suelo por laderas y barrancos. Al llegar al prado, vio el ganado de Apolo esparcido sobre la hierba. Las reses tenían lomos anchos, los cuernos blanqueaban bajo la luna y de sus hocicos salía un vaho caliente.
Hermes no se inquietó. Escogió una parte del rebaño y la apartó de las demás reses. Pero sabía que, si las vacas caminaban del modo habitual, las huellas de sus pezuñas lo delatarían. Entonces se le ocurrió una treta: las haría retroceder. Así, las marcas del suelo parecerían indicar que el ganado había ido en dirección contraria.
Tampoco él quiso dejar pisadas reconocibles. Recogió ramas y hojas, trenzó con ellas unas sandalias extrañas y se las ató a los pies. De ese modo, las señales del camino quedaron confusas: no parecían huellas de niño ni de adulto. Bajo su guía, el rebaño fue alejándose paso a paso durante la noche, con un golpe sordo de pezuñas sobre la tierra. Hermes corría a veces por delante para contener a las reses, y otras veces rodeaba por detrás para apurarlas, como un pastor que hubiera hecho aquel trabajo toda la vida.
En el camino pasó cerca de una viña y se encontró con un anciano. El viejo vio a aquel pequeño arriero, vio también a las vacas retrocediendo en plena noche, y quedó lleno de asombro. Hermes se detuvo y le dijo: “Buen anciano, lo que has visto, haz como si no lo hubieras visto; lo que has oído, haz como si no lo hubieras oído. Será lo mejor para ti”.
Dicho esto, siguió conduciendo el ganado. El anciano permaneció inmóvil, mirando cómo las reses desaparecían en la oscuridad, y tardó mucho en pronunciar palabra.
Hermes llevó las vacas a un lugar escondido. Eligió dos, encendió fuego y preparó con leña y llamas la ofrenda. Para un niño nacido ese mismo día, aquello habría debido ser demasiado pronto; sin embargo, lo hizo todo con orden. Repartió la carne en porciones y la dispuso cuidadosamente, como si estuviera ofreciendo un sacrificio a los dioses. Él no se entregó al banquete; se limitó a dejarlo todo arreglado y a ocultar cuanto pudo las señales.
Cuando terminó, aún no había amanecido. Regresó velozmente a la cueva de su madre, se metió otra vez en los pañales, se envolvió bien el cuerpo y se tendió en la cuna. Si alguien hubiera entrado entonces, sólo habría visto a un recién nacido tranquilo, como si no se hubiera movido de allí en toda la noche.
Al día siguiente, Apolo fue al prado y enseguida descubrió que faltaban vacas. Apolo no era fácil de engañar. Observó las huellas del suelo, pero algo no le cuadraba: las marcas parecían ir hacia un lado, mientras que el robo parecía haber sucedido desde otro. Siguió rastros, preguntó a quienes encontraba por el camino y finalmente dio con el anciano que vivía cerca de la viña.
Al principio, el viejo balbuceó y no quiso hablar demasiado. Pero Apolo insistió, y él acabó contando la rareza que había visto durante la noche: un niño pequeño guiaba unas vacas, las vacas parecían caminar hacia atrás y las pisadas del camino eran de lo más extraño.
Apolo lo escuchó, y ya tuvo una sospecha clara. Aquello no podía ser obra de un ladrón común. Así que se dirigió a la cueva de Arcadia y entró en la morada de Maya.
Dentro, Hermes yacía envuelto en pañales. Tenía los ojos abiertos y parecía pequeño e inocente. Apolo se plantó ante él, con una voz fría como la cuerda de un arco tensado, y le dijo: “Tú robaste mis vacas. ¿Dónde las has escondido?”
Hermes parpadeó, como si acabara de oír la acusación más absurda del mundo. Respondió: “Soy un niño recién nacido. Ni siquiera sé caminar por el sendero de la entrada. ¿Cómo iba a saber dónde están unas vacas? ¿Cómo puedes tú, siendo ya grande, culpar a un bebé de un robo de ganado?”
Lo dijo con toda seriedad, y hasta se encogió dentro de los pañales. Maya miró también a Apolo con sorpresa, pues la acusación le parecía imposible. Pero Apolo no se dejó engañar. Había visto muchas artimañas de dioses y de mortales, pero rara vez a un niño tan pequeño mentir cara a cara con semejante descaro.
Apolo tendió la mano para levantar a Hermes. Hermes siguió fingiendo debilidad, pero Apolo ya había comprendido que aquel niño no sólo hablaba y robaba vacas, sino que además sabía dejarlo todo limpio tras de sí. Como no lograban ponerse de acuerdo, no tuvieron más remedio que acudir a Zeus para que juzgara el asunto.
En lo alto del Olimpo, Zeus estaba sentado en su trono. Apolo llevó a Hermes ante su padre y relató la desaparición del ganado. Dijo que había seguido las pistas una tras otra, y que todas señalaban a aquel hermanito recién nacido.
Hermes, ante Zeus, siguió aparentando desamparo. Dijo que acababa de llegar al mundo y que nada sabía de rebaños ni de robos. Hablaba con claridad, enlazaba un argumento con otro, y cuanto más inocente parecía querer mostrarse, más gracia producía.
Zeus miró a su hijo pequeño y no pudo contener la risa. Por supuesto, veía que Hermes no decía la verdad; también veía en él una habilidad flexible, viva, escurridiza, difícil de atrapar. Pero un robo era un robo, y las vacas de Apolo no podían desaparecer sin más.
Así que Zeus ordenó a Hermes que condujera a Apolo hasta el ganado. Hermes comprendió que ya no le servía seguir discutiendo; dejó a un lado aquella apariencia de bebé indefenso y guio a Apolo montaña abajo, hacia el escondite.
Apolo caminaba tras él todavía irritado. Había perdido sus vacas y, además, un niño nacido el día anterior se había burlado de él. No estaba dispuesto a olvidarlo tan pronto. Hermes, en cambio, avanzaba sin prisa, como si llevara a su hermano a contemplar una curiosidad divertida.
Cuando llegaron al lugar oculto, allí estaba el rebaño. Al ver sus vacas, Apolo se calmó un poco, pero no lo bastante como para dar por cerrado el asunto. Hermes advirtió que su rostro aún no se había suavizado del todo y sacó entonces la lira hecha con el caparazón de la tortuga.
Hermes tomó la lira entre los brazos y pulsó las cuerdas. De la concha y de los hilos brotó un sonido claro, y hasta el valle pareció guardar silencio para escucharlo. No era tintineo de cencerros ni rumor de viento, pero resultaba más ligero y más hermoso que ambos. Hermes tocaba y cantaba al mismo tiempo: cantaba a los dioses, al cielo y a la tierra, con una naturalidad y una destreza sorprendentes.
Apolo era señor de la música y sabía reconocer como nadie la belleza de un sonido. Al oír aquel instrumento nuevo, la ira fue retirándose lentamente de su rostro. Se acercó unos pasos, fijó los ojos en la lira y preguntó a Hermes de dónde había salido aquello.
Hermes comprendió que Apolo la deseaba y se la ofreció. Le dijo que, si le gustaba, podía quedársela. Apolo tomó el instrumento, pulsó varias cuerdas y comprobó que el sonido era verdaderamente delicioso. Le agradó tanto que dejó de pensar sólo en las vacas robadas.
Así hicieron un intercambio los dos dioses. Apolo obtuvo la lira; Hermes recibió el ganado y el dominio del pastoreo. Apolo, además, entregó a Hermes una vara de oro como señal de amistad. Desde entonces, Hermes dejó de ser únicamente aquel recién nacido mentiroso de la cueva: se convirtió en el mensajero ingenioso de los dioses, protector de pastores, caminos y tratos.
En cuanto a Apolo, se marchó llevando consigo la lira. Más tarde, el sonido de aquel instrumento lo acompañaría a menudo y llegaría a ser uno de sus bienes más queridos.
Así terminó el robo del ganado de Apolo. No concluyó con un castigo severo, sino con un intercambio. La astucia de un niño hizo caer a Apolo en una trampa, pero también mostró a los dioses que en el Olimpo había aparecido una nueva divinidad: difícil de atrapar, sí, pero extraordinariamente útil.