
Mitología griega
La primera armada griega que zarpó contra Troya desembarcó por error en Misia y la tomó por tierra enemiga. Télefo, rey de Misia e hijo de Heracles, resistió el ataque; Aquiles lo hirió con su lanza y, más tarde, esa misma herida hizo de él el guía de los griegos hacia Troya.
Cuando los griegos partieron por primera vez, aún no conocían bien la ruta hacia Troya. Por eso arribaron a Misia y la confundieron con la tierra de sus enemigos. Apenas tocaron costa, comenzaron a arrasar los campos, a dispersar el ganado y a incendiar las aldeas. Télefo, rey de Misia e hijo de Heracles y Augé, salió a defender su reino. Reunió a sus hombres, se enfrentó a los invasores y logró empujar a muchos hasta la orilla. En el combate mató a Tersandro, hijo de Pólinices, pero Aquiles se le echó encima y, cuando Télefo quedó trabado entre unas vides, lo atravesó con su lanza. Después de ese choque, los griegos comprendieron que habían atacado el lugar equivocado. La flota volvió a hacerse a la mar, pero una tempestad dispersó las naves y la primera expedición terminó sin gloria. Entretanto, la herida de Télefo no cerraba nunca: ni los ungüentos, ni las hierbas, ni los médicos lograban curarla. Entonces consultó al oráculo y recibió una respuesta extraña: quien lo había herido sería también quien lo sanaría. Télefo fue a buscar a los griegos, se presentó ante ellos disfrazado de mendigo y pidió a Aquiles que lo curara. Aquiles dijo que no sabía de medicina, pero Odiseo advirtió el sentido del oráculo: la propia lanza debía ser la llave del remedio. Raspó entonces limaduras de la punta de la lanza y las aplicaron sobre la herida. Télefo sanó por fin. A cambio, les mostró el camino hacia Troya. No combatió junto a ellos, pero les evitó volver a errar de costa en la siguiente travesía.
Después de que Helena fue llevada por Paris, los caudillos griegos fueron reuniéndose uno tras otro junto a Agamenón. Unos trajeron lanzas, otros escudos; hubo quien desmontó su carro para embarcarlo, y no faltaron quienes llevaron víctimas al litoral para implorar a los dioses un viento favorable.
Ya entonces los griegos habían decidido marchar contra Troya, pero todavía no conocían bien aquella ruta marítima. El mar era ancho, las islas y los cabos se sucedían sin descanso, y bastaba con que cambiara el viento para que la flota se deslizara fuera de su rumbo.
Cuando la armada se hizo a la mar, las velas se inflaron y el golpe de los remos empezó a sacudir la espuma. Muchos jefes pensaban en una sola cosa: si asomaba la costa de Asia, Troya no podía quedar muy lejos. Así que, al ver una tierra fértil y alcanzar la orilla, no pocos creyeron que el país de los troyanos estaba ante sus ojos.
Pero aquel lugar no era Troya, sino Misia.
Misia tenía campos, pastos y ciudades, y también su propio rey. Se llamaba Télefo. No era un soberano cualquiera: la tradición decía que era hijo de Heracles y que su madre era Augé. El destino lo había llevado hasta aquella tierra y lo había hecho gobernar sobre los misios.
Los griegos no sabían nada de eso. Apenas la nave rozó la playa, los soldados saltaron al agua somera y arrastraron los espolones hasta la arena. Levantaron los escudos, aferraron las lanzas y avanzaron hacia el interior. Unos cortaban cercas, otros dispersaban el ganado, otros prendían fuego a las chozas y dejaban tras de sí columnas de humo.
A sus ojos, aquel era el primer día de la guerra contra Troya.
Los misios avisaron enseguida al palacio. El mensajero llegó cubierto de polvo y contó que habían aparecido muchas naves extranjeras en la costa, con hombres armados de bronce que ya arrasaban los campos y se llevaban el ganado.
Télefo no tomó aquello por una simple partida de saqueadores. Comprendió que una flota así no había venido a robar un puñado de aldeas. Los escudos griegos brillaban bajo el sol como una sola pared de metal, y sus lanzas se alzaban como un bosque en marcha. Si no los detenía de inmediato, la tierra de Misia acabaría convertida en campo de batalla.
Llamó a sus guerreros, se ciñó la armadura, tomó la lanza y salió él mismo a enfrentar al enemigo.
Los dos ejércitos se encontraron entre los sembrados. Los griegos pensaban que iban a toparse con simples defensores alarmados, pero los misios llegaron con rapidez y se mantuvieron firmes. Télefo iba al frente, grande de cuerpo y poderoso de brazos. Blandía la lanza y hacía retroceder sin descanso a la primera línea griega.
En medio de la confusión se encontró con Tersandro. Tersandro era hijo de Pólinices, el héroe tebano, y también había partido con la coalición griega. Joven y valiente, salió al encuentro del rey de Misia con las armas en alto. Sus escudos chocaron y las puntas de las lanzas chirriaron sobre el bronce.
Pero Télefo tenía más fuerza y atacaba con mayor dureza. Halló un resquicio y hundió su lanza en Tersandro. El tebano cayó al suelo y su sangre manchó la tierra. Al ver morir a uno de sus caudillos, los griegos se desordenaron.
Entonces Télefo aprovechó la ventaja. Persiguió a los invasores hasta la misma orilla y empujó a muchos de vuelta hacia las naves. El mar quedaba a sus espaldas, los barcos seguían varados en la playa y los soldados se apiñaban unos contra otros: unos caían, otros gritaban los nombres de sus compañeros, otros intentaban echar de nuevo las embarcaciones al agua.
Si nadie lo hubiera detenido, aquella primera campaña griega quizá habría terminado allí mismo en desastre.
Aquiles también estaba entre los griegos.
Aún era muy joven, pero ya se decía de él que corría como el viento y atacaba con una ferocidad incomparable. Al ver a los suyos empujados hacia la playa, tomó las armas y salió a su encuentro. Télefo lo perseguía con ímpetu, pero de pronto el suelo pareció volverse difícil bajo sus pies. Según una tradición, Dioniso no veía con buenos ojos el brío de Télefo en la batalla y dejó que una vid se enredara en sus piernas. Otras versiones solo dicen que tropezó con unas ramas. Sea como fuere, en ese instante perdió velocidad.
Aquiles aprovechó la ocasión y lanzó su lanza. La punta atravesó la coraza y dejó a Télefo una herida profunda. Los misios, al ver a su rey herido, corrieron a protegerlo. Los griegos también aprovecharon para retroceder y arrastrar hacia las naves a sus muertos y heridos.
Ambos bandos comprendieron que algo iba mal.
Los griegos empezaron a entender que aquel lugar no era Troya. Sus enemigos no eran los hijos de Príamo ni los troyanos por Helena, sino los misios a quienes habían atacado por error. Pero las armas ya habían sido desenvainadas, los campos ya estaban arrasados y los cadáveres yacían en ambos lados.
Poco después, la flota griega abandonó Misia. La expedición no les había traído victoria, sino desorden, muertos y una herida extraña.
Y todavía el mar les reservaba otra desgracia. Se levantó una tempestad y el viento dispersó las naves. Muchas regresaron por separado a sus tierras. La primera incursión griega hacia Asia no había llegado a Troya; había terminado en una costa equivocada y en una retirada vergonzosa.
Télefo permaneció en Misia, pero su herida no cerraba.
Vinieron médicos, se aplicaron hierbas, se la lavó con vino y se cambiaron vendas una y otra vez. Nada servía. La llaga seguía doliendo como si ardiera en carne viva. Pasaban los días, y la piel no se unía; el pus y la sangre seguían brotando. Télefo era rey y sabía soportar el dolor de la batalla, pero no aquella tortura sin fin.
Entonces consultó al oráculo. La respuesta fue extraña: quien lo había herido también lo curaría.
Aquello sonaba a enigma. Aquiles era el que lo había atravesado, pero no era médico. Si Télefo quería sanar, tendría que ir adonde estaban los griegos, los mismos que poco antes habían quemado su tierra y herido a su gente.
Pero la herida lo obligó a ponerse en camino.
Así pues, Télefo dejó Misia y fue a buscar a los griegos. Para que no lo reconocieran, se vistió con ropas gastadas y entró en el palacio como si fuera un mendigo errante. Allí se hallaban reunidos los jefes griegos, todavía ocupados en decidir cómo volver a zarpar, porque Troya seguía sin ser hallada y Helena seguía lejos.
Télefo necesitaba que lo escucharan. La tradición dice que, siguiendo el consejo de Clitemnestra, alzó al pequeño Orestes y lo llevó consigo como prenda de súplica. En la casa de Agamenón todo se agitó de inmediato: la madre gritó, los sirvientes corrieron, los jefes desenvainaron las armas y, sin embargo, ninguno se atrevía a avanzar del todo.
Entonces Télefo reveló quién era: el rey de Misia, el mismo a quien Aquiles había herido. No había venido a atacar, sino a pedir curación. Exigía que, conforme al oráculo, quien lo había herido lo sanara.
Aquiles respondió que solo sabía usar la lanza para combatir; no entendía de curar heridas.
Fue entonces cuando Odiseo descubrió el verdadero sentido de la profecía. Dijo que los dioses quizá no se referían a la mano de Aquiles, sino a la propia lanza. Si la herida había sido causada por ella, tal vez ella misma debía traer el remedio.
Así que llevaron la lanza de Aquiles y rasparon de su punta unas limaduras. Esparcieron ese polvo sobre la herida de Télefo. Y ocurrió algo extraño: el dolor empezó a ceder, la sangre se detuvo y la carne comenzó a cerrarse.
Télefo, al fin, sanó.
Una vez curado, Télefo no olvidó cómo había llegado hasta allí. Los griegos, por su parte, tampoco olvidaron que su primera expedición había fracasado por no saber orientarse.
Necesitaban a alguien que conociera la costa asiática y pudiera evitarles otra escala equivocada. Télefo gobernaba Misia y conocía bien aquellos litorales, sus desembocaduras y sus caminos. Por eso aceptó señalarles la ruta.
No por ello se convirtió en enemigo de los troyanos. Tenía lazos de parentesco y de amistad con ellos, y no podía levantar la mano contra su propia gente. Pero sí podía decirles a los griegos desde dónde debían navegar y cómo llegar hasta la ciudad de Príamo.
Así terminó la primera expedición griega: comenzó con un error, acabó en derrota y, sin embargo, dejó también el camino para la siguiente.
Los campos de Misia habían sido pisoteados como si fueran Troya, y Télefo había perseguido a los griegos sobre esa misma tierra. Pero al final fue precisamente ese rey, herido por error, quien los sacó del desvío. Cuando los griegos volvieron a reunir sus naves, ya no navegaron a ciegas: siguieron la dirección que Télefo les había indicado y se encaminaron al verdadero destino.