
Mitología griega
La Tierra, Gea, engendra al Cielo, Urano, y con él tiene numerosos hijos de fuerza terrible. Pero Urano los teme y los mantiene oprimidos en la oscuridad. Incapaz de soportarlo por más tiempo, Gea forja una hoz de metal grisáceo y entrega al menor de sus hijos, Crono, la tarea de alzarse contra su padre. Desde entonces, el antiguo poder de los dioses queda abierto por una herida.
Urano se une a Gea, y de ellos nacen hijos poderosos uno tras otro: los doce Titanes, tres Cíclopes y tres Hecatónquiros. Pero al verlos cada vez más formidables, Urano siente horror y temor. No les permite salir a la luz y los hunde de nuevo en las profundidades de la Tierra.
En los comienzos, el mundo no tenía aún la forma que los hombres conocerían después. No había murallas ni campos labrados, no surcaban los barcos el mar, ni los dioses ocupaban todavía sus asientos en el Olimpo. Las antiguas tradiciones cuentan que, antes de que las cosas se separaran con claridad, existió primero Caos, la hondura informe personificada; después apareció Gea, la Tierra.
Gea no era una diosa encerrada en un palacio. Era la tierra vasta misma: la que podía levantar montañas, dar raíz a los árboles y dejar que los ríos corrieran por los valles. Yacía profunda y extensa, dueña del suelo negro, de la roca y de las cavernas ocultas. Muchos dioses, monstruos y héroes, al remontar su linaje hasta lo más antiguo, acaban regresando a ella.
Gea engendró por sí sola a Urano. Urano era el Cielo elevado; se extendía sobre la Tierra como una inmensa bóveda y la cubría entera. De noche, las estrellas pendían de él; de día, las nubes pasaban bajo su dominio. Gea dio también nacimiento a las altas montañas, cuyas cumbres serían más tarde morada de ninfas; y engendró el mar agitado, cuyas aguas golpeaban las orillas y levantaban espuma blanca entre las rocas.
Así quedaron frente a frente la Tierra y el Cielo. Urano descendía desde lo alto sobre Gea, y Gea, abajo, sostenía cuanto había de venir. Muy pronto, entre ambos comenzó a nacer una nueva vida.
Los hijos de Gea y Urano no fueron dioses comunes.
Los primeros en nacer fueron los doce Titanes. Eran altos, vigorosos y llevaban consigo la fuerza de una estirpe divina antiquísima. Entre ellos estaba Océano, semejante a la corriente que rodea el mundo; estaban Ceo, Crío, Hiperión y Jápeto; y también Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis. El menor de los hijos se llamaba Crono. Aún no había realizado hazaña alguna, pero en su nombre ya parecía esconderse la tormenta que un día desataría.
Después, Gea dio a luz a tres Cíclopes. Cada uno tenía un solo ojo en medio de la frente, una mirada ardiente como fuego de rayo. Se llamaban Brontes, Estéropes y Arges, nombres en los que resonaban el trueno, el relámpago y el brillo. Más tarde nacieron los tres Hecatónquiros: Coto, Briareo y Giges. Cada uno tenía cien brazos y cincuenta cabezas, y cuando se movían parecía estremecerse un valle entero.
Aquellos hijos traían consigo una fuerza aterradora desde el instante mismo de su nacimiento. Urano los miró, y no sintió alegría. No quería que caminaran bajo la luz entre la Tierra y el Cielo; no quería oír sus pasos retumbar sobre Gea. Cada vez que Gea paría un hijo, él lo empujaba de nuevo a las honduras de la Tierra y le impedía salir.
Así, el interior de Gea se llenó de gemidos. Sus hijos quedaron aplastados en la oscuridad, sin poder extender los brazos, sin ver el cielo, sin pisar la tierra de su madre. Los Titanes soportaban en silencio; la ira de los Cíclopes centelleaba en las tinieblas; los muchos brazos de los Hecatónquiros no hallaban espacio donde moverse. Gea padecía todo aquello cada vez con más dolor. Era madre y era Tierra: cada sacudida de sus hijos encerrados en su seno era como una roca rodando dentro de su pecho.
Urano seguía cubriéndola desde lo alto. No cedía, ni estaba dispuesto a permitir que aquellos hijos abandonaran la oscuridad.
Al fin, Gea decidió no soportarlo más.
Buscó en las profundidades de la Tierra una materia dura y extrajo de la roca un metal grisáceo, frío y pálido. Con él forjó una enorme hoz, de filo curvo como una luna nueva y también como la garra de una fiera que espera inmóvil.
Luego llamó a sus hijos. En la oscuridad, los Titanes oyeron la voz de su madre y levantaron la cabeza uno tras otro. Gea les dijo que su padre, Urano, había cometido una crueldad: había ocultado a sus propios hijos en las tinieblas y les negaba la luz del día. Necesitaba que alguien se pusiera en pie, castigara a Urano y pusiera fin a aquel tormento.
Al oírla, todos sintieron miedo. Urano era el Cielo, el que pesaba sobre ellos día y noche; su poder era demasiado antiguo y demasiado grande. ¿Quién se atrevería a alzar la mano contra el Cielo? En la oscuridad cayó un largo silencio, apenas roto por la respiración contenida de los dioses prisioneros.
Entonces habló Crono, el menor.
No dudó como sus hermanos. Tomó de manos de Gea la hoz, y el mango helado quedó cerrado en su palma. Crono prometió a su madre que él lo haría. Al oírlo, Gea sintió dolor y alegría a la vez. Le explicó su plan: debía ocultarse y esperar a que Urano acudiera a ella como siempre.
Así, Crono se apostó en el lugar que su madre había preparado. No había lámparas a su alrededor, solo olor a tierra y piedra, y a lo lejos la respiración sofocada de sus hermanos. Apretó la hoz entre las manos y aguardó a que el Cielo descendiera.
Cuando llegó la noche, Urano volvió a cubrir la Tierra. Como tantas veces antes, se inclinó desde lo alto, sin imaginar que alguien lo esperaba en las tinieblas.
En ese instante, Crono extendió de pronto la mano. Con una sujetó a Urano; con la otra blandió la hoz gris. El filo relampagueó en la oscuridad, y el antiguo Cielo lanzó un grito de dolor. Urano quedó gravemente herido y se apartó de Gea con violencia. Ya no pudo oprimirla como antes, estrechándola por completo bajo su peso.
La sangre cayó sobre Gea. La Tierra no dejó que aquellas gotas se perdieran en vano. De esa sangre nacerían más tarde las Erinias, diosas de la venganza, y también los Gigantes y las ninfas Melias, las ninfas de los fresnos. Todos ellos conservaron la fuerza dejada por aquella sangre antigua y recordaron la herida abierta entre la Tierra y el Cielo.
Crono arrojó al mar la parte que había cortado. Cayó en las aguas, las olas se agitaron y la espuma blanca comenzó a reunirse en capas. Mucho tiempo después, según la tradición, de aquella espuma surgiría Afrodita, la más hermosa de las diosas, para entrar en el mundo de los dioses y los hombres. Su nacimiento pertenece a otra historia, pero sus raíces se hunden también en la conmoción de aquella noche.
Urano se vio obligado a alejarse de la Tierra. Ascendió a las alturas, y desde entonces el Cielo y la Tierra quedaron separados; entre ambos hubo espacio para el viento, las nubes, la luz y el vuelo de los pájaros. Gea ya no quedó por completo aplastada bajo él, y los hijos encerrados en las tinieblas tuvieron por fin la posibilidad de salir.
Pero aquello no trajo la calma.
Crono actuó por su madre y derribó a Urano. Entre los Titanes obtuvo el puesto supremo, y el antiguo poder divino pasó a sus manos. Rea se convirtió en su esposa, y los Titanes comenzaron a moverse por un mundo recién abierto entre la Tierra y el Cielo.
Pero antes de apartarse, Urano había visto la dureza de su hijo. Sabía que Crono le había arrebatado el lugar de padre mediante la violencia, y dejó tras de sí una terrible advertencia: un día, Crono también sería destronado por sus propios hijos.
Aquellas palabras se hundieron en el corazón de Crono como una piedra negra. Había vencido, sostenía el poder entre sus manos y el Cielo se había retirado a lo lejos; sin embargo, no halló verdadera paz. Lo que él mismo había hecho dejaba un precedente entre los dioses: un hijo podía rebelarse contra su padre, y los dioses nuevos podían derribar a los antiguos.
Gea, por fin, quedó libre de aquella opresión insoportable. Urano ya no se pegaba a ella, y entre la Tierra y el Cielo se abrió un vacío. Las montañas pudieron alzarse, el viento marino soplar desde las costas, y los dioses y criaturas posteriores moverse por aquel espacio despejado.
Pero la hoz gris, la emboscada en la oscuridad y el grito del Cielo herido no desaparecieron de la memoria del mito. Permanecen en el umbral de los relatos más antiguos, recordando a quienes vinieron después que el mundo de los dioses griegos no nació firme y ordenado desde el principio. Fue tomando su forma, paso a paso, a partir del dolor de la Tierra, de la rebelión de los hijos y de la retirada del Cielo.