
Mitología griega
Los aqueos, acorralados por Héctor hasta las naves, aceptan por fin enviar una embajada a Aquiles para aplacar su enojo. Pero el héroe, aunque recibe con honor a sus amigos, rehúsa volver al combate y solo promete salir en defensa de los suyos cuando el fuego alcance sus propios barcos.
En el décimo año de la Guerra de Troya, Aquiles seguía apartado de la lucha por la ofensa que le había infligido Agamenón. Sin su brazo, los aqueos retrocedían una y otra vez, y Héctor los empujaba hasta el mismo borde del campamento. Aquella noche, los troyanos encendieron hogueras en la llanura, como si ya esperaran ver arder las naves griegas al amanecer. Agamenón reunió a los jefes y llegó a pensar en abandonar la guerra. Pero Diomedes y Néstor lo detuvieron. Néstor le aconsejó que reparara la afrenta hecha a Aquiles; entonces el rey aceptó devolver Briseida y ofreció además oro, trípodes, caballos, mujeres, matrimonio con su hija y ciudades enteras como compensación. La embajada partió formada por Odiseo, Ayante el Grande y el anciano Fénix. Hallaron a Aquiles junto a sus naves, tocando la lira y cantando hazañas de héroes, mientras Patroclo escuchaba en silencio. El héroe los recibió como a huéspedes y mandó preparar carne y vino con sus propias manos. Cuando llegaron las súplicas, Odiseo habló primero y le recordó la gravedad de la situación. Fénix le habló después como quien habla a un hijo, y le contó la historia de Meleagro, que también tardó demasiado en ceder. Ayante, por último, le reprochó sin rodeos su dureza. Aquiles, sin embargo, no cambió de parecer. Aceptó la hospitalidad, pero no la reconciliación: no volvería a luchar mientras Héctor no llegara hasta sus barcos y el fuego no tocara la flota de los mirmidones. Odiseo y Ayante regresaron al campamento sin haber conseguido lo que buscaban. Fénix se quedó aquella noche con Aquiles. Los aqueos comprendieron entonces que, al día siguiente, tendrían que resistir de nuevo a Héctor sin el mejor de sus guerreros.
La llanura frente a Troya quedó hundida en una oscuridad baja y densa. El estruendo de la jornada se había apagado, pero en el campamento aqueo nadie encontraba reposo.
Más allá de la zanja y del muro, los troyanos habían encendido una hoguera tras otra. Las llamas brillaban sobre escudos y lanzas como ojos rojos clavados en la costa y en las naves. Héctor no había llevado a su ejército de vuelta a la ciudad: lo dejó aquella noche sobre la llanura, con los caballos atados junto a los carros y los guerreros sentados en torno a sus armas, aguardando el alba para caer sobre los barcos aqueos.
Entre los aqueos, el ánimo de Agamenón estaba por los suelos. La lucha del día había sido desastrosa, muchos héroes yacían heridos y el campamento había estado a punto de caer. Y lo peor de todo era Aquiles, que seguía inmóvil junto a sus naves, sin querer entrar en combate.
Agamenón reunió a los jefes. Las teas clavadas en tierra arrojaban una luz vacilante sobre sus rostros cansados. Cuando se puso en pie para hablar, la voz le salió tensa. Reconoció que Zeus parecía haber retirado su favor a los aqueos y llegó a decir que quizá lo mejor sería arrastrar las naves hasta el mar y regresar a casa bajo el amparo de la noche.
Sus palabras dejaron un silencio helado. Abandonar la guerra así, de pronto, sonaba a derrota antes incluso de haber partido.
Diomedes fue el primero en reaccionar. Aunque joven, no temía la majestad del rey. Dijo que, si Agamenón quería marcharse, no estaba obligado a arrastrar con él a los demás; él y Esténelo seguirían luchando hasta ver Troya arrasada. Después habló Néstor, ya viejo y prudente. No lo reprendió con dureza, pero dejó clara la verdad: no era hora de huir, sino de encontrar el modo de traer de vuelta a Aquiles.
Todos sabían de dónde venía aquella desgracia. Agamenón había arrebatado a Aquiles su cautiva Briseida y había herido su honra delante de todos. Aquiles, lleno de ira, se había apartado de la batalla con los mirmidones y se había quedado al lado de las naves. Ahora Héctor apretaba cada vez más, y Agamenón no tenía más remedio que bajar la cabeza.
Agamenón aceptó reparar la ofensa ante los demás jefes. Dijo que devolvería Briseida a Aquiles y juró que no la había tocado. Además ofreció una larga lista de regalos: oro reluciente, trípodes labrados, caballos veloces y mujeres expertas en el trabajo. Cuando Troya cayera, Aquiles podría elegir primero entre el botín y cargar su nave con oro y bronce; también podría escoger mujeres troyanas.
Agamenón añadió que, si regresaban sanos a Grecia, estaría dispuesto a casar con Aquiles a su propia hija, sin pedirle dote alguna, y a entregarle ciudades prósperas. Eran ciudades cercanas al mar, con tierras fértiles, viñas y pastos, y sus habitantes lo honrarían como a un rey.
Las promesas eran ricas, y el ofrecimiento, generoso. Pero todos entendían que Aquiles no buscaba solo metales, caballos o tierras. La honra herida no se recompone como una copa de oro, ni se vuelve a poner en su sitio como un carro.
Néstor propuso entonces enviar a quienes mejor pudieran hablarle. Eligió a Odiseo, astuto y persuasivo; a Ayante el Grande, firme como una muralla; y al anciano Fénix, que había criado a Aquiles desde pequeño y lo quería casi como a un hijo. Dos heraldos los acompañaron hasta el campamento de los mirmidones.
Antes de partir levantaron las copas y pidieron la protección divina. El viento del mar hizo temblar las llamas. Luego echaron a andar por la costa, sobre la arena húmeda y fría, con el rumor del agua golpeando el vientre de las naves.
Detrás de ellos quedó el rumor del gran campamento. Delante solo había silencio: el silencio extraño de la tienda de Aquiles.
Cuando llegaron a la estancia de Aquiles, no encontraron a un guerrero cubierto de armas y listo para salir al combate.
Aquiles estaba sentado ante su tienda con una lira admirable entre las manos. Era un botín tomado en una ciudad conquistada. Sus brazos se movían con calma sobre las cuerdas mientras cantaba las gestas de los héroes del pasado. Patroclo, frente a él, escuchaba en silencio, esperando a que terminara.
Aquel rincón estaba cerca de la guerra y, sin embargo, parecía pertenecer a otro mundo. Fuera, las hogueras troyanas seguían encendidas sobre la llanura y los reyes aqueos velaban en la incertidumbre; dentro, había música, vino y una cólera que no quería volver a la pelea.
Al ver acercarse a los tres enviados, Aquiles se puso en pie de inmediato. No los despachó ni los recibió con frialdad; por el contrario, les ofreció la cortesía debida a unos amigos. Mandó a Patroclo que preparara enseguida comida y bebida, porque los huéspedes más queridos acababan de llegar.
Patroclo se puso manos a la obra. Cortó la carne en el tablero: cordero, cabra gorda y cerdo. Aquiles, por su parte, ensartó los trozos en los espetones, los espolvoreó con sal y los puso sobre las brasas. La grasa chisporroteó, el olor se extendió enseguida y luego aparecieron el pan y las copas. Solo entonces se sentaron todos a comer y beber.
No hablaron de la súplica en cuanto cruzaron el umbral. Primero vino la mesa, el vino y la ley de los huéspedes. Solo cuando las copas empezaron a dar la vuelta y la carne quedó repartida, Odiseo levantó la vista hacia Aquiles y comenzó a hablar.
Odiseo nunca se precipitaba. Primero pintó la situación de los aqueos: Héctor y los troyanos estaban a punto de alcanzar las naves; no se habían retirado a la ciudad y al día siguiente quizá tratarían de prender fuego a la flota. Si Aquiles no volvía a luchar, la catástrofe podía caer sobre ellos junto al mar.
Después repitió la oferta de Agamenón. Briseida sería devuelta, y el rey juraba que no había tocado a la muchacha. Oro, trípodes, caballos, mujeres, ciudades y matrimonio: todo quedó expuesto con cuidado, como si el propio peso de los dones pudiera ablandar al héroe. Odiseo también le habló de Peleo. Cuando su padre lo envió a la guerra, le aconsejó moderar la ira y ganar entre los suyos un lugar de respeto. Ahora era el momento de escuchar aquella advertencia.
Por último, le dijo que, aunque odiara a Agamenón y no quisiera luchar por él, debía sentir compasión por los demás aqueos. Si regresaba al combate, todos lo honrarían como a un dios, y podría enfrentarse a Héctor y ganar la gloria mayor.
La tienda quedó en silencio. La luz del fuego marcaba el rostro de Aquiles. Cuando por fin respondió, no lo hizo con furia desatada ni conmovido por las riquezas que le ofrecían.
Su voz salió fría.
Dijo que no pensaba dejarse engañar otra vez por Agamenón. Al final, el valiente y el cobarde mueren igual, y quien se desangra en la pelea no recibe necesariamente un destino mejor que el que se queda atrás. Él había combatido por los aqueos, había tomado ciudades y ganado botines, y sin embargo Agamenón se quedaba con la mejor parte; cuando le tocó a él, el rey le arrebató incluso a Briseida.
Aquiles añadió que ningún regalo podía comprarle de nuevo el ánimo. Agamenón podía amontonar oro como arena y seguiría sin borrar la humillación. Y recordó lo que su madre Tetis le había dicho: tenía dos destinos. Si permanecía en Troya, alcanzaría una gloria inmortal, pero moriría allí, sin regresar a su patria; si volvía a Ftía, viviría más, aunque con menor fama. Ahora prefería irse al día siguiente, embarcar y volver a su tierra.
Aquellas palabras cerraron la puerta a todos los dones de Agamenón.
El viejo Fénix no pudo escuchar aquello sin dolor. Su vejez tembló en la voz. Él no habló como Odiseo, enumerando regalos, sino como quien recuerda una casa perdida.
Le dijo a Aquiles que, cuando abandonó su propia tierra para ir al lado de Peleo, fue el rey quien lo acogió. Más tarde, Peleo le confió al niño Aquiles para que lo criara, le enseñara a hablar, a comer y a comportarse como un guerrero. Fénix recordó cómo el muchacho se sentaba sobre sus rodillas, comía carne, bebía vino y a veces le manchaba la túnica. Ahora lo veía obstinado y lo sentía como se siente a un hijo a punto de echarse a perder.
Entonces contó la historia de Meleagro. También él se dejó llevar por la ira y se apartó de la pelea, mientras el enemigo se acercaba a su casa. Sus parientes fueron a suplicarle con regalos, pero él se negó a ceder. Solo cuando la desgracia ya estaba a la puerta y su esposa lo lloró, volvió a tomar las armas. Salvó entonces la ciudad, sí, pero ya demasiado tarde: había perdido el mejor momento y no recibió los dones que antes le prometían.
Fénix no relató aquello como una historia lejana, sino como una advertencia. Le rogó a Aquiles que no esperara a ver arder las naves ni a que sus amigos cayeran a montones para arrepentirse. Que volviera ahora, mientras aún había tiempo. Los aqueos se lo agradecerían y los regalos de Agamenón seguirían allí.
Al hablar, el anciano estuvo a punto de llorar. Le pidió incluso que lo dejara ir con él o, al menos, que escuchara el consejo de quien lo había criado.
Aquiles se ablandó un poco. Respetaba a Fénix y no quería humillarlo. Pero aun así no aceptó ir a la guerra. Dijo que Fénix no debía ponerse del lado de Agamenón ni herirle el corazón por culpa de aquel rey. Esa noche podía quedarse allí a dormir; al día siguiente, ya vería si regresaba con él o volvía al campamento aqueo.
Odiseo había hablado. Fénix había llorado. Aquiles seguía inmóvil. Entonces Ayante el Grande ya no pudo contenerse.
No era hombre de rodeos, ni de lágrimas, ni de largas frases. Dijo sin más que debían regresar, porque Aquiles tenía el corazón demasiado duro. Un hombre puede aceptar una compensación si le matan a un hermano o a un hijo y dejar que el resentimiento se enfríe; pero Aquiles se negaba a moverse por la muerte de un solo hombre y, por una muchacha, despreciaba a sus compañeros. Además, los que estaban allí eran sus amigos más cercanos, y ni siquiera a sus amigos les concedía consideración.
Era una reprimenda severa, pero precisamente por eso sonaba a verdad entre amigos.
Aquiles miró a Ayante y admitió que hablaba con franqueza y que sus palabras le agradaban. Sin embargo, volvió a decir que, cada vez que recordaba la humillación pública que le había hecho Agamenón, la ira le subía de nuevo al pecho. No se pondría la armadura por aquellos dones.
Con todo, por fin puso un límite. Dijo que, mientras Héctor siguiera combatiendo en otra parte, no haría nada. Pero si Héctor llegaba hasta las naves de los mirmidones y el fuego empezaba a avanzar sobre su propio barco, entonces sí saldría él mismo a detenerlo. Y llegado ese momento, Héctor descubriría que no es fácil acercarse a las naves de Aquiles.
No era la respuesta que los enviados esperaban, pero era todo lo que podían conseguir aquella noche.
La noche se hizo aún más profunda. Aquiles ofreció alojamiento a Fénix y le prepararon una cama dentro de la tienda. Patroclo también dispuso lugar para dormir. Odiseo y Ayante, con los dos heraldos, tomaron de nuevo el camino de regreso al gran campamento.
El viento del mar estaba más frío que a la ida. A lo lejos seguían ardiendo las hogueras troyanas, una línea de fuego que no quería extinguirse. Odiseo no habló mucho. Ayante tampoco. Ambos sabían que regresaban con malas noticias.
Los jefes los estaban esperando. Ni el vino ni el fuego habían logrado calmarlos. Al ver volver a los enviados, todos se agolparon alrededor. Odiseo contó lo ocurrido sin omitir nada: los regalos no habían ablandado a Aquiles, Briseida no había bastado para hacerlo cambiar de opinión y el héroe incluso pensaba regresar a Ftía, aceptando luchar solo cuando el fuego alcanzara sus naves.
En el campamento se hizo un silencio pesado. Todos entendieron lo que aquello significaba: al día siguiente tendrían que hacer frente a Héctor una vez más sin Aquiles.
Diomedes fue el último en hablar. Dijo que, ya que Aquiles no quería acudir, no había que seguir rebajándose ante él. Que quedara donde quisiera, que regresara a su casa si lo deseaba. Los demás, por su parte, tendrían que seguir comiendo, armándose y formando en la línea de batalla frente a las naves.
Los jefes aceptaron esas palabras. La reunión nocturna terminó, y cada uno volvió a su tienda. Las naves dormían en silencio a la orilla del mar, con sus mástiles erguido en la oscuridad como una fila de lanzas negras. La ira de Aquiles no se había apagado, y la desgracia de los aqueos seguía intacta. La embajada había vuelto después de una larga noche, pero solo llevaba consigo una respuesta amarga: aquella guerra tendría que seguir librándose sin Aquiles.