
Mitología griega
Desde niño, Heracles poseía una fuerza asombrosa, pero su carácter impetuoso lo llevó también a causar una desgracia. Alejado de maestros y ciudades, creció entre montes y pastores; allí, ante dos caminos, eligió cambiar la comodidad por el esfuerzo y el peligro, para ganar una fama verdadera.
Cuando Heracles era todavía muy joven, su padre adoptivo, Anfitrión, llamó a muchos maestros para instruirlo. Unos le enseñaron a conducir carros; otros, a luchar, disparar el arco y manejar las armas; también hubo quien le enseñó música y letras. El muchacho aprendía con rapidez, pero a menudo la fuerza de sus brazos se adelantaba a su juicio. Una vez, el músico Lino lo castigó, y Heracles, levantando la lira para defenderse, terminó matando a su maestro. Después de aquella muerte, Anfitrión comprendió que el muchacho ya no podía crecer bajo el mismo techo, entre maestros y servidores. No lo encerró ni buscó otro tutor. Lo envió fuera de Tebas, a guardar ganado en las laderas del Citerón. La vida áspera de la montaña le dio espacio para moverse, pero también horas de soledad para pensar. La fuerza que llevaba dentro podía proteger un rebaño y espantar ladrones; sin dominio, también podía destruir a quien tuviera demasiado cerca. Un día, Heracles llegó solo a una bifurcación del camino. Allí se le acercaron dos mujeres. La primera, ricamente vestida, le prometió una vida fácil: vino, carne, cantos, lechos blandos y placeres recibidos sin esfuerzo. La segunda era sencilla y serena. No ofrecía comodidad inmediata, sino entrenamiento, hambre, vigilias frías, peligro y el trabajo duro mediante el cual un hombre llega a merecer confianza y una fama duradera. Heracles escuchó a ambas y recordó la lira rota, a Lino caído en el suelo y la lección de Anfitrión: un carro no se gobierna solo con fuerza. La mujer brillante se llamaba a sí misma Felicidad, aunque la otra la llamaba también Vicio; la mujer sobria se llamaba Virtud. Heracles entendió que, si elegía la facilidad, su poder acabaría convirtiéndose en otra desgracia. Por eso dejó el camino amplio y amable, y tomó la senda estrecha y empinada. Esa elección no convirtió de inmediato su vida en leyenda. Heracles siguió guardando ganado, velando por la noche, practicando con el arco y arrojando piedras, aprendiendo disciplina en el trabajo diario. Luego apareció en el Citerón un león feroz que mataba reses y aterraba a los pastores. Heracles siguió sus huellas durante días, lo combatió cuerpo a cuerpo, lo mató y se echó la piel sobre los hombros. No era aún la célebre piel del león de Nemea, pero anunciaba la lección de su juventud: la fuerza debía ser dominada, y la verdadera gloria solo se alcanzaría entre esfuerzo y peligro.
Antes de convertirse en el héroe del que todos hablarían, Heracles no era más que un muchacho extraordinariamente robusto en el palacio de Tebas.
Su padre adoptivo, Anfitrión, sabía que aquel niño no era como los demás. Cuando otros muchachos aprendían a tensar un arco, tenían que apoyar la madera en la rodilla y tirar de la cuerda poco a poco, con los dientes apretados; Heracles, en cuanto lo tomaba en las manos, lo curvaba como una media luna. Otros levantaban piedras y, al llegarles al pecho, se ponían rojos y sin aliento; él, en cambio, las alzaba como quien carga una vasija llena de agua.
Anfitrión sentía orgullo y temor a la vez. Se alegraba de criar en su casa a un niño nacido con tal vigor, pero temía que aquella fuerza, si nadie la guiaba, acabara dañando primero a los demás y luego a él mismo.
Por eso buscó maestros para Heracles.
Anfitrión le enseñó en persona a conducir el carro. Al amanecer, cuando los caballos del establo aún exhalaban vapor blanco y las ruedas estaban húmedas de rocío, hacía subir a Heracles al carro de guerra y le ponía las riendas en las manos. Cuando los caballos echaban a correr, las piedras saltaban junto a las ruedas y la plataforma temblaba bajo los pies del muchacho. Anfitrión le decía que no bastaba tirar con fuerza: la boca del caballo podía herirse y el carro podía volcar. Había que mirar el camino, escuchar el ritmo de los cascos, saber cuándo aflojar y cuándo contener.
Otro maestro le enseñó la lucha. Heracles pisaba descalzo la arena, ancho de hombros, el cuerpo inclinado, esperando que el adversario se lanzara sobre él. Pronto aprendió a sujetar un brazo, a torcer la cintura, a aprovechar el impulso ajeno para derribar al contrario. A menudo se alzaba una nube de polvo sobre el campo; cuando el polvo caía, Heracles seguía en pie, mientras su rival yacía boca arriba, jadeando.
Éurito le enseñó a disparar el arco. La aljaba colgaba del hombro del muchacho y la cuerda rozaba sus dedos. Aprendió a entornar los ojos, a fijarse en el fruto que se balanceaba en una rama lejana, a notar de qué lado soplaba el viento. La flecha salía silbando, cortaba el aire y se clavaba en el blanco de madera. A veces la cola de la flecha todavía vibraba cuando él ya alargaba la mano para tomar otra.
Cástor le enseñó a vestir la armadura y a manejar las armas. El escudo de bronce pesaba sobre el brazo, y el asta de la lanza le rozaba la palma. Su maestro le hizo comprender que en el campo de batalla no bastaba con ser valiente. El escudo debía cubrir el pecho, los pasos no podían perder el orden, y la punta de la lanza, después de avanzar, debía poder retirarse. Heracles aprendía deprisa, aunque siempre aplicaba demasiada fuerza: las lanzas de madera y las armas de entrenamiento solían partirse en sus manos.
En todas esas artes Heracles sobresalía. Pero Anfitrión pensó que no era suficiente. No quería que el muchacho solo supiera pelear, así que llamó al músico Lino para que le enseñara letras y música.
Lino llegó con su lira a la estancia. El cuerpo del instrumento era liso, y sus cuerdas, finas y tensas. Se sentó ante el muchacho y le enseñó cómo apoyar los dedos, cómo unir los sonidos, sin la brusquedad con que se tensa un arco ni la prisa con que se blande una maza.
Heracles fruncía el ceño, y sus dedos gruesos caían sobre las cuerdas. La música sonaba unas veces demasiado fuerte y otras se interrumpía de golpe, como una superficie de agua deshecha por piedras. Lino lo corregía una y otra vez. El muchacho podía domar caballos y acertar blancos lejanos, pero soportaba mal aquel aprendizaje lento y paciente.
Un día, al verlo equivocarse de nuevo, Lino perdió la paciencia y lo golpeó. Tal vez el golpe no fue fuerte, pero en Heracles cayó como una chispa sobre hierba seca.
El muchacho se levantó de un salto. No pensó en la edad de su maestro ni en lo duro que era el objeto que tenía entre las manos. Tomó la lira y la descargó contra Lino.
El crujido del instrumento al romperse resonó en la habitación. Lino cayó al suelo y no volvió a levantarse.
Los que estaban cerca acudieron entre gritos. Heracles permanecía allí, con los restos de la lira aún en la mano; la ira se le fue apagando del rostro y dejó paso al desconcierto. Había querido responder a un golpe, pero ya había cometido una desgracia imposible de deshacer.
Después lo llevaron ante otros para que se defendiera. Algunos recordaban que una ley antigua permitía devolver el golpe a quien era golpeado. Heracles se amparó en esa razón para justificarse. Pero, dijera lo que dijera, Lino estaba muerto, y Anfitrión comprendió por fin que no podía dejar al muchacho bajo techo, creciendo entre maestros y criados.
No lo encerró ni buscó nuevos instructores. Lo envió a los pastos, fuera de la ciudad, para que guardara los rebaños.
Fuera de Tebas, el viento era más frío que en la ciudad. Heracles dejó atrás las casas, las lecciones y el sonido de la lira, y llegó a las laderas cubiertas de hierba en la región del monte Citerón. De día seguía a los rebaños por senderos pedregosos y los veía agachar la cabeza para pacer; de noche se apoyaba contra las rocas y escuchaba a lo lejos el aullido de los lobos.
La vida en el monte era áspera, pero le convenía. Nadie lo reprendía a cada momento, y ninguna habitación estrecha limitaba sus movimientos. Cuando tenía hambre, comía pan basto y carne asada; cuando tenía sed, se inclinaba sobre una fuente y bebía. El sol le oscureció los hombros, el viento le alborotó el cabello. Su cuerpo creció día tras día, el pecho se le ensanchó y los brazos se le endurecieron como troncos.
Los pastores empezaron a notar que, mientras Heracles estuviera allí, las fieras no se acercaban fácilmente al ganado. Si una sombra de lobo se movía entre la hierba, él recogía una piedra y la arrojaba; si unos ladrones de reses se deslizaban de noche hacia el corral, él surgía de pronto de la oscuridad y los hacía huir.
Pero el monte también le dio más tiempo para pensar a solas.
En la ciudad se decía que los hijos de noble linaje debían buscar renombre, y que los guerreros debían ganar gloria. Pero ¿de dónde venía el renombre? ¿Y con qué se compraba la gloria? Heracles no lo sabía bien. Solo sabía que tenía fuerza, y que dentro de él ardía algo como un fuego que no quería apagarse. Si dejaba que aquel fuego prendiera a su antojo, podía ahuyentar a las bestias, pero también incendiar una casa; podía proteger a un amigo, pero también matar a un maestro.
Un día, Heracles dejó el rebaño y caminó solo hasta un cruce apartado. Dos caminos se abrían ante él. Uno parecía llano y ancho, con sombras suaves de árboles, como si pudiera llevar lejos sin esfuerzo. El otro era estrecho y empinado; las piedras asomaban de la tierra, las zarzas rozaban sus bordes, y cuanto más avanzaba la vista, más difícil era distinguir su final.
El muchacho se detuvo.
Entonces dos mujeres se acercaron hacia él.
La primera en llegar vestía con esplendor y tenía un rostro dulce. Caminaba sin prisa, pero sus ojos no se apartaban de Heracles, como si supiera desde antes que lo encontraría dudando en aquel lugar. Traía consigo un perfume suave, y su voz era ligera.
—Heracles —dijo—, eres joven todavía. ¿Por qué inquietarte por lo que ha de venir? Ven conmigo. Yo te llevaré por un camino fácil. No tendrás que sufrir, ni sudar, ni exponerte por otros. Habrá vino en la mesa, carne en los banquetes y lechos blandos esperándote. Si quieres escuchar cantos, alguien cantará para ti; si quieres descansar, no tendrás que levantarte. Lo que otros consigan con trabajo vendrá a ponerse ante tus manos.
Heracles la miró y preguntó:
—¿Quién eres? ¿Y qué queda al final de todo eso que ofreces?
La mujer sonrió, como si no quisiera oír la palabra “final”.
—La vida está hecha para gozar de lo que se tiene delante —respondió—. ¿Para qué preguntar tan lejos? Quien me sigue sufre mucho menos. Con un cuerpo tan fuerte como el tuyo, deberías entregarlo al placer.
Sus palabras eran dulces como la miel. Para un muchacho curtido por el sol y el viento de la montaña, aquellos vinos, carnes, canciones y lechos suaves no eran tentaciones pequeñas.
Entonces se acercó la otra mujer.
No llevaba vestidos lujosos. Su rostro era sereno y su mirada, clara. La ropa que vestía era sencilla; al avanzar, no evitaba las piedras ni temía que las zarzas le rozaran el borde del manto. No se apresuró a interrumpir. Esperó a que Heracles se volviera hacia ella y entonces habló.
—Yo también vengo a buscarte, Heracles —dijo—. Pero no te prometeré nada que no hayas ganado. Si vienes conmigo, el camino será difícil. Si quieres que tu cuerpo sea fuerte, tendrás que entrenarlo; si quieres la confianza de tus amigos, tendrás que ayudarlos primero; si quieres ser respetado, tendrás que hacer cosas dignas de respeto. Sudarás, pasarás hambre, velarás en noches frías y encontrarás enemigos más feroces que tú.
La mujer vestida con esplendor soltó una risa.
—¡Escúchala! —le dijo a Heracles—. Te ofrece el esfuerzo como si fuera un regalo, y el peligro como si fuera un camino. Si me sigues a mí, serás feliz ahora mismo; si la sigues a ella, tendrás que padecer mucho antes, sin saber siquiera si algún día recibirás recompensa.
La mujer sencilla no se irritó. Solo miró a Heracles.
—El placer que llega a la mano sin esfuerzo pronto cansa —dijo—. Sin hambre, la comida no es verdaderamente sabrosa; sin trabajo, el sueño no es verdaderamente dulce; sin haber pasado por el peligro, la fama no dura. Los dioses aman a quienes se esfuerzan, la ciudad recuerda a quienes la protegen, y los amigos guardan memoria de quien les tendió la mano en la desgracia. Si estás dispuesto a usar tu fuerza para eso, el camino futuro será duro, pero no pasará vacío.
Heracles guardó silencio durante mucho rato.
Recordó la lira rota junto al cuerpo de Lino, y recordó también lo que Anfitrión le había dicho al enseñarle a guiar el carro: no basta con tirar fuerte. Luego miró de nuevo los dos caminos. Uno era llano y parecía conducir lentamente hacia una sombra agradable; el otro era áspero y obligaba a afirmar cada paso.
Preguntó a la mujer sencilla:
—¿Cómo te llamas?
—Los hombres me llaman Virtud —respondió ella.
La mujer lujosa se apresuró a decir:
—A mí me llaman a veces Placer.
La Virtud la miró y dijo:
—También hay quienes la llaman Vicio. Suele poner delante lo más fácil de probar, pero no dice qué precio habrá que pagar después.
Heracles no preguntó más. En su interior ya sabía que, si buscaba solo la comodidad, aquella fuerza con la que había nacido acabaría convirtiéndose en una calamidad; si quería que su fuerza sirviera para algo, debía entregarla al camino difícil.
Entonces se volvió y tomó la senda estrecha y empinada.
Después de aquella elección, los días en la montaña no se convirtieron de inmediato en leyenda. El sol siguió saliendo como antes, los rebaños siguieron dispersándose por las laderas, y Heracles siguió conduciendo el ganado, velando de noche, practicando el arco y arrojando piedras. Pero algo había cambiado: ya no veía el esfuerzo solo como una carga que soportar. Era como si hubiese hecho un pacto consigo mismo: esas manos no estaban hechas para romper liras ni para arrebatar placeres, sino para ponerse delante cuando llegara el peligro.
No mucho después, apareció en los alrededores del monte Citerón un león feroz. Salía del bosque, mataba animales y amenazaba a la gente de la comarca. Cuando los pastores oían un gruñido bajo entre los matorrales, no se atrevían a acercarse; de noche, al oler la fiera, los bueyes se apretaban unos contra otros, cuerno contra cuerno, y sus pezuñas revolvían la tierra.
Heracles no volvió a refugiarse en la ciudad. Tomó el arco, las flechas y la maza, y se internó en el monte siguiendo las huellas del león. Las marcas se hundían en el barro húmedo, y junto a ellas la hierba aparecía arrastrada. Atravesó el bosque, apartó ramas espinosas, oyó graznar a los cuervos sobre su cabeza y vio mechones de pelo junto a las grietas de las rocas.
Vigiló durante muchos días, hasta que por fin encontró al león cerca de una cueva.
La fiera salió de la sombra agazapada, con la melena cubierta de polvo y los ojos amarillos. Abrió las fauces y rugió; el aliento caliente y el olor a sangre llegaron juntos hasta Heracles. Él alzó el arco y disparó. La flecha alcanzó el cuerpo del animal, pero no lo mató al instante. El león se lanzó contra él con un bramido furioso; Heracles soltó el arco, aferró la maza con ambas manos y la descargó de frente.
El golpe resonó pesadamente en el valle. Las piedras rodaron ladera abajo, y los rebaños se dispersaron a lo lejos. El león tiró zarpazos contra él; Heracles se apartó de lado, pero una garra le abrió el hombro. El dolor lo hizo estar aún más despierto. Esperó a que la fiera saltara de nuevo, la agarró con fuerza por el cuello y rodó con ella por el suelo. El polvo le cubrió el rostro, las garras del animal rasgaron la tierra, pero él no aflojó.
Al fin, los movimientos del león se hicieron cada vez más lentos.
Cuando Heracles se puso en pie, estaba cubierto de polvo y sangraba por el hombro. Desolló al león y se echó la piel sobre la espalda. No era aquella la piel del león de Nemea, que más tarde todos conocerían, sino la primera piel de fiera que llevó sobre los hombros en su juventud. Cuando los pastores lo vieron regresar por el sendero, con la cabeza del león colgando a su espalda y los rebaños calmándose a su alrededor, comprendieron que el muchacho enviado al desierto ya no era solo un niño de fuerza prodigiosa.
Todavía no había cumplido sus trabajos más famosos, ni había llegado a tierras más lejanas. Pero antes de todo eso ya había aprendido dos cosas: la fuerza necesita dominio, y la gloria se arranca del esfuerzo.
Desde entonces, Heracles no volvió al camino fácil. La senda que había elegido era escarpada, larga, llena de sudor, bestias y enemigos; pero fue precisamente por ella por donde, paso a paso, llegó a ser el héroe que los griegos recordarían durante siglos.