
Mitología griega
Dioniso llega a Palene, en tierras de Tracia, y allí se encuentra con el feroz rey Sitón y con su hija, Palene. El rey ofrece a la muchacha como premio y obliga a sus pretendientes a luchar contra él; al final, Dioniso entra en la arena, lo vence y hace que aquella tierra conserve para siempre el nombre de Palene.
Junto al mar de Tracia, el rey Sitón había convertido el matrimonio de su hija Palene en una regla cruel: quien quisiera casarse con ella debía derrotarlo antes en combate, y quien fracasara perdería también la vida. Muchos jóvenes acudían atraídos por la belleza de Palene, pero Sitón los derribaba uno tras otro, hasta que las puertas del palacio y los escalones manchados de sangre quedaron cargados de miedo. Dioniso llegó a aquella tierra con su comitiva y oyó que Sitón había hecho de su hija un premio y mataba a los pretendientes bajo su propia ley. No envió a sus mujeres frenéticas ni a sus fieras contra el palacio; subió como un huésped venido de lejos, pidió ser anunciado, entró en la sala de Sitón y aceptó el desafío. Palene, que había visto demasiados hombres caminar hacia el mismo final, observaba con temor, aunque en su corazón nació una esperanza frágil. Cuando empezó la lucha, Sitón se lanzó contra Dioniso como una bestia, intentando aplastarlo como había aplastado a los demás. Dioniso esquivó primero su fuerza y dejó que el rey creyera que estaba a punto de vencer. Pero cuando Sitón hubo agotado su ímpetu, el dios desplegó su poder, arrojó al rey cruel al polvo y le dijo que la regla con la que había matado a tantos hombres volvía ahora contra él. Tras la caída de Sitón, el miedo empezó a retirarse del palacio. Dioniso hizo verter vino para las almas de los muertos, retirar los trofeos siniestros de las puertas y lavar los escalones ensangrentados. Más tarde, Palene fue amada por Dioniso, y a la orilla del mar regresaron los cantos, las vides, los banquetes y las danzas. La gente recordó el día en que ella salió de aquel palacio, y la tierra quedó unida a su nombre: Palene.
En la costa de Tracia, donde el viento de las montañas bajaba entre los árboles con olor a resina y a sal, se extendía una comarca que más tarde recibiría el nombre de Palene. Pero en tiempos antiguos no era sino el reino de Sitón.
Sitón habitaba en un palacio cercano a la orilla. No era un soberano apacible. Ante sus puertas colgaban trofeos de combate, y en los escalones de piedra podían verse manchas de sangre que el tiempo secaba y la humedad volvía a oscurecer. Quienes pasaban por allí bajaban la voz y se alejaban deprisa, pues sabían que muchos jóvenes habían llegado a aquel lugar llenos de esperanza y jamás habían regresado.
Todo aquello ocurría por una sola razón: Sitón tenía una hija llamada Palene.
Palene había crecido entre el viento marino y la sombra de las montañas. Su cabello recordaba a los sarmientos oscuros de la vid, y cuando cruzaba entre las columnas, el borde de su túnica rozaba suavemente el suelo de piedra blanca. Príncipes y guerreros, al oír hablar de su hermosura, acudían al palacio de Sitón con carros, oro y séquitos, y pedían su mano. Pero Sitón era orgulloso y cruel. No quería decidir el matrimonio de su hija mediante regalos de boda ni pactos ordinarios, sino por una ley terrible: quien deseara obtener a Palene debía luchar antes contra él. Si vencía, podría llevarse a la novia; si era vencido, dejaría allí la vida.
Al principio, los jóvenes creyeron que Sitón solo pretendía espantar a los cobardes. Pero cuando el primer pretendiente cayó en el polvo, cuando al segundo lo arrastraron fuera de la arena, y cuando el escudo del tercero fue colgado junto a la puerta del palacio, todos comprendieron que aquello no era una amenaza vana.
Palene, detrás de una balaustrada alta, veía a aquellos jóvenes entrar uno tras otro en el recinto y salir luego tendidos en brazos ajenos. No podía hablar por ellos. Los ojos de Sitón eran fríos como la piedra, y en cuanto alguien mencionaba la boda, mandaba traer correas, ungüentos y armas de combate, recibiendo a la muerte como otros reciben un banquete.
Tiempo después, Dioniso llegó a aquella tierra.
Para entonces ya no era el niño escondido en una cueva, ni el muchacho que solo sabía huir de la cólera de Hera. Había recorrido muchos lugares con su séquito, enseñando a los hombres a plantar la vid y a exprimir de ella el vino, y mostrando también a los arrogantes que a los dioses no se los desprecia impunemente. Su comitiva, vista desde lejos, no parecía un ejército común: unos llevaban tirsos envueltos en hiedra, otros golpeaban tambores de bronce y pequeños címbalos; las mujeres poseídas por el dios iban cubiertas con pieles de animales, con el cabello suelto sobre los hombros; leopardos y linces caminaban a un lado, mansos, como si la música los guiara.
Cuando llegaron a los dominios de Sitón, el sonido de los tambores resonó en los valles. Los habitantes miraban desde detrás de las puertas, sin atreverse a hablar en voz alta. Dioniso preguntó por qué reinaba allí tal silencio, y alguien le respondió:
—En el palacio vive el rey Sitón. Tiene una hija llamada Palene, hermosa como la primavera; pero todos los que desean casarse con ella mueren a manos del rey. Sitón dice que solo quien lo derrote en combate será digno de ser su yerno.
Dioniso escuchó sin enfurecerse de inmediato. Alzó la vista hacia el palacio y vio las banderas agitándose sobre los muros, y en la entrada los escudos rotos colgados como una fila de advertencias mudas. Entonces sonrió apenas, y las hojas de su corona de vid temblaron bajo la luz.
—Si ha convertido a su hija en un premio —dijo Dioniso—, iré a contemplar esa competición.
Sus seguidores prorrumpieron en gritos, y los címbalos comenzaron a sonar. Pero Dioniso levantó la mano y los hizo callar. No ordenó a las ménades que irrumpieran por las puertas, ni soltó a las fieras contra los guardias. Subió los escalones de piedra como un huésped llegado de lejos, acompañado solo por unos pocos, y pidió que anunciaran su presencia.
Cuando Sitón supo que había llegado un desconocido coronado de hiedra, soltó primero una risa desdeñosa. Pensó que se trataba de otro joven atraído por la belleza de Palene. Pero cuando Dioniso entró en la sala, el rey vio en su rostro el rubor del vino y, al mismo tiempo, una mirada brillante como el fuego; percibió también en él una mezcla de aroma a uva, bosque y perfume sagrado. Entonces algo se removió levemente en su ánimo.
Aun así, Sitón jamás cedía ante los demás. Sentado en su alto trono, preguntó:
—Extranjero, ¿qué buscas en mi casa?
Dioniso miró hacia el fondo del salón. Allí estaba Palene, con una mano apoyada en una columna y el rostro pálido. Había oído demasiadas veces las mismas preguntas y había visto demasiadas veces el mismo final.
—He oído decir —respondió Dioniso— que aquí vive un rey que entrega a su hija a quien logre vencerlo. Vengo a aceptar tu regla.
Sitón estalló en carcajadas, y su risa hizo caer polvo de las vigas. Mandó preparar la arena, traer ungüentos y llamar a todos los del palacio para que asistieran al combate. Quería que aquel desconocido cayera ante los ojos de Palene igual que habían caído los pretendientes anteriores.
Antes del combate, los sirvientes untaron con aceite los brazos, los hombros y la espalda de Sitón. Ya no era joven, pero conservaba una fuerza enorme: su pecho parecía el tronco duro de un árbol, y sus dedos, al cerrarse, podían dejar hondas marcas en una correa de cuero. Durante años había derribado con aquellas manos a los pretendientes, hasta convertir la muerte en costumbre.
Palene, sentada a un lado, estaba llena de miedo. Miraba a Dioniso y veía que no se parecía a los príncipes que llegaban cubiertos de armadura. No se apresuraba a exhibir su fuerza ni alardeaba ante la multitud. Solo se ajustó la túnica, dejando que las hojas de hiedra le cayeran sobre el hombro. Uno de sus compañeros le ofreció una copa; él bebió un sorbo de vino y derramó el resto en tierra, como una libación para la tierra y para los dioses.
Palene no sabía quién era aquel extranjero. Pero al verlo de pie sobre el suelo manchado de sangre, sereno todavía, sintió que nacía en ella una esperanza leve, como una primera claridad sobre el mar, tan frágil que el viento podía apagarla.
Sitón avanzó hasta el centro del recinto y tendió las manos hacia Dioniso. El combate comenzó.
Al principio, Sitón se lanzó sobre él como una bestia. Quería rodearle la cintura con los brazos, levantarlo y estrellarlo contra el suelo. Así habían muerto muchos jóvenes: con la espalda quebrada contra la tierra dura y el aliento detenido en el pecho. Pero Dioniso giró el cuerpo y esquivó aquella fuerza con la facilidad de una vid que se desliza alrededor del tronco de un árbol.
Sitón atacó por segunda vez, levantando polvo bajo los pies. Aferró la muñeca de Dioniso y la empujó hacia abajo con toda su potencia. Dioniso no respondió de inmediato; dejó que el rey creyera que estaba a punto de imponerse. Sitón apretó los dientes, y el sudor le cayó hasta el borde de los ojos. Los presentes contuvieron la respiración; Palene crispó los dedos sobre el borde de su vestido.
Justo cuando Sitón creyó que iba a derribar a su adversario, Dioniso desplegó su fuerza. Sus brazos ya no parecían tallos flexibles, sino hierro oculto bajo la vid. Sitón sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies; su cuerpo fue torcido hacia un lado, y cayó de rodillas con violencia.
Un murmullo de asombro recorrió a la multitud.
Sitón, enrojecido de furia y vergüenza, saltó de nuevo sobre él. También cambió entonces la mirada de Dioniso. Ya no era la de un joven cualquiera, sino la frialdad de un dios que ha contemplado durante demasiado tiempo la violencia de los hombres. Fuera del recinto comenzaron a sonar los tambores; los tirsos golpeaban la tierra como truenos de la montaña. Sitón lanzó un puñetazo. Dioniso se apartó, le sujetó el brazo, lo atrajo hacia sí y, con un golpe de hombro, arrojó al rey cruel al polvo.
Sitón forcejeó para levantarse. Dioniso dio un paso adelante y lo mantuvo sujeto, sin permitirle moverse.
—Basta —dijo—. Con esta regla has dado muerte a muchos. Ahora tu propia ley vuelve contra ti.
El rostro de Sitón quedó pegado a la tierra, y por fin no tuvo palabras. Aquel rey que había hecho caer a un pretendiente tras otro fue vencido en la misma arena que él había establecido.
Cuando Sitón cayó, el palacio quedó tan silencioso que podía oírse el viento del mar. Los sirvientes que antes habían arrastrado cadáveres no se atrevieron a acercarse, y los guardias bajaron las lanzas. Palene se puso en pie y caminó despacio hasta el borde del recinto. Vio el polvo asentarse junto a los pies de Dioniso, y vio también que Sitón ya no podía mandar con aquellos ojos despiadados.
Dioniso se volvió hacia ella. A sus espaldas, los seguidores del dios habían empezado a cantar; los tambores ya no sonaban con la urgencia del combate, sino como voces alegres en una ladera durante la vendimia. Alguien trajo vino; otros colgaron hiedra en los pilares de la puerta. Los trofeos siniestros que adornaban el frente del palacio fueron retirados, y los escalones manchados de sangre se lavaron con agua.
Palene no sonrió enseguida. Primero miró los muros desnudos, como si se despidiera de los muertos. Aquellos jóvenes habían venido por ella y habían perecido a manos de su padre; aunque ella no había empuñado el arma, llevaba en el corazón una sombra pesada. Dioniso no la apresuró. Solo ordenó que se vertiera vino sobre la tierra, en ofrenda a las almas de los caídos.
Después, Palene llegó a ser una mujer amada por Dioniso. La comitiva del dios permaneció algún tiempo en aquella comarca; por las laderas resonaron los cantos, y los hombres empezaron a adornar los aleros de sus casas con sarmientos de vid. El miedo que antes cubría el palacio se fue disipando poco a poco, y junto al mar volvieron los banquetes y las danzas.
La gente recordó la crueldad de Sitón, pero también recordó el día en que Palene salió de aquel palacio. Por eso aquella tierra quedó unida a su nombre y fue llamada Palene.
Desde entonces, si un viajero pasa por allí y oye los cantos de la vendimia, puede acordarse del dios coronado de hiedra: no trae solo embriaguez y fiesta, sino que también entra en la arena donde la sangre aún no se ha secado y hace que los soberbios y los violentos caigan bajo sus propias leyes.