
Mitología griega
Después de que Perséfone fuera llevada al inframundo por Hades, Deméter, disfrazada de anciana, llegó a Eleusis y entró en el palacio para cuidar al pequeño príncipe Demofonte. Quiso concederle la inmortalidad con su poder divino, pero la madre del niño la sorprendió y frustró el rito. Entonces la diosa reveló su verdadera forma, ordenó que le levantaran un templo e hizo que aquella tierra recordara para siempre su dolor y sus dones.
Deméter reveló su verdadera naturaleza, reprendió a los mortales por no comprender los actos de los dioses y mandó a los eleusinos construirle un templo. Allí se instaló, todavía desgarrada por la pérdida de su hija, y la tierra dejó de producir grano. Al final, los dioses se vieron obligados a buscar la manera de que Perséfone regresara, y desde entonces Eleusis quedó como uno de los lugares más sagrados para el culto de Deméter.
Cuando Perséfone desapareció, Deméter la buscó por toda la tierra como una mujer fuera de sí.
Había oído el grito de su hija, pero no había visto quién se la llevaba. La voz le llegó desde lejos, como si al mismo tiempo la hubieran tragado los valles y el mar. Deméter se arrancó el velo de la cabeza, se cubrió con ropas oscuras y tomó antorchas en las manos. No se detuvo ni de día ni de noche. Cruzó montes, riberas, pastos y puertas de ciudades, preguntando a dioses y mortales que encontraba en el camino:
—¿Habéis visto a mi hija?
Nadie pudo darle una respuesta que calmara su corazón.
No volvió al Olimpo ni quiso sentarse entre los inmortales. No tocó los ungüentos divinos, ni el vino dulce, ni la comida pura de los dioses. Solo caminaba, empujada por el dolor. Más tarde ocultó su resplandor, tomó la apariencia de una mujer anciana, sin brillo en el rostro, con los hombros encorvados como si un largo viaje los hubiera vencido.
Así llegó a Eleusis.
Fuera de la ciudad había un pozo, y la sombra caía sobre las piedras que lo rodeaban. Deméter se sentó allí como una vieja desterrada, lejos de su casa y sin lugar adonde ir. No hablaba; mantenía la cabeza inclinada. El agua del pozo se oscurecía junto a sus pies, y a lo lejos los tejados de la ciudad brillaban al sol, pero sobre ella no parecía caer calor alguno.
Poco después salieron a buscar agua las hijas de Céleo, rey de Eleusis. Llegaron al pozo con cántaros de bronce y vieron a aquella anciana desconocida, vestida con sencillez y llena de tristeza. Las muchachas se detuvieron; no tuvieron ánimo para pasar de largo.
Le preguntaron de dónde venía y por qué estaba sentada sola fuera de la ciudad.
Deméter no reveló su verdadero nombre. Dijo llamarse Doso. Contó que unos piratas la habían raptado en tierras lejanas y que, aprovechando una ocasión, había logrado escapar; ahora vagaba sin amparo hasta aquel lugar. Sabía cuidar niños, añadió, y también atender las labores de una casa. Si alguien bondadoso la acogía, serviría de buena gana.
Las princesas sintieron compasión. Recordaron que su madre, Metanira, tenía un hijo pequeño y necesitaba una mujer de confianza que lo cuidara. Entonces le dijeron:
—Espera aquí, por favor. Iremos a preguntárselo a nuestra madre.
Llenaron los cántaros y regresaron deprisa a la ciudad para contarle a la reina lo de la anciana del pozo.
Metanira escuchó a sus hijas y les ordenó que trajeran a la anciana.
Deméter siguió a las muchachas hasta el palacio. Cuando cruzó el umbral, todos los que estaban dentro percibieron algo extraño. Aunque fingía ser una vieja, había en ella una majestad que no podía ocultarse del todo. Se quedó junto a una columna, silenciosa, y su cabeza casi rozaba las vigas; la entrada pareció iluminarse con un resplandor invisible.
La reina Metanira estaba sentada con su pequeño hijo Demofonte en brazos. El niño era aún muy tierno y descansaba contra el pecho de su madre. Al ver a la anciana tan callada y afligida, la reina la invitó a sentarse y mandó que le ofrecieran vino. Deméter negó con la cabeza. No quiso vino ni manjares abundantes; pidió solo una bebida hecha con agua, cebada y menta. Los sirvientes la prepararon como ella había indicado, y entonces la diosa la tomó y bebió.
Después la reina le confió al niño.
Desde aquel día, Deméter permaneció en el palacio cuidando al pequeño príncipe Demofonte. Lo alzaba con gran suavidad, como si sostuviera algo precioso. El niño no lloraba ni se agitaba en sus brazos; dormía tranquilo. Durante el día ella no lo alimentaba con leche mortal ni con comida común: lo criaba con el aliento de los dioses y pasaba la mano con delicadeza sobre su cuerpo. Demofonte crecía día tras día; su rostro se volvía luminoso, su cuerpo fuerte, como si fuera hijo de una divinidad.
Los habitantes del palacio lo veían y se maravillaban. Metanira, más que nadie, estaba llena de alegría. Al principio solo había deseado que su hijo creciera sano; ahora, al verlo como protegido por una bendición, respetaba cada vez más a aquella anciana.
Pero Deméter guardaba otro propósito en su corazón.
Había perdido a su propia hija y el recuerdo la atormentaba día y noche. Quizá por eso tomó un afecto especial por el niño que sostenía en brazos. Quiso librar a Demofonte del destino mortal, apartarlo de la vejez y de la muerte. En el cuerpo de los hombres hay una parte destinada a corromperse, y el fuego debía consumirla; pero los dones de los dioses no son fáciles de comprender para una madre mortal.
Así, cada noche, cuando el palacio quedaba en silencio, los sirvientes dormían y en el hogar solo ardía un resplandor rojizo, Deméter llevaba al niño junto al fuego. Murmuraba palabras que solo los dioses conocen y colocaba a Demofonte entre las llamas.
El fuego envolvía al niño, pero no lo quemaba. Demofonte yacía en medio de las llamas tan quieto como si estuviera en el regazo de su madre. Deméter permanecía a su lado, deseando consumir poco a poco la condición mortal que había en él y convertirlo en inmortal.
Aquello continuó durante varias noches.
Al final, Metanira empezó a sospechar.
Amaba a su hijo, y aunque el niño creciera maravillosamente, no pudo dejar de preguntarse qué hacía aquella anciana durante la noche. Una vez se levantó en secreto, atravesó las salas oscuras y llegó hasta el hogar.
Entonces vio la escena que más podía aterrar a una madre mortal: su hijo estaba tendido dentro del fuego.
Las lenguas de llama danzaban alrededor del niño, y la luz roja iluminaba su rostro. Deméter permanecía junto al hogar con una gravedad solemne, como si estuviera cumpliendo una obra de enorme importancia. Pero ¿cómo iba Metanira a comprenderlo? Solo vio que su hijo estaba a punto de arder. El corazón se le encogió y lanzó un grito.
—¡Mi hijo!
Se precipitó hacia delante, llorando y acusando a la anciana.
Deméter oyó el grito y supo que todo se había perdido. El miedo de una mortal había interrumpido el designio divino; el niño ya no podría recibir la inmortalidad que ella pensaba otorgarle. Sacó a Demofonte del fuego, lo dejó en el suelo, y en ese instante la apariencia de anciana se desvaneció de su rostro.
La estancia se llenó de luz.
Ya no estaba allí una vieja errante, sino Deméter, la diosa del grano. Era alta y terrible en su belleza; sus cabellos dorados caían sobre los hombros, sus vestiduras irradiaban claridad y un perfume sagrado colmó todo el palacio. Metanira tembló de miedo: comprendió entonces que no había acogido a una mortal, sino a una gran diosa.
Deméter habló con dolor y con ira. Dijo que los hombres ven poco, que no entienden los dones de los dioses ni reconocen los verdaderos bienes que puede traer el destino. Ella habría podido hacer inmortal a Demofonte y concederle honor eterno; pero ahora el grito de su madre había arruinado la obra. El niño crecería como los demás mortales y, algún día, tendría que enfrentarse a la vejez y a la muerte.
Aun así, Demofonte había sido criado en sus brazos y conservaría una parte de gloria.
Luego la diosa ordenó a los eleusinos que levantaran, junto a la ciudad, un gran templo y un altar en su honor. Ella misma les enseñaría los ritos sagrados: cómo debían venerarla, cómo aplacar su cólera y solicitar su favor en ceremonias solemnes.
Después de decir esto, no quiso permanecer más en el palacio. La reina y sus hijas quedaron aterradas y pasaron la noche sin atreverse a dormir. Recogieron al niño del suelo, lavaron su cuerpo, lo devolvieron a los brazos de su madre y enviaron mensajeros para avisar al rey Céleo.
Al día siguiente, Céleo reunió a los eleusinos y les comunicó la orden de la diosa.
Nadie se atrevió a descuidarla. Eligieron el lugar, trajeron piedras, alzaron muros, levantaron el techo y prepararon el altar. Los hombres trabajaban entre el polvo; resonaban los martillos y las ruedas de los carros. Cuando el templo estuvo terminado, Deméter dejó el palacio y fue a vivir en él.
Pero su corazón no había regresado a la luz.
Perséfone seguía en el inframundo, y el dolor de su madre no encontraba descanso. Deméter se sentó sola en el templo recién construido. No quiso ver a los dioses ni volver al Olimpo. Impidió que la tierra brotara y que las semillas rompieran el suelo. Los campos se fueron endureciendo; la tierra arada no ofrecía verdor, los graneros quedaron vacíos y las ofrendas sobre los altares empezaron a escasear. Sin alimento, los mortales no podían sacrificar a los dioses; y los inmortales, aunque habitaran en las alturas, sintieron también las consecuencias de aquella pena.
Zeus ya no pudo fingir ignorancia. Envió primero mensajeros divinos y luego a otros dioses para persuadir a Deméter de que regresara al Olimpo. Le prometió honores y dones. Pero Deméter repetía una sola cosa: si no veía a su hija, no permitiría que la tierra volviera a producir grano.
Al final, los dioses tuvieron que buscar la manera de que Perséfone subiera desde el inframundo y regresara junto a su madre. Cuando madre e hija se reencontraron, el dolor de Deméter empezó por fin a ceder. Abrazó a Perséfone y le preguntó todo lo que le había ocurrido bajo la tierra. Pero Perséfone ya había comido granos de granada en el reino de los muertos, y por eso no podía quedarse para siempre al lado de su madre. Desde entonces, durante una parte del año debía volver con Hades; el resto del tiempo regresaría a la tierra y viviría con Deméter.
Deméter aceptó aquel desenlace. Volvió a ablandar la tierra, hizo germinar las semillas y permitió que las espigas inclinaran la cabeza al viento. Los campos de Eleusis dieron de nuevo cosecha, y los hombres volvieron a llevar ofrendas ante los altares.
Desde entonces, los eleusinos recordaron la llegada de la diosa al pozo y también el resplandor nocturno del palacio. La veneraron según los ritos que Deméter les había transmitido. Aquel pozo, aquel templo y la tristeza de una madre que buscaba a su hija quedaron para siempre en la historia sagrada de Eleusis.