
Mitología griega
Después de derrocar a su padre, Crono se convirtió en soberano del cielo; pero temía que sus propios hijos le arrebataran también el trono, y por eso fue tragándose a cada recién nacido. Rea, incapaz de soportarlo por más tiempo, ocultó con ayuda de Gea y Urano a su hijo menor, Zeus, y engañó a Crono entregándole una piedra envuelta en pañales.
Cuando nació el niño, Rea siguió el plan acordado. Crono no miró con atención: devoró el bulto creyendo que había eliminado una amenaza más. Pero el verdadero hijo, Zeus, ya vivía a salvo en una cueva secreta de Creta. En el instante en que Crono tragó la piedra, tragó también el comienzo de su futura derrota.
Crono había sido, entre los Titanes, el más audaz y también el más implacable.
Antes de él, Urano, el dios del Cielo, yacía sobre la Tierra y no permitía que sus hijos vieran la luz. Aquellas criaturas permanecían aprisionadas en lo hondo de su madre, Gea, sin espacio siquiera para estirar brazos y piernas. Abrumada por el dolor, Gea forjó una hoz de brillo pálido y preguntó a sus hijos quién se atrevería a actuar por ella. Muchos callaron. Solo Crono tomó la hoz y se ocultó en la oscuridad, aguardando a su padre.
Más tarde, cuando Urano descendió junto a la Tierra, Crono extendió de pronto la mano y, con la hoz, cercenó la fuerza de su padre. El Cielo se apartó de la Tierra, y por fin el mundo tuvo un ancho espacio entre ambos. Por aquella hazaña, Crono se convirtió en el nuevo señor, y con él prosperó la raza de los Titanes.
Pero quien se sienta en un trono suele temer, más que nadie, perderlo.
Después de ser herido, Urano había dejado tras de sí una terrible advertencia, y Gea conocía también ese destino: un día Crono sería derribado por sus propios hijos. La profecía no llegó de inmediato como un trueno ni tomó forma de espada, pero quedó en el corazón de Crono como una piedra dura. Al recordar cómo él mismo había arrebatado el cielo a su padre, empezó a creer con más fuerza que sus hijos harían lo mismo con él.
Así fue como Crono comenzó a vigilar a su esposa, Rea.
Rea era también una diosa de la estirpe de los Titanes. Unida a Crono, dio a luz a su primera criatura.
Era una hija: Hestia. Habría debido descansar en brazos de su madre, oír el suave crepitar del fuego junto al hogar y, al crecer, velar por la llama de las casas. Pero apenas había llegado al mundo, antes de que Rea pudiera sostenerla con firmeza, Crono se acercó.
Rea vio sus ojos y se estremeció. No era la mirada de un padre ante su hija, sino la de un guardián que descubre a un enemigo colándose por una rendija.
Crono alargó sus grandes manos y arrebató a la niña. Rea gritó y corrió tras él, pero él no se volvió. Abrió la boca y se tragó a la criatura entera.
El palacio quedó de pronto en silencio. El llanto de la niña se apagó, y solo quedó Rea, de pie, con los brazos vacíos.
Después de tragarse a su hija, Crono no mostró alegría. Solo sintió que el peso de su pecho se aligeraba un poco. Si la profecía decía que sus hijos lo derrocarían, entonces, dentro de su vientre, no podrían crecer, ni empuñar armas, ni arrebatarle el trono.
Creyó haber encontrado el medio más seguro de protegerse.
Poco después, Rea dio a luz a Deméter.
Aquella hija habría de quedar un día unida a las espigas, los campos y las cosechas; pero entonces no era más que una recién nacida. Rea la envolvió en pañales y la estrechó contra su pecho. Sabía que Crono vendría, así que se escondió en sus aposentos, deseando que ningún paso se acercara.
Pero Crono llegó de todos modos.
No escuchó las súplicas de Rea ni miró los diminutos dedos de la niña. La tomó en sus manos y volvió a tragársela.
Después nació Hera.
Para entonces, Rea ya no sentía solo espanto: dentro de ella ardía también la ira. Retrocedió con la niña en brazos y encaró a Crono:
—¿Vas a encerrar a todos tus hijos en la oscuridad?
Crono respondió con frialdad:
—Mientras no puedan quitarme el trono, la oscuridad será el mejor lugar para ellos.
Y Hera también fue devorada.
Más tarde, Rea dio a luz a dos hijos varones: Hades y Poseidón. Uno habría de reinar en el frío mundo subterráneo; el otro sacudiría el mar con su tridente. Pero al nacer eran igual de frágiles, igual de incapaces de resistir la mano de su padre.
Cada vez Rea oía el llanto breve de un niño; cada vez Crono acudía; cada vez la criatura desaparecía de sus brazos.
Los dioses no mueren con la facilidad de los mortales. Aquellos hijos, al ser tragados por su padre, no quedaban despedazados ni destruidos, sino cautivos en un lugar sin luz celeste. No podían crecer hasta ponerse en pie sobre la Tierra, ni hablar para que su madre los oyera, ni tender las manos unos hacia otros. Crono los encerraba dentro de su propio cuerpo, convencido de que así encerraba el destino.
Pero Rea sufría cada día más.
Era madre, y no podía criar a sus hijos; era diosa, y aun así perdía una y otra vez, ante su esposo, las vidas que llevaba en brazos. Comenzó a comprender que, si seguía callando, todos sus hijos serían devorados y el miedo de Crono no tendría fin.
Una vez más, Rea quedó encinta.
Esta vez no esperó al nacimiento para llorar y suplicar. Aprovechó la ausencia de Crono, abandonó su morada y fue en busca de sus padres. Descendió hacia las profundidades de la Tierra y rogó a Gea; también consultó a Urano, el antiguo señor a quien Crono había derrocado.
Gea escuchó a su hija y comprendió que la profecía había llegado a su punto decisivo. No aconsejó a Rea que soportara el dolor, ni le pidió que entregara al niño. La diosa de la Tierra recordó el sufrimiento que ella misma había padecido bajo la opresión de Urano, y recordó también cómo Crono había alzado la hoz. Ahora, el hijo de entonces se había convertido en un nuevo opresor, y el destino volvía sobre sus pasos.
Gea dijo a Rea:
—Cuando se acerque el parto, sal de aquí y ve a Creta. Allí hay montañas, cuevas y tierra que podrá protegerlo. Cuando nazca el niño, escóndelo. En cuanto a Crono, regresa con una piedra, envuélvela bien en pañales y entrégasela.
Rea escuchaba con el corazón acelerado. Engañar a Crono no era cosa pequeña. Él había devorado a cinco hijos sin vacilar; si descubría el engaño, su furia caería como una tormenta.
Pero ya no le quedaba otro camino.
Guardó el plan en su interior y aguardó el día del parto.
Cuando el niño estaba a punto de nacer, Rea se apartó de Crono y llegó a la isla de Creta. El viento marino pasaba entre las rocas; en las laderas crecían árboles ásperos, y abejas silvestres revoloteaban cerca de la entrada de las cuevas. Allí, la Tierra parecía una mano abierta que escondía en la palma sus refugios secretos.
En aquellas montañas, Rea dio a luz a su hijo menor.
Era Zeus.
Desde el primer instante, aquel niño no fue visto por su padre. Rea lo sostuvo en brazos y lo calmó en voz baja. Sabía que no podía quedarse mucho tiempo. Crono descubriría pronto que había nacido un hijo y reclamaría al recién nacido.
Así que Rea confió a Zeus a la protección de la Tierra y lo ocultó en una cueva de Creta. Dentro, el aire era fresco; las paredes de roca conservaban huellas de humedad, y las piedras de la montaña impedían que ojos lejanos pudieran espiar. Allí quedó guardado el pequeño Zeus, lejos del oído de Crono y de sus manos.
Luego Rea buscó una piedra.
Era pesada y tenía el tamaño justo para pasar por un niño. Rea la envolvió una y otra vez en pañales, cubriendo sus aristas con la tela, hasta que desde fuera parecía una criatura dormida. Al levantar aquel bulto, sintió una tristeza tensa y profunda. Lo que llevaba no era su hijo, pero debía fingir que lo era; tenía que entregar un niño falso para salvar al verdadero.
Cuando todo estuvo preparado, regresó ante Crono.
Crono, tal como ella esperaba, la estaba aguardando.
Al ver el bulto en brazos de Rea, una sombra oscura cruzó sus ojos. Para él aquello no era un hijo recién nacido, sino la mano de la profecía que se extendía hacia él, el enemigo que algún día podría apoderarse del trono.
Rea se esforzó por parecer serena. No estrechó demasiado el paquete contra el pecho ni dejó que la mirada se demorara en él. Si mostraba una sola señal de apego, Crono podía sospechar.
Crono tendió la mano para reclamar al niño.
Rea le entregó los pañales que envolvían la piedra. En aquel instante, al separar los dedos de la tela, sintió como si algo se le desgarrara por dentro. Pero no gritó ni lloró. Solo bajó la cabeza y esperó a que el destino pasara por aquel umbral.
Crono no miró con cuidado.
Ya había devorado a cinco hijos, y su gesto tenía una familiaridad terrible. Creía que Rea no se atrevería a engañarlo; creía que, si el recién nacido entraba en su vientre, jamás podría rebelarse. Así que levantó el bulto y se lo tragó entero, con tela y piedra.
La piedra pesada cayó dentro de su cuerpo.
Crono pensó que había vencido una vez más. Pensó que el sexto hijo también había quedado encerrado en la oscuridad, y que la profecía se hundía un poco más bajo su dominio. No oyó el llanto del niño en la cueva de Creta, ni vio cómo la Tierra protegía a aquella criatura.
Rea, ante él, supo en silencio que el paso más peligroso había quedado atrás.
Su hijo seguía vivo.
Después de tragarse la piedra, Crono siguió sentado en lo alto, gobernando a los dioses como antes. Sus cinco hijos continuaban presos en su vientre, lejos de los brazos de su madre. Desde fuera, nada parecía haber cambiado.
Pero todo era ya distinto.
El verdadero Zeus no había sido devorado. En una cueva escondida de la isla de Creta, sobrevivía día tras día. La roca lo cubría, la tierra lo amparaba, y permanecía lejos de los ojos y de las manos de su padre. Cuanto más seguro se creía Crono, más silenciosamente avanzaba el destino.
Aquella piedra envuelta en pañales fue lo primero que no supo ver.
Crono había tenido el valor de derribar a su padre, pero el miedo lo llevó a devorar a sus propios hijos; quiso encerrar el futuro en su vientre, pero dejó escapar el verdadero futuro en un rincón de la Tierra. Rea había perdido a cinco hijos y, por fin, logró salvar al sexto.
Desde entonces, el trono de Crono siguió en pie; su palacio siguió en pie; su autoridad siguió pareciendo intacta. Pero, en las montañas de Creta que él no alcanzaba a ver, un niño había escapado a su hambre. El día en que Crono tragó la piedra, tragó también el comienzo de su derrota.