
Mitología griega
En el principio no había montes, ni mar, ni cielo. Primero apareció Caos, el vacío primordial personificado, como una abertura inmensa en el origen de todo. Después llegaron Gea, Tártaro, Eros, la Noche y la Oscuridad, y de ellos comenzaron a nacer los primeros dioses y los contornos del mundo.
Al comienzo, nada estaba aún separado. No había tierra firme donde apoyar los pies, ni cielo extendido sobre la cabeza, ni olas golpeando la costa. Lo primero que apareció fue Caos, semejante a una honda abertura que guardaba en silencio y oscuridad todo lo que vendría después.
En los tiempos más antiguos, nadie habría podido decir: “el cielo está arriba y la tierra abajo”. No existían montañas ni mares; no había hierbas, árboles, aves ni bestias. El día no tenía camino, y la noche no tenía puerta. Todo alrededor era como una profundidad sin fondo, un espacio inmenso donde nada había encontrado todavía su lugar.
En aquel vacío primero apareció Caos.
Caos no era un palacio, ni un dios sentado en un trono. Era el propio desorden primordial, más parecido a una grieta abierta, a una hondura oscura sin orillas. Si alguien hubiera podido estar allí, no habría hallado suelo bajo sus pies ni cielo sobre su cabeza: solo una vastedad hueca, silenciosa y sin forma.
Ese fue el comienzo de todas las cosas. Cuando Caos apareció, el mundo dejó de ser puro silencio. Nuevas divinidades fueron llegando una tras otra, como chispas que empiezan a encenderse lentamente en la oscuridad.
Después apareció Gea, la Tierra.
Ella no era vacía como Caos. Con su llegada, el mundo tuvo por fin un lugar capaz de sostener cuanto habría de existir. Gea era amplia y firme, como una extensión sólida desplegándose. Más tarde, sobre ella se alzarían los palacios de los dioses y las ciudades de los mortales; en ella estarían los bosques, los pastos, los altares y las tumbas.
En los relatos más antiguos, Gea no fue traída por nadie ni fabricada por mano alguna. Surgió por sí misma y se extendió con calma, como una madre serena dispuesta a recibir todo lo que nacería después.
Tras Gea apareció también el profundo Tártaro.
Tártaro se hallaba en lo más hondo de la Tierra, mucho más abajo de lo que cualquier mortal pudiera imaginar. No era una simple cueva ni una zanja oscura al pie de una montaña, sino un lugar pesado, frío, casi imposible de abandonar. Más tarde, los antiguos linajes divinos derrotados y los monstruos terribles serían encerrados en aquella profundidad. Pero al principio del relato, Tártaro permanecía allí en silencio, como una puerta negra en el fondo del mundo.
Luego apareció otro dios, llamado Eros.
No tenía aún la figura del niño que más tarde sería imaginado entre banquetes y flores. En este relato primordial, Eros era la fuerza que hacía que los dioses se acercaran unos a otros. Desde su llegada, las divinidades solitarias dejaron de existir cada una por su cuenta. El encuentro, la unión y el nacimiento comenzaron poco a poco cuando él entró en el mundo.
Con Gea, con Tártaro y con Eros, aquel primer vacío empezó a moverse. El mundo todavía no era bullicioso, pero ya no estaba tan desierto como antes.
Entonces Caos engendró también a sus propios hijos.
De Caos nacieron Érebo y Nix. Érebo era la Oscuridad profunda; Nix, la Noche. Uno se parecía a una sombra sin luz en las honduras; la otra, a un manto nocturno extendido sobre todo. Salieron de Caos sin estrépito, pero cubrieron el mundo recién nacido con su primera capa de negrura.
Érebo y Nix se unieron: la oscuridad y la noche se encontraron. Poco después nacieron de ellos Éter y el Día.
Éter era el aire claro de las alturas, semejante al cielo puro que respiran los dioses; el Día era el Día mismo. Cuando ella apareció, la Noche dejó de cubrirlo todo para siempre. El Día llegó después de la Noche como si alguien apartara despacio una cortina pesada.
Así, el mundo primordial tuvo noche y tuvo día; tuvo sombra y tuvo claridad. La Noche no desapareció: siguió regresando cuando le correspondía. El Día tampoco permanecía eternamente: cuando pasaba, el velo nocturno volvía a caer. Los hombres verían más tarde amanecer y oscurecer cada jornada, sin pensar apenas que, en los relatos más antiguos, también aquello era la huella dejada por el nacimiento de los dioses.
Gea también comenzó a engendrar.
Primero dio a luz por sí misma a Urano, el Cielo. El Cielo se elevó sobre la Tierra y la cubrió desde lo alto, como una enorme bóveda de bronce, como un velo inmenso sin límites. La rodeó por todas partes, y Gea dejó de estar sola, tendida en medio del vacío.
Después Gea engendró las altas montañas. Las cumbres se alzaron desde su cuerpo, con crestas que apuntaban hacia el cielo y valles donde se ocultaban las sombras. Más tarde, las ninfas vivirían entre los bosques y las fuentes; las fieras correrían por las laderas, y el viento pasaría silbando entre las grietas de las rocas. Pero entonces las montañas acababan de levantarse, como los huesos duros que la Tierra extendía desde sí misma.
Luego Gea engendró a Ponto, el Mar. Las aguas se desplegaron en los bordes de la tierra: hondas, azules, agitadas, golpeando costas todavía jóvenes. No eran un río pequeño ni un pozo, sino una vasta extensión de agua viva, que al crecer levantaba espuma y al retirarse dejaba al descubierto piedras húmedas y brillantes.
El cielo, las montañas y el mar procedían de Gea. Sin ayuda de ningún otro dios, ella hizo aparecer en el mundo esos lugares antiquísimos. Desde entonces, los dioses tuvieron cielo sobre la cabeza, tierra bajo los pies y, a lo lejos, el rumor inmenso del mar.
Para entonces, el mundo ya no era la extensión vacía y confusa del comienzo.
Arriba lo cubría Urano; abajo lo sostenía Gea. En lo profundo, Tártaro se abría en silencio. Nix, la Noche, descendía a su hora, y después llegaba el Día. Érebo, la Oscuridad, permanecía oculto en lugares invisibles, mientras el Éter claro brillaba en las alturas. Las montañas se habían levantado, el mar se había extendido, y Eros había abierto el camino para las innumerables uniones y nacimientos que vendrían después.
No cayeron rayos, ni corrieron carros de guerra. El primer relato no fue ruidoso. Se parece más a un despertar lento antes del amanecer: primero la abertura profunda, luego el peso de la Tierra; primero el velo de la Noche, luego la luz del Día; primero el Cielo apoyado sobre la Tierra, luego las montañas y el mar ocupando cada uno su lugar.
Desde entonces, los dioses y todas las cosas tuvieron un sitio donde nacer, caminar, luchar y habitar. Las historias posteriores serían cada vez más agitadas; muchos hijos nacerían de aquellas divinidades primordiales, y con ellos llegarían también las disputas. Pero en ese instante el mundo más antiguo acababa de afirmarse: la oscuridad, la luz, la tierra, el cielo y el mar ya existían, esperando en silencio a que la siguiente generación de dioses entrara en escena.